Cherreads

Chapter 21 - Capitulo 20

Grace.

Ya le había hecho por lo menos tres peinados distintos a Alice.

Tres.

Y ninguno me convencía del todo, no porque estuvieran mal, sino porque cada uno parecía mostrar una versión diferente de ella. En uno se veía más joven. En otro, más seria. En otro… peligrosamente parecida a alguien que yo había amado y perdido.

—Si sigues así, me voy a quedar sin cabello —dijo Alice, medio en broma, medio resignada.

—Eso no es cierto —respondí, acomodándole un mechón—. Además, te queda bien todo.

—Eso suena sospechoso.

Lily soltó una carcajada desde la silla.

—¡Mamá, ahora deja que Alice me haga uno a mí!

Ahí debí decir que no.

De verdad.

—¿Estás segura? —pregunté, mirando a Alice—. No quiero demandas después.

Alice alzó las manos, defensiva.

—Yo nunca dije que fuera buena en esto.

—No importa —dijo Lily—. Yo confío en ti.

Mala idea.

Muy mala idea.

Alice tomó el peine con la misma concentración con la que imaginé que explicaba historia en el salón. Demasiada seriedad para algo tan simple.

—A ver… —murmuró—. Esto debería ir así…

Cinco segundos después, Lily tenía un mechón torcido hacia un lado y otro completamente rebelde hacia el otro.

—Alice… —dije, intentando no reír—. Eso no parece un peinado.

—Estoy improvisando.

—¡Me duele! —se quejó Lily, riéndose al mismo tiempo.

—¡No debería doler!

—Pues duele.

—Eso es mentira.

—¡No lo es!

No pude evitar reírme. Una risa real. De esas que no se piensan.

—Definitivamente no es lo tuyo —dije.

Alice soltó el peine, derrotada.

—Jamás dije que lo fuera.

Lily se miró en el espejo y frunció el ceño… solo para luego reírse más fuerte.

—Me veo chistosa.

—Te ves única —corrigió Alice.

Y por alguna razón, ese momento… se sintió peligrosamente bien.

Demasiado.

Fue ahí cuando la frase de Michael regresó a mi mente, clara, firme, como una advertencia que ya conocía.

No uses a Alice para llenar el vacío que dejó Beatriz.

No lo estaba haciendo.

No lo haría.

Me lo repetí.

Pero aun así… el momento era hermoso. Demasiado hermoso para alguien que había aprendido a vivir con ausencias.

La puerta se abrió de golpe.

—¡Ya regresé!

Luke.

Su voz rompió el aire con energía juvenil. Bajó la mochila del hombro mientras caminaba… y entonces se detuvo.

—Ah… —dijo, sorprendido—. ¿Alice?

Alice levantó la vista al instante.

—Hola, Luke —saludó con una sonrisa educada.

—Pensé que ya te habías ido.

Ella señaló a Lily con el pulgar.

—Tu hermana me convenció de quedarme un rato más. Peinados.

Luke miró el desastre en la cabeza de Lily.

—Eso explica muchas cosas.

—¡Oye! —protestó Lily.

—Hola de nuevo —añadió Luke—. Buenas noches.

—Buenas noches —respondió Alice.

Miré el reloj sin pensar demasiado.

Las ocho.

—Vaya… —murmuré—. Ya es tarde.

Alice también miró el reloj.

—No me di cuenta.

Respiré hondo antes de hablar.

—Alice… —dije con cuidado—. ¿Te gustaría quedarte a cenar entonces?

El silencio fue inmediato.

Alice tenía las manos aún en el cabello de Lily. Se detuvo. Literalmente se quedó inmóvil.

Su mirada se perdió por unos segundos. No estaba aquí. No del todo.

Lily se giró en la silla y la miró directamente.

—Quédate —le pidió—. Aún no quiero que te vayas.

Mi corazón dio un pequeño vuelco.

Alice parpadeó, volvió a la realidad, y se inclinó un poco hacia Lily. Le tocó la mejilla y se la pellizcó suavemente.

—Eres muy insistente, ¿lo sabías?

—Sí.

—Está bien —dijo Alice al fin—. Solo esta vez.

