[Nareth]
Media hora.
Eso fue lo que tardamos en vaciar diez años de silencios, culpas, suposiciones y verdades a medias. Cuando finalmente la sala quedó en calma, nadie hablaba por hablar; cada palabra que había salido pesaba, y cada silencio decía más de lo que cualquiera quería admitir.
Yo estaba apoyado contra el respaldo del sillón, con los brazos cruzados, observando los rostros frente a mí.
Mich Notch parecía pensativo, con esa expresión severa que solo adoptaba cuando algo importante se asentaba en su mente. Seraphine tenía las manos juntas sobre el regazo, los labios apretados, como si aún estuviera procesando todo lo que había escuchado. Liana estaba sentada junto a Roderic, un poco rígida, como si temiera romper el ambiente con solo moverse. Los niños guardaban un silencio inusualmente respetuoso.
Y Luneth…
Ella no había dicho mucho después de terminar la historia. Pero la conocía demasiado bien: estaba sosteniéndose a base de voluntad.
Entonces la puerta se abrió.
El sonido suave de la madera al moverse fue suficiente para que todas las miradas se giraran al mismo tiempo.
Sivelle entró primero.
Ya no llevaba la ropa de entrenamiento. Su cabello estaba recogido con más cuidado y su postura había vuelto a ser la de una noble, aunque sus ojos aún tenían ese brillo inquieto de quien ha estado concentrada demasiado tiempo. Detrás de ella apareció Neyreth.
Mi hijo.
Más limpio, con el cabello aún ligeramente húmedo, una toalla colgada de los hombros. Su ropa era sencilla, pero adecuada. Caminaba por su cuenta… aunque despacio. Se notaba el cansancio en su rostro, en la forma en que respiraba, en la ligera tensión de sus hombros.
Pero estaba de pie.
Consciente.
Presente.
Sentí algo apretarse en el pecho.
—Padre —dijo Sivelle al entrar—. Ya terminamos.
—Lo mandé a descansar un poco antes de traerlo —añadió—, pero insistió.
Neyreth ladeó la cabeza apenas.
—No quería llegar… a medias —dijo con voz tranquila, aunque un poco rasposa.
Mich fue el primero en levantarse.
—Míralo nada más… —murmuró.
Seraphine también se puso de pie, pero esta vez no corrió. Se acercó despacio, como si temiera que el momento se rompiera si iba demasiado rápido.
Rhaella, que había estado sentada con los brazos cruzados, se irguió al instante.
—Te ves mejor que ayer —dijo, alzando una ceja—. Aunque sigues pareciendo a punto de caerte.
—Me ofende profundamente —respondió Neyreth con una leve sonrisa—. Solo estoy… estratégicamente cansado.
Ella soltó una risa breve.
—Sí, claro. Estratégico.
Luneth se levantó entonces, acercándose a él con pasos medidos.
—¿Estás bien? —preguntó en voz baja.
—Sí, —respondió—. Solo agotado.
Yo di un paso al frente.
—Eso se nota —dije—. Siéntate.
No fue una orden dura. No hizo falta.
Neyreth obedeció, sentándose con cuidado. Sivelle se colocó a su lado casi de forma automática, atenta, aunque fingía no hacerlo.
Seraphine respiró hondo.
—Neyreth… —dijo—. Ya nos contaron todo.
Él alzó la vista.
—¿Todo… todo? —preguntó, con cautela.
—Lo suficiente —respondió Kaelric—. Y lo que falta, lo hablaremos con tiempo.
Neyreth asintió despacio.
—Gracias por esperar —dijo—. Y… por escuchar.
Rhaella se apoyó en el respaldo de una silla.
—Para que quede claro —añadió—, sigo esperando que me debas una espada.
—Lo recuerdo —respondió él—. No me escaparé de eso.
Ella sonrió, satisfecha.
Neyreth se recargó apenas contra el respaldo de la silla. Su voz no tenía orgullo cuando continuó, solo una honestidad cruda que me apretó el pecho.
