Seis meses.
Seis meses desde que este mundo me obligó a empezar de nuevo.
A diferencia de mis primeros días, donde todo era ruido incomprensible y sensaciones ajenas, ahora… las cosas han cambiado.
Ya no escucho sonidos vacíos.
Entiendo.
No completamente, pero lo suficiente.
Palabras sueltas. Frases simples. Intenciones.
Lo necesario para sobrevivir.
Mi madre se llama Elara Lhespa.
Mi padre, Jared Vancroft.
Y yo…
Aris.
El apellido, Vancroft, no pasa desapercibido. La forma en que lo pronuncian, la seguridad con la que lo llevan… no es el de gente común. Tiene peso. Historia.
Pero ese detalle no encaja con el entorno.
Demasiado aislado.
Demasiado simple.
Como si este lugar fuera solo… una pieza fuera del tablero principal.
Aun así, no he tenido tiempo de profundizar en eso.
Porque hoy…
Hoy algo rompió la rutina.
—
El sonido llegó primero.
Un corte limpio en el aire.
Seco.
Repetitivo.
Abrí los ojos de inmediato.
No era un ruido natural de la casa.
No era viento.
No era madera.
No era tela.
Era… metal.
Giré ligeramente la cabeza, lo máximo que este cuerpo me permite.
Mi madre estaba ahí.
—¿Ya despertaste? —dijo con suavidad.
No respondí, claro.
Pero debí haber hecho algún gesto, porque sonrió y me tomó en brazos.
—Ven, Aris… vamos afuera.
Afuera.
Esa palabra ya la conocía.
Y con ella… la posibilidad de algo nuevo.
—
El cambio fue inmediato.
El aire era distinto. Más frío. Más limpio.
La luz me obligó a entrecerrar los ojos por un segundo, pero en cuanto mi vista se adaptó… lo entendí.
Aislamiento total.
Casas dispersas.
Campos abiertos.
Nada de estructuras complejas. Nada de señales de urbanización.
Esto no es un pueblo.
Es un punto perdido.
Pero no tuve tiempo de analizar más.
Porque el sonido volvió.
Más claro esta vez.
Más cercano.
Giré la vista.
Y lo vi.
Jared Vancroft.
Mi padre.
Una espada en la mano.
No estaba posando.
No estaba practicando por entretenimiento.
Estaba ejecutando.
Cada movimiento era limpio. Directo. Sin desperdicio.
El filo cortaba el aire con precisión quirúrgica, describiendo trayectorias que no dejaban margen de error.
Pasos cortos.
Centro de gravedad bajo.
Respiración controlada.
Reconocible.
Demasiado reconocible.
Sentí cómo algo dentro de mí reaccionaba.
Instinto.
Memoria.
«Este hombre… sabe lo que hace.»
Mi madre se detuvo, observándolo.
Noté el cambio en su expresión.
No era solo admiración.
Era orgullo.
—¿Puedes verlo, cariño? —susurró, acercándome un poco más.
No aparté la mirada.
No podía.
Porque cuanto más observaba…
Más claro se volvía.
Eso no era entrenamiento básico.
No era alguien aprendiendo.
Era alguien que ya había estado en combate.
Y lo que estaba viendo…
No eran movimientos para exhibir.
Eran movimientos diseñados para matar.
—
El aire volvió a silbar bajo el filo.
Y en ese instante, una idea se formó con total claridad en mi mente.
Este mundo puede no tener armas de fuego…
Pero eso no lo hace menos peligroso.
—
Mis ojos siguieron cada movimiento.
Analizando.
Midiendo.
Aprendiendo.
Porque si ese es el nivel base de alguien como él…
Entonces este mundo tiene mucho más que ofrecer.
Y yo…
Aún estoy demasiado lejos de alcanzarlo.
—
Pero no por mucho tiempo.
El patio trasero no era un simple espacio abierto. Era, en esencia, un campo de entrenamiento.
La tierra estaba marcada por huellas repetidas, zonas donde el pasto simplemente se había rendido ante el uso constante. Había un par de postes de madera, desgastados por impactos, y un soporte donde descansaban varias armas… o al menos, lo que este mundo consideraba armas.
Espadas.
Mi madre se detuvo a una distancia prudente, acomodándome mejor entre sus brazos. No dijo nada al principio. Solo observó.
Yo también.
Jared Vancroft no estaba "practicando".
Eso fue lo primero que entendí.