Lily levantó los brazos como si hubiera ganado una batalla.

—¡Sí!

Sentí una calidez inesperada en el pecho.

—Entonces está decidido —dije—. Ya tengo todo preparado. Solo falta cocinar y sentarnos a cenar.

—Está bien —respondió Alice—. Y si necesitas ayuda… lo intentaré.

Luke arqueó una ceja.

—Eso quiero verlo.

—No seas grosero —le dije.

Alice sonrió apenas.

—No prometo milagros.

Mientras todos empezaban a moverse, yo me quedé un segundo más ahí, observándolos.

Y pensé, con una mezcla de culpa y gratitud:

No estoy llenando un vacío.

Solo… estoy permitiéndome sentir algo bonito.

Lily no perdió tiempo.

—¡Alice, sigue! —dijo en cuanto me vio dirigirme a la cocina—. Todavía no terminas.

—¿Estás segura? —respondió Alice—. No quiero que tu mamá me corra de la casa.

—No lo haré —dije desde el umbral—. Solo no la dejes calva.

—¡Mamá!

Sonreí sin darme cuenta y seguí caminando hacia la cocina. Abrí el refrigerador, saqué los recipientes, los acomodé sobre la encimera. Todo era rutina. Movimientos aprendidos, seguros. Cortar, lavar, prender la estufa. Cosas simples.

Y aun así… algo se sentía distinto.

Desde ahí podía escucharlas.

—Así no, Alice —decía Lily—. Primero divides el cabello.

—Eso intenté.

—No, mira —Lily hablaba con una seriedad que me hizo reír por lo bajo—. Primero aquí… luego giras.

—Ah… —Alice soltó una pequeña risa—. Ahora entiendo.

El sonido de esa risa me atravesó sin aviso.

No era escandalosa. No era forzada. Era suave, baja… real.

Me apoyé un segundo en la encimera y levanté la vista.

Las vi reflejadas en el vidrio oscuro del horno.

Alice inclinada hacia Lily, concentrada, con el ceño apenas fruncido. Lily hablándole sin parar, moviendo las manos, dando instrucciones como si fuera una experta. El peine deslizándose con cuidado. Las dos tan cerca.

Y sentí algo.

Algo que no supe nombrar.

No era tristeza. No exactamente.

No era culpa… aunque tampoco estaba libre de ella.

Era… calor.

Una sensación profunda, casi peligrosa, de bienestar.

Esto se siente demasiado bien, pensé.

—¿Así? —preguntó Alice.

—¡Sí! —exclamó Lily—. Ahora sí se ve bonito.

—No cantes victoria —dijo Alice—. Todavía falta.

—Nunca te rindes, ¿verdad?

—No es una buena costumbre.

—Mi mamá tampoco se rinde.

Sonreí sin darme cuenta mientras removía la salsa.

—Grace —escuché que Alice decía—, ¿así está bien?

Levanté la vista.

—Está perfecto —respondí—. Mucho mejor que el primero.

—¡Oye! —protestó Lily—. Ese también estaba bonito.

—Claro que sí —dije—. Solo… más creativo.

Lily rió.

—Alice, cuando seas mamá, seguro harás muchos peinados.

La frase cayó como una piedrita en el agua.

No hubo silencio incómodo. No hubo tensión visible. Alice solo tardó un segundo más de lo normal en responder.

—Tal vez —dijo—. Si algún día se da.

Seguí cocinando, pero mis manos se movían más lento.

Las volví a mirar.

Y por un instante —solo uno— la imagen se acomodó en mi mente de una forma cruelmente perfecta. Como si ese espacio entre ellas siempre hubiera estado destinado a existir. Como si algo que me habían arrancado a la fuerza intentara, sin permiso, volver a ocupar su lugar.

Tragué saliva.

No, me dije con firmeza.

No pienses así.

Pero aun con esa advertencia, la sensación no se fue.

Se quedó ahí, instalada en el pecho. Tibia. Dolorosa. Hermosa.

—Mamá —dijo Lily—, ¿ya casi está la cena?

—Unos minutos más —respondí—. No se muevan mucho o Alice va a empezar de nuevo.

—¡No! —dijo Lily—. Ya casi termina.