—Al ser un método que nadie conoce… —dijo— prácticamente estuve experimentando conmigo mismo.
Seraphine abrió lentamente los ojos.
—¿Experimentando?
—Probando cómo funcionaban los nodos que yo mismo creaba —asintió—. No fue sencillo. No fue rápido. Fueron meses.
Hizo una pausa.
—Y aun así… todavía no sé si alcancé su potencial completo.
Mich negó despacio.
—Eso es una locura.
—Lo sé —respondió Neyreth sin discutir—. Y peor aún, no tenía control real ni conocimiento suficiente. Eso fue lo que me debilitó… como ya les dije.
Bajó la mirada hacia sus manos.
—Además… mis hermanos y yo tenemos la mezcla de dos sangres puras.
Luneth frunció el ceño.
—Eso vuelve tu magia más inestable.
—Exacto —dijo Neyreth—. Por eso necesito el método Vyrenthal. Los nodos me ayudaron a sobrevivir, a mantenerme funcional… pero no eran lo que debía aprender.
Seraphine apretó los labios.
—Entonces ese libro no era la solución.
—No —respondió—. Era solo un parche peligroso.
Alzó la vista, serio.
—Y por eso quiero que este conocimiento permanezca en secreto.
El silencio fue inmediato.
—¿Secreto? —repitió Rhaella.
—Totalmente —asintió Neyreth—. Según Garren, el monasterio donde encontró el libro no estaba simplemente abandonado.
Mich lo miró con atención.
—¿Cómo dices?
—Estaba destruido —continuó—. Y no por el paso del tiempo.
Seraphine sintió un escalofrío visible.
—¿Entonces…?
—Alguien lo arrasó —dijo Neyreth—. A propósito. Como si quisiera borrar la existencia de ese conocimiento.
Rhaella tragó saliva.
—¿O como si alguien quisiera poseerlo? —aventuró.
—Exactamente —respondió él—. Y no pienso facilitarle eso a nadie.
Rhaella se inclinó hacia adelante.
—¿Dónde está ese libro ahora?
Neyreth no dudó.
—Lo oculté —dijo—. En un lugar al que nadie llegará.
—¿Un almacén? ¿Una bóveda? — Mich preguntó.
—Un migra —respondió Neyreth—. Uno que nadie conoce.
Seraphine alzó una ceja.
—¿Solo tú sabes dónde está?
—Solo yo —confirmó.
Luneth lo miró con una mezcla de alivio y preocupación.
—Pensé que lo habrías destruido.
—Quise hacerlo —admitió Neyreth—. Muchas veces.
Cerró los ojos un segundo.
—Pero sentí… que en algún momento lo iba a necesitar.
Rhaella ladeó la cabeza.
—¿Y si alguien lo encuentra?
Neyreth soltó una risa breve, sin humor.
—No lo entenderán.
—¿Por qué estás tan seguro? —pregunté.
—Porque ese maldito libro no está escrito como un tratado —dijo—. Está lleno de acertijos, trabalenguas, juegos de palabras… frases sin sentido aparente.
Mich frunció el ceño.
—Eso no suena a un método serio.
—Lo es —respondió Neyreth—. Demasiado.
Rhaella abrió los ojos con incredulidad.
—¿Cuánto te tomó entenderlo?
—Meses —dijo—. Meses para comprender una sola página. A veces… solo unas cuantas palabras.
Se llevó dos dedos a la sien.
—Hubo días en los que sentí que me iba a romper la cabeza.
Luneth dio un paso hacia él.
—Neyreth…
—Me costó partes de mi memoria —continuó, sin mirarla—. Lagunas. Espacios en blanco. Firmas… cosas que no recuerdo haber hecho, pero que sé que hice.
El silencio volvió a caer.
Yo apreté los puños.
—Ese conocimiento es peligroso —dije finalmente.
Neyreth levantó la vista y me sostuvo la mirada.
