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Chapter 236 - El Error de un Soldado

El eco del disparo que había terminado con la vida del majestuoso ciervo se había disipado hacía mucho tiempo, devorado por la inmensidad del bosque canadiense. Sergei Volkhov, arrodillado sobre la nieve teñida de un carmín espeso y humeante, dio el último tirón con su cuchillo para separar la piel del músculo. Sus manos, toscas y curtidas por la pólvora y el frío, trabajaban con una precisión que contradecía su imponente tamaño. Con un suspiro ronco que se transformó de inmediato en una densa nube de vapor, comenzó a cortar las mejores piezas de carne: los lomos, las piernas, los cuartos traseros. No podía permitirse el lujo de desperdiciar nada. En la Base Genbu, el aislamiento obligaba a valorar cada caloría, y la perspectiva de compartir una comida real, fresca y abundante con Ryuusei, Hitomi, Aiko, Amber y todos los demás era lo único que inyectaba una calidez genuina en su pecho de soldado.

Introdujo los pesados bloques de carne fresca en unos sacos de lona gruesa que traía doblados en su equipo. Al levantarlos, calculó el peso. Fácilmente superaban los sesenta kilos, a lo que debía sumar su pesado rifle de francotirador, su munición y el equipo de supervivencia. Para un humano común, cargar con semejante lastre a través de la nieve profunda de las montañas de Alberta habría sido una tortura que requería constantes descansos. Para Volkhov, un exponente de la Primera Generación, el peso era simplemente una molestia aceptable. Sin embargo, al mirar a su alrededor, una punzada de incomodidad táctica lo asaltó.

Echó un vistazo al follaje idéntico y espeso de los abetos que lo rodeaban. Hizo un cálculo mental rápido de su trayectoria. Entre el rastreo, la persecución y los desvíos que había tomado para no perder el rastro de la presa, se había alejado demasiado de las coordenadas seguras de la tortuga gigante. Unos seis kilómetros, pensó con el ceño fruncido. Seis kilómetros de maleza virgen, laderas empinadas y nieve que le llegaba a las rodillas. No había caminos, no había senderos marcados por el hombre. Ajustó las correas de los sacos a su espalda, aseguró el fusil a su hombro y decidió comenzar la caminata de regreso. Confiaba en su instinto; después de todo, había sobrevivido a las tundras siberianas y a los bosques más cerrados del bloque oriental. Canada no podía ser tan diferente.

Al pasar ya una media hora caminando con todo ese peso a cuestas, la fatiga biológica no era el problema, sino el tiempo. Volkhov era un hombre metódico, un reloj biológico andante debido a su entrenamiento. Hizo un recuento cronológico de la jornada para intentar ubicarse. Había salido de la Base Genbu exactamente a las cinco de la mañana, cuando la noche aún dominaba el cielo y el frío calaba hasta los pensamientos. Había caminado a paso rápido, adentrándose en lo más profundo y cerrado del bosque durante unas dos horas, buscando señales, huellas o excrementos. Para cuando localizó el rastro fresco del gran ciervo, ya eran cerca de las siete. A partir de ahí, la cacería real comenzó: un juego de paciencia y sigilo que le tomó otras dos horas de persecución meticulosa, moviéndose a favor del viento, ocultando su inmensa silueta detrás de los troncos, hasta que finalmente logró tener al animal a tiro de fusil y jalar el gatillo. Entre el cobro de la pieza y el meticuloso proceso de despellejarlo y embolsarlo bajo el rigor del clima, el tiempo se había escurrido entre sus dedos ensangrentados.

Miró la posición del sol a través de la densa capa de nubes grises. Ya eran como las diez de la mañana. Pero había un pequeño problema, uno que golpeó el orgullo del implacable soldado ruso como un puñetazo en el estómago: Volkhov se había perdido.

El tan entrenado soldado de élite, el hombre que presumía de tener una orientación impecable en los terrenos más hostiles del planeta, se encontraba completamente desorientado. Y al analizarlo con la cabeza fría, la razón era obvia y humillante. Nunca antes en su vida había pisado los bosques de Alberta. Esta era su primera vez interactuando con la geografía de la vertiente canadiense de las Rocallosas, un ecosistema que, a diferencia de las planicies rusas o la taiga siberiana, presentaba una topografía caótica de crestas escarpadas, cañones ciegos y árboles gigantescos que tapaban cualquier punto de referencia visual. Cada cresta que subía se parecía exactamente a la anterior; cada valle de pinos era un espejo del que acababa de dejar atrás. El bosque lo estaba devorando en su monotonía blanca.