—Eso espero —contestó Alice, divertida.

Las escuché reír otra vez.

—Grace —escuché que Alice decía detrás de mí—. ¿Podría usar su baño?

Me giré de inmediato.

—Claro que sí —respondí—. Lily, guíala, por favor.

—¡Sí! —dijo Lily, levantándose de un salto—. Está arriba, ven.

Las vi alejarse juntas, subir las escaleras hablando de no sé qué cosa, Lily señalando el pasillo, Alice siguiéndola con esa atención cuidadosa que tenía para todo. Esperé a que desaparecieran del todo antes de volver a la cocina.

Y entonces sonó mi celular.

No fue un sonido fuerte.

Ni insistente.

Pero me atravesó.

Salí de la cocina casi en automático y lo vi sobre la mesa. La pantalla encendida. Un nombre que no esperaba ver ahí, no esa noche, no ahora.

La directora.

Sentí algo moverse dentro de mí. Como si alguien hubiera empujado algo que llevaba demasiado tiempo quieto.

Tomé el teléfono.

—Bueno —dije.

Y entonces… dejé de sentir el resto del mundo.

No escuché la estufa.

No escuché la casa.

No escuché ni siquiera mi propia respiración.

Solo su voz.

Hablaba. Decía cosas. Frases completas que entraban por un oído y no salían por el otro. Mi mano se cerró alrededor del celular sin que me diera cuenta. Lo apreté contra mi oído, como si soltarlo fuera a hacer que todo se rompiera más rápido.

El suelo parecía inestable.

La mesa, demasiado lejos.

El aire, denso.

No interrumpí.

No pregunté nada.

Solo escuché.

Y mientras lo hacía, algo se deslizaba dentro de mí, lento, preciso, cruel. Una certeza que empezaba a tomar forma antes incluso de que las palabras terminaran de acomodarse.

Cuando su voz cambió.

Cuando bajó.

Cuando dijo que lo sentía…

Colgó.

Yo seguía con el teléfono en la mano.

Lo dejé sobre la mesa con cuidado, como si fuera frágil, como si pudiera romperse. O romperme a mí.

Regresé a la cocina.

Cada paso se sentía extraño. Medido. Como si no fuera del todo real.

Apoyé ambas manos en la encimera. Incliné un poco la cabeza. Cerré los ojos.

Y entonces mi mente lo reprodujo todo, una y otra vez, sin piedad.

La gasa.

La maldita gasa.

No era de Alice.

No era de ella.

Era de otra persona.

Por eso el resultado.

Por eso el papel.

Por eso el "no".

La prueba había salido negativa… porque nunca fue correcta.

Abrí los ojos de golpe.

El sonido del aceite hirviendo me pareció demasiado fuerte. El olor de la comida, insoportablemente normal. La casa seguía ahí. Igual que antes.

Pero yo no.

La última frase de la directora se repitió clara, nítida, imposible de ignorar:

—La muestra que les entregué… no era de ella. Lo siento.

Sentí que algo dentro de mí se partía.

Y al mismo tiempo…algo más despertaba.

***

Alice.

Me reí.

No una risa medida ni discreta. Me reí de verdad, porque Michael lo contó con tanta seriedad, con ese tono casi solemne, que el remate fue… absurdo.

—…y entonces me doy cuenta —decía él, apoyando el codo en la mesa— de que había estado defendiendo una puerta equivocada durante quince minutos.

—¿Cómo que equivocada? —preguntó Grace, aunque ya se le estaba escapando la sonrisa.

—La del almacén —respondió—. No la oficina. El ladrón estaba al otro lado del edificio.

Luke soltó una carcajada.

—Eso explica por qué te dieron una advertencia y no un ascenso.

—Eso explica muchas cosas —respondió Michael sin perder la compostura.

Yo me reí otra vez, llevándome la mano a la boca por reflejo.

—No puede ser —dije—. ¿Y nadie le dijo nada?

—Claro que me dijeron —respondió—. Pero fue después. Mucho después.

Grace negó con la cabeza, riendo por lo bajo. Luke apoyó la espalda en la silla, claramente divertido. Lily, en cambio, frunció un poco el ceño.