Cada movimiento tenía intención. Cada paso estaba medido. No había desperdicio de energía, ni gestos innecesarios. Su respiración era constante, controlada… y su mirada no estaba en ningún objetivo visible, pero tampoco estaba vacía.
Era la mirada de alguien que ya había estado ahí antes.
En combate.
El filo de su espada cortó el aire con un silbido seco.
Una, dos, tres estocadas.
Luego un giro.
Fluido. Natural. Preciso.
Mi ceja —o lo que fuera que ahora funcionara como ceja en este cuerpo— casi se contrae por reflejo.
«No es un aficionado…»
Ajusté mi análisis.
«Ni siquiera es un simple soldado.»
Había visto ese tipo de movimiento antes. No exactamente igual, claro… pero la esencia era la misma. En mi mundo, ese nivel de economía corporal solo lo alcanzaban operadores con años de experiencia real, no de entrenamiento simulado.
Gente que había matado.
Y había sobrevivido para perfeccionarlo.
—Siempre entrena a esta hora… —murmuró mi madre, casi para sí misma, pero lo suficientemente claro como para que lo entendiera.
Su voz no tenía preocupación.
Tenía orgullo.
Eso me dio otro dato.
No era un hábito reciente. Era parte de quién era él.
Jared se detuvo por un instante, bajando la espada apenas unos centímetros. Su respiración seguía estable. Ni siquiera parecía cansado.
Luego hizo algo que terminó de romper mi suposición inicial.
Desapareció.
No en el sentido literal… pero para mis ojos —y eso ya era decir mucho— su cuerpo se desplazó con una velocidad absurda hacia un lateral, como si hubiera "saltado" varios metros en un parpadeo.
El sonido llegó después.
Un golpe seco contra uno de los postes de madera.
La estructura vibró… y una grieta profunda se abrió a lo largo del impacto.
Mi mente hizo silencio por un segundo.
«…Eso no es normal.»
No había impulso suficiente.
No había preparación visible.
No había lógica física clara que explicara ese desplazamiento.
Y sin embargo, ahí estaba.
Mi padre —porque sí, ya no podía seguir evitando esa palabra— volvió a su posición inicial como si nada hubiera pasado.
—Aún no ha perdido el toque… —añadió mi madre con una pequeña sonrisa.
Yo no respondí.
Pero por dentro, todo mi esquema táctico acababa de reconfigurarse.
Esto no era un mundo atrasado.
Era un mundo… diferente.
Muy diferente.
Porque si un solo hombre podía moverse así con una espada, entonces la ausencia de armas de fuego no era una debilidad tecnológica…
Era una señal.
«Aquí hay otra cosa.»
Algo que en mi vida anterior no existía.
Algo que reemplazaba —o incluso superaba— lo que yo conocía como poder militar.
Bajé ligeramente la mirada, como si fuera un gesto aleatorio de un bebé distraído. Pero en realidad, estaba reorganizando prioridades.
Mi plan inicial… acababa de volverse obsoleto.
No bastaba con traer conocimiento.
No bastaba con replicar pólvora, armas o tácticas modernas.
Si quería sobrevivir aquí…
Primero tenía que entender las reglas de este mundo.
Y luego…
Romperlas.
Volví a alzar la vista justo cuando Jared giraba ligeramente la cabeza en nuestra dirección.
Por un instante, nuestros ojos se cruzaron.
No fue una mirada larga.
Ni profunda.
Pero fue suficiente.
Sentí algo… incómodo.
Como si, por una fracción de segundo, no estuviera viendo a un bebé.
Como si hubiera notado algo.
Mi madre no pareció darse cuenta. Solo levantó un poco la mano en un gesto suave, llamando su atención.
—Aris vino a verte —dijo con naturalidad.
Jared relajó la postura.
La tensión desapareció de su cuerpo casi al instante, como si acabara de quitarse una armadura invisible. Caminó hacia nosotros con pasos firmes, mucho más… humanos.
Más cercanos.
Se detuvo frente a mí.
Y luego, sin decir nada, apoyó su mano sobre mi cabeza.
Pesada.
Cálida.
Firme.
No fue un gesto torpe esta vez.
Fue… intencional.
—Crecerás fuerte —dijo finalmente.
No como una esperanza.
Como una certeza.
No supe por qué…
Pero esas palabras no sonaron como las de un padre hablando a un hijo.
