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Chapter 3 - "TERRENO DESCONOCIDO"

Durante los días siguientes, empecé a hacer lo único que sabía hacer bien:

Observar.

Analizar.

Adaptarme.

No tenía control sobre mi cuerpo… pero sí sobre mi mente.

Y eso era suficiente.

Aproveché cada momento en que mi madre —la mujer de cabello blanco— me cargaba por la casa. Desde su perspectiva, yo solo era un bebé curioso mirando a todos lados.

Desde la mía…

Estaba levantando un mapa.

La estructura era clara.

Sólida.

Nada improvisada.

La casa estaba construida casi en su totalidad de madera, pero no de forma rústica descuidada. Había intención en cada corte, en cada unión. No era una choza… era una vivienda estable, pensada para durar.

Pero lo más importante no era lo que veía.

Era lo que no estaba.

No había electricidad.

No había cables.

No había luces artificiales más allá del fuego.

No había motores.

Ni radios.

Ni nada que se pareciera a tecnología moderna.

Solo silencio.

El viento.

Herramientas.

Pasos.

Eso me llevó a una conclusión bastante clara:

Estamos aislados.

Una finca… o algo parecido.

Lejos de cualquier ciudad.

Lejos de cualquier sistema organizado.

Eso explicaba todo.

Mi "nacimiento".

La ausencia de médicos.

La falta de tecnología.

Aquí… están por su cuenta.

Con el paso de los días, fui armando un esquema básico del lugar.

Nada formal.

Pero suficiente.

La planta baja funcionaba como área común.

Una cocina simple, pero funcional.

Una zona amplia donde mi padre pasaba bastante tiempo… entrenando.

Sí.

Entrenando.

No era ejercicio casual.

Era disciplina.

Movimientos repetidos.

Controlados.

Confirmado una vez más:

Ese hombre no era un campesino cualquiera.

La segunda planta…

No la había visto completa.

Pero la escalera indicaba dormitorios o zonas privadas.

Y luego estaba—

El objetivo más importante hasta ahora.

La biblioteca.

Solo pasé frente a ella un par de veces.

Pero fue suficiente.

Estantes.

Libros.

Pergaminos.

Información.

Mi mente se activó al instante.

«Ahí están las respuestas.»

En cuanto este cuerpo deje de ser inútil…

Ese será mi primer objetivo real.

También confirmé algo más.

La chica rubia.

Por la forma en que hablaba.

Cómo se dirigía a mis padres.

Cómo se movía.

No era familia.

Era servidumbre.

Pero eso no fue lo que más me inquietó.

Fue la otra.

La niña de cabello rojo.

Un rojo intenso.

Como sangre fresca.

Tendría… unos diez años.

Tal vez menos.

Al principio pensé que era parte de la familia.

Pero no.

Su comportamiento lo dejaba claro.

Obediencia.

Silencio.

Precisión.

No jugaba.

No dudaba.

No cuestionaba.

Trabajaba.

Sentí algo incómodo en el pecho.

«¿Qué clase de mundo… permite esto?»

En mi vida anterior, ver a un niño en ese tipo de situación era una señal clara:

Ambiente hostil.

Sistema duro.

Reglas… poco humanas.

Si aquí eso era normal…

Entonces este mundo era más peligroso de lo que aparentaba.

La observé mientras pasaba cerca de mí.

Ni siquiera me miró.

No había inocencia en sus ojos.

Solo disciplina.

Fría.

Mecánica.

«Entonces no hay margen de error.»

Si incluso los niños viven así…

Mi tiempo como "bebé" no es un descanso.

Es una cuenta regresiva.

Un ruido suave interrumpió mis pensamientos.

Ya la conocía.

La gata.

Apareció otra vez, como si la casa también fuera suya.

Negra.

Elegante.

Demasiado segura.

Saltó con facilidad y empezó a caminar por el lugar como si inspeccionara el terreno.

Fruncí el ceño internamente.

«Ni siquiera verifican si está enferma…»

Descuidados.

La gata negra se acomodó junto a mi cuna con una confianza casi insolente, enrollando la cola alrededor de su cuerpo mientras me observaba como si ya me conociera.