—No entendí —dijo—. ¿Por qué eso es gracioso?

—Porque tu papá es muy serio —respondió Grace—, y aun así le pasan cosas muy tontas.

—No son tontas —replicó Michael—. Son educativas.

—Claro que sí, cariño —dijo Grace, dándole un pequeño empujón con el hombro.

Yo observé la escena con una sonrisa que me dolía un poco sostener.

Llevábamos ya un rato cenando. Al principio… fue tenso. Demasiado. Incluso para mí, que había aprendido a sentarme en mesas donde cada palabra podía ser un detonante.

Aquí no había detonadores.

Y aun así, el silencio pesaba.

Los primeros minutos apenas hablamos.

Cubiertos chocando suavemente. Lily concentrada en su plato. Luke mirando de reojo, como si evaluara algo que no terminaba de encajar. Michael educado, correcto, midiendo cada frase.

Grace… Grace estaba ahí.

Pero no del todo.

Lo noté desde el principio.

Respondía. Sonreía. Asentía. Pero a veces su mirada se iba. Se quedaba fija en algún punto que no era la mesa, ni la comida, ni nosotros. Y otras veces… se detenía en mí.

Solo un segundo.

Tal vez menos.

Luego apartaba la vista, como si se hubiera sorprendido a sí misma.

—Alice —dijo Lily de pronto—, ¿a ti te gusta esto?

Me señaló su plato.

—Sí —respondí sin pensarlo—. Está muy bueno.

—Mamá cocina mejor que en la cafetería —anunció Lily con orgullo.

—Eso no es difícil —murmuró Luke.

—Oye —le dijo Grace—, que es esfuerzo honesto.

—Nunca dije que no lo fuera.

Michael intervino antes de que Lily abriera la boca para defender a su madre.

—Alice, ¿seguro que no quieres más? —preguntó—. Hay suficiente.

Miré mi plato. Luego a él.

—Estoy bien, gracias —respondí—. De verdad.

—Como quieras.

Hubo otro pequeño silencio. Esta vez menos incómodo.

—Entonces —dijo Michael, retomando—, ¿la feria de ciencias es este miércoles?

—Sí —respondí—. Lily ha estado muy entusiasmada.

—Va a ganar —dijo Lily inmediatamente.

—Eso no es seguro —dije con una sonrisa—. Pero se esforzó mucho.

Grace la miró con ternura.

—Eso es lo importante.

Sentí su mirada otra vez. No directa. Lateral. Como si me observara sin querer hacerlo.

—¿Y tú, Alice? —preguntó Luke de pronto—. ¿Siempre has sido maestra?

La pregunta cayó con suavidad. Demasiada suavidad.

—No —respondí—. No siempre.

—¿Y antes?

Michael levantó ligeramente la vista, atento. Grace dejó el tenedor sobre el plato.

—Antes… —dije, midiendo— viajé bastante. Hice trabajos distintos. Nada muy interesante.

—Suena interesante —dijo Lily.

—No tanto como parece —respondí.

Grace sonrió, pero no dijo nada. Bebió un poco de agua. Sus dedos temblaron apenas.

Yo lo vi.

Y por un segundo, absurdo, peligroso, quise estirar la mano y tocarla. Como si eso pudiera anclarla. O anclarme a mí.

No lo hice.

—Bueno —dijo Michael, aclarando la garganta—. Lo importante es que Lily está feliz con su maestra.

Me miró directamente.

—Con Alice —corrigió Lily.

—Con Alice —repitió él.

Yo asentí, agradecida.

La conversación siguió. Más ligera. Más fácil. Risas pequeñas. Comentarios sueltos. Lily hablando de peinados y proyectos. Luke burlándose con cuidado. Michael contando otra historia. Grace escuchando… presente y ausente al mismo tiempo.

Y yo ahí.

Sentada a la mesa con mi familia.

Fingiendo que no lo sabía.

Fingiendo que ellos no lo sabían.

Sonriendo.

Riéndose.

Resistiendo.

El ambiente cambió sin que me diera cuenta exactamente en qué momento.

La mesa ya no se sentía tensa. Las voces se superponían con naturalidad, las risas salían sin esfuerzo, los silencios ya no pesaban. Había algo cálido en el aire. Familiar.

