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Chapter 17 - "PRIMER ENCUENTRO"

—Devuélvelo.

Silencio.

—…Eligak.

La gata me miró.

Fija.

Inmutable.

El calcetín colgaba de su boca como si fuera un trofeo de guerra.

—Te lo advierto —dije, avanzando un paso—. Ese es el último que me quedaba.

Parpadeó.

Lentamente.

Y luego…

Corrió.

—¡Oye!

Salí tras ella de inmediato.

Atravesó el pasillo como una sombra, girando en la esquina sin perder velocidad.

—¡Eso no es un juego!

Saltó sobre una mesa.

Derribó un pequeño recipiente.

Ni siquiera miró atrás.

—¡Eligak!

Aceleré.

Casi resbalo.

Recuperé el equilibrio.

Ella ya estaba en la puerta.

—No te atrevas…

La cruzó.

Obviamente.

—…genial.

Salí tras ella.

El aire exterior me golpeó de inmediato.

Fresco.

Pero extraño.

No le di importancia.

Aún.

—Ven aquí —murmuré, bajando el ritmo.

Eligak se detuvo a unos metros.

Se giró.

El calcetín seguía ahí.

Intacto.

—Bien… —exhalé—. Dámelo y te perdono la vida.

Movió la cola.

Como si evaluara la oferta.

Un segundo.

Dos.

Y luego…

Volvió a correr.

—¡YA BASTA!

La perseguí otra vez.

Rodeó el patio.

Pasó por la zona de entrenamiento.

Saltó una roca baja.

Yo la seguí.

Más rápido.

Más cerca.

—Te tengo…

Saltó de nuevo.

Pero esta vez…

No se detuvo.

Se internó más allá del patio.

Hacia la parte trasera.

Fruncí el ceño.

—¿A dónde vas ahora?

No solía ir por ahí.

Seguí avanzando.

El ritmo bajó por sí solo.

No por cansancio.

Por algo más.

Las voces.

Me detuve.

Apenas.

Eligak también.

Se quedó quieta.

Como si hubiera cumplido su objetivo.

—…

Entrecerré los ojos.

Ahí estaban.

Mi padre.

Y Shizuka.

De espaldas a mí.

Hablando.

Serios.

—…no fue una masacre común —dijo Jared.

Mi cuerpo se tensó apenas.

—Han pasado tres días —respondió Shizuka—. Y aún no hay rastro claro de lo que lo causó.

Silencio.

Pesado.

No me acerqué más.

Pero tampoco me fui.

—Eso es lo que me preocupa —añadió Jared.

Miré a Eligak.

Ella solo… se sentó.

Tranquila.

Como si todo esto hubiera sido planeado.

—…¿Lo sabías? —murmuré.

La gata parpadeó.

Lentamente.

Sin responder.

Volví la mirada al frente.

Y me quedé ahí.

Escuchando.

Sin que ellos lo supieran.

Las palabras de mi padre no eran normales.

No era el tono que usaba en casa.

—No dejaron sobrevivientes —dijo Jared.

Shizuka no respondió de inmediato.

—Ni uno —añadió él.

El viento pasó entre los árboles.

Frío.

Seco.

—Entonces no fue un ataque al azar —respondió Shizuka finalmente—. Fue intencional.

—Sí.

Corto.

Directo.

—Y organizado.

Fruncí levemente el ceño.

Organizado.

Eso no sonaba a monstruos comunes.

—Las huellas no coinciden con una sola especie —continuó Jared—. Había distintas criaturas.

—Controladas —añadió Shizuka.

Silencio.

—Eso pensé —confirmó Jared.

Mi pulso se aceleró apenas.

Controladas.

—Demonios… —murmuró Shizuka.

No fue sorpresa.

Fue reconocimiento.

—Es lo más probable —respondió Jared—. Pero hay algo que no encaja.

Shizuka giró ligeramente hacia él.

—¿Qué cosa?

—No arrasaron la aldea por alimento.

—Ni por territorio —añadió ella.

—Buscaban algo.

El aire pareció volverse más pesado.

—¿Qué cosa? —preguntó Shizuka.

Jared negó levemente.

—No lo sé.

Hizo una breve pausa.

—Pero revisaron todo.

Casas.

Almacenes.

Incluso los cuerpos.

Apreté los dientes sin darme cuenta.

—Eso no es comportamiento de bestias —dijo Shizuka.

—No.

—Es búsqueda.

—Exacto.

El silencio que siguió fue distinto.

Más denso.

Más incómodo.

—Entonces… —murmuró Shizuka— no fue un ataque.

Jared la miró de reojo.