—Por eso debe quedarse enterrado.
Notch guardó silencio unos segundos más. Luego dio un pequeño paso al frente y, con un gesto respetuoso, se inclinó apenas.
—Neyreth… —dijo con calma—. Si no es una molestia, ¿podrías decirnos, aunque sea un poco, qué es exactamente lo que hace ese método?
Neyreth levantó la vista. Por primera vez desde que empezó a hablar del tema, una leve sonrisa apareció en su rostro. No era arrogante, era casi… curiosa.
—Claro —respondió—. No entraré en detalles peligrosos.
Se acomodó mejor en la silla.
—Para empezar, no requiere cánticos.
Seraphine parpadeó.
—¿Cómo dices?
—Ni círculos mágicos —continuó—. Ni runas, ni catalizadores externos.
Mich frunció el ceño.
—Entonces… ¿cómo se activa?
—Visualización —respondió Neyreth—. Acompañada del movimiento interno de los nodos.
Hizo un gesto vago con la mano, como si dibujara algo invisible.
—Conexiones, cortes y reconexiones constantes mientras uso magia.
Rhaella abrió lentamente la boca.
—Eso suena… agotador.
Neyreth soltó una pequeña risa.
—Lo es. Mucha carga mental, si así quieren llamarle al costo.
Seraphine cruzó los brazos.
—¿Y físicamente?
—También —asintió—. La primera vez que lo usé, mi brazo completo se entumió.
Luneth lo miró alarmada.
—Neyreth…
—Y mi estamina se vació por completo —añadió—. No podía ni mantenerme de pie.
Notch cerró los ojos un instante.
—¿Y aun así seguiste?
—Porque con práctica —continuó Neyreth— empecé a entenderlo. A mejorarlo, poco a poco.
Rhaella se inclinó hacia adelante.
—¿Mejorarlo cómo?
Neyreth alzó la mirada, serio.
—Descubrí que no solo permite lanzar hechizos… los potencia.
El silencio fue inmediato.
—¿Potenciar? —repitió Kaelric.
—Y no solo eso —dijo—. También puede modificar su forma.
Seraphine se quedó completamente quieta.
—¿Modificar… la forma de la magia?
—Sí —respondió—. A eso le llamé variaciones.
Notch apoyó una mano sobre la mesa.
—Explícanos.
Neyreth respiró hondo.
—La primera variación es el encendido de los nodos —dijo—. Es la base. Sin eso, nada funciona.
Asintió levemente.
—La segunda es lanzar hechizos y potenciarlos directamente.
—¿Cuánto más fuertes? —preguntó Mich.
—Al menos el doble o más—respondió sin titubear.
Rhaella intercambió una mirada rápida con Seraphine.
—¿Y la tercera? —preguntó ella.
Neyreth dudó un segundo… y luego habló.
—La tercera fue la que más me sorprendió. Incluso a mí.
Luneth sintió cómo el aire se tensaba.
—Mi hielo… —continuó— dejó de comportarse como siempre.
Seraphine frunció el ceño.
—¿A qué te refieres?
—Se movía —dijo—. No como el hielo normal.
Hizo un gesto ondulante con los dedos.
—Era como el fuego. Llamas vivas.
Rhaella abrió los ojos.
—¿Fuego… de hielo?
—No genera calor —aclaró—. Genera frío. Frío absoluto.
Notch tragó saliva.
—¿Y la potencia?
—Mucho mayor —respondió Neyreth—. Sin exagerar, al menos dos veces más fuerte que la segunda variación.
El silencio fue pesado.
—¿Y la cuarta? —preguntó Kaelric en voz baja.
Neyreth negó despacio.
—Ahí es donde estoy atascado.
Luneth dio un paso al frente.
—Neyreth, no tienes que—
—Apenas controlo la tercera —continuó—. Y aun así, termino inconsciente por horas.
Rhaella lo miró con preocupación.
—¿Y la cuarta?
Neyreth suspiró.