Demasiado familiar.

Y mientras ellos hablaban, Michael comentando algo sobre el tráfico, Luke explicando con entusiasmo partes de su proyecto, Lily interrumpiendo para decir que también quería hacer uno el próximo año, Grace riéndose y tratando de poner orden mi mente empezó a irse.

Escenas.

Imágenes que no existían.

Yo sentada ahí, pero no como invitada.

Yo levantándome a traer platos sin preguntar dónde estaban.

Grace llamándome desde la cocina como si siempre lo hubiera hecho.

Michael preguntándome por mi día como algo normal.

Luke burlándose de mí con la confianza de los años.

Lily entrando a mi habitación sin tocar.

Navidades.

Cumpleaños.

Tardes de domingo.

Peleas pequeñas.

Reconciliaciones sin palabras.

Una vida.

La vida que habría tenido.

La imagen duró apenas unos segundos.

Después vino la otra.

Habitaciones vacías.

Entrenamiento.

Órdenes.

Silencio.

Dolor administrado.

Disciplina.

Control.

Helix.

La calidez de la mesa se volvió peligrosa de repente. Como si estuviera demasiado cerca de algo que no me pertenecía. Como si quedarme un minuto más fuera un error.

Había estado aquí demasiado tiempo.

Apoyé las manos suavemente en la mesa y me levanté.

—Bueno… —dije con una pequeña sonrisa— creo que ya es un poco tarde.

Las conversaciones se detuvieron.

—Tengo que preparar algunas clases para el lunes —continué— y todavía me faltan tareas por revisar. Voy a estar ocupada.

Grace se levantó casi al mismo tiempo que yo.

—¿Ya te vas? —preguntó, con una expresión sincera de sorpresa—. Podrías quedarte un rato más.

—Sí —añadió Michael—. No es molestia.

—Quédate —dijo Lily inmediatamente.

Luke asintió.

—La conversación se estaba poniendo buena.

Los miré a los cuatro. Por un segundo, la tentación fue fuerte.

Pero negué suavemente con la cabeza.

—De verdad, no es buena idea —respondí con cuidado—. Vine para que Grace me ayudara con el maquillaje y… bueno, terminé quedándome a cenar. Ya han sido muy amables conmigo.

Grace abrió la boca, pero continué antes de que pudiera insistir.

—Siento que ya estuve demasiado tiempo invadiendo su espacio.

—No estás invadiendo nada —dijo Lily.

—Para nada —añadió Michael.

Grace los miró, luego volvió a mirarme. Hubo un pequeño silencio. Finalmente, suspiró con una sonrisa suave.

—Está bien —dijo—. Pero gracias por quedarte a cenar y por compartir un rato con nosotros.

Su tono era sincero. Cálido.

—Y si alguna vez necesitas ayuda con maquillaje para algo… —añadió— lo haré con gusto.

—Lo tendré en cuenta —respondí.

Michael se puso de pie.

—¿Quieres que te lleve?

Negué de inmediato.

—No, gracias. No vivo muy lejos. El autobús me deja cerca.

—¿Segura?

—Sí. Muchas gracias.

Me alejé de la mesa y caminé hacia la sala. En la mesa de centro estaban los estuches de maquillaje y las herramientas de peinado.

Los recogí y los metí en la bolsa grande.

Cuando me la coloqué en el hombro, el movimiento fue un poco más brusco de lo que debía.

El tirón en el brazo fue inmediato.

Y el abdomen… una punzada corta, profunda.

Contuve el aire sin hacer ruido. Ajusté la correa con más cuidado y enderecé la postura como si nada hubiera pasado.

Caminar. Normal. Controlado.

Llegué a la puerta.

Grace ya estaba ahí, esperándome.

—De verdad —dijo—, gracias por quedarte. Fue una tarde bonita.

La miré.

Había algo en su expresión. Algo tranquilo. Algo… lleno.

—Yo también lo sentí así —respondí—. Gracias por recibirme.

Lily apareció detrás de ella.

—¿El lunes te veo?

—Claro —le sonreí—. El lunes en la escuela.

Luego miré a Luke.

