La sangre manchaba la nieve inmaculada de Alberta, dibujando un lienzo macabro de supervivencia pura. Sergei Volkhov, con el abdomen desgarrado y la mano derecha convertida en un recuerdo sangriento, se encontraba frente a una aberración de la naturaleza: una matriarca grizzly enfurecida. La hoja de su cuchillo, impulsada por la desesperación de su brazo izquierdo, se había hundido en la articulación trasera de la bestia, arrancándole un rugido que hizo vibrar los abetos circundantes.
Pero el dolor no acobardó al animal; lo incendió con la furia de los eones.
Volkhov, al no tener su mano derecha y sintiendo cómo el frío comenzaba a cristalizar sus vísceras expuestas, supo que el combate cuerpo a cuerpo había terminado. Su mente táctica, forjada en los peores infiernos de la antigua Unión Soviética, emitió una orden clara: Retirada. Sobrevivir. Intentó girar sobre su eje para arrastrarse hacia la espesura, buscando usar la topografía a su favor para escapar. Sin embargo, la agilidad de la bestia era antinatural. Con un movimiento explosivo, la osa se abalanzó hacia él y descargó un zarpazo brutal directamente hacia sus extremidades inferiores.
Las garras de diez centímetros, duras como el acero al carbono, se clavaron profundamente en la pierna izquierda de Volkhov. El impacto no solo desgarró el músculo gemelo y la ropa térmica, sino que la fuerza cinética del golpe le torció el tobillo en un ángulo grotesco e imposible. El crujido del hueso rompiéndose resonó en el claro como el estallido de una rama seca. Volkhov ahogó un grito, cayendo de bruces sobre el manto helado.
La bestia gruñó, preparándose para el golpe final. Volkhov, con la respiración entrecortada y el sabor a cobre inundando su boca, no se rindió. Con su única mano útil, escarbó en el suelo, agarrando un puñado de nieve mezclada con tierra, hielo y su propia sangre espesa. Con un movimiento rápido y salvaje, le arrojó la amalgama rojiza directamente a la cara de la osa. Los grumos helados y la sangre impactaron contra el hocico y los ojos del animal, cegándola por un microsegundo crucial.
Ese instante a pesar de tener el tobillo izquierdo completamente destrozado, colgando de tendones inflamados, Volkhov hizo un esfuerzo sobrehumano. Sus músculos modificados gritaron en protesta, pero obligó a su cuerpo a levantarse apoyándose sobre su rodilla buena. Había logrado recuperar su cuchillo tras el forcejeo, la hoja goteando la sangre oscura del animal. Su ojo, aquel que nunca fallaba, se enfocó con una precisión letal. Con un movimiento fluido de su brazo izquierdo, lanzó el cuchillo.
La hoja voló cortando el viento helado y se clavó con un sonido húmedo directamente en el ojo izquierdo de la matriarca grizzly.
El chillido que emitió el animal no era de este mundo. Era el sonido de la naturaleza misma siendo profanada. La osa se alzó sobre sus dos patas traseras, sacudiendo la cabeza con violencia, tratando de sacarse el acero incrustado en su cráneo. Pero el dolor, en lugar de doblegarla, la sumió en un frenesí homicida. Con un zarpazo lateral y ciego, barrió el aire. Las garras impactaron de lleno en el pecho y hombro de Volkhov.
El golpe fue tan colosal que lo levantó del suelo y lo mandó a volar por los aires. El cuerpo inmenso de Volkhov trazó un arco rojo y macabro en el cielo gris antes de estrellarse pesadamente contra un montículo de nieve profunda, a varios metros de distancia. El aire abandonó sus pulmones en un golpe seco. Su visión se volvió borrosa, un caleidoscopio de dolor y estrellas negras. Pero, no se sabe si fue por una intervención divina, por pura suerte matemática o el capricho del destino que tanto odiaba, cayó exactamente al lado de su propio rifle de francotirador, el cual había abandonado minutos antes.
Su instinto lo impulsó a tomar el arma. Quiso levantarla, apuntar y disparar un proyectil perforante en el cráneo de la bestia para terminar con esa pesadilla. Pero el mando del cerebro chocó contra la cruda realidad física: no tenía mano derecha. El muñón ensangrentado en su antebrazo latía con fuerza. Su regeneración estaba trabajando a marchas forzadas; el tejido celular burbujeaba, los tendones intentaban tejerse entre sí, y una fina capa de cartílago comenzaba a formarse donde antes había una muñeca. Se estaba regenerando, pero a un ritmo dolorosamente lento. Su cuerpo estaba exhausto por la pérdida de sangre y el frío extremo. No iba a tener una mano lista para apretar el gatillo a tiempo.
