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Chapter 20 - "PUNTO DE INFLEXIÓN II"

Respiré—

No.

Lo intenté.

El aire ya no respondía igual.

Pesaba.

Cada inhalación era densa, lenta… como si algo se interpusiera entre mis pulmones y el mundo.

Mis músculos se tensaron.

Luego—

Se detuvieron.

No por dolor.

No por cansancio.

Por algo peor.

Mi cuerpo…

No quería moverse.

—…

¿Qué… es esto…?

No lo dije en voz alta.

No podía.

Mi mandíbula no respondió.

Mis dedos tampoco.

Pero no era parálisis total.

Era… decisión.

Instinto.

Como si cada parte de mí estuviera gritando lo mismo:

No te muevas.

Porque si lo haces…

Mueres.

A mi lado, Azumi se quedó congelada.

Sus cuchillas seguían en alto… pero ya no descendían.

Su respiración era irregular.

Forzada.

Incluso ella…

No podía avanzar.

Detrás, el brillo esmeralda de mi madre tembló.

No desapareció.

Pero se volvió inestable.

Como si esa "cosa" estuviera interfiriendo con todo.

Y entonces lo entendí.

No era solo presión.

No era magia normal.

Era…

Dominio.

—…Sed de sangre —la voz de mi madre llegó, tensa, contenida—.

La escuché.

Pero no pude girarme.

—Una técnica… de los caídos…

¿caídos…? Murmuré.

No tenía sentido.

Nada de esto lo tenía.

Después, Pasos.

Lentos.

Pesados.

Resonaron en el suelo.

No necesitaba verlo.

Sabía que era él.

Cada paso…

Se sentía más cerca.

Más pesado.

Más… absoluto.

El Serafín caminaba.

Sin prisa.

Sin esfuerzo.

Como si todo lo que estaba dentro de ese espacio…

Ya le perteneciera.

Como... Si estuviera en todas partes.

—¿Lo sienten…? —su voz atravesó el aire, suave, casi curiosa—.

Se detuvo.

—Este vacío…

El silencio se volvió más profundo.

—…es lo que siente una presa antes de ser devorada.

Intenté mover el brazo.

Nada.

Intenté dar un paso.

Nada.

Mi cuerpo no respondía.

No porque no pudiera.

Sino porque algo más…

Tenía prioridad.

Sobrevivir.

No resistir.

No luchar.

Solo…

No provocar.

Mis ojos temblaron levemente.

Eso sí podía hacerlo.

Apenas.

Lo suficiente para ver.

A lo lejos—

Mi padre.

De rodillas.

Su cuerpo temblaba.

Sus músculos luchaban.

Podía verlo.

Podía sentirlo.

Estaba intentando moverse.

Intentando romperlo.

Por nosotros.

—…Muévete…

No lo dijo en voz alta.

Pero lo entendí.

Lo estaba intentando.

Con todo.

El Serafín se detuvo frente a él.

Se inclinó ligeramente.

Extendió la mano.

Sus dedos tocaron el rostro de mi padre.

Lento.

Deliberado.

Como si inspeccionara algo que ya le pertenecía.

—Primero… tu voluntad —susurró.

Silencio.

—Luego…

Sus ojos brillaron levemente.

—Tu familia.

Mi cuerpo se tensó.

No por movimiento.

Por reacción.

Instinto.

—Puedo olerlo… —continuó.

Sus labios se curvaron.

—Esa ausencia…

El aire se volvió aún más pesado.

—Es fascinante.

No.

Intenté moverme otra vez.

Forcé.

Todo.

Nada.

El Serafín levantó la mano.

La energía oscura comenzó a concentrarse en su palma, devorando la luz carmesí a su alrededor.

Densa.

Compacta.

Letal.

No era un ataque cualquiera.

Era el final.

Mi padre cerró los ojos.

No por rendirse.

Por aceptar.

Shizuka, a su lado, no se movía.

Pero una lágrima descendió por su rostro.

Lenta.

Silenciosa.

Y entonces lo sentí.

No venía de él.

No venía del dominio.

Venía de otro lugar.

Un pulso.

Suave.

Pero claro.

Mi respiración se detuvo.

No por la técnica.

Que...

—…Papá…

No sabía si salió mi voz.

Pero lo intenté.

—¿Lo… sientes…?

Nada.

No respondió.

No podía.

El pulso creció.

No era presión.

No era energía agresiva.

Era…

Calma.

En medio de todo eso…

De la muerte…

Del dominio…

Del miedo…

Era lo único que no encajaba.

El Serafín se detuvo.

Su mano quedó suspendida en el aire.

Por primera vez…

Dudó.

—¿…Qué es esto?

Su voz cambió.

Ligero.

Pero real.

El pulso…

Se expandió.

Y entonces—

La luz nació.

La luz no apareció.

Nació.

No como un destello.

No como un hechizo.

Fue… un estallido.

Silencioso al principio.

Pero absoluto.

Desde el corazón de la aldea, una claridad blanca irrumpió en el mundo, devorando el carmesí del dominio como si nunca hubiera existido.

El rojo se quebró.

Como cristal.

—¡¿QUÉ ES ESTO?!

La voz del Serafín se distorsionó.

Por primera vez…

Había algo más que control en ella.

La luz avanzó.

Fría.

Pura.

Imparable.

El "Imperio Lujurioso" colapsó en fragmentos invisibles que se disolvieron antes de tocar el suelo.

La presión desapareció.

De golpe.

El aire volvió.

