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Chapter 223 - Tratados de Sangre y Acero

El silencio en la oficina principal de la Asociación de Héroes de Japón era tan denso que parecía tener masa propia. Ubicada en el último piso de un rascacielos de cristal y acero en el corazón de Tokio, la habitación era un santuario de poder minimalista. No había decoraciones ostentosas ni trofeos de batallas pasadas; solo líneas limpias, tecnología de punta oculta tras paneles de madera de cedro y un inmenso ventanal que ofrecía una vista panorámica de la metrópolis, cuyas luces de neón parpadeaban bajo una fina llovizna nocturna.

Arild estaba sentado en un sillón de cuero negro que, a pesar de su diseño ergonómico y su evidente costo astronómico, le resultaba profundamente incómodo. Cruzó una pierna sobre la otra y luego las descruzó. Ajustó el cuello de su chaqueta. La incomodidad no provenía del mobiliario, sino del aura opresiva que dominaba el lugar.

A escasos metros, detrás de un escritorio que parecía tallado en un solo bloque de obsidiana, se encontraba el Señor Yoshino, el presidente y líder absoluto de la Asociación de Héroes. El hombre leía un documento digital en una tableta transparente, su rostro inescrutable, sus movimientos precisos y carentes de cualquier emoción humana. A su lado, firme como una estatua esculpida para matar, estaba Mai, su asistente y guardaespaldas personal, cuyas manos reposaban con una letal tranquilidad cerca de la empuñadura de su katana.

El espía noruego suspiró internamente. Las negociaciones diplomáticas nunca habían sido su fuerte, y la frialdad sepulcral del líder japonés lo estaba sacando de quicio. Arild era un hombre de acción, un espía acostumbrado a moverse entre las sombras y las leyes de la termodinámica, no a jugar a las miradas en una oficina. La presión atmosférica de la habitación amenazaba con asfixiarlo, así que decidió que era momento de romper el hielo, aunque fuera a martillazos.

—Señor Yoshino —habló Arild, su voz resonando en la acústica perfecta de la sala. El líder japonés no levantó la vista de su pantalla, pero un levísimo movimiento de su barbilla indicó que estaba escuchando—. Me preguntaba... una curiosidad personal, nada más. ¿Usted tiene hijos?

Yoshino detuvo el dedo sobre la pantalla táctil. El silencio regresó por dos largos segundos antes de que el presidente de la Asociación levantara sus fríos ojos hacia el noruego.

—Sí —respondió Yoshino, con un tono tan plano que podría haber estado dictando el reporte del clima—. Tengo tres hijos.

Arild abrió los ojos, genuinamente sorprendido, y luego una sonrisa amplia se dibujó en su rostro. Soltó una carcajada espontánea, recostándose en el respaldo del sillón de cuero.

—¡Tres! Vaya, señor Yoshino, ¡quién lo diría! —dijo Arild en tono de broma, señalándolo con el dedo índice—. ¡La salvación para la baja natalidad de Japón estaba escondida aquí mismo, en esta oficina! Con unos cuantos más como usted, sacan a este país del envejecimiento poblacional en una sola generación.

Arild volvió a reír, esperando que al menos el hombre esbozara una media sonrisa o que Mai relajara su postura. Sin embargo, la risa de Arild rebotó contra las paredes y murió de forma patética en medio de la sala. Nadie más se inmutó. Yoshino lo miró con la misma expresión de una esfinge, y Mai ni siquiera parpadeó. El chiste, que hacía referencia directa a la conocida crisis demográfica y la alarmante baja tasa de natalidad del país asiático, había aterrizado con la gracia de un bloque de plomo.

Arild carraspeó, borrando la sonrisa de su rostro y acomodándose en el asiento, sintiéndose repentinamente como un idiota.

—Eh... bueno, era una broma —murmuró Arild, intentando salvar la situación—. Pero, cambiando de tema y hablando en serio, con alguien en su posición de poder... ¿sus hijos heredaron o desarrollaron algún tipo de habilidad? ¿Pertenecen a alguna de las categorías, desde la 1ra hasta la 6ta generación?

Yoshino dejó la tableta sobre el escritorio. Entrelazó los dedos y apoyó los codos sobre la superficie oscura.

—No. Mis hijos no tienen ningún tipo de poder —respondió Yoshino. Y antes de que Arild pudiera ofrecer algún tipo de consuelo o comentario diplomático, el líder japonés añadió con convicción:—. Y eso es infinitamente mejor. Es una bendición.

Arild frunció el ceño, intrigado. —¿Una bendición? La mayoría de las familias poderosas en el mundo pagarían millones por asegurar que su linaje mantenga o alcance una 3ra o 4ta generación. ¿Por qué el líder de la Asociación de Héroes preferiría hijos civiles?

—Porque usted no entiende cómo funciona Japón, Arild —replicó Yoshino, su voz adquiriendo un matiz dogmático—. En nuestro país, la ley es absoluta y el orden es la base de nuestra existencia. Aquí, aquellos que nacen con poderes, sin importar si son una simple 1ra generación de mejora física o una devastadora 6ta generación, son clasificados como armas potenciales. Y las armas están sujetas a un escrutinio implacable.

Yoshino se inclinó ligeramente hacia adelante, sus ojos perforando al noruego.

—Las personas con poderes en Japón tienen menos derechos que los ciudadanos comunes. Sus vidas están monitorizadas desde el momento en que sus habilidades se manifiestan. No pueden viajar libremente sin autorización, no pueden ejercer ciertas profesiones sin vigilancia del Estado, y su privacidad es prácticamente inexistente en aras de la seguridad nacional. Mis hijos son civiles, Arild. Eso significa que son verdaderamente libres. Los héroes y los metahumanos en este país no son ciudadanos; son activos militares glorificados.

Arild procesó la información. Era una visión cruda, pragmática y profundamente cínica, pero tenía sentido dentro del marco hiper-regulado que había observado desde que pisó suelo japonés. Sin embargo, la actitud inquebrantable de Yoshino le generaba un profundo rechazo.

—Es una perspectiva bastante fría, señor Yoshino —comentó Arild, manteniendo un tono casual—. Me pregunto qué opinará su esposa sobre todo esto. O sobre el hecho de que su marido pase las noches lidiando con espías extranjeros y crisis globales. ¿Cómo está ella, por cierto?

La pregunta cruzó una línea invisible. La temperatura de la habitación pareció descender varios grados de golpe. Mai, la guardaespaldas, deslizó el pulgar sobre la tsuba de su katana, empujando la hoja un milímetro fuera de la vaina. El levísimo chasquido metálico fue una advertencia clara.

Yoshino no cambió su expresión, pero su mirada se volvió más pesada, como si de repente estuviera evaluando el peso en oro de la cabeza de Arild.

—Es usted un tipo muy valiente, Arild —dijo Yoshino lenta y deliberadamente—. O tal vez muy insensato. Entra en mi oficina, en el corazón de mi asociación, en territorio que, para efectos prácticos de nuestra conversación actual, podría considerarse enemigo, y hace preguntas sobre mi familia y mi esposa con una familiaridad que no se ha ganado.

Arild no se inmutó. Por el contrario, se relajó aún más en su asiento, estirando las piernas.

—No es cuestión de valentía, señor Yoshino, es cuestión de física y probabilidad —respondió Arild con una media sonrisa—. Usted sabe exactamente de lo que soy capaz. No tengo absolutamente nada que perder al hablar con libertad, porque sé que, si las cosas se ponen feas, me puedo escapar fácilmente.

Arild no estaba fanfarroneando. Su confianza no radicaba en un ego inflado, sino en la ciencia pura. A diferencia de los metahumanos que dependían de la fuerza bruta, el traje y la fisiología de Arild le permitían manipular los principios de la termodinámica y la masa atómica. Podía reducir la distancia entre sus propios átomos, alterando su densidad y tamaño a niveles subatómicos sin perder su fuerza proporcional ni "nerfear" su capacidad destructiva, algo basado estrictamente en la física cuántica real. Si Mai desenvainaba esa espada, Arild podría encogerse antes de que la hoja cortara el aire, atravesar los sistemas de ventilación y salir del edificio como una partícula de polvo con la fuerza de un misil balístico.

Yoshino lo observó, reconociendo la verdad detrás de las palabras del noruego.

—Eso es verdad —concedió Yoshino, relajando mínimamente su postura, aunque la amenaza seguía latente en el aire—. Su capacidad de infiltración y evasión es... notable. Especialmente ahora, en estos momentos. Tiene usted la ventaja de que la gran mayoría de nuestros héroes de clase alta están actualmente de vacaciones.

—¿De vacaciones? —Arild arqueó una ceja—. ¿En medio de un clima global tan tenso?

—Temas contractuales y negociaciones sindicales —explicó Yoshino con un tono de fastidio apenas disimulado—. La Asociación está en un periodo de reestructuración de beneficios y seguros de riesgo. Gran parte del personal activo está fuera de servicio por protocolos legales. Pero eso no importa realmente. Japón no necesita que sus héroes patrullen cada esquina como en las películas occidentales, Arild. Somos el país más seguro del mundo. Tenemos un sistema de vigilancia perfecto y una tasa de inseguridad ciudadana que roza el cero absoluto. El miedo a la ley mantiene el orden.

Arild soltó un bufido, un sonido a medio camino entre una risa irónica y un carraspeo. Negó con la cabeza lentamente, mirando al líder japonés con una mezcla de lástima y burla.

—Se equivoca, señor Yoshino. Se equivoca profundamente —afirmó Arild, inclinándose hacia adelante, apoyando los codos en las rodillas—. Esa estadística del "cero absoluto" es una mentira muy bonita para las relaciones públicas, pero la realidad en la calle es otra. Más bien, cuando recién llegué a Tokio, apenas saliendo de la zona internacional, vi cómo un ladrón común y corriente le robaba el bolso a una anciana a plena luz del día.

Yoshino frunció el ceño imperceptiblemente. Mai mantuvo su posición rígida.

—¿Y adivine qué? —continuó Arild, elevando un poco la voz—. No había ningún héroe cerca. Ni cámaras que lo detuvieran mágicamente. Ni policías. Nadie. El gran y seguro Japón falló en lo más básico. Yo mismo tuve que actuar, usar mis habilidades discretamente para tropezar al sujeto y devolverle las cosas a la señora. Su "cero inseguridad" es un mito.

Arild se recostó de nuevo, clavando sus ojos en los de Yoshino.

—De hecho, si me pregunta por mi opinión profesional como agente de inteligencia... el país más seguro del mundo actualmente no es Japón. Es Canadá.

El silencio volvió a adueñarse de la sala, pero esta vez estaba cargado de una tensión eléctrica. Arild sabía exactamente qué botón estaba presionando.

—¿Sabe por qué, señor Yoshino? —añadió Arild, dejando caer la bomba—. Porque en Canadá tienen a un chico llamado Ryuusei Kisaragi. Él solo, con su sola presencia y la de su equipo, ha convertido esos bosques en la fortaleza más impenetrable y segura del planeta.

Al oír ese nombre, el rostro de Yoshino experimentó el primer cambio real en toda la noche. Un músculo palpitó en su mandíbula. La compostura gélida se resquebrajó, dejando asomar una furia oscura, profunda y visceral.

—Ese tal Ryuusei Kisaragi —siseó Yoshino, su voz destilando veneno— es un terrorista. Es un criminal de la peor calaña, un desestabilizador global que ha violado innumerables leyes internacionales, como bien usted debe saber, agente Arild. Ha destruido propiedad pública, masacrado a civiles y operado como un paramilitar sin bandera. No es un escudo, es una plaga.

Arild no retrocedió ante la furia del presidente.

—No le reprendo en cierta parte —concedió Arild con un gesto de la mano—. Es verdad que el chico tiene un historial que haría temblar a la Interpol, y que sus métodos son... destructivos. Pero no puede negar la realidad táctica, Yoshino. Ese "criminal" es el disuasivo número uno en la geopolítica actual. Además, el tipo está protegido por Rusia. Tiene el respaldo indirecto de potencias enteras. Y, según escuché en los canales de inteligencia... en esa pelea que tuvieron, él hizo que Aurion se retirara.

La mención de Aurion, el héroe número uno de Japón, la máxima arma de la Asociación, el símbolo viviente de su poderío, fue el golpe final.

Yoshino se puso de pie lentamente. Su imponente figura se recortó contra el ventanal y las luces de Tokio. La presión en la habitación aumentó hasta el punto en que Arild sintió un leve zumbido en los oídos.

—Escúcheme muy bien, Arild —dijo Yoshino, su voz resonando con la autoridad de un emperador dictando una sentencia de muerte—. Si usted sigue hablando de ese terrorista con ese tono de admiración velada, y si vuelve a mencionar el nombre de Aurion en el contexto de una retirada, le juro que Japón cortará todos los lazos diplomáticos y militares. No van a ayudar a Noruega. Los dejaremos solos para que se ahoguen en sus propios problemas contractuales y amenazas inminentes. Así que, por el bien de su país, es mejor que se quede callado.

La amenaza era real, directa y brutal. Noruega necesitaba el apoyo de Japón. Arild, reconociendo que había estirado la cuerda hasta el límite de la ruptura, apretó los labios. Evaluó la situación en microsegundos y, a regañadientes, asintió levemente, aceptando el ultimátum. Ya no podía comentar más sobre el tema; la seguridad de su nación estaba en juego.

Para disipar la atmósfera letal y cambiar el rumbo de la conversación hacia algo menos volátil, Arild desvió su mirada. Sus ojos se fijaron en Mai, la silenciosa guardaespaldas, y específicamente en el arma que colgaba de su cintura. El diseño de la empuñadura, los grabados en el guardamano y la perfecta curva de la vaina eran inusuales, de una calidad que superaba cualquier estándar militar moderno.

—Está bien, señor Yoshino. Tema cerrado —dijo Arild, forzando un tono más relajado—. Por cierto... esa katana que lleva su guardaespaldas es fascinante. La he estado observando. La aleación y el balance parecen excepcionales. ¿Qué marca son? ¿Es tecnología militar estandarizada de la Asociación?

Mai, quien hasta ese momento había permanecido muda, habló por primera vez. Su voz era suave, pero tenía el filo cortante de un cristal roto.

—No es una marca, espía —respondió Mai, sin mirarlo, sus ojos fijos al frente—. Son forjadas en privado. Pertenecen al clan Kurogane.

Arild alzó las cejas, reconociendo el nombre de los informes de inteligencia. Los Kurogane no eran simples herreros; eran una corporación gigantesca con raíces feudales, un monstruo híbrido entre samuráis tradicionales y tecnología de vanguardia armamentística.

—El clan Kurogane... —murmuró Arild, procesando la información—. Esa familia es de la realeza corporativa aquí, ¿no?

—Sí —intervino Yoshino, tomando asiento de nuevo, su respiración aún ligeramente agitada por el enojo anterior—. La familia Kurogane tiene una enorme cantidad de acciones dentro de la Asociación de Héroes. Son nuestros principales proveedores de armamento de alta frecuencia y financiadores clave. Pero... —Yoshino hizo una pausa, y una sombra de preocupación real cruzó su rostro—, últimamente están muy preocupados. La cúpula directiva del clan está en un estado de alerta máxima.

El instinto de espía de Arild se activó de inmediato. El olor a crisis internacional era inconfundible.

—¿Y Arild pregunta del porqué? —dijo el noruego, inclinándose hacia adelante de nuevo, su curiosidad profesional superando la incomodidad—. Un clan de ese tamaño y poder no se preocupa por fluctuaciones del mercado. ¿Qué los tiene en alerta?

Yoshino exhaló pesadamente, frotándose el puente de la nariz. Lo que iba a compartir no era un secreto de estado, pero era una herida abierta en el orgullo de sus aliados más poderosos.

—Es un problema diplomático y de sangre —explicó Yoshino—. El líder del clan Kurogane tiene una hija. Kaori Kurogane. Actualmente, ella se encuentra prisionera con los Valmorth, en Dinamarca.

Arild sintió que un escalofrío le recorría la espalda al escuchar ese apellido. Conocía muy bien la geopolítica del viejo continente.

—¿Los Valmorth? —Arild negó con la cabeza, sorprendido por la magnitud del conflicto—. Esa es una de las familias más letales y poderosas de Europa. Si la tienen retenida en Dinamarca, los Kurogane tienen razones de sobra para estar aterrorizados. Los Valmorth son intocables por el poder absoluto que ejerce Laila Valmorth al mando. Esa mujer, como líder de la 6ta generación, es un monstruo político. Ir a negociar con ella o intentar un rescate es un suicidio garantizado.

Yoshino, en un giro perturbador, soltó una carcajada lúgubre, carente de cualquier atisbo de humor. Era la risa de un hombre que sabía que el mundo acababa de caer por un precipicio.

—Su información está horriblemente desactualizada, agente Arild —dijo Yoshino, mirándolo con un brillo oscuro en los ojos—. Laila Valmorth está muerta.

Arild se quedó en shock. Su cerebro se detuvo por un segundo. Laila Valmorth, la matriarca invencible, la mujer que había cimentado su imperio sobre los cadáveres de su propia familia, ¿muerta? Era como escuchar que una montaña había sido borrada del mapa de la noche a la mañana.

—¿Qué? —balbuceó Arild, incapaz de ocultar su asombro—. ¿Muerta? ¿Cómo...? ¿Y quién demonios está al mando de ese nido de víboras ahora?

—El nuevo líder es su hijo —respondió Yoshino, pronunciando el nombre como si fuera una maldición—. John Valmorth.

El shock de Arild se profundizó. Conocía el perfil de John. El hijo bastardo, el borracho, la oveja negra de la familia. Que él hubiera tomado el control implicaba un derramamiento de sangre y un golpe de estado de proporciones épicas dentro de la casona europea.

Pero Yoshino no había terminado. La pesadilla apenas comenzaba a revelarse en su totalidad.

—Y eso no es lo peor —continuó el líder japonés, su voz volviéndose cada vez más grave—. Según los últimos reportes que acabamos de recibir de unos de nuestros reporteros encubiertos y redes de inteligencia en Europa... el caos en Dinamarca no fue solo un asunto interno de la familia.

Yoshino se inclinó sobre el escritorio, clavando su mirada en el noruego.

—Fue visto Ryuusei Kisaragi.

El nombre volvió a golpear la habitación, esta vez no como un rumor lejano, sino como el verdugo activo de la historia.

—¿Kisaragi estuvo allí? —preguntó Arild, sintiendo cómo las piezas del rompecabezas encajaban de la forma más violenta posible.

—Sí. Y no solo estuvo allí —escupió Yoshino con rabia—. Ryuusei Kisaragi fue visto matando a Hiroshi Valmorth, uno de los herederos de la facción central.

Arild tragó saliva, comprendiendo la magnitud del desastre. —Hiroshi Valmorth...

—El difunto esposo de Kaori Kurogane —completó Yoshino, confirmando el vínculo fatal—. Ryuusei no solo asesinó a un miembro clave de la realeza metahumana europea, sino que destrozó al yerno del Clan Kurogane, dejando a su hija viuda y a merced de John Valmorth.

Yoshino golpeó el escritorio con la palma de la mano, un sonido seco que resonó como un disparo.

—Eso suma otro crimen, y uno de nivel internacional masivo, a su ya interminable lista de atrocidades. Es un acto de guerra contra una corporación japonesa y una interferencia directa en la sucesión de Europa. Por si fuera poco —añadió Yoshino, la vena de su cuello palpitando visiblemente—, ha faltado a la corte internacional en Francia a la que se le invitó, un citatorio al que tenía que ir obligatoriamente para responder por sus actos terroristas anteriores.

Arild escuchaba, fascinado y horrorizado a la vez. El impacto de ese chico, de apenas unos dieciocho años, estaba rompiendo las estructuras de poder que llevaban siglos establecidas.

—Está fuera de control —continuó Yoshino, levantándose y caminando hacia el ventanal, mirando la ciudad de Tokio bajo la lluvia—. Ese tal Ryuusei, solo con su presencia, está haciendo mucho revuelo en demasiados países. Ha demostrado que el sistema puede ser desafiado, que los intocables pueden sangrar. Ya que muchos villanos que antes se escondían, e inclusive héroes descontentos con el sistema actual, están empezando a organizarse. Quieren reclamar sus derechos, inspirados por el caos que él deja a su paso. Está creando un efecto dominó que podría desestabilizar el mundo entero.

Luego de unos minutos de asimilar la abrumadora cantidad de información geopolítica, Arild rompió el silencio. A pesar de las advertencias anteriores, su lado analítico, la mente del espía que necesitaba comprender todas las variables, tomó el control.

—Señor Yoshino —dijo Arild, poniéndose de pie lentamente, acercándose un paso al escritorio—. Todo esto que me cuenta... cambia las reglas del juego. Quisiera saber más sobre Ryuusei. Necesito entender su patrón de comportamiento, sus capacidades reales y por qué Noruega debería preocuparse por la onda expansiva de sus acciones.

Pero en ese preciso instante, antes de que Yoshino pudiera responder o amenazarlo nuevamente por su insistencia, un sonido agudo y repetitivo cortó el aire.

El teléfono personal y de máxima seguridad de Yoshino, un dispositivo encriptado que descansaba sobre el escritorio de obsidiana, comenzó a vibrar violentamente, emitiendo un destello de luz roja que indicaba un código de prioridad absoluta.

Mai se tensó de inmediato, su mano rodeando por completo la empuñadura de su katana. Arild se quedó congelado, sintiendo que la presión en la habitación acababa de multiplicarse por cien.

Yoshino se giró, su rostro desprovisto de color. Caminó hacia el escritorio con pasos pesados, tomó el dispositivo y presionó el botón para contestar. Llevó el auricular a su oído, sin apartar la mirada de Arild.

El silencio se apoderó de la sala mientras Yoshino escuchaba la voz al otro lado de la línea. Arild pudo ver cómo los nudillos del líder japonés se ponían blancos. Los segundos se estiraron como horas. Yoshino no hizo ninguna pregunta, no pidió confirmación. Simplemente escuchaba, y con cada segundo que pasaba, la frialdad de su rostro era reemplazada por una mezcla de urgencia y determinación letal.

Finalmente, Yoshino apartó el teléfono de su rostro y cortó la comunicación.

Dejó el dispositivo sobre la mesa con una lentitud escalofriante. Levantó la vista y clavó sus ojos oscuros directamente en el espía noruego. La atmósfera en la oficina había cambiado; ya no era el despacho de un burócrata molesto, era la sala de mando de un general en tiempos de guerra.

—Creo que nuestro tiempo de discusión ha terminado, agente Arild —dijo Yoshino, y su voz sonaba extrañamente vacía, como si todo el oxígeno del mundo hubiera sido succionado—. Las prioridades acaban de cambiar drásticamente.

Arild frunció el ceño, su instinto gritándole que algo catastrófico acababa de ocurrir.

—¿Qué sucede? —preguntó Arild, la ansiedad filtrándose en su tono—. ¿Qué fue esa llamada?

Yoshino lo miró fijamente. Una sombra cruzó su rostro mientras pronunciaba las palabras que cambiarían el destino de ambas naciones.

—Aurion acaba de llegar a Noruega.

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