—Y el miércoles en la feria de ciencias. Quiero ver tu proyecto.

Luke sonrió, un poco orgulloso.

—Va a ser el mejor.

—Eso espero.

Michael levantó la mano en un gesto de despedida.

—Que llegues con cuidado.

Asentí.

—Buenas noches.

Abrí la puerta.

El aire de afuera era más frío.

Más limpio.

Más seguro.

Di un paso hacia la oscuridad, con la bolsa en el hombro, el abdomen latiendo bajo la ropa… y la sensación persistente de que acababa de salir de una vida que nunca fue mía.

****

Grace.

La puerta se cerró con un sonido suave.

Me quedé mirando el lugar donde había estado Alice un segundo antes.

Mi mano seguía en el aire, en un gesto de despedida que ya no tenía a quién dirigirse.

Poco a poco, mis dedos se cerraron.

—Qué mal que ya se fue la profesora Alice… —murmuró Lily detrás de mí.

Su voz tenía ese tono triste y sincero que solo los niños tienen cuando algo bueno termina.

Luke, desde la mesa, respondió mientras terminaba de beber su agua:

—No te pongas así. La vas a ver el lunes… y todo el resto del año en su clase.

Lily hizo una pequeña mueca.

—Pero no es lo mismo.

Luke rodó los ojos con una media sonrisa.

—Claro que es lo mismo.

Se levantó, tomó su plato y su vaso, y caminó hacia la cocina. Los dejó en el lavaplatos y luego miró hacia nosotros.

—Gracias por la cena, mamá.

—De nada, cariño.

—Voy a seguir trabajando en mi proyecto —añadió—. Los veo mañana.

Asentí.

—Está bien. Pero no te duermas tan tarde… y trata de acostarte después de que la cena te haya bajado.

—Sí, sí.

Michael soltó una pequeña risa.

—Eso significa que no te quedes hasta las dos de la mañana.

Luke levantó las manos en rendición.

—Está bien.

Luego se dirigió hacia las escaleras y comenzó a subir.

Lo observé un momento y luego miré a Lily.

—Lily, levanta tu plato.

Ella hizo una cara de protesta inmediata.

—Pero mamá…

—Ya es noche —dije con suavidad, pero firme—. Levanta tu plato y ve a prepararte para dormir.

—Pero no tengo sueño.

—Aun así.

Suspiró con dramatismo, pero obedeció. Tomó su plato y su vaso, caminó hasta el lavaplatos y los dejó junto a los de Luke.

—Buenas noches…

—Buenas noches, cariño.

Subió las escaleras arrastrando un poco los pies, todavía murmurando algo que no alcancé a entender.

La casa quedó en silencio.

Un silencio tranquilo.

Michael se levantó y caminó hacia mí. Sentí su mano posarse en mi hombro.

—Grace… —dijo con suavidad—. No te sientas mal.

No respondí de inmediato.

—Sabemos que ella no es Beatriz —continuó—. Y al principio… lo admito… no me gustaba mucho la idea de que estuviera tanto tiempo aquí.

Hizo una pequeña pausa.

—Pero hoy… —exhaló—. Hoy fue un buen momento.

Lo miré.

—Incluso yo —añadió— lo agradezco.

Su mano apretó un poco mi hombro.

—Aunque no sea la hija que perdimos… por un momento… se sintió como si lo fuera.

Algo en mi pecho se movió.

Levanté mi mano y la coloqué sobre la suya.

—Michael…

Él me miró.

—La directora me llamó hace rato.

Su expresión cambió.

—¿Qué directora?

—La directora Hawthorne… de la secundaria de Lily.

Su cuerpo se tensó inmediatamente.

Los dos sabíamos por qué.

Porque semanas atrás… mi madre… sin consultarnos… había tomado una gasa con sangre de Alice del baño del salón de profesores.

Porque con esa gasa se había hecho la prueba.

Porque el resultado había sido negativo.

—¿Qué quería? —preguntó Michael, en voz baja.

Tragué saliva.

—Me dijo que… hace unos días… se enteró de algo.

El silencio entre nosotros se volvió pesado.

—La gasa que encontraron en la basura… —continué lentamente— no era de Alice.

Michael no se movió.