En ese lapso de tiempo de absoluta vulnerabilidad, la osa se acercó. La nieve crujía bajo sus inmensas patas. La mitad de su rostro estaba bañado en sangre, el mango del cuchillo sobresaliendo de la cuenca de su ojo destruido. Se irguió sobre Volkhov, tapando el sol, una montaña de músculo, furia y venganza.
La bestia no dudó. Abrió su inmensa boca, exhibiendo hileras de colmillos amarillentos y ensangrentados, un abismo cavernoso que apestaba a muerte y carne podrida. Y con un movimiento descendente, la osa grizzly cerró sus fauces directamente sobre la cabeza de Volkhov.
Lo hizo.
El sonido de un cráneo humano siendo triturado bajo la presión de toneladas de fuerza mandibular es algo que desafía cualquier descripción. Los dientes del animal perforaron el cuero cabelludo, fracturaron el hueso parietal y hundieron sus colmillos profundamente en el cerebro de Volkhov. Su rostro colapsó hacia adentro, la mandíbula se desprendió con un crujido sordo, y la masa encefálica fue comprimida hasta estallar. El tejido nervioso, la memoria, la corteza visual... todo fue reducido a una pulpa sanguinolenta en la oscuridad de las fauces del monstruo.
Cualquier ser en la historia de la evolución habría encontrado la muerte instantánea. Una apagón absoluto. La nada. Pero Volkhov no tuvo esa misericordia. Lo peor, lo verdaderamente dantesco de su existencia, era que él estaba plenamente consciente de todo ese dolor.
En la oscuridad de la muerte cerebral, la consciencia de Volkhov no residía en su cabeza, sino en su pecho. Allí, latiendo en sincronía con su corazón reconstruido, habitaba el ancla de su alma: la piedra negra. Aquel artefacto misterioso e insondable que el mismo Ryuusei le había implantado para salvarle la vida hace un año atras. Esa piedra había reescrito las reglas de su mortalidad. La única forma de matar verdaderamente a Sergei Volkhov era extirpando o destruyendo esa piedra de su corazón. Mientras el artefacto latiera, su espíritu seguiría atado a su carne destrozada, sin importar cuán mutilada estuviera.
El dolor era una entidad cósmica. Volkhov experimentó la sensación de sus propios ojos reventando, de su lengua siendo cortada, de sus pensamientos siendo masticados. Era un infierno sensorial, un ruido blanco de agonía absoluta. Estaba atrapado en una prisión de carne muerta, sintiendo cada colmillo raspar contra sus vértebras cervicales.
Ayuda... Al ya no tener una boca, al no tener cuerdas vocales ni pulmones enteros para gritar, Volkhov aulló en el silencio de su propia mente. Su espíritu, atrincherado en el calor de la piedra negra, rogaba. Por favor, alguien... Ryuusei... quien sea. Ayuda.
Y en ese instante, donde la cordura de Volkhov amenazaba con desintegrarse en la locura eterna del dolor incesante, sus palabras silenciosas fueron escuchadas.
El suelo del bosque tembló, no por el peso de un animal, sino por una fuerza tectónica y antigua. El aire se llenó de un olor penetrante a pino milenario, savia hirviente y tierra húmeda. De entre la espesura irrumpió una figura colosal. No era el niño asustadizo que habían rescatado en Finlandia. Era Sylvan, desatando la furia de su forma monstruosa de árbol. Con casi cuatro metros de altura, su cuerpo compuesto de madera retorcida, enredaderas gruesas como cables de acero y ojos que brillaban con una luz verde bioluminiscente y espectral, embistió a la osa.
El impacto fue brutal. El golem de madera chocó contra el costado del grizzly, levantando sus cuatrocientos kilos en el aire como si fuera un muñeco, y empujó a la osa lejos del cuerpo inerte de Volkhov, estrellándola contra un grupo de rocas nevadas. El cráneo mutilado de Volkhov cayó sobre la nieve, un amasijo de carne irreconocible.