—Fue una inspección.

Esa palabra…

No me gustó.

Para nada.

El viento volvió a soplar.

Arrastrando hojas secas.

—Si están buscando algo —continuó Shizuka—… significa que no lo encontraron.

—Sí.

—Y van a seguir.

—También.

Ambos guardaron silencio unos segundos.

Pensando lo mismo.

—Debemos prepararnos —dijo Shizuka finalmente.

No fue una sugerencia.

Fue una decisión.

Jared asintió.

—Refuerzo de perímetro.

—Turnos de vigilancia.

—Y limitar salidas innecesarias.

—De acuerdo.

Hizo una pausa.

—No quiero que Aris se aleje.

Mi cuerpo se tensó apenas.

—Ni Azumi —añadió Shizuka.

—Ni nadie.

El tono de Jared cambió ligeramente.

Más serio.

Más… personal.

—Si esto llega hasta aquí…

No terminó la frase.

No hacía falta.

Shizuka lo entendió.

Yo también.

—Entonces tenemos que estar listos antes de que eso pase —dijo ella.

—Sí.

El silencio volvió.

Pero esta vez…

Era diferente.

No era duda.

Era preparación.

Bajé la mirada un instante.

Pensando.

"Buscan algo…"

"…y no lo encontraron."

Mi mente se movía rápido.

Demasiado rápido para alguien de mi edad.

Pero no era nuevo.

Nunca lo había sido.

Levanté la mirada otra vez.

Ellos seguían ahí.

Serios.

Firmes.

Preparándose para algo que aún no llegaba.

Pero que ya estaba en camino.

Y por alguna razón…

Sentí que eso…

No era algo lejano.

No me quedé más tiempo.

Ya había escuchado suficiente.

Di un paso atrás.

Luego otro.

Cuidando de no hacer ruido.

Eligak seguía ahí.

Sentada.

Observándome.

Como si supiera exactamente lo que estaba haciendo.

La miré.

—…Esto es tu culpa —murmuré en voz baja.

Parpadeó.

Lentamente.

Sin inmutarse.

Suspiré.

Y me giré.

Volviendo sobre mis pasos.

El patio se sentía distinto ahora.

Más estrecho.

Más… vigilado.

Como si lo que acababa de escuchar hubiera cambiado algo.

O tal vez…

Solo era yo.

Caminé sin prisa.

Pero tampoco con calma.

Mi mente seguía dándole vueltas a lo mismo.

"Buscan algo…"

"…y no lo encontraron."

¿Qué podría ser tan importante como para arrasar una aldea entera?

Y más importante aún…

¿Por qué sentía que eso no me era ajeno?

Fruncí el ceño.

No tenía sentido.

Pero la sensación no se iba.

Al llegar a la casa, el ambiente era el de siempre.

Tranquilo.

Cálido.

Normal.

Demasiado normal.

Como si el mundo exterior no existiera.

—Aris —llamó la voz de mi madre desde la cocina—. ¿Dónde estabas?

Me detuve un segundo antes de responder.

—Afuera… entrenando.

No era del todo mentira.

—Ven, ya es hora de cenar.

—Ya voy.

Entré.

El olor a comida llenaba el ambiente.

Shizuka ya estaba dentro.

Como si nunca hubiera salido.

Como si esa conversación…

No hubiera ocurrido.

Azumi estaba sentada.

Relajada.

Pero su mirada se levantó apenas cuando entré.

—Tardaste —dijo.

—Culpa de ella —respondí, señalando con el pulgar hacia atrás.

Eligak entró en ese momento.

Como si nada.

—Siempre es culpa de alguien más contigo —murmuró Azumi.

—Es que tengo mala suerte.

—Claro.

Me senté.

Intentando relajar los hombros.

Pero no lo logré del todo.

—¿Todo bien? —preguntó mi madre, sirviendo la comida.

Asentí.

—Sí.

Mentira.

Pero no podía decir otra cosa.

No aún.

Miré alrededor de la mesa.

Faltaba algo.

O más bien…

Alguien.

—¿Y… la bebé? —pregunté.

Mi madre sonrió suavemente.

—Está dormida —respondió—. Hoy estuvo despierta casi toda la tarde.

—Lloró bastante —añadió Azumi, llevándose un bocado a la boca.

—No lloraba —intervino Shizuka con calma—. Solo… estaba inquieta.

Eso me llamó la atención.

—¿Inquieta?

Shizuka asintió ligeramente.

—Como si percibiera algo.

Mi mirada bajó por un instante.

"…como yo."