—Miau…

Mis padres —todavía me costaba usar esa palabra sin sentir un pequeño choque interno— reaccionaron al instante.

Mi padre se acercó primero, rascándole la cabeza con una familiaridad que me sorprendió.

Mi madre, en cambio, soltó una risa suave mientras la apartaba con delicadeza.

Pero la gata no se movió de inmediato. Sus ojos dorados seguían fijos en los míos, como si estuviera evaluándome… o reconociéndome.

Luego, sin previo aviso, saltó a la cama y caminó alrededor de mi madre antes de acomodarse a su lado, tranquila, como si perteneciera ahí.

Me quedé observando la escena en silencio.

No había tensión.

No había sospecha.

No había distancia.

Solo… cercanía.

Mi padre se sentó junto a ella, apoyando una mano sobre su hombro. Mi madre no se apartó; al contrario, inclinó ligeramente la cabeza hacia él, como si ese contacto fuera lo más natural del mundo.

Ese gesto.

Tan simple… tan cotidiano…

Me dejó inmóvil.

«Padres…»

La palabra apareció en mi mente sin que pudiera detenerla.

Se sintió extraña. Ajena.

Pesada.

En mi vida anterior, ese concepto nunca tuvo forma real.

No había manos que se apoyaran en mis hombros.

Ni voces suaves al despertar.

Ni risas compartidas en una habitación pequeña.

Solo paredes frías.

Un orfanato olvidado, donde los nombres se perdían más rápido que las caras y donde aprender a depender de otros era el primer error que te enseñaban a no cometer.

A los 17 años no elegí servir.

Elegí no quedarme sin propósito.

Y fue en el ejército… entre el barro, la pólvora y las órdenes gritadas… donde por primera vez entendí lo que significaba pertenecer a algo.

No era una familia tradicional.

Pero era lo más cercano que tuve.

Diego, con su maldito humor incluso bajo fuego.

Victoria, siempre firme, incluso cuando las cosas se desmoronaban.

Y Elizabeth…

Cerré los ojos un segundo.

El peso de ese nombre seguía intacto.

Abrí los ojos lentamente.

El techo de madera volvió a ocupar todo mi campo de visión, sólido, real… presente. Muy distinto a ese vacío donde el tiempo no existía. Aquí todo era tangible. Medible.

Y, sin embargo, lo que más pesaba no era el entorno.

Era la ausencia.

Dejé escapar un leve sonido —un balbuceo sin forma— mientras mi cuerpo reaccionaba por inercia. Mis manos pequeñas se movieron en el aire, torpes, sin dirección. Ya no respondían como antes. Ya no obedecían a la precisión de un soldado.

Apreté los dedos.

O lo intenté.

«Inútil… por ahora.»

Giré la mirada como pude. Mi padre seguía junto a mi madre, hablando en voz baja. No entendía las palabras, pero el tono era claro. Tranquilo. Cálido.

Demasiado cálido.

Esa clase de calma… no existía en una zona de guerra.

Y, aun así, no podía bajar la guardia.

Observé sus movimientos con más atención.

Mi padre no era solo un hombre fuerte. Había detalles: la forma en que se posicionaba siempre con la espalda parcialmente cubierta, cómo su mirada recorría la habitación incluso en reposo… cómo reaccionó al sonido de la gata antes.

No era un campesino cualquiera.

«Entrenado… o al menos experimentado.»

Mi madre, por otro lado, era diferente.

Su presencia no transmitía peligro, pero tampoco debilidad. Había algo en su forma de moverse, en la manera en que sostenía mi cuerpo… como si supiera exactamente cuánta fuerza aplicar y cuánta no.

Control.

Precisión.

«Interesante…»

No eran lo que aparentaban a simple vista.

Y eso complicaba todo.

Porque si este mundo no era moderno, pero aun así tenía individuos con ese nivel de control… entonces había variables que aún no comprendía.

Demasiadas.

Mi atención volvió a la habitación.

Madera. Herramientas simples. Nada de tecnología visible. Sin cables, sin luces artificiales, sin dispositivos.