Sylvan dejó escapar un rugido que sonaba como el crujir de un bosque entero derrumbándose. Pero no estaba solo. Entre las sombras de los árboles, con la agilidad de un felino y la frialdad de un verdugo, emergió Amber Lee.
Llevaba su equipo táctico de invierno, pero su aura desprendía un sutil vapor esmeralda, indicio de que su biología tóxica estaba activada. En sus manos empuñaba una ballesta compuesta y sofisticada, cargada con un virote especial. Sin dudar un solo segundo al ver el estado de Volkhov, Amber levantó el arma y apuntó al enorme animal que luchaba por reincorporarse.
Antes de colocar la flecha en la cuerda, Amber se había llevado la punta del proyectil a los labios y la había humedecido. Le había pasado su propia saliva. Para cualquier humano, un beso de Amber era una experiencia exótica; para un ser vivo en combate, su saliva era una neurotoxina concentrada capaz de derribar un elefante, diseñada en los rincones más oscuros de su herencia bioquímica.
Apretó el gatillo. La cuerda chasqueó y la flecha venenosa cruzó el claro, clavándose profundamente en el estómago expuesto y vulnerable de la matriarca grizzly. La osa rugió, intentando arrancarse el proyectil, pero el veneno de Amber actuó con una rapidez aterradora. Las venas alrededor de la herida se tiñeron de un negro purpúreo, y los músculos del animal comenzaron a sufrir espasmos paralizantes.
La osa cayó de rodillas, babeando una espuma oscura. Pero Sylvan, la encarnación de la naturaleza salvaje que no entiende de piedad, decidió finalizar el combate de una manera profundamente perturbadora. El golem de madera avanzó hacia la fiera moribunda. Levantó su masivo brazo derecho, y ante la mirada fría de Amber, la madera comenzó a transmutar. El brazo de Sylvan se deshizo en docenas de raíces gruesas, vivas, retorciéndose como un nido de serpientes de madera.
Con un movimiento brutal y exento de emoción, Sylvan clavó su brazo transmutado en el rostro del oso. Las raíces, movidas por una voluntad letal, se estiraron, se hicieron más delgadas y afiladas, y entraron de manera violenta por la boca ensangrentada y las fosas nasales del animal. La bestia tuvo un último estertor de agonía mientras las raíces viajaban por su garganta, perforando sus pulmones, destrozando su corazón y abriéndose paso por sus órganos internos.
Un segundo después, con un crujido asqueroso, las raíces salieron del cuerpo del animal, atravesándolo desde adentro hacia afuera como decenas de pinchos gigantes de madera oscura. La osa fue empalada desde su propio interior, levantada unos centímetros del suelo por la estructura radicular, muerta al instante. La sangre tiñó las raíces de Sylvan de un rojo oscuro mientras retiraba su brazo, dejando caer el cadáver masivo sobre la nieve.
Mientras Sylvan observaba la muerte, Amber ignoró el cadáver y corrió rápidamente hacia donde estaba el cuerpo caído de Volkhov.
La escena era digna de una carnicería forense. El abdomen de Volkhov seguía abierto, su pierna rota y su cabeza no era más que un cráter de hueso y tejido. Sin embargo, la magia negra del corazón del ruso estaba trabajando a su máxima capacidad. El vapor de calor biológico emanaba de él. El cráneo se estaba rearmando, fragmento a fragmento; los globos oculares se formaban a partir de filamentos nerviosos que se entrelazaban en tiempo real, y los músculos faciales se tejían sobre el hueso naciente. La regeneración acelerada estaba devorando sus reservas de energía, pero lo estaba trayendo de vuelta de la muerte clínica.
Amber se dejó caer de rodillas a su lado y abrió su botiquín. Lo primero que hizo fue asegurarse de que tenía sus guantes de polímero aislante perfectamente puestos. Su biología estaba en un estado de estrés por el combate, y al mínimo roce con su piel desnuda, las toxinas que exudaba podrían infiltrarse en el torrente sanguíneo de Volkhov. Y en su estado de debilidad extrema, el sistema de la Primera Generación quizás no sería capaz de filtrar el veneno de Amber. Podría curarlo de las garras del oso solo para matarlo accidentalmente con su tacto.
Con movimientos precisos y carentes de sentimentalismo, Amber comenzó a brindarle los primeros auxilios. Limpió los bordes de la herida abdominal abierta para evitar que la tierra infectara los órganos mientras la carne se cerraba sobre ellos. Usó una férula temporal para inmovilizar el tobillo destrozado, asegurándose de que el hueso soldara en la posición correcta. Y luego, sacó vendas limpias para envolver los restos del brazo derecho y la cabeza a medio formar del ruso.