—Es normal —dijo mi madre con una pequeña risa—. Apenas está conociendo el mundo.

Normal.

Sí…

Claro.

—¿Puedo verla después? —pregunté.

—Si no la despiertas —respondió mi madre—. Necesita descansar.

Asentí.

—Lo haré.

La conversación continuó.

Ligera.

Normal.

Como siempre.

Pero yo…

No estaba ahí del todo.

Las palabras de mi padre seguían en mi cabeza.

Una y otra vez.

"Están buscando algo."

"Van a seguir."

"Debemos prepararnos."

Apreté ligeramente el puño bajo la mesa.

Sin que nadie lo notara.

O eso creí.

Azumi me miró de reojo.

No dijo nada.

Pero lo notó.

Lo sabía.

Desvié la mirada.

Después de cenar, me levanté sin hacer mucho ruido.

—Voy a verla un momento —dije.

Mi madre asintió.

—Con cuidado.

Caminé por el pasillo.

Más lento de lo normal.

Abrí la puerta con suavidad.

La habitación estaba en penumbra.

Tranquila.

Silenciosa.

Ella estaba ahí.

Pequeña.

Frágil.

Dormida.

Su respiración era suave.

Regular.

Me acerqué despacio.

Como si cualquier movimiento pudiera romper ese momento.

Me detuve junto a la cuna.

Observándola.

Sus ojos estaban cerrados.

Pero podía imaginar ese color…

Ese brillo extraño.

Diferente.

No entendía por qué…

Pero cada vez que la miraba…

Sentía algo.

No era como lo de la tormenta.

No era como lo de hoy.

Era…

Más tranquilo.

Más cálido.

Extendí la mano.

Dudé un segundo.

Y luego…

Toqué suavemente su pequeña mano.

No se despertó.

Pero sus dedos se movieron apenas.

Sujetando el mío.

Débilmente.

—…

Sonreí.

Sin darme cuenta.

—Te voy a proteger —murmuré en voz baja.

No sabía de qué exactamente.

Pero lo haría.

Me quedé unos segundos más.

En silencio.

Y luego me retiré.

Cerrando la puerta con cuidado.

La noche cayó sin que me diera cuenta.

El cielo se oscureció lentamente.

Las voces se apagaron.

Las luces se redujeron.

Uno a uno, todos se retiraron a sus habitaciones.

Como cualquier otro día.

Como si nada estuviera mal.

Como si el mundo…

No estuviera cambiando.

Me recosté en la cama.

Mirando el techo.

El silencio era más pesado de lo normal.

Eligak saltó a un lado.

Se acomodó.

Dando un par de vueltas antes de quedarse quieta.

—…No me robaste el calcetín por nada, ¿verdad? —murmuré.

No hubo respuesta.

Solo el suave movimiento de su cola.

Cerré los ojos, pero el sueño se mostró esquivo. Cuando finalmente logré conciliarlo, no trajo descanso, sino un presagio.

El tiempo se desdibujó hasta que el penetrante olor a madera carbonizada asaltó mis fosas nasales, seguido por un coro distante de gritos. Abrí los ojos de golpe y me incorporé en un solo movimiento fluido; mi instinto de soldado, forjado en mil batallas, me gritaba que la calma había terminado.

La habitación estaba sumergida en una oscuridad antinatural. Eligak ya no dormía; estaba erizada, una estatua de tensión felina con la mirada clavada en la puerta.

—¿Qué percibes? —le pregunté en un susurro.

No necesitaba que hablara para entender el mensaje en sus pupilas dilatadas: peligro inminente. Sin dudarlo, salté de la cama. Eligak trepó a mi hombro de un salto mientras yo notaba el frío gélido del suelo, una temperatura que no correspondía a la estación.

Di un paso, luego otro, y abrí la puerta. El pasillo era una boca de lobo. Al cruzar el umbral, el aire cambió; se volvió denso, pesado, casi sólido. El hedor a quemado y los lamentos se volvieron una realidad ineludible. Esto no era una ilusión ni el residuo de una pesadilla. Era el presente.

De pronto, una opresión física me golpeó el pecho, como si el espacio mismo estuviera siendo comprimido por una fuerza invisible. Eligak soltó un siseo bajo y fijó su vista justo detrás de mí.

Lo sentí. Una mirada que calaba hasta los huesos. Algo me observaba desde la retaguardia.

Giré por puro instinto combativo. Allí estaba. Al final del corredor, una silueta permanecía inmóvil, pero su mera presencia resultaba insoportable, distorsionando la realidad a su alrededor como un flujo de energía corrupta. Mi cuerpo se tensó, listo para el impacto.

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