Sonaron como las de un guerrero…
Reconociendo a otro.
Y por primera vez desde que desperté en este mundo…
Sentí que tal vez…
No estaba completamente solo.
El ambiente se relajó después de eso.
Mi madre intercambió un par de palabras más con Jared —algo sobre comida, horarios… rutina— mientras yo seguía procesando todo lo que acababa de ver. Mi cabeza no paraba.
Velocidad anormal.
Impacto superior a la masa corporal.
Control absoluto de respiración.
«Definitivamente… esto no es solo entrenamiento físico.»
Y entonces—
—Miau.
El sonido me sacó del análisis como si alguien hubiera apagado la radio de golpe.
Giré los ojos —lo poco que mi cuello me permitía— y ahí estaba.
La gata.
Negra. Elegante. Perfectamente colocada sobre una de las vigas bajas del patio, como si llevara rato observando la escena… o evaluándola.
«Otra vez tú…»
No sé en qué momento exactamente empezó a irritarme.
Tal vez fue su forma de aparecer siempre en el momento justo.
O esa maldita mirada.
No era la mirada de un animal común.
Era… consciente.
Demasiado.
Saltó al suelo con una suavidad insultante y comenzó a caminar hacia nosotros con ese paso lento, calculado, como si fuera dueña del lugar. Mi padre apenas la miró de reojo. Mi madre sonrió.
Yo, en cambio, activé alerta amarilla.
«No me gusta.»
La gata se acercó más.
Y más.
Y más.
Hasta que quedó justo frente a mí.
Se sentó.
Y levantó la cabeza.
Nuestros ojos se cruzaron.
Silencio.
Un segundo.
Dos.
Tres.
—Miau.
«…¿Qué quieres?»
Entrecerré los ojos ligeramente.
Ella hizo lo mismo.
…Estoy casi seguro.
«No, espera.»
No.
No.
No.
—No me digas que este maldito gato me está… desafiando.
Moví mi pequeña mano en su dirección, más por instinto que por estrategia.
Error.
Grave error.
La gata reaccionó en milésimas.
No retrocedió.
No se asustó.
Avanzó.
Y en un movimiento limpio —demasiado limpio— apoyó su pata sobre mi mano antes de que pudiera siquiera tocarla.
Me inmovilizó.
Completamente.
Mi cerebro tardó medio segundo en procesarlo.
«…¿Acabo de perder un enfrentamiento… contra un gato?»
Intenté mover los dedos.
Nada.
Presión exacta. Sin uñas. Sin agresividad.
Solo… control.
La gata inclinó ligeramente la cabeza.
Lo juro.
LO JURO.
Eso fue condescendencia.
Desde el fondo, escuché una risa suave.
—Parece que le agradas —dijo mi madre, claramente divertida.
«¿Agradarle?»
«¡ME ESTÁ DOMINANDO!»
Intenté recuperar dignidad.
Fallé.
La gata soltó mi mano por su cuenta, como si ya hubiera terminado lo que vino a hacer. Dio media vuelta, caminó unos pasos… y antes de irse, miró por encima del hombro.
Directo a mí.
Sus ojos dorados brillaron apenas con la luz del atardecer.
Y entonces—
Se fue.
Sin prisa.
Sin ruido.
Como si nada.
Me quedé quieto.
Procesando.
Reevaluando.
Recalculando absolutamente todo.
«…Cambio de prioridades.»
Muy bien.
Nuevo objetivo añadido.
Alta prioridad.
—Entender a ese maldito gato.
Porque si en este mundo hasta los animales pueden hacer eso…
Entonces definitivamente…
Estoy en problemas.
Mi madre me acomodó en sus brazos, ajena por completo a la guerra silenciosa que acababa de ocurrir.
Mi padre volvió a su entrenamiento.
El viento siguió soplando.
Todo parecía… normal.
Pero yo ya no veía este lugar como una simple casa aislada.
Era otra cosa.
Un entorno lleno de variables desconocidas.
Algunas humanas.
Otras no tanto.
Cerré los ojos lentamente, dejando que el cansancio natural de este cuerpo empezara a ganar terreno.
Pero incluso mientras el sueño me alcanzaba…
Una última idea cruzó mi mente.
«Primero… entender este mundo.»
Pausa.
«Segundo… volverme más fuerte.»
Otra pausa.
Y una última, mucho más personal.
«Tercero… no volver a perder contra un gato.»