Entró de golpe a mis pulmones.

Caí de rodillas, tosiendo, mientras mi cuerpo intentaba recordar cómo moverse.

Pero apenas podía pensar en eso.

Porque…

El pulso seguía ahí.

Más fuerte.

Más claro.

Miré hacia el origen.

La casa.

Una runa gigantesca brillaba en los cimientos.

Siempre había estado ahí.

Pero nunca la habíamos visto.

Hasta ahora.

—…Esto no es…

La voz de mi padre llegó, baja.

Incompleta.

El Serafín retrocedió un paso.

Cubriéndose el rostro.

—¡Esta luz…!

Su voz se quebró.

—¡No debería existir aquí!

La energía en su mano se deshizo.

Arrancada.

Destruida.

El mundo se volvió blanco.

No hubo transición.

No hubo tiempo.

Solo luz.

Y luego—

Silencio.

Parpadeé.

Una vez.

Cuando abrí los ojos…

El aire era distinto.

Frío.

Húmedo.

Natural.

Parpadeé, desorientado.

Ya no había fuego.

Ni gritos.

Ni sangre.

Solo…

Un bosque.

Árboles altos se alzaban a mi alrededor, sus copas bloqueando la mayor parte del cielo. La luz se filtraba entre las hojas en tonos suaves, verdes, casi irreales.

El suelo estaba cubierto de hierba húmeda.

El viento… era tranquilo.

Demasiado tranquilo.

Mi respiración se estabilizó poco a poco, como si ese lugar obligara a mi cuerpo a calmarse.

—…Aris.

Giré de inmediato.

Mi madre.

Estaba de pie a unos pasos de mí, sosteniendo a Eira contra su pecho.

Cansada.

Pero… a salvo.

—Mamá… —murmuré, acercándome.

Eira estaba despierta.

En silencio.

Sus ojos fucsia observaban el entorno sin inquietud.

Ese pulso…

Débil.

Pero presente.

—¿Dónde estamos…? —preguntó Azumi desde atrás.

Me giré.

Ella también estaba ahí, de pie entre la hierba, con la guardia alta, analizando cada rincón del bosque.

Alerta.

Siempre alerta.

—No lo sé —respondí.

Y era verdad.

Pero algo dentro de mí…

No lo sentía como peligro.

Fruncí ligeramente el ceño.

—…Pero esto no es casualidad.

El viento se movió entre los árboles.

Suave.

Como un susurro.

Y entonces—

Un leve movimiento en la hierba llamó mi atención.

Bajé la mirada.

—…

Algo oscuro se deslizó entre el pasto.

Pequeño.

Ágil.

Y salió.

Eligak.

Caminó con total tranquilidad, como si nada hubiera pasado. Como si no hubiéramos estado al borde de la muerte hacía apenas unos segundos.

Se detuvo frente a nosotros.

Miró a mi madre.

Luego a Eira.

Parpadeó.

Lentamente.

—…Claro —murmuré, exhalando por la nariz—. Tú también.

La gata soltó un pequeño maullido.

Y se sentó.

Como si ese lugar…

También le perteneciera.

El silencio volvió.

Pero ya no era tenso.

Era… contenido.

Aún así...

Analicé el entorno por un instante.

Mis ojos recorrieron el bosque, una y otra vez.

Busqué.

Y no los vi.

Nada.

Fruncí el ceño.

—¿Padre…?

—¿Shizuka…?

Mi voz salió más baja de lo que esperaba.

No hubo respuesta.

Miré a mi madre.

Ella negó suavemente con la cabeza.

Y en ese instante…

Lo entendí.

No estábamos todos.

Porque lejos de aquí…

Muy lejos…

La historia…

Apenas continuaba.

...

(Cambio de perspectiva — Narrador Omnisciente)

El silencio no era completo.

No para todos.

Entre los restos de la aldea, donde el fuego aún consumía lo poco que quedaba en pie…

Una figura permanecía.

El Serafín bajó lentamente las manos de su rostro.

Sus ojos…

Irritados.

No por daño físico.

Sino por algo mucho más inusual.

Interferencia.

Extendió su percepción.

Como una red invisible que se expandía en todas direcciones.

Buscando.

Rastreando.

Nada.

No había rastro.

Ni de maná.

Ni de presencia.

Ni de vida.

El vacío era absoluto.

Y entonces…

Sonrió.

—Con que aquí te ocultabas…

Su voz fue baja.

Controlada.

Pero cargada de algo más profundo.

—…Lailah.

El nombre no era casual.

Era reconocimiento.

El Serafín cerró los ojos un instante.

Recordando.

—Así que aún sigues interfiriendo…

El viento arrastró ceniza a su alrededor.

Abrió los ojos.

Mirando hacia la distancia.

Más allá del bosque.

Más allá de todo.

—Interesante…

Su sonrisa se ensanchó.

Lenta.

Depredadora.

—Muy interesante.

A su alrededor, las criaturas comenzaron a reagruparse.

Silenciosas.

Obedientes.

—Nos movemos.

La orden cayó sin necesidad de alzar la voz.

Y como sombras…

Desaparecieron entre los restos de la aldea.

El fuego continuó ardiendo.

Pero ya no había nadie para verlo.

Y en medio del humo…

Una última frase quedó suspendida en el aire.

—No importa dónde te escondas…

Una pausa.

—…esta vez te encontraré.

El viento se llevó el resto.

Y con él…

La certeza.

Esto…

No había terminado.

Apenas…

Estaba comenzando.

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