Sin una brújula magnética a la mano, no le quedó otra opción táctica que seguir una regla básica de supervivencia de montaña: avanzar cuesta arriba. Si lograba ganar altura, tal vez podría romper la línea de los árboles y obtener una vista panorámica que le indicara dónde demonios estaba la base. Así comenzaron a pasar las horas en un calvario de ascenso lento y monótono. La caminata se volvió eterna. Pasaron una, dos, tres horas de marcha ininterrumpida a través de pendientes empinadas que habrían destrozado los tendones de cualquier atleta. Volkhov ya no sabía a dónde iba. Sus botas se hundían en acumulaciones de nieve polvo que ralentizaban cada paso, y el peso de la carne en su espalda comenzaba a sentirse como plomo derretido.

Para empeorar su situación logística, la sed comenzó a pasarle factura. Su cuerpo modificado quemaba calorías y líquidos a una velocidad alarmante debido al metabolismo acelerado de la Primera Generación. Tenía la garganta reseca, como si hubiera tragado arena, y los labios agrietados por el viento gélido. En un ataque de purismo cazador, Volkhov había cometido un error amateur antes de salir de la base: había dejado su teléfono celular en su habitación. No quería que ninguna vibración inoportuna, ningún zumbido digital ni las señales de radiofrecuencia que los animales a veces lograban percibir espantaran a las presas en un radio cercano. Quería una caza limpia, primitiva. Ahora, esa decisión lo dejaba completamente incomunicado, incapaz de enviar un pulso de GPS a Ryuusei para que lo rastreara desde los monitores de Genbu.

Continuó ascendiendo hasta que llegó al borde de un pequeño cañón escarpado. Miró hacia abajo y, por pura suerte, divisó un hilo de agua que corría entre las rocas congeladas en el fondo de la hondonada. Descendió de manera torpe, resbalando por la pendiente hasta llegar al riachuelo. El agua estaba turbia, arrastrando sedimento, trozos de hojas podridas y una capa de lodo fino que la hacía ver marrón y desagradable. No era agua potable bajo ningún estándar de salubridad civil; un humano normal que bebiera de allí se arriesgaría a una infección parasitaria severa o a una disentería que lo deshidrataría hasta la muerte en cuestión de días. Volkhov observó el flujo sucio con repugnancia, pero la necesidad biológica superó al asco. Era mejor beber eso que morir de deshidratación en medio de la nada. Se arrodilló, sumergió sus manos ensangrentadas para limpiarlas un poco en la corriente y luego bebió a grandes bocanadas, tragando el líquido helado y con sabor a tierra. Su sistema inmunológico y su estómago modificado, aislarían las bacterias sin problemas, pero la humillación psicológica de verse reducido a beber barro no disminuyó.

Una vez saciada la sed, volvió a trepar para salir del cañón, pero un nuevo instinto, uno mucho más primitivo y oscuro, comenzó a erizarle los pelos de la nuca. Hay algo que asusta a todo cazador, sin importar cuántas armas cargue o cuántos hombres haya matado en su vida: los peligros invisibles y soberanos de la naturaleza salvaje. Y la situación de Volkhov era el equivalente a encender una bengala en la oscuridad para los depredadores de la zona. Llevaba más de sesenta kilos de carne fresca, cruda y sangrienta atada a su espalda. Aunque los sacos eran de lona gruesa, el olor acre y ferroso de la sangre del ciervo se estaba filtrando, creando estelas de olor que el viento de la montaña esparcía a kilómetros de distancia. Para los grandes carnívoros de Alberta, Volkhov no era un supersoldado peligroso; era un buffet ambulante que caminaba despacio a través de su territorio.