El proceso fue rápido. Conforme la piel del rostro de Volkhov se regeneraba lo suficiente como para sostener una mandíbula, y un ojo gris se formó por completo parpadeando ante la luz grisácea del cielo canadiense, el ruso volvió al mundo de los vivos. Su respiración se volvió profunda y áspera. Sintió el contacto de unas manos vendando su rostro.
Con su media cara recuperada, revelando una mueca torcida debido a los músculos aún tiernos, Volkhov fijó su único ojo funcional en la figura inclinada sobre él. La capucha del abrigo de Amber había caído hacia atrás, revelando su cabello morado oscuro y sus rasgos hermosos, fríos y letales.
A pesar de haber sido devorado vivo, el humor negro, ese mecanismo de defensa psicológico que siempre lo mantenía cuerdo, emergió. Volkhov forzó una sonrisa torcida con la mitad de los labios que le quedaban.
—Dime una cosa... —susurró Volkhov, su voz sonando ronca, metálica y rasposa, como si tragara grava seca—. ¿Acaso me morí y esto es el cielo? Porque... que una chica tan bella me esté vendando las heridas con tanta delicadeza... es una anomalía en mi existencia.
Amber no detuvo el movimiento de sus manos. Su expresión no cambió, manteniéndose impasible, con ese aire estoico que la caracterizaba. Ajustó la venda alrededor de su frente con un tirón un poco más fuerte de lo estrictamente necesario, arrancándole un pequeño quejido al ruso.
—Por favor, Volkhov. Guarda silencio y no hables —dijo Amber, con una frialdad absoluta, aunque sus ojos oscuros delataron una minúscula e imperceptible chispa de alivio al verlo consciente—. Estás gastando oxígeno y energía que tu cerebro necesita para recordar cómo funcionar. Aún te falta la mitad del rostro. No estás en posición de coquetear.
Volkhov soltó una risa seca que se convirtió en una tos sanguinolenta. —Sí, señora... —murmuró, obedeciendo la orden y cerrando el ojo, dejando que la oscuridad reparadora y el calor de la piedra en su pecho hicieran el resto del trabajo.
Al pasar unos veinte minutos, el metabolismo monstruoso de la Primera Generación y el poder de la piedra de Ryuusei habían hecho su trabajo sucio. Con la herida abdominal sellada por tejido cicatricial nuevo y doloroso, su tobillo reacomodado y su cráneo completamente restaurado, aunque pálido y sudoroso, Volkhov ya estaba casi recuperado. Su mano derecha aún era un muñón envuelto en vendas, un proceso que le tomaría varios días reconstruir desde cero, pero estaba lo suficientemente estable como para sentarse sobre la nieve.
Sylvan, que había reducido su forma y ahora volvía a ser el niño pálido de ojos inocentes con ropas de invierno que le quedaban grandes, estaba sentado sobre una roca cerca del cadáver de la osa, observando las nubes como si nada hubiera pasado.
Volkhov apoyó su brazo sano sobre la rodilla y miró a Amber, quien estaba limpiando la sangre de su ballesta con un trapo. El dolor remanente era un eco sordo, pero la curiosidad táctica ocupaba ahora su mente.
—Hablando en serio —comenzó Volkhov, su voz ya con su tono grave habitual—. Estaba a seis kilómetros de la base Genbu. Fuera del rango de los sensores biométricos de corto alcance, y dejé mi comunicador en la habitación. ¿Cómo diablos supieron que estaba en problemas?
Amber guardó el trapo en su bolsillo y lo miró. —Ryuusei —respondió ella simplemente—. Todos estábamos muy preocupados en la base. Es muy raro que salgas por ahí sin un cronograma estricto, y llevabas fuera demasiado tiempo para una simple cacería. El desayuno se enfrió. Aiko empezó a ponerse ansiosa y Ryuusei nos dio la orden de que todo el equipo se desplegara para buscarte. Dividimos el bosque en cuadrículas. Por suerte, Sylvan detectó el olor a sangre fresca y pánico en las raíces de los árboles antes de que llegara la tormenta, y te encontramos a tiempo.
Volkhov frunció el ceño. Apreciaba el esfuerzo del equipo, de verdad lo hacía. Era la primera vez en toda su miserable vida que alguien salía a buscarlo no para matarlo, sino para salvarlo. Sin embargo, su mente calculadora analizó el operativo.
—Fue ineficiente —murmuró Volkhov, frotándose la nuca regenerada—. Si todos salieron a buscar a ciegas, expusieron demasiado la base. ¿Por qué no utilizaron a Kaira? Con su habilidad, ella controla y lee mentes. Ella hubiera podido escanear la actividad cerebral de un radio inmenso. Me hubiera encontrado en cinco minutos, incluso si mi cabeza estaba en la boca de ese animal. Nos hubiéramos ahorrado horas de búsqueda.
Amber suspiró, sacudiendo la cabeza con leve fastidio ante la mente analítica e ingrata del ex soldado.
—Creéme, Volkhov, eso fue lo primero que intentamos. Pero Kaira despertó esta mañana con fiebre altísima. Su cuerpo está rechazando temporalmente los implantes neuronales o quizás es solo un virus humano común, no lo sé con certeza, no soy su médico principal. Pero el punto es que no podía concentrarse sin provocarse una hemorragia nasal severa. No pudimos usarla, así que no nos quedó otra que hacer el trabajo manual a la antigua.
Amber hizo una pequeña pausa y, mientras ajustaba la funda de su ballesta en la cadera, una media sonrisa, fría y competitiva, se dibujó en sus labios.
—Y además, de cierta forma... me alegra que lo hiciéramos manualmente. Porque gracias a que te perdiste y casi mueres convertido en alimento para osos, gané la apuesta.
Volkhov la miró con profunda confusión, su único ojo parpadeando repetidas veces. —¿Qué? —preguntó, desconcertado—. ¿De qué apuesta me estás hablando, Lee?
Amber se cruzó de brazos, luciendo extrañamente complacida consigo misma.
—Hice una apuesta con Ezekiel antes de salir de la base —le explicó ella, con el tono de quien relata un negocio redondo—. Le dije que yo te rastrearía antes que él, usando la resonancia biológica del bosque de Sylvan contra su estúpido poder de teletransportación. Quien te encontraba primero ganaba trescientos dólares canadienses. Ezekiel juró que te hallaría antes, pero el muy imbécil se fue hacia la cresta norte. Así que... gracias por dejarte casi matar en este sector, Volkhov. Me debes la vida, y Ezekiel me debe trescientos dólares.
Volkhov se quedó mirando a la asesina tóxica por un largo momento. El absurdo de la situación golpeó su mente rígida. Su vida entera, su lucha contra la muerte, la masacre en su cabeza... todo se había reducido a una carrera y a una apuesta de trescientos dólares por parte de los miembros del equipo de Ryuusei. Iba a replicar, a soltar un sermón sobre la disciplina militar, el honor y el respeto por las jerarquías de la base, pero un ruido imprevisto ahogó sus palabras.
Unos sonidos agudos, pequeños bufidos y chillidos provenían de la maleza, cerca de los sacos de carne destrozados.
El instinto asesino de Amber se reactivó en microsegundos. Con un movimiento fluido, apuntó con su ballesta en la dirección del ruido, su dedo posado sobre el gatillo, esperando que otra fiera saliera a buscar venganza.
Pero de entre los arbustos nevados, temblando por el frío y oliendo la sangre de su madre muerta, salieron arrastrándose las dos crías de oso grizzly. Eran diminutas comparadas con el monstruo que yacía empalado, bolitas de pelo marrón que miraban la escena con ojos confusos y asustados, emitiendo gemidos tristes.
Amber bajó lentamente la ballesta, aunque no relajó su postura. Sylvan, ya en su forma de niño, se levantó de la roca, sus ojos oscuros y antiguos mirando a los cachorros. Caminó descalzo sobre la nieve, acercándose a las crías sin emitir ningún sonido. Los cachorros, lejos de huir de él, olfatearon la madera viva que emanaba de su piel y se acurrucaron contra sus piernas, buscando calor.
Sylvan miró a los dos adultos, ladeando la cabeza con una inocencia desconcertante para alguien que acababa de empalar a la madre desde adentro. —Se quedaron solos... —dijo Sylvan, con su voz suave y etérea—. ¿Qué haremos con las crías? Si las dejamos, el frío y los lobos se los comerán esta misma noche.
