Han pasado dos años y seis meses desde mi reencarnación.
He aprendido mucho de este nuevo mundo en este tiempo, pero la diferencia fundamental es una: ya no soy completamente inútil.
Ahora gateo.
No es elegante. No es rápido. Y definitivamente no es digno de mi vida anterior. Pero funciona.
Mis manos, aún pequeñas y torpes, ya responden con cierta coordinación. Mis piernas han dejado de ser simples accesorios decorativos. Ahora puedo desplazarme, explorar… e infiltrarme.
Lentamente. Muy lentamente. Pero es suficiente.
Es un progreso aceptable. Mi mente ya procesa el lenguaje con fluidez y he registrado los puntos clave de la gramática de este mundo. Todo está anotado en mi "archivo" mental.
Y como toda buena operación, ya tengo un objetivo fijado: La biblioteca.
Desde el primer día que la vi, supe que ese lugar era la clave. Información, historia, posiblemente mapas… o algo más. Durante meses fue territorio inaccesible porque mi cuerpo simplemente no daba la talla.
Ahora, eso ha cambiado. No es que pueda hacer una infiltración limpia, pero al menos puedo intentarlo.
Aunque, siendo honesto, ese no ha sido mi único "entrenamiento".
Desde aquel día en el patio… desde que vi a Jared moverse como si las leyes físicas fueran opcionales, todo cambió para mí.
Mi madre, sin saberlo, se convirtió en mi principal aliada táctica. Cada mañana, como una rutina sagrada, me llevaba al patio trasero.
—Vamos a ver a papi —decía con esa sonrisa suya.
Y yo… yo observaba.
Día tras día. Movimiento tras movimiento.
No podía replicarlo, ni de cerca. Mi cuerpo apenas lograba mantenerse estable al intentar ponerme de pie por unos segundos, pero mi mente… mi mente sí podía entrenar.
Así que apliqué la vieja escuela: Visualización. Repetición mental. Análisis. Una y otra vez.
Mientras otros niños de mi edad probablemente estarían babeando por cualquier cosa brillante, yo estaba memorizando ángulos de ataque.
Es ridículo. Absolutamente ridículo. Y aun así, es necesario.
Porque algo en los movimientos de Jared no encajaba. No era solo habilidad física. Había momentos, breves y casi imperceptibles, donde el aire a su alrededor parecía reaccionar. Como si su cuerpo no se limitara a moverse dentro del mundo, sino que el mundo se ajustara a él.
«Sigo sin entenderlo», pensé con frustración.
Elara está ocupada en el otro extremo de la casa. Es el momento.
Me escabullí con la precisión de un comando, aprovechando que las sombras del pasillo me ocultaban. Mi objetivo era la ventana que daba directamente al campo de entrenamiento personal de Jared. Necesitaba ver qué hacía, cómo lo hacía y, sobre todo, entender ese "algo" que distorsionaba el aire a su alrededor.
Pero al llegar, me topé con el primer error de cálculo táctico.
«Demasiado alta».
Para un adulto, era una ventana estándar. Para mí, era un puesto de observación situado en la cima de un acantilado. El marco de madera se burlaba de mi estatura desde un metro de altura.
«Analiza el entorno. Piensa. Adapta. Vence».
Mis ojos recorrieron la habitación en un escaneo rápido.
Un taburete volcado: Demasiado pesado para arrastrarlo sin hacer ruido.
Una pila de cojines en el sofá: Útiles, pero inestables.
El estante de libros bajos: Firme. Conectado a la pared.
«Ruta identificada: El estante».
Me acerqué al mueble de madera. Era una estructura sólida, llena de tomos pesados que servían como anclaje perfecto. Apoyé mis pequeñas manos en el primer nivel.
Arriba.
Mis músculos, aún en desarrollo, temblaron ante el esfuerzo de cargar con mi propio peso. Subir un escalón de treinta centímetros era el equivalente a escalar un muro de tres metros con equipo completo.
Hmph… hmph…
Jadeaba, pero no me detuve. Enterré mis dedos en el espacio entre los libros y usé mis rodillas para impulsarme. Un centímetro más. Otro.
Finalmente, logré sentarme en el estante superior. Desde aquí, la vista era perfecta.
Me asomé por el cristal, ocultando la mayor parte de mi cabeza detrás de la cortina. Un observador invisible.
Abajo, Jared estaba en medio del patio. No llevaba armadura, solo una camisa ligera que dejaba ver la tensión de sus hombros. Tenía una espada de práctica en la mano, pero no estaba "entrenando" de la forma convencional.
Estaba quieto. Completamente inmóvil.
«¿Qué está haciendo?»
Estaba a milímetros de descifrarlo. Mi mente procesaba cada ráfaga de aire y cada gramo de presión que Jared ejercía sobre el suelo. Era una técnica que desafiaba la lógica balística de mi mundo anterior.
Y entonces, ocurrió el desastre.
Al otro lado del cristal, dos ojos amarillos se materializaron de la nada.
—¡Miau!
El susto me golpeó como una descarga eléctrica. Mi cuerpo reaccionó por puro instinto de combate, saltando hacia atrás, pero olvidé un detalle logístico vital: estaba en el borde de un estante de madera pulida.
Luché por el equilibrio. Mis brazos giraron como aspas de molino y mis dedos arañaron el aire buscando un agarre que no existía. Mi voluntad decía "firmes", pero este cuerpo traicionó mis órdenes una vez más.
La gravedad ganó.
¡Plaf!
El golpe contra el suelo fue seco y rotundo. Un quejido involuntario escapó de mis labios mientras recuperaba el aliento.
—Ahhh… —balbuceé, apretando los dientes.