—La cuarta… —dijo— es increíble.
Notch alzó una ceja.
—¿Cómo?
—La magia se vuelve electricidad —respondió.
Hubo un murmullo ahogado.
—Eso suena exagerado —admitió Neyreth—. No lo negaré.
Seraphine negó lentamente con la cabeza.
—Eso no debería ser posible…
—Y no tengo fuerzas para demostrarlo —añadió Neyreth—. Ni siquiera algo pequeño.
Luneth apretó los labios.
—Es mejor así —dijo con firmeza—. La última vez que intentó explicarlo con una demostración…
Notch la miró.
—¿Qué ocurrió?
—Le sangró la nariz —respondí yo—. Y durmió dos días completos.
Neyreth sonrió con resignación.
—Así que, créanme —dijo—. No es algo con lo que deba jugar ahora.
Nadie discutió.
La tensión aún flotaba en la sala, espesa, casi solemne, cuando Notch carraspeó de pronto y sonrió de lado.
—Bueno —dijo, cruzándose de brazos—, entonces espero que te recuperes rápido.
Neyreth alzó la vista.
—¿Ah, sí?
—Sí —continuó Notch, con una risa baja—. Porque, siendo honesto, quiero ver con mis propios ojos esas habilidades.
La atmósfera se rompió como un cristal.
Rhaella fue la siguiente en hablar, inclinándose hacia adelante con los ojos encendidos, exactamente igual a los de su padre cuando algo relacionado con magia capturaba su atención.
—Yo también —dijo, sin disimular la emoción—. Quiero verlo bien, sin estar a punto de desmayarse.
Seraphine la miró de reojo.
—Te brillan los ojos igual que a tu padre cuando habla de hechizos prohibidos.
Rhaella sonrió sin culpa.
—No puedo evitarlo.
Notch soltó una carcajada.
—A veces me asusto de mí mismo cuando me veo reflejado en ella.
Neyreth los observó un segundo… y luego ladeó la cabeza.
—Rhaella ya presenció esas habilidades.
El silencio cayó otra vez, pero esta vez fue distinto.
—¿Qué? —preguntó Rhaella, parpadeando—. ¿Yo?
Neyreth asintió con tranquilidad.
—Anoche.
Rhaella frunció el ceño.
—¿Anoche…?
—Cuando llegaste de la nada a atacarme en el jardín.
Hubo un segundo de absoluto silencio.
—…¿Cómo que atacarte? —dijo Seraphine, girándose lentamente hacia su hija.
Rhaella abrió la boca, la cerró, y volvió a abrirla.
—Bueno… verás…
Neyreth continuó, como si narrara algo perfectamente normal.
—Usé los nodos —dijo—. Cuando la atrapé en el tornado de hielo y se congeló su espada…
Rhaella tragó saliva.
—Eso fue la segunda variación —añadió—. Y la tercera.
Notch alzó una ceja.
—¿La de las llamas de hielo?
—Sí —respondió Neyreth—. Icefire.
—¿ICEFIRE? —repitió Notch, entre divertido e impresionado—. ¿Ya hasta le pusiste nombre?
—Era necesario —se encogió de hombros—. Facilita pensar en ello.
Seraphine cerró lentamente los ojos… y luego los abrió, mirando directamente a Rhaella.
—Rhaella Notch —dijo con voz peligrosa—. ¿Cómo que lo atacaste de la nada ayer?
Rhaella se encogió visiblemente.
—Fue por emoción…
—Explícate.
Rhaella levantó las manos en rendición.
—Leí los informes —dijo rápido—. Vi el nombre Eiren. Y cuando supe que mi madrina lo tenía aquí…
Miró a Neyreth de reojo.
—Vine a verlo. Y cuando lo vi… supe que era él.
Seraphine apretó los labios.
—¿Y eso justifica un ataque sorpresa?
—¡No fue un ataque, ataque! —se defendió—. Fue… un saludo entusiasta.
Notch se llevó una mano a la cara.
