El aire sobre la capital nipona era un mar de luces de neón y corrientes térmicas que chocaban contra el acero y el cristal de los rascacielos. Tras ocho agónicas horas de vuelo supersónico cruzando continentes y océanos, el pequeño colibrí robótico comenzó su descenso en picada hacia la azotea de un edificio comercial en el corazón de Tokio. El zumbido de sus alas mecánicas se detuvo abruptamente cuando sus diminutas patas metálicas tocaron el frío concreto del techo.
En ese instante, la distorsión espacial se activó. Arild, conocido en los bajos fondos como Mímir, anuló su Singularidad Escalar.
El cambio fue violento. En una fracción de segundo, pasó del tamaño de un insecto a su imponente estatura real. Cayó de rodillas sobre la azotea, arrancándose el casco táctico "Sleipnir" con manos temblorosas. Abrió la boca de par en par, inhalando bocanadas desesperadas del contaminado pero glorioso aire de la ciudad. Sus pulmones ardían como si hubieran tragado brasas. Mantenerse en un tamaño microscópico durante ocho horas seguidas significaba que sus vías respiratorias también se habían encogido, obligando a su cuerpo a sobrevivir con cantidades ridículamente minúsculas de oxígeno mientras su colibrí cortaba el viento a Mach 4.
Tosió con fuerza, escupiendo un poco de saliva espesa en el suelo, y se dejó caer de espaldas, mirando el cielo nocturno japonés, que estaba libre del humo negro y la muerte que ahora cubrían Noruega.
—Maldita sea... —susurró, con la voz ronca y la garganta seca.
No tenía tiempo para descansar. El Primer Ministro Jensen probablemente ya estaba muerto, desangrado en su propio despacho, y Arthur, ese monstruo de porcelana, seguía libre. Arild se obligó a levantarse. Sus articulaciones crujieron, protestando por el cambio brusco de masa y densidad. Se acercó al borde de la azotea, sacó una pequeña mochila de polímero que llevaba sujeta a la espalda de su traje táctico y comenzó a sacar ropa civil.
No podía caminar por las calles de Tokio luciendo como un mercenario paramilitar sacado de una película de ciencia ficción. Se puso unos pantalones anchos de lona oscura sobre la malla térmica de su traje, una sudadera gris con capucha para ocultar los implantes de su cuello y una chaqueta cortavientos que le daba el aspecto de un turista occidental cansado o un estudiante extranjero. Escondió el casco y el colibrí en el fondo de la mochila y caminó hacia la puerta de mantenimiento de la azotea, forzando la cerradura con un simple chasquido de sus dedos.
Bajó por las escaleras de emergencia hasta llegar al nivel de la calle. El choque cultural fue inmediato. Tokio era una bestia viva, ruidosa, brillante y abrumadoramente limpia. La multitud fluía como un río de paraguas transparentes, abrigos elegantes y pantallas holográficas que anunciaban desde bebidas energéticas hasta programas de entretenimiento.
Era la primera vez que Arild pisaba Japón. En toda su carrera como espía y héroe encubierto de Noruega, sus misiones siempre lo habían mantenido en Europa occidental o Rusia. No tenía ni la más remota idea de cómo hablar el idioma local.
Se detuvo bajo la luz de una farola parpadeante, sacando de su bolsillo un pequeño diccionario de bolsillo noruego-japonés, ajado y con las esquinas dobladas. Lo abrió, buscando fonéticas básicas. Necesitaba llegar a la Asociación de Héroes, el epicentro del poder metahumano en Asia y el único lugar donde descansaba la bestia que podía hacerle frente a la locura de Arthur.
Se acercó a un oficinista de traje impecable que esperaba el semáforo.
—Sumimasen... —comenzó Arild, con un acento nórdico tan áspero que el hombre parpadeó, confundido—. Tawa... Hiro... Asociación de héroes... ¿dónde?
El oficinista hizo una reverencia rápida, murmuró algo incomprensible a una velocidad de vértigo, cruzó los brazos en forma de 'X' para indicar que no entendía y salió huyendo en cuanto el semáforo se puso en verde. Arild soltó un gruñido de frustración.
Durante los siguientes quince minutos, repitió el proceso. Se acercó a un policía de tránsito, a una pareja de ancianos y a un vendedor de comida callejera. Su japonés era tan atroz, una mezcla de gruñidos guturales y palabras leídas literalmente del papel, que la mayoría de la gente simplemente lo ignoraba, asumiendo que era un borracho, o le sonreían nerviosamente mientras se alejaban. El tiempo corría. Cada segundo que perdía en la traducción era un metro más de Noruega que el dragón de Arthur reducía a cenizas.
Finalmente, a lo lejos, cerca de la entrada de una estación de metro, vio a un grupo de tres chicas jóvenes, vestidas con uniformes escolares de invierno y riendo mientras compartían un dulce. Arild, tragándose su orgullo de espía de élite, se acercó a ellas.
—Por favor... —dijo Arild, levantando las manos en señal de paz para no asustarlas con su gran tamaño—. Eto... Hīrō Kyōkai no tawa... doko desu ka? —Leyó la frase del librito con la misma gracia que un troll masticando piedras.
Dos de las chicas se miraron, aguantando la risa ante la terrible pronunciación del gigante extranjero. Pero la tercera, una chica de gafas con una bufanda roja, dio un paso al frente y lo miró con curiosidad.
—Are you looking for the Hero Association Headquarters, mister? —preguntó la chica en un inglés claro y perfecto.
Arild sintió que las rodillas le temblaban. Si hubiera sido un hombre más emocional, se habría echado a llorar allí mismo. Un genuino suspiro de alivio absoluto escapó de sus labios.
—¡Sí! Dios, sí, gracias. Hablas inglés. Eres un ángel —dijo Arild, casi suplicando—. Necesito llegar a esa torre de inmediato. Es un asunto de vida o muerte internacional.
La chica parpadeó, sorprendida por la intensidad del extranjero, pero señaló hacia el horizonte, donde un grupo de rascacielos negros destacaba sobre el resto.
—Está en el distrito de Chiyoda. En la calle principal, justo después del gran cruce. No puede perderla, tiene un enorme emblema dorado en la cima. Si toma el metro...
—No hay tiempo para el metro. Calle principal, Chiyoda. Gracias, niña, te debo mi vida —la interrumpió Arild, guardando el diccionario y saliendo disparado en la dirección que le habían indicado.
Corrió por la acera, esquivando a la multitud con la agilidad de un depredador. Sus músculos mejorados latían con fuerza, impulsándolo a una velocidad que empezaba a llamar la atención. Sin embargo, antes de llegar a la esquina, un grito agudo cortó el murmullo de la ciudad.
—¡Ladrón! ¡Mi bolso! ¡Ayuda!
Arild frenó en seco, sus botas derrapando sobre el asfalto. Giró la cabeza y vio a una anciana indefensa tirada en el suelo, aferrándose a su rodilla, mientras un joven encapuchado corría a toda velocidad en dirección opuesta, llevando un bolso de cuero rojo bajo el brazo.
Arild cerró los ojos un segundo, maldiciendo su suerte. El mundo se estaba acabando en su país y él iba a perder tiempo siendo un buen samaritano en Tokio. Pero su instinto, esa naturaleza destructiva y protectora al mismo tiempo, tomó el control.
Sin detener su carrera, Arild activó su poder.
En un parpadeo, desapareció de la vista del público. Se redujo al tamaño de una hormiga grande mientras su inercia lo seguía impulsando hacia adelante. Para Arild, el mundo se convirtió en un cañón de gigantes. Voló por los aires, usando las corrientes de viento generadas por los autos, hasta alcanzar al ladrón en plena huida.
Arild aterrizó sobre el dobladillo del pantalón del criminal. Se aferró a la tela de mezclilla y comenzó a escalar a una velocidad vertiginosa. Subió por la pierna, cruzó el cinturón y trepó por la camisa de franela del ladrón, moviéndose tan rápido que el hombre solo debió sentir un ligero picor, como si una pulga lo estuviera recorriendo.
En menos de tres segundos, Arild llegó al cuello del ladrón, justo debajo de la nuca.
Aquí es donde la física de su poder se volvía una pesadilla para sus enemigos. Arild era minúsculo, pero al concentrar la masa de un hombre adulto de ochenta kilos en un punto microscópico, la densidad y la presión que podía generar eran equivalentes a las de un misil balístico.
Arild apretó su diminuto puño, calculó el ángulo exacto para no fallar, y lanzó un puñetazo directo contra la base del cráneo del criminal.
El impacto fue devastador. La fuerza cinética, incapaz de distribuirse, atravesó la piel, el hueso y el tejido cerebral en una fracción de milisegundo.
El resultado no fue un simple golpe. Como respuesta a la inmensa presión hiperconcentrada, el cráneo del ladrón literalmente estalló. Un sonido hueco, seguido de una explosión húmeda, resonó en la calle. Fragmentos de hueso, materia gris y sangre salieron disparados hacia adelante y hacia atrás en un arco macabro. El cuerpo descabezado del joven dio dos pasos más por pura inercia antes de desplomarse contra el asfalto como un saco de escombros.
La anciana, que acababa de levantarse cojeando a pocos metros de distancia, recibió una lluvia de sangre tibia en todo el rostro. Se quedó paralizada, con la boca abierta en un grito silencioso de puro terror, incapaz de procesar que el hombre que le acababa de robar ahora carecía de cabeza.
Arild se soltó de la camisa ensangrentada antes de que el cuerpo cayera, rodó por el suelo y, en un destello imperceptible, volvió a su tamaño natural, alzándose imponente frente a la anciana. La calle entera se sumió en un silencio de ultratumba. Los transeúntes se detuvieron, congelados por el pánico.
El espía noruego recogió tranquilamente el bolso rojo del suelo, sacudió un par de gotas de sangre de la correa y se lo entregó a la anciana, que temblaba como una hoja al viento.
—Lo siento mucho, señora. Disculpe por mancharla de sangre —dijo Arild con total naturalidad, haciendo una ligera reverencia, ignorando por completo el charco de vísceras que se extendía a sus pies.
Sin esperar respuesta de la traumatizada mujer, se dio la vuelta y reanudó su carrera hacia el distrito de Chiyoda, perdiéndose en las sombras antes de que sonaran las primeras sirenas de policía.
Veinte minutos después, Arild se encontraba frente a la imponente estructura de la Asociación de Héroes. El edificio era una fortaleza de cristal oscuro y acero reforzado que se alzaba desafiante hacia las nubes, fuertemente custodiado por metahumanos de Segunda y Tercera Generación en las entradas. Entrar por la puerta principal y pedir una cita diplomática habría tomado semanas, y Jensen, si por algún milagro seguía vivo, no tenía ese tiempo.
Arild caminó hacia un callejón adyacente, se aseguró de que no hubiera cámaras apuntándolo, y se hizo pequeño nuevamente.
Se introdujo por las rejillas de ventilación externas del nivel subterráneo. Comenzó así una odisea a través del sistema nervioso del edificio. Navegó por conductos de aire acondicionado, esquivó aspas de ventiladores industriales que giraban como cuchillas mortales sobre su cabeza, y caminó sobre cables de alta tensión que zumbaban con suficiente electricidad para freír a un elefante.
Se demoró media hora exacta en trazar el mapa interno del edificio. Tuvo que infiltrarse en el sistema eléctrico de los servidores para seguir los conductos que llevaban el aire más purificado y frío; usualmente, esos eran los que conectaban con las oficinas de los altos mandos. Trepó por el interior de las paredes, guiándose por las vibraciones de las conversaciones, hasta que llegó a un conducto que daba directamente a una sala espaciosa, silenciosa y que olía a té de jazmín y madera cara.
Miró a través de la rejilla. La oficina era minimalista, elegante, adornada con arte tradicional japonés y grandes ventanales que ofrecían una vista panorámica de la ciudad. En el centro, detrás de un enorme escritorio de obsidiana, un hombre mayor con cabello canoso y un traje inmaculado estaba concentrado revisando unos documentos en una tableta holográfica.
Arild empujó la rejilla de ventilación, que cedió con un leve crujido, y se dejó caer.
Descendió en su forma diminuta, aterrizando suavemente sobre el acolchado de un lujoso sofá de cuero negro situado a un lado de la oficina. En el instante en que sus pies tocaron la superficie, anuló la Singularidad Escalar.
El aire de la habitación se desplazó bruscamente con un silbido sonoro cuando la masa de Arild llenó el espacio. El espía noruego apareció sentado en el sofá, cruzando una pierna sobre la otra, sacudiéndose un poco de polvo de los conductos de su hombro.
Giró la cabeza hacia el escritorio. Sobre la obsidiana negra, una discreta placa de plata mostraba unos kanjis que, gracias a su investigación previa y al traductor de su ojo cibernético, pudo leer. Masato Yoshino.
Arild sabía, por lo poco que había leído sobre la etiqueta japonesa, que usar el nombre de pila era una falta de respeto grave, especialmente con alguien de alto rango.
—Buenas noches, señor Yoshino. Lamento la intrusión sin cita previa —dijo Arild, con su voz profunda rompiendo la paz del despacho.
El presidente Yoshino no saltó, no gritó, ni siquiera parpadeó. Lentamente, levantó la vista de sus documentos y miró al hombre extranjero sentado en su sofá. Su expresión era ilegible, una máscara de hielo burocrático. No tenía idea de quién era este intruso que había burlado la mejor seguridad de Asia.
—Me temo que se ha equivocado de habitación, turista —respondió Yoshino en un inglés calmado pero cargado de una amenaza mortal—. Y le aseguro que será el último error de su...
Antes de que Yoshino pudiera terminar la frase, el aire detrás de Arild pareció distorsionarse.
El instinto de supervivencia de Arild se disparó. Por el rabillo del ojo, captó el movimiento. Detrás del sofá, como si hubieran emergido de las propias sombras de la habitación, aparecieron dos mujeres. Eran impresionantemente bellas, vestidas con trajes tácticos ajustados que delineaban unas curvas peligrosas y perfectas que habrían enamorado a cualquier hombre incauto. Pero a Arild no le importaba su belleza; lo que captó su atención fue el frío metal de las dos katanas de hoja negra que ya estaban rozando la piel de su cuello, a milímetros de su vena yugular.
Eran guardaespaldas de élite. Sigilosas, letales y rápidas.
Arild no dudó. El instinto se antepuso a la diplomacia. Se encogió.
Las espadas de las chicas se cruzaron en el aire vacío donde, una fracción de segundo antes, estaba la cabeza del noruego. Sorprendidas por la repentina desaparición de su objetivo, bajaron la guardia una milésima de segundo. Fue suficiente.
Arild saltó desde el cojín, volando hacia la chica de su izquierda. En el aire, recuperó su tamaño normal. La física de su expansión súbita desequilibró a la guardaespaldas. Arild aprovechó su peso y el factor sorpresa, se deslizó tras su espalda y cerró su brazo derecho alrededor del cuello de la chica, aplicándole una llave de estrangulamiento implacable. Con su mano izquierda, bajó rápidamente la cremallera de su sudadera, desenfundó una pesada pistola de calibre .45 de su arnés de pecho, y apuntó directamente a la cabeza de la hermosa rehén que se retorcía en sus brazos.
La segunda guardaespaldas levantó su espada, lista para atacar, pero Arild amartilló el arma. El chasquido metálico resonó con fuerza en la oficina.
—No te muevas, o le pinto el pelo de rojo —advirtió Arild, mirando fijamente a la segunda chica, antes de dirigir su atención al imperturbable hombre del escritorio—. Señor Yoshino. Mi nombre es Arild Thoresen. Soy un agente de Seguridad Pública, espía y héroe de Noruega. Y necesito que me escuche. Ahora.
Yoshino observó la escena con una frialdad espeluznante. Suspiró levemente, como si la situación le aburriera más que asustarle, y levantó una mano, haciéndole una señal a la guardaespaldas libre.
—Baja el arma, Mai —ordenó Yoshino con voz pausada. Luego miró a Arild—. Te escucho, agente Thoresen. Pero te sugiero que tu historia sea lo suficientemente interesante como para justificar que mi seguridad no te corte en pedazos. Mai, ve a tu computadora portátil y verifica la información de este hombre.
La chica libre, sin guardar su espada, caminó lentamente de espaldas hasta llegar a un escritorio auxiliar. Abrió una laptop encriptada y comenzó a teclear a gran velocidad, sin apartar los ojos de Arild. Mientras tanto, Arild, sin soltar a su rehén, usó dos dedos de la mano que sostenía la pistola para sacar un carnet oficial de cuero de su bolsillo y lo arrojó sobre el escritorio de Yoshino.
—Ahí tiene mi identificación oficial de la corona noruega. Y mi historia es simple: el Rey de Irlanda ha atacado Noruega. Trajo a un dragón maldito de los tiempos antiguos y, en este momento, está reduciendo a cenizas el centro de Oslo.
Yoshino tomó el carnet, lo miró de reojo y luego dejó escapar una risa seca, carente de humor.
—Mientes, o tus fuentes son increíblemente defectuosas —dijo el presidente japonés, cruzando las manos sobre el escritorio—. Conozco al Rey de Irlanda. El Rey Magnussen es un diplomático prudente, un hombre que se preocupa por la economía de su isla y que tiene a tres hijos que cuidar. Magnussen jamás iniciaría un conflicto bélico de esa escala, y mucho menos tendría acceso a un mito como un dragón.
—Señor —interrumpió Mai desde la computadora—. Las bases de datos globales de inteligencia confirman su identidad. Arild Thoresen. Rango de amenaza clasificado. Es un operador activo del gobierno noruego.
Yoshino enarcó una ceja, pero no cambió su postura.
—Escúcheme bien, Yoshino —gruñó Arild, apretando un poco más el agarre sobre la chica, que comenzaba a forcejear levemente por la falta de aire—. Magnussen ya no es el rey. No sabemos qué demonios pasó internamente en la familia real del clan MaelMordha en los últimos días, los canales de inteligencia están ciegos. Pero los reportes que recibimos antes de que las comunicaciones cayeran son claros: el que lidera el ataque, el nuevo Rey que está masacrando a nuestra gente, es su hijo menor. Arthur. Y ese niño es un puto psicópata de Sexta Generación.
La mención de la "Sexta Generación" hizo que la expresión estoica de Yoshino vacilara por una fracción de segundo. Sabía lo que eso significaba. Un poder incuantificable.
—La situación en Irlanda es un agujero negro en este momento —continuó Arild, bajando ligeramente el arma pero sin soltar a la chica—. Arthur apareció de la nada en nuestro parlamento, humilló, y dejó a su bestia quemar la capital. Nuestros héroes son inútiles contra él. Vengo a pedir, a exigir, que envíen a Aurion. Es el único en este planeta que puede matar a ese dragón y frenar a ese rey enfermo.
Yoshino se reclinó en su silla, evaluando al hombre desesperado que tenía enfrente.
—Japón no interviene en guerras civiles o invasiones territoriales europeas sin un mandato de la ONU, agente Thoresen. Aurion es nuestra disuasión nuclear. Es el Sol de Japón. No lo enviaré al otro lado del mundo a pelear en una guerra que no nos pertenece por un supuesto dragón que rompe todas las leyes de la biología. La respuesta es no.
Arild sonrió. Era una sonrisa cínica, la de un hombre que sabía jugar sucio.
—Esperaba esa respuesta, burócrata. Por eso no vine con las manos vacías —Arild dio un paso adelante, arrastrando a su rehén con él—. Antes de que todo se fuera al infierno, el Ministro de Defensa de Noruega, Stand, me dio autoridad plena para negociar. Sabemos que Japón está sufriendo una crisis energética monumental. Sus reservas de petróleo están por los suelos debido a los bloqueos en el Pacífico. Si envían a Aurion y salvan lo que queda de mi país, el Ministro Stand les garantiza el cincuenta por ciento de la extracción total del petróleo noruego del Mar del Norte durante la próxima década. Exclusivo para Japón. A precio de costo.
El silencio en la oficina se volvió denso, casi asfixiante. Yoshino detuvo todo movimiento. Sus ojos, calculadores como los de un depredador analizando su presa, brillaron con codicia. La mitad del petróleo de Noruega no solo solucionaría la crisis de Japón; convertiría a la Asociación de Héroes en la entidad económica más poderosa de Asia. Era una oferta obscena, ridículamente alta. La oferta de un país que estaba dispuesto a vender su alma con tal de no morir quemado.
Yoshino miró a Arild fijamente, sopesando las variables, el riesgo y el beneficio.
—Tendré que consultar esto con la junta... y con el doctor Cooper —dijo finalmente Yoshino, su voz perdiendo un poco de su frialdad inicial—. El doctor Cooper es quien tiene la autorización definitiva sobre los despliegues internacionales de Aurion. Si él dice que la exposición a un poder de Sexta Generación es un riesgo inaceptable para el sujeto, ningún barril de petróleo cambiará eso.
Yoshino presionó un botón en su escritorio holográfico. Un canal seguro se abrió y el presidente comenzó a hablar rápidamente en un japonés fluido, técnico y agresivo. Arild no entendía ni una sola palabra de lo que se decía, pero el tono de voz de Yoshino, las pausas cortas y las respuestas secas que parecían venir del otro lado de la línea le indicaban claramente que estaban inmersos en una acalorada discusión. Estaban debatiendo el destino de Noruega como si se tratara del precio del pescado en el mercado de Tsukiji.
Mientras Arild observaba la discusión, sintió un ligero toque en su brazo.
Bajó la mirada. La hermosa guardaespaldas que mantenía apresada en la llave de estrangulamiento lo estaba mirando con los ojos llorosos, su rostro ligeramente enrojecido por la falta de oxígeno.
—Please... —susurró la chica en un inglés entrecortado y lastimero—. I can't breathe... Let me go...
Arild parpadeó, sacudiendo la cabeza como si saliera de un trance. Había estado tan concentrado en la negociación y en la tensión del momento que había olvidado por completo que estaba asfixiando a una mujer que, francamente, no tenía la culpa del fin del mundo.
Se asustó al darse cuenta de la fuerza que estaba aplicando. Sus músculos de Primera Generación podían romper cuellos sin querer si no se controlaba.
—¡Oh, mierda! Tienes razón, lo siento, lo siento mucho —murmuró Arild, soltando el agarre inmediatamente y bajando la pistola.
La chica cayó de rodillas, tosiendo y frotándose el cuello, mientras su compañera, Mai, corría a auxiliarla, lanzándole a Arild una mirada que prometía un asesinato doloroso y lento si alguna vez salían de esa habitación. Arild simplemente se encogió de hombros, disculpándose mudamente, y volvió a enfocar su atención en el escritorio.
La llamada se extendió. Los minutos pasaban como horas. Arild sentía que cada tictac del reloj de pared era una vida que se apagaba en Oslo bajo el fuego del dragón de Arthur.
Finalmente, tras casi media hora de tensos intercambios en japonés, Yoshino cortó la comunicación. El presidente de la Asociación entrelazó sus dedos sobre el escritorio y miró al espía noruego. La atmósfera en la habitación pareció cambiar, el aire se volvió pesado, cargado de una energía inminente.
—El doctor Cooper tenía sus reservas respecto a enfrentar a un supuesto rey de Sexta Generación —comenzó Yoshino, su voz resonando en las paredes de cristal—. Pero los satélites de la asociación acaban de enfocar la península escandinava. Las firmas térmicas son... catastróficas. Y la oferta del Ministro Stand ha sido debidamente procesada y aceptada por el comité de crisis.
Arild contuvo la respiración, sintiendo que el corazón le latía en los oídos.
Masato Yoshino se puso de pie, enderezando su corbata con una calma aterradora, y dictó la sentencia que cambiaría el curso de la guerra:
—Tiene luz verde, agente Thoresen. Aurion va para Noruega. Que Dios se apiade de su Rey de Irlanda.