El gigante ruso sabía que tenía que apresurarse, que el tiempo jugaba en su contra y que la luz del día comenzaría a flaquear en unas pocas horas. Necesitaba orientación inmediata. Al llegar al costado de un pino colosal, cuya altura superaba con creces a la de los árboles circundantes, tomó una decisión ejecutiva. Si seguía caminando a ciegas con todo ese lastre, terminaría exhausto y a merced de lo que fuera que lo estuviera siguiendo. Decidió dejar sus cosas en la base del tronco: apoyó los sacos de lona con la carne, su pesada mochila táctica y, en un acto de exceso de confianza nacido de la urgencia, también dejó apoyado su rifle de francotirador para aligerar su peso al máximo. Solo se quedó con el cuchillo militar sujeto a su pernera.

Se frotó las manos para calentarlas un poco y se aferró a la corteza rugosa del árbol. Por suerte, una de las pocas cosas útiles que los instructores de las fuerzas especiales soviéticas le habían enseñado a base de golpes cuando era un niño era a escalar superficies verticales sin equipo. Volkhov comenzó a subir. Sus enormes dedos encontraban agarre en las ramas gruesas, impulsando su enorme cuerpo de más de cien kilos hacia arriba con una agilidad sorprendente. Subió y subió, ignorando el dolor de sus músculos y el viento que se volvía cada vez más violento a medida que ganaba altura. Rompió la densa copa del pino y llegó a lo más alto, aferrándose firmemente al tronco principal que se mecía peligrosamente por las ráfagas.

Lo que vio desde la cima del mundo le llenó el pecho de una alegría salvaje y un alivio monumental. El panorama se abrió ante sus ojos grises. A unos cuantos kilómetros de distancia, rompiendo la monotonía de las crestas nevadas, se alzaba una anomalía geográfica que no pertenecía a este planeta. Se podía ver, con total claridad, la inmensa e inconfundible silueta de un caparazón de tortuga verdosa y grisácea, tan grande que parecía una colina artificial. De sus chimeneas de escape ocultas ascendían delgadas columnas de humo blanco que se disipaban en la atmósfera, y la agudeza auditiva de Volkhov, potenciada por el silencio de la altura, creyó percibir el lejano y amortiguado eco de voces y ruidos mecánicos. Estaba a solo unos kilómetros de casa. Tenía la ruta exacta en su cabeza. Solo debía bajar, tomar una línea recta hacia el noreste cruzando el siguiente valle, y estaría a salvo dentro del búnker viviente.

Bajó rápidamente del árbol, deslizándose entre las ramas con una prisa renovada, la confianza fluyendo otra vez por sus venas. Al tocar tierra firme con un impacto sordo en la nieve, se sacudió los trozos de corteza y caminó a paso firme de regreso al punto exacto donde había dejado su cache de equipo. Sabía exactamente a dónde ir. La humillación de estar perdido había quedado atrás.

Sin embargo, a medida que se acercaba al claro donde se erigía el gran pino, sus pasos disminuyeron la marcha de forma instintiva. Un sonido inusual viajaba a través del aire frío. No era el viento. Eran unos ruidos agudos, una especie de chillidos pequeños, bufidos cortos y un chapoteo juguetón que rompía la seriedad del bosque. Volkhov contuvo la respiración, desenfundó su cuchillo con la mano izquierda y se asomó con cautela detrás de un denso matorral de arbustos espinosos.

Al llegar al claro, la escena que presenció le heló la sangre, transformando su alivio en un terror primitivo. Dos crías de oso grizzly, pequeños montones de pelaje marrón y garras incipientes, estaban revolcándose en la nieve justo al lado del pino. El problema no era su ternura, sino lo que estaban haciendo: con sus pequeños dientes y garras, estaban rasgando con frenesí los sacos de lona que Volkhov había dejado en el suelo. El olor de la carne del ciervo las había vuelto locas, y ya habían logrado abrir uno de los sacos, devorando pedazos de carne cruda mientras se manchaban los hocicos de rojo.

Volkhov sintió que el corazón le daba un vuelco violento dentro del pecho. Como cazador y hombre de campo, su mente procesó la regla de oro más sagrada y peligrosa de la naturaleza americana, una verdad absoluta que infundía miedo incluso en el corazón de los dotados: si las crías están aquí jugando con comida ensangrentada, la madre no puede estar a más de unos pocos metros de distancia. Y una madre grizzly defendiendo a su camada y reclamando alimento es la fuerza biológica más destructiva del continente. Un soldado de la Primera Generación sabía cómo enfrentarse a un pelotón de hombres armados, sabía cómo predecir la trayectoria de una bala, pero la furia impredecible de un ápice depredador de cuatrocientos kilos era un terreno completamente diferente. El miedo, una emoción que Volkhov rara vez se permitía sentir, se instaló como un bloque de hielo en su estómago. Se asustó de verdad.

Intentó dar un paso hacia atrás, con la intención de alcanzar su rifle de francotirador que estaba apoyado apenas a tres metros de distancia, pero el tiempo se detuvo.

La temperatura del claro pareció descender de golpe. El aire se volvió espeso, cargado con un olor fétido a orina, pelaje húmedo y carroña vieja. Justo detrás de su espalda, la sombra de un coloso se proyectó sobre la nieve. Volkhov escuchó un sonido que vibró directamente en sus huesos: un gruñido sordo, sibilante, un bufido cavernoso que provenía de una garganta masiva.

Se giró lentamente, el terror tensando cada uno de sus músculos alterados. A escasos dos metros de él, erguida sobre sus dos patas traseras, se alzaba la madre de las crías. Era un monstruo de proporciones apocalípticas. Su cabeza era del tamaño de un escudo de combate, con ojos pequeños y oscuros fijos en el intruso con un odio territorial puro. Al estar de pie, llegaba a una altura descomunal de 2,8 metros, bloqueando por completo la poca luz solar que se filtraba entre los árboles. Los músculos de sus hombros formaban una joroba masiva de poder puro, y de sus fauces semicubiertas de saliva caía un goteo constante sobre la nieve.

Volkhov ni siquiera tuvo tiempo de gritar o de lanzarse hacia el fusil. La velocidad de reacción del animal desafiaba su inmenso tamaño. Con la velocidad de un látigo, el oso grizzly descargó un zarpazo colosal con su pata derecha. Las garras, cinco navajas de hueso y queratina de más de diez centímetros de largo, cortaron el aire con un silbido letal.

El impacto fue devastador. La fuerza del golpe golpeó el hombro y el pecho de Volkhov con la potencia de un camión de carga a toda velocidad. El tejido de su camiseta se desintegró, y la fuerza bruta del impacto rompió su clavícula al instante, mandando al gigante ruso a volar por los aires como si fuera un muñeco de trapo ligero. Volkhov salió despedido a lo largo de varios metros a través del claro, perdiendo el control de su cuerpo mientras destrozaba ramas menores en su trayectoria aérea.

Su vuelo terminó de la peor manera imaginable. El cuerpo de Volkhov impactó de espaldas contra el tronco de un abeto seco y semi-muerto que se alzaba en el borde del claro. El árbol tenía una rama baja rota, que con los años y el viento se había desgastado hasta convertirse en una estaca de madera afilada, astillada y dura como el hierro. Debido a la trayectoria del golpe del oso, esa estaca de madera se logró clavar de manera limpia y profunda en la espalda de Volkhov, perforando el omóplato izquierdo, desgarrando los músculos dorsales y asomando la punta ensangrentada cerca de su pectoral.

—¡¡AAAAAAAHHHHHHHG!! —un grito de dolor agónico, desgarrador y puramente humano escapó de la garganta de Volkhov, resonando en todo el cañón.

El dolor fue una explosión pirotécnica en su sistema nervioso. Se quedó colgando a unos centímetros del suelo, empalado en el árbol por su propio peso, la madera astillada crujiendo dentro de su carne mientras la sangre comenzaba a brotar a chorros, empapando la corteza del abeto. La estaca lo mantenía inmovilizado, un espécimen biológico atrapado en una trampa macabra. Su factor de regeneración de Primera Generación, debilitado por la deshidratación y la falta de energía, comenzó a activarse de forma caótica, intentando cerrar la herida alrededor de la madera, lo que solo multiplicaba el tormento al soldar las fibras musculares directamente a las astillas infectadas.

Y si la situación no pudiera ser peor, la osa no tenía intenciones de dejar a su presa a medio terminar. Al ver al intruso inmovilizado y escucharlo gritar, el instinto territorial y asesino de la bestia se encendió por completo. Dejó caer sus patas delanteras al suelo con un impacto que hizo temblar la nieve y vino corriendo hacia él en una carga frenética. Cuatrocientos kilos de furia imparable acortaron la distancia en un segundo.

El oso se abalanzó sobre el empalado Volkhov y lo empezó a morder con la clara intención de llevarlo hasta la muerte. Las fauces del animal se cerraron primero sobre el antebrazo derecho de Volkhov, que el soldado había levantado en un intento desesperado por proteger su cuello. El sonido de los dientes del grizzly triturando el radio y el cúbito modificados de la Primera Generación sonó como ramas secas rompiéndose. La bestia sacudió la cabeza con una violencia salvaje, desgarrando los tendones y los vasos sanguíneos. Con un tirón brutal impregnado de una fuerza zoológica inalcanzable para los humanos, el oso le arrebato la mano derecha completa, arrancándola desde la articulación de la muñeca en una explosión de tendones desgarrados y sangre que salpicó el rostro de la bestia.

Volkhov volvió a rugir de dolor, su visión tiñéndose de negro por el shock hipovolémico. Pero el castigo no terminó ahí. Al perder el brazo protector, el grizzly apoyó sus inmensas patas delanteras sobre los hombros del ruso, hundiéndolo aún más en la estaca de madera, y comenzó a usar sus garras traseras y sus dientes para destrozar el torso del hombre. Las garras se hundieron en el abdomen de Volkhov, y con un movimiento descendente y despiadado, le abrió el estómago a más no poder. La pared muscular modificada cedió ante la presión, abriéndose en un corte longitudinal horroroso que dejó expuestos los órganos internos y comenzó a derramar las asas intestinales sobre la nieve prístina, que se evaporaba bajo el calor de las vísceras expuestas.

Cualquier hombre, e incluso la mayoría de los dotados de generaciones posteriores, habría muerto en ese instante exacto por el colapso del sistema circulatorio o el trauma neurogénico. El dolor físico era una entidad viva que devoraba la consciencia de Volkhov. Podía sentir sus propios jugos gástricos mezclándose con la sangre, el aire frío de Alberta colándose directamente en su cavidad abdominal, y la madera del árbol frotando contra sus costillas rotas cada vez que el oso tiraba de su carne. Estaba al borde del abismo de la muerte, viendo cómo su propia vida se escurría en el suelo canadiense.

Pero Sergei Volkhov no era un hombre común. El niño que había sobrevivido a dos horas de palizas ininterrumpidas por parte de un pelotón de las fuerzas especiales en Daguestán, el huérfano que se había negado a morir en el suelo de tierra de su choza ardiente, se despertó dentro del gigante maulado. Una oleada masiva, volcánica e incontrolable de adrenalina pura inundó su torrente sanguíneo, enviada por un cerebro que se negaba a aceptar que su historia terminaría en las fauces de un animal. Su visión se aclaró, volviéndose de un gris incandescente.

Ignorando el hecho de que no tenía mano derecha y de que su abdomen estaba abierto, usó su único miembro funcional libre: su mano izquierda. Con un movimiento espasmódico, impulsado por el puro instinto animal de supervivencia que superaba a cualquier lógica militar, llevó sus dedos callosos hacia la pernera de su pantalón. Su mano izquierda se cerró alrededor de la empuñadura de resina de su cuchillo de combate táctico, una hoja de acero al carbono de veinte centímetros diseñada para perforar blindajes corporales ligeros.

Con un grito que ya no sonaba como el de un humano, sino como el rugido de un demonio herido, Volkhov levantó el brazo izquierdo y, utilizando toda la fuerza sobrehumana, clavó la hoja del cuchillo con una violencia inaudita directamente en la articulación de la pierna trasera de la osa mayor, hundiendo el acero hasta el pomo y girándolo para destrozar los ligamentos.

La osa grizzly soltó un rugido de sorpresa y dolor agudo, soltando el torso de Volkhov por primera vez y retrocediendo un paso mientras la sangre oscura del animal comenzaba a manchar su propio pelaje.

El gigante ruso, ensangrentado, mutilado, empalado contra un árbol con sus entrañas al aire pero con los ojos brillando con una furia asesina indomable, sostuvo la mirada de la soberana del bosque. La tregua de la naturaleza se había roto. Ya no era una cacería, ya no era un accidente biológico.

La batalla a muerte entre un oso legendario y un ruso que se negaba a morir comenzaba en las entrañas congeladas de Alberta.

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