—Por los cielos…
—Además —añadió Rhaella, bajando un poco la voz—, ya me castigaron.
Seraphine la miró con sospecha.
—¿Quién?
Rhaella señaló con el pulgar hacia Luneth.
—Mi madrina.
Luneth habló antes de que yo pudiera.
—Y créeme —dijo con una sonrisa peligrosa—, fue suficiente.
Rhaella asintió con fuerza.
—Mucho.
Luego miró a Seraphine con ojos suplicantes.
—Así que, por favor… no me pegues.
Notch se cruzó de brazos, divertido.
—Cuando tu madre te castiga, suele ser peor que cualquier golpe.
Seraphine exhaló lentamente… y luego suspiró.
—Tendré esa conversación contigo más tarde.
Rhaella se encogió aún más.
—Sí, madre…
Neyreth, en medio de todo, dejó escapar una pequeña risa.
—Si sirve de consuelo —dijo—, fue interesante.
Rhaella levantó la cabeza.
—¿Ves? No se queja.
Seraphine la miró con severidad.
—Eso no lo hace correcto.
Pero una leve sonrisa traicionó su expresión.
Sivelle había permanecido en silencio demasiado tiempo. Lo conocía lo suficiente como para saber que cuando callaba así, estaba ordenando ideas. Finalmente levantó la mirada hacia Neyreth.
—Ahora que lo pienso… —dijo—, durante el incidente del bosque no te vi usar cánticos ni círculos mágicos. Desde que aprendiste los nodos… ¿dejaste de usarlos por completo?
Neyreth negó con la cabeza de inmediato.
—No —respondió—. Mucho antes de crear los nodos, cuando volví a despertar mi magia, mi mente empezó a recordar hechizos.
Seraphine ladeó la cabeza.
—¿Recordar?
—Sí —asintió Neyreth—. Cánticos, círculos. Incluso combinaciones.
Hizo una pausa.
—En mis sueños… siempre peleaba. A veces usaba círculos sin cánticos. Otras veces cánticos sin círculos.
Notch chasqueó la lengua, intrigado.
—Eso no es inusual.
—Durante el incidente del bosque —continuó Neyreth— evité usar los nodos. Quería guardar fuerzas por si algo salía mal.
—¿Y peleaste solo con hechizos tradicionales? —preguntó Sivelle.
—Exacto. Al inició.
Yo fruncí el ceño, pensativo.
—Entonces… —intervine—, ¿alguna vez intentaste combinarlos?
Neyreth me miró.
—¿Nodos con cánticos? ¿Nodos con círculos? ¿O los tres al mismo tiempo?
Asintió lentamente… y luego sonrió, una sonrisa orgullosa pero cansada.
—Sí.
—¿Y? —preguntó Rhaella, inclinándose hacia adelante.
—Fue la peor idea que haya tenido.
Hubo varias exhalaciones contenidas.
—La primera vez casi muero —dijo con total calma—. Fue cuando peleé contra Kyot.
Notch alzó la vista.
—¿Kyot? ¿Quién es Kyot?
Luneth respondió antes que nadie.
—El joven del Oeste —dijo—. El que me habló del paradero de Neyreth.
Notch asintió despacio.
—Ya veo…
—Usé los tres —continuó Neyreth—. Nodos, cánticos y círculos.
Se pasó una mano por la nuca.
—Mi cuerpo no estaba listo. Mi magia tampoco. El retroceso fue brutal.
—¿Qué pasó? —preguntó Sivelle con el ceño fruncido.
—Hemorragias internas. Desorientación total. Perdí la conciencia varias veces de pie —enumeró—. Si Kyot no se hubiera quedado sin fuerza y atrapado en mi hielo… no estaría aquí.
Rhaella tragó saliva.
—¿Y aun así lo intentaste otra vez?
Neyreth asintió.
—Sí.
—Estás loco —murmuró Seraphine.
—Probablemente.
Notch soltó una risa breve.