—Era de otro profesor. Uno que se había lastimado la pierna ese mismo día.

Su mirada se clavó en la mía.

—La gasa… pertenecía a él.

El silencio se volvió absoluto.

Podía escuchar el sonido del refrigerador. El tic lejano del reloj de la sala.

—Y… —mi voz salió más baja— pudo confirmarlo.

Michael no parpadeó.

—Grace…

Sentí cómo el mundo volvía a moverse bajo mis pies.

—La prueba de ADN… —susurré— no se hizo con la sangre de Alice.

El silencio que quedó entre nosotros era tan denso que casi dolía.

Entonces, un golpe seco sonó afuera.

Algo cayó.

Michael y yo volteamos al mismo tiempo hacia la ventana.

—¿Qué fue eso? —murmuró él.

Un segundo después, se escuchó un maullido largo y quejumbroso.

Un gato pasó corriendo frente al vidrio.

Michael exhaló.

—El gato de los vecinos.

Asentí, aunque mi cuerpo seguía tenso.

El ruido rompió el momento… pero no la sensación.

Michael volvió a mirarme.

—Grace… —dijo con cuidado—. ¿A qué te refieres exactamente?

Tragué saliva.

—A que… esa gasa nunca fue de Alice.

Sus cejas se fruncieron.

—La prueba se hizo con la sangre de otra persona —continué—. La directora dijo que el profesor se había lastimado ese día… que usó el baño del salón… y que tiró la gasa ahí.

Michael me miraba sin moverse.

—La muestra estaba equivocada, Michael —susurré—. La prueba… se hizo con la muestra equivocada.

El aire pareció quedarse suspendido.

—Grace —dijo de pronto, firme—. Tranquila.

Negué lentamente con la cabeza.

—No, escúchame…

—Grace.

Su tono fue más fuerte.

—No empieces a sacar conclusiones.

Me quedé callada.

—Tú misma quemaste el resultado —continuó—. Tú dijiste que esto se quedaba atrás. Que no íbamos a seguir con esto.

Su voz bajó.

—No puedes volver a abrir todo otra vez.

Lo miré.

—No puedo no hacerlo.

Michael cerró los ojos un segundo.

—Grace…

Di un paso hacia él.

—Si esa gasa no era de Alice… entonces esa prueba no significa nada.

Silencio.

—Nada, Michael.

Él no respondió.

—Y si no significa nada… —mi voz empezó a temblar— entonces nunca supimos la verdad.

Michael negó con la cabeza, despacio.

—Grace, esto es peligroso. Ya pasamos por esto. Ya nos rompimos una vez.

—Pero ¿y si…?

—No.

Su tono fue firme, casi suplicante.

—No empieces con "y si".

Lo miré fijamente.

—No puedo dejar de pensar en ello.

El silencio volvió a caer.

—Si esa gasa no era de ella… —susurré— entonces…

Sentí cómo las palabras pesaban en mi pecho.

—Entonces Alice…

No terminé la frase.

No hizo falta.

Michael se quedó inmóvil.

Como si moverse pudiera hacer real lo que ambos estaban pensando.

—Grace… —dijo finalmente, en voz baja—. No podemos hacerle esto a esa mujer.

Asentí apenas.

—Lo sé.

—No podemos verla… y empezar a proyectar otra vez.

—Lo sé.

—No podemos volver a perderla si no lo es.

El dolor en su voz me atravesó.

Lo miré.

—¿Y si sí lo es?

El silencio fue inmediato.

Michael no respondió.

No porque no quisiera.

Sino porque no podía.

Respiré hondo.

—Hoy… cuando la estaba maquillando… —mi voz se quebró un poco—. Cuando la vi en el espejo con nosotras…

Tragué saliva.

—Se parecía demasiado.

Michael cerró los ojos.

—Grace…

—Y ahora me dices que la prueba… no era de ella.

El aire tembló entre nosotros.

—No puedo… —susurré—. No puedo dejar de pensar que si esa gasa no era de ella… entonces la única respuesta que queda es…

No terminé.

Pero esta vez, el silencio sí dijo la palabra.

Beatriz.

Michael abrió los ojos lentamente.

Y no negó nada.

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