Pero tampoco había suciedad extrema ni abandono.

Era un lugar… funcional.

Autosuficiente.

«Aislados… pero no indefensos.»

La gata negra volvió a moverse.

Saltó con ligereza desde la cama hasta el suelo, caminando con esa elegancia silenciosa que solo tienen los depredadores seguros de su entorno. Se detuvo a mitad del cuarto… y giró la cabeza hacia mí.

Otra vez.

Ese maldito gato.

Entrecerré los ojos.

Había algo en su comportamiento que no encajaba. No era solo curiosidad animal. Su atención era demasiado… dirigida.

Demasiado consciente.

Por un instante, nadie más pareció notarlo.

Mi padre seguía hablando. Mi madre sonreía levemente.

Pero el gato…

El gato no apartaba la mirada.

Un escalofrío me recorrió la espalda.

«Aquí hay algo más…»

No tenía pruebas.

No tenía información.

Pero mi instinto —ese que me mantuvo con vida durante años— no se equivocaba con facilidad.

Este lugar… este mundo…

No era seguro.

Y yo…

Yo estaba en el punto más vulnerable posible.

Mis manos se tensaron ligeramente sobre la tela que me envolvía.

Pequeñas. Débiles.

Dependientes.

La palabra me resultó amarga.

Dependencia.

Algo que en mi vida anterior era sinónimo de muerte.

Pero ahora…

Era inevitable.

Cerré los ojos un segundo, obligándome a aceptar esa realidad sin que afectara mi juicio.

«Entonces me adapto.»

Siempre fue así.

No importa el terreno.

No importa las condiciones.

No importa el cuerpo.

La misión es sobrevivir.

Y después…

Dominar.

Volví a abrir los ojos, esta vez con una calma más fría.

Más estable.

Más… mía.

Mis padres seguían ahí. Ajeno a todo.

La casa seguía en silencio.

El gato… finalmente desvió la mirada.

Pero ya era tarde.

Había tomado nota.

Y en un mundo donde no entiendo las reglas…

La información es lo único que me separa de la muerte.

Respiré hondo —o lo más que este cuerpo me permitía— y dejé que mi vista recorriera una vez más cada rincón visible de la habitación.

Puertas. Ventanas. Salidas.

Rutinas.

Patrones.

Todo cuenta.

Porque esta ya no es una segunda oportunidad.

Es un nuevo despliegue.

Y esta vez…

No pienso fallar.

El tiempo en este cuerpo… se siente distinto.

No es como en combate, donde cada segundo pesa y cada decisión puede costarte la vida. Aquí… los momentos se estiran. Se diluyen entre el sueño, el silencio y esa rutina extraña que apenas estoy empezando a entender.

Pero incluso así, sigo contando.

Siempre cuento.

Los ciclos de luz que entran por la ventana.

Las veces que me alimentan.

Los pasos que recorren la casa.

Todo.

Porque si no puedo moverme como antes, al menos puedo observar mejor.

Y aprender.

Fue en uno de esos momentos de aparente calma cuando la vi otra vez.

La niña de cabello rojo.

Entró en la habitación sin hacer ruido, como si no quisiera interrumpir. Pero no fue torpeza ni timidez… fue costumbre. Su forma de caminar era ligera, medida. Cada paso parecía calculado para ocupar el menor espacio posible.

Se detuvo cerca de la puerta, con las manos juntas frente a ella.

Esperando.

Mi madre fue la primera en notarla.

Le dijo algo en ese idioma que aún no comprendo, con un tono suave pero directo. No era una orden dura… pero tampoco era una sugerencia.

La niña asintió de inmediato.

Sin dudar.

Sin preguntar.

Se movió hacia la mesa, recogió algunos utensilios y empezó a ordenarlos con una precisión casi mecánica.

La observé en silencio.

No había torpeza en sus movimientos.

No había distracción.

No había… infancia.

«Demasiado disciplinada…»

Incluso en zonas de conflicto, los niños conservan algo. Un gesto, una mirada, un descuido.

Ella no.

Cada acción estaba contenida.

Controlada.

Como si hubiera aprendido —demasiado pronto— que equivocarse tiene consecuencias.

Sentí una ligera presión en el pecho.

No dolor.

Algo más incómodo.

Familiar.

Mi mirada siguió cada uno de sus movimientos hasta que, por un segundo, sus ojos se cruzaron con los míos.

Rojos.

Intensos.

No fue un accidente.

Ella sabía que la estaba observando.

Y aun así… no desvió la mirada de inmediato.

Solo un instante.

Pero suficiente.

En ese breve cruce, no vi sumisión.

Vi atención.

Como si también estuviera evaluándome.

Luego bajó la vista y continuó con su tarea, como si nada hubiera pasado.

«Interesante…»

No era solo una niña obediente.

Había algo más ahí.

Algo que no encajaba con el resto del entorno.

Y en este punto, ya debería haber aprendido la lección.

Nada en este mundo es lo que parece a simple vista.

Un leve movimiento en la cuna me sacó de ese análisis.

Intenté incorporarme.

Error.

Mi cuerpo respondió con un desequilibrio inmediato. Mis músculos, aún en desarrollo, no podían sostener ni mi propio peso. Caí de nuevo sobre la tela con un sonido suave y frustrante.

Un pequeño gruñido escapó de mi garganta.

Patético.

En otra vida, habría cruzado una habitación en silencio, armado, listo para neutralizar una amenaza.

Ahora…

No puedo ni sentarme.

La frustración subió rápido.

Demasiado rápido.

Mis manos se cerraron —o lo intentaron— y sentí cómo mi respiración se aceleraba sin control.

«Controla.»

Cerré los ojos.

Forcé el ritmo.

Inhala.

Exhala.

Otra vez.

Poco a poco, la tensión se disipó.

No completamente… pero lo suficiente.

Perder el control emocional en este estado no solo es inútil.

Es peligroso.

Cuando abrí los ojos de nuevo, la niña estaba más cerca.

No me había dado cuenta en qué momento se acercó.

Se inclinó ligeramente sobre la cuna, observándome con curiosidad… pero sin invadir demasiado espacio.

Dudó un segundo.

Luego, con cuidado, extendió una mano.

Se detuvo a mitad de camino.

Como si esperara permiso.

Ese pequeño gesto…

Ese mínimo momento de duda…

Rompió algo en la escena.

Ya no era una figura mecánica cumpliendo órdenes.

Era una niña.

Una que había aprendido a medir cada acción.

Incluso algo tan simple como tocar.

La miré fijamente.

No podía hablar.

No podía asentir.

Pero tampoco aparté la mirada.

Ella pareció entender.

Lentamente, apoyó su dedo sobre mi mano.

El contacto fue… extraño.

Cálido.

Real.

Mis dedos se cerraron alrededor del suyo por reflejo.

Instinto puro.

Pero mi mente… estaba en otra parte.

Recordando.

Manos sujetando otras en medio del caos.

Promesas hechas antes de una misión.

Gente que no volvió.

La niña no retiró la mano.

Tampoco habló.

Solo se quedó ahí, en silencio.

Y por primera vez desde que abrí los ojos en este mundo…

No analicé.

No calculé.

No busqué amenazas.

Solo…

Existí.

Hasta que la voz de mi madre rompió el momento.

La niña se apartó de inmediato, volviendo a esa postura correcta, contenida.

Como si ese pequeño gesto nunca hubiera ocurrido.

Pero yo lo registré.

Y no lo olvidaría.

Porque en un mundo lleno de incógnitas…

Los pequeños detalles son los que definen todo.

Giré ligeramente la cabeza, mirando hacia la ventana.

La luz estaba cambiando otra vez.

Otro ciclo.

Otro día.

Otra oportunidad.

Cerré los ojos lentamente, dejando que el cansancio natural de este cuerpo hiciera su trabajo.

Pero mi mente no se apagó.

Siguió ahí.

Activa.

Adaptándose.

Porque aunque ahora sea débil…

Esto es solo temporal.

Y cuando llegue el momento…

Cuando este cuerpo responda como debe…

Este mundo dejará de ser un misterio.

Y se convertirá en territorio conocido.

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