Volkhov miró a los cachorros. Su mente fue asaltada, no por el dolor físico, sino por un destello cegador de su propio pasado. Vio la choza en Daguestán. Vio el fuego. Vio a un niño de cinco años arrodillado en la tierra ensangrentada, rodeado por los cadáveres masacrados de su madre, su padre y sus hermanos, mientras el frío amenazaba con devorarlo por completo. Él había sido esa cría solitaria. Él había sido el huérfano dejado a merced de los depredadores de dos patas.
Con un gruñido sordo y apoyándose en su pierna buena, Volkhov se puso de pie, su inmensa silueta proyectando una sombra protectora sobre los animales.
—Sería mejor llevarlas a la base —dictaminó Volkhov, su voz no admitiendo réplica. Su mirada era dura y determinada.
Amber lo miró como si hubiera perdido la razón junto con la mitad de su cráneo. Su mentalidad, basada puramente en el pragmatismo bioquímico y la supervivencia, chocó frontalmente con el inesperado sentimentalismo del ruso.
—No seas absurdo, Volkhov —le dijo Amber, cruzándose de brazos, su tono teñido de advertencia—. Esas crías no son mascotas. Son superpredadores. En un año pesarán doscientos kilos y nos verán como alimento. No hay que meterse con el orden natural del ecosistema. Su madre intentó matarte, tú fallaste, la matamos a ella. El ciclo se cierra aquí. Si la naturaleza dicta que mueran hoy en la nieve por ser débiles y huérfanos, entonces que mueran. Es la regla del bosque.
Volkhov avanzó un paso pesado hacia ella, su enorme figura imponiéndose. Aunque le faltaba una mano, la autoridad y el peso de su historia personal hablaban por él.
—Al diablo con tu teoría del orden natural, Amber —gruñó Volkhov, su ojo gris brillando con una intensidad dolorosa que Amber jamás le había visto—. La regla de los hombres que me criaron también decía que los huérfanos débiles merecían ser escoria o morir. Yo no quiero ver morir a las crías de ningún animal por hambre y frío mientras yo tenga el poder de evitarlo. Si son superpredadores mañana, me encargaré de ellos mañana. Hoy, son solo huérfanos. Y a esta base ya hemos traído suficientes huérfanos y monstruos, tú y yo incluidos. Dos más no harán diferencia.
Amber sostuvo su mirada, escrutando el rostro endurecido del ruso. Ella era una asesina, pero no era estúpida. Reconoció el trauma detrás de esas palabras. Vio el reflejo de sus propias tragedias familiares en la obstinación de Volkhov. Con un leve suspiro, bajó los hombros, rindiéndose ante la testarudez del hombre.
—Como quieras, grandulón —dijo ella finalmente, dándose la vuelta para recoger los sacos de carne de ciervo que aún servían—. Pero si una de esas bolas de pelo se come mis zapatos o me muerde en seis meses, los usaré como práctica de tiro para mis flechas corrosivas. Y tú se lo explicarás a Ryuusei.
Volkhov asintió lentamente, una paz extraña asentándose en su pecho, aliviando el escozor de la piedra negra.
Sylvan, sonriendo, recogió a los dos cachorros, uno en cada brazo, abrazándolos contra su pecho. A pesar del intenso frío, su cuerpo generaba un calor de invernadero natural que de inmediato sosegó a las crías.
El viaje de regreso fue arduo, silencioso y exhaustivo. Volkhov caminaba cojeando pesadamente, apoyado en el hombro de Amber durante los tramos más escarpados de la montaña, mientras Sylvan iba detrás, jugando con las pequeñas hojas que hacía brotar de sus dedos para entretener a los osos huérfanos.
La noche devoró el bosque, sumergiéndolo en una oscuridad absoluta, pero la brújula interna de Amber y la conexión de Sylvan con la tierra los guiaron con precisión.
Eran las nueve de la noche, bajo un cielo despejado que exhibía un mar de estrellas gélidas, cuando por fin alcanzaron la cima de la última colina. Frente a ellos, inmensa, cálida y segura, se alzaba la silueta del caparazón de la tortuga gigante. Las tenues luces de los hangares de entrada brillaban como un faro de bienvenida en medio de la desolación blanca.
Habían llegado a la base Genbu. Estaban en casa. Y con ellos, traían la carne prometida, un soldado destrozado pero vivo, y dos nuevos integrantes a la extraña y disfuncional familia de supervivientes bajo el mando de Ryuusei.