—Eso corre en la familia.
Neyreth miró a Luneth un segundo… y luego continuó.
—La segunda vez fue en el bosque del Este.
Su voz se volvió más grave.
—Una de las bestias de la mujer de negro me arrastró bajo tierra.
Seraphine se tensó.
—¿Bajo tierra?
—Hasta una red de cuevas —asintió—. Docenas de bestias. Modificadas.
Rhaella abrió los ojos.
—¿Docenas?
—Estaba herido —continuó—. Muy herido. Pero ya tenía un poco más de control.
Respiró hondo.
—Me arriesgué a hacerlo… en menor escala.
—¿Funcionó? —pregunté.
—Sí —dijo—. Pero el costo fue enorme. Apenas logré salir.
—¿Eso explica por qué estabas tan mal cuando llegaste? —preguntó Sivelle.
—En parte.
Notch cruzó los brazos, pensativo.
—Entonces… ese método de nodos no solo es peligroso por sí mismo —murmuró—, sino que combinado con los sistemas tradicionales…
—Se vuelve letal —terminó Neyreth—. Al menos para alguien como yo.
El silencio volvió a caer en la sala.
Yo lo miré fijamente.
—Neyreth —dije finalmente—, prométeme algo.
Él me sostuvo la mirada.
—¿Qué cosa?
—Que no volverás a intentar esa combinación sin supervisión.
Neyreth dudó un segundo… y luego asintió.
—Lo prometo.
Luneth soltó el aire que llevaba conteniendo.
La puerta se abrió con suavidad, rompiendo el ambiente denso que había quedado tras la conversación. Varias sirvientas entraron en fila, empujando carritos de madera fina con teteras humeantes, tazas de porcelana y pequeños frascos etiquetados con letras cuidadas.
—Con permiso —dijeron casi al unísono, comenzando a servir el té a cada uno.
El aroma llenó la sala de inmediato, relajante… hasta que unos segundos después apareció Mariela. Caminaba con paso firme y un sobre de papel grueso entre las manos.
—Duquesa —dijo, inclinándose—. El médico dejó esto para el joven maestro Neyreth.
Luneth alzó la mirada.
—¿Qué indica?
Mariela abrió el sobre con cuidado.
—Son infusiones recetadas específicamente para él.
Leyó una por una:
—Esta ayuda con la fatiga física. Esta otra es para los dolores musculares y articulares. Esta… —miró el papel con más atención— es para inducir el sueño si lo necesita. Y la última es para recuperar o estabilizar el maná, en su caso.
Varias miradas se dirigieron a Neyreth al mismo tiempo.
Una de las doncellas se acercó con la bandeja.
—Joven maestro —preguntó con voz suave—, ¿cuál desea que le sirva?
Neyreth la miró… luego miró las teteras… y después levantó la vista con una expresión cansada pero genuinamente divertida.
—Si no es mortal… —dijo—, todos.
Hubo un segundo de silencio.
Y luego risas.
Rhaella fue la primera en reírse.
—Al menos es honesto.
Notch soltó una carcajada grave.
—Eso no fue una elección, fue una rendición.
Seraphine negó con la cabeza, sonriendo.
—Con lo que acabas de contar, creo que te los ganaste todos.
Incluso Luneth dejó escapar una risa breve.
—Sirvan todo —ordenó—. En el orden que recomiende el médico.
Las doncellas asintieron y comenzaron a trabajar con rapidez, sirviendo una taza tras otra frente a Neyreth. El vapor subía lentamente, mezclándose con el cansancio que aún se notaba en su postura.
Yo lo observé con atención.
—No estás fingiendo, ¿verdad? —le pregunté—. De verdad los necesitas.
Neyreth tomó la primera taza con ambas manos.
—Si intento hacerme el fuerte ahora —respondió—, probablemente me quede dormido de pie.
—Eso sería problemático —murmuró Sivelle—. Ya tuvimos suficiente drama por hoy.
Neyreth sonrió apenas, