Capítulo 13: El Mariscal (Parte Dos)
(Nota del Autor: Me disculpo por la simpleza del título. Este capítulo, aunque no prestó para un nombre más elaborado, fue crucial para sentar las bases de lealtades, expandir el lore y otros elementos importantes. "Juro mi lealtad", aunque preciso en contenido, sonaba demasiado trillado.)
—Parece que el joven príncipe ha conseguido levantar el ánimo de la gente —comentó Murat, observando de reojo el evidente entusiasmo de la población. A pesar de haber sido anexionados al glorioso imperio hacía menos de una semana, y de venir de la gestión probablemente tiránica de un bastardo que los había desangrado hasta reducirlos a solo dos mil habitantes, convirtiendo el lugar en un pequeño pueblo, el espíritu de la gente se mostraba renovado.
—Tiene potencial... requerirá trabajo, pero creo que si me permites encargarme, padre, incluso podríamos convertir este pueblo en la capital de nuestro propio reino —comentó la joven princesa de Nápoles con calma.
—Esto no es Nápoles, mi preciosa Aurélie, las tierras pertenecen a tu prometido —le reprendió Murat.
A pesar de su lealtad y honor hacia el gran unificador, Murat era, ante todo, un hombre de política y acción. No había traído a su preciada hija a estas tierras abandonadas por los dioses solo por capricho. Rose era el siguiente en la línea de sucesión y, aunque podría considerarse un abuso, la condición que él había impuesto para venir a proteger al joven príncipe fue precisamente un contrato matrimonial entre su adorada princesa y la luz del imperio.
—Lo siento, padre… todo esto es aún muy nuevo para mí —se disculpó la joven de cabello dorado. Estaba tan habituada a necesitar únicamente la autorización de su padre que la idea de convertirse pronto en la consorte del imperio, y si todo marchaba bien, en reina de estas tierras junto a Rose como su rey (incluso antes de que él fuera emperador), aún no se había asimilado del todo.
Naturalmente, la conversación no tardó en llegar a oídos de todos los residentes, quienes no pudieron evitar mirar al mariscal más grande de las guerras con total incredulidad. A pesar de que solo habían escuchado historias sobre el poder de este hombre y de que no se le consideraba uno de los diez grandes señores del cielo, seguía siendo uno de los hombres de mayor confianza del emperador y uno de los mejores bajo su mando.
No entendían por qué una figura de tan alto perfil del imperio, al que habían pertenecido recientemente, había llegado tan de repente a su ciudad. Sin embargo, cuando escucharon que la joven llamaba "padre" al gran mariscal y cómo este la reprendió recordándole que esas tierras pertenecían a su pronto esposo, todo comenzó a tener más sentido.
Si ella era la prometida del joven príncipe, para ellos era lógico que estuviera al lado de su prometido en esos momentos. Y su padre, siendo el mejor mariscal de las guerras de unificación, era natural que viniera con su hija para protegerla.
La presencia de alguien tan poderoso, conocido por su habilidad para superar las circunstancias más adversas, unto a la certeza de que este hombre lucharía al lado de su joven príncipe cuando llegara la banda de forajidos, elevó el ánimo de la gente. Donde antes solo había esperanza, ahora existía la certeza de que no solo sobrevivirían, sino que incluso lograrían prosperar.
—Esa es una buena forma de levantar la moral —comentó la reina Carolina con una sonrisa. Parecía que, incluso sin sus fieles hombres, su esposo poseía la capacidad de inspirar a las personas.
—¿Levantamos la moral? —preguntó Murat, genuinamente desconcertado, antes de notar cómo, de repente, los habitantes del pueblo, tanto hombres como mujeres, lucían aún más alegres y optimistas que hace unos momentos—. Oh, supongo que tiene sentido. A la gente le encanta sentirse protegida —concluyó lógicamente. Después de todo, proteger a Rose era, por una simple regla de tres, proteger también a este pueblo.
No mucho después, por fin alcanzaron la entrada del castillo. Para sorpresa de todos, Rose salió de allí en un estado de furia descontrolada, empuñando a Desmos como si estuviera listo para acabar con quien se le pusiera en frente. Sin embargo, se detuvo en seco al encontrarse con una escena completamente inesperada.
—¿Mariscal Murat? —preguntó Rose, completamente desconcertado. Es decir, ¿qué demonios hacía el Rey de la Caballería en los Páramos?
—Es un placer verlo, mi joven príncipe —dijo el mariscal, luciendo algo preocupado por la actitud de su príncipe. Rose era un muchacho tranquilo; en verdad, había pocas cosas que pudieran enfadarlo, y menos aún que lo hicieran perder el control.
Rose se quedó mirando al hombre de más confianza de su padre por un instante. La verdad era que sentía unas ganas terribles de matar algo... un par de osos, a Carter, un par de lobos, empalar a Carter, zorros, destripar a Carter... ¿ya había mencionado a Carter?
Pero al ver al mejor hombre de su padre, a la Reina de Nápoles y a su vieja amiga Aurélie, acompañada por diez de los mejores hombres de Murat, aquel deseo homicida que aún latía en su pecho pasó a un segundo plano. Pudo así centrarse en lo importante: ser un buen anfitrión para el hombre de confianza de su padre.
—Entren —dijo, mientras se giraba para abrir la puerta y permitir la entrada de la familia real del reino de Nápoles.
Mientras caminaba, Rose aprovechó el trayecto hacia una sala de estar, la cual estaba mayormente recogida, para tranquilizarse. A mitad de camino, ambos vieron con ligera extrañeza a la mujer felina que, al parecer, estaba persiguiendo al joven príncipe.
—¿Conseguiste una teriantropa? —preguntó Aurelie.
—Es una larga historia —respondió Rose, dejándose caer en uno de los sofás. —¡Qué bien! Incluso esto necesita un retapizado —se quejó, revolviéndose incómoda para intentar encontrar una posición mínimamente confortable.
—Parece tener problemas, mi señor —preguntó Murat con calma, sentándose en el sofá de tres plazas. Su príncipe tenía razón; le hacía falta un mobiliario nuevo. Estas cosas eran más rígidas que una silla de metal.
—Compré estas tierras y el título de barón por cien onzas de oro, mariscal. No esperaba tener tantos problemas como los estoy teniendo —respondió Rose con tranquilidad. Después de todo, Murat era alguien a quien prefería no enfadar.
Debió haber reflexionado un poco más antes de comprar aquello a un extraño en un bar, pero en aquel momento solo pensaba en asegurar una base de operaciones permanente para trabajar con mayor eficiencia. Nunca esperó que todo en este continente, y especialmente en Sedena, fuese... básicamente, una maldita trampa mortal a punto de cerrarse sobre él.
—Entiendo a lo que te refieres. Nos enteramos de la 'fiesta de los ladrones' de camino hacia aquí —dijo Murat. Aunque Rose no tenía entrenamiento militar, era un guerrero nato, como su padre, y no un simple soldado; por lo que incluso él comprendía lo que Murat quería decir sin necesidad de más explicaciones.
Rose simplemente suspiró, por supuesto que sabía a qué se refería; después de todo, él era solo un individuo, y aunque era poderoso por derecho propio, no se comparaba con su padre, cuya fuerza estaba aún a años luz de la suya.
—Volví a casa y me abastecí para soportar una embestida, pero necesito su ayuda, Mariscal. Usted tiene mucha más experiencia militar —dijo Rose, mirando directamente a los ojos del Rey de la Caballería.
Murat solo pudo hacer una mueca. Sabía que Qin no se lo tomaría bien. Ese hombre tenía un TOC severo y, aunque Rose hubiera dejado un informe muy meticuloso al Gran Emperador, era probable que a este le diera un ataque de nervios. Por supuesto, no pasaría de una pequeña crisis y pronto volvería a ser el de siempre, pero sin duda Rose se metería en serios problemas cuando todo esto terminara.
—Ya no soy tan joven como antes, mi señor… Además, con la cantidad de hombres que traje, no podríamos soportar una batalla prolongada. Incluso si estos ladrones no son muy fuertes, los mongoles no nos dieron tantos problemas por su fuerza, sino por su número —explicó Murat.
Hace unos veinte o incluso quince años, probablemente habría sido capaz de barrer él solo con un ejército entero de bandidos y salir con la frente en alto y una pose elegante. Pero a sus casi sesenta años… bueno, digamos que ya no era el gallardo joven que cabalgó con solo once mil hombres en Eylau.
—No planeaba un combate frontal… esto es una guerra, mariscal, no un duelo de honor —dijo Rose. Bufó ante la idea de enfrentarse a los ladrones cara a cara, pues aunque era un guerrero y un príncipe, no era un suicida.
—Me alegra oír eso —dijo el mariscal. Por unos segundos, su mirada se perdió en el vacío. La guerra de guerrillas no era su especialidad; era más el dominio de Caesar o quizás de Regulus. Sin embargo, había estudiado un poco esa estrategia y sabía que había formas de salir de la situación actual.
La opción de la fosa estaba descartada. Requeriría demasiado tiempo y más hombres de los que disponían. Incluso con Desmos y su capacidad para romper la tierra, esa maniobra resultaría más peligrosa que beneficiosa para la estrategia que buscaban implementar.
—¿Qué tomaste? —preguntó el mariscal. Le hubiera gustado saber con cuántas armas contaban y cuáles usar para trazar un plan mejor.
—Ballestas suficientes para armar a una legión, cincuenta rollos de alambre de púas, una tonelada métrica de púas de hierro y bloques de muros de contención —explicó Rose con seriedad.
—Se puede trabajar con eso… Necesitaremos mapear el terreno, trabajar a marchas forzadas, pero podemos superarlo… sobre todo porque el Providence está a distancia de fuego —aseguró el mariscal. Por supuesto, nunca dejaría un recurso tan poderoso como un destructor de la armada imperial lejos de su alcance. A diferencia del príncipe, él sí tenía la potestad de comandarlos. Aunque el Providence no era uno de los super destructores que cargaban las armas más potentes del imperio, contaba con suficiente potencia de fuego para ser útil, si bien preferiría usarlo como su último recurso.
Final del capítulo.