Levanté la vista y ahí estaba ella, asomada desde el estante con una expresión de absoluta suficiencia. Juro que sus bigotes temblaban de placer. Le gustaba verme sufrir; disfrutaba cada segundo de mi degradación física.
«Informe de daños: El Capitán Eduardo ha sido derrotado nuevamente por un felino doméstico», pensé con amargura.
De pronto, el estruendo de unos platos rompiéndose en la cocina rompió el silencio de la casa, seguido de unos pasos apresurados que hacían vibrar el suelo.
«Objetivo Elara aproximándose a alta velocidad».
Antes de que ella entrara en la habitación, realicé una verificación rápida de daños. Movilidad de extremidades: funcional. Respuesta nerviosa: estable. Integridad estructural…
Efectivamente. Me había raspado la rodilla.
La sangre apenas asomaba, pero para un cuerpo de dos años, aquello era una "herida de guerra" catastrófica que no tardaría en atraer una atención que mi orgullo no estaba listo para recibir.
—¡Aris! ¡Mi bebé! —el grito de Elara llegó justo antes que ella.
Por Dios que te paso
Elara se desplomó de rodillas a mi lado en un segundo. Sus ojos, antes tranquilos, ahora eran un torbellino de preocupación mientras sus manos recorrían mis brazos y piernas con la velocidad de un médico de combate en zona de fuego.
Una vez que sus dedos se detuvieron en mi rodilla raspada y comprobó que el resto de mi estructura ósea seguía intacta, soltó un suspiro de alivio que casi me despeina.
Pero entonces, hizo algo que no estaba en mis manuales.
Acercó su mano derecha a la herida, apenas a unos centímetros de la piel, y cerró los ojos. Sus labios empezaron a moverse en un susurro rítmico, una serie de cánticos suaves que no se parecían a ningún idioma que yo hubiera procesado hasta ahora.
«¿Qué demonios está haciendo?», me pregunté, frunciendo el ceño con toda la seriedad que mi cara de bebé me permitía.
De repente, la lógica de mi mundo anterior saltó por los aires.
Una luz comenzó a formarse entre la palma de su mano y mi rodilla. No era un reflejo, ni un truco de iluminación. Era una luminiscencia real, cálida y tenue, que parecía brotar del aire mismo.
«Pero... ¡¿qué mierda?!»
Mi mente gritó en estado de alerta máxima. En mi vida pasada, una luz saliendo de una mano significaba una granada cegadora o un fallo eléctrico letal. Pero esto era diferente. La sensación no era de quemadura, sino de un hormigueo casi agradable, como si mil agujas microscópicas estuvieran cosiendo mi piel a una velocidad imposible.
Me quedé petrificado, con los ojos como platos.
Bajo el resplandor de esa luz, vi cómo el raspón —esa pequeña brecha en mi integridad física— comenzaba a cerrarse. La sangre se detuvo, el tejido se regeneró y, en cuestión de segundos, la piel volvió a estar tan lisa como si nunca hubiera tocado el suelo.
—Ya está, pequeño valiente —susurró Elara, regalándome una sonrisa cansada mientras la luz se desvanecía en el aire.
Ella lo veía como algo natural. Como quien pone una curita. Pero para el Capitán Eduardo, esto acababa de cambiar las reglas del juego por completo.
Ya no eran solo movimientos rápidos de Jared. Era manipulación de energía a nivel celular. Era… magia médica.
«Si esto es lo que hace una madre para curar un raspón… ¿qué demonios hacen en el campo de batalla?»
Mientras la luz se desvanecía en la piel de mi rodilla, desvié la mirada hacia el estante.
Ahí seguía ella. La gata.
Pude notar un destello de conformismo en su mirada, una especie de satisfacción silenciosa. No era la mirada de un animal que acaba de ver un truco; era la de un instructor que acaba de forzar una lección. Como si, por alguna razón, hubiera planeado mi caída solo para mostrarme la energía que emanaba de Elara.
«¿Me has empujado para que viera esto?», le pregunté con la mirada.
Sin rastro de remordimiento, el felino se giró con una parsimonia insultante. Su lenguaje corporal gritaba un "De nada, simple humano" antes de saltar del estante y desaparecer por el pasillo.
No pude evitar soltar una mueca de disgusto. Por un lado, me hervía la sangre por haber sido manipulado por un gato; por el otro, una semilla de gratitud empezaba a germinar en mi pecho, por más infantil o imposible que sonara.
Esta revelación cambiaba todo el tablero. Las piezas ya no eran solo infantería y táctica física.
«Si un humano es capaz de manifestar esta clase de energía para sanar una herida celular…»
Cerré mis pequeños puños, sintiendo el calor residual en mi pierna.
«…¿por qué no podría usarse para navegar entre mundos?»
La posibilidad golpeó mi mente con la fuerza de un proyectil de artillería. Hasta ahora, mi objetivo era sobrevivir y entender este entorno. Pero ahora, por primera vez desde que desperté en esta cuna, vi un camino de regreso. Un puente hacia Elizabeth.
Si la magia podía reconstruir tejido, quizás también podía rasgar el tejido de la realidad.
Mi mirada se volvió acerada, impropia de un niño de dos años. Elara me levantó en brazos, arrullándome para calmar un llanto que yo ni siquiera estaba emitiendo, pero mi mente ya estaba a kilómetros de distancia.
Ya no bastaba con observar a Jared desde la ventana. Ya no bastaba con gatear por los pasillos.
Necesitaba esa biblioteca. Necesitaba nombres, teorías, flujos de energía. Necesitaba entender las leyes de este mundo para poder romperlas.
«Espérame, Elizabeth. El Capitán Eduardo acaba de encontrar su nueva misión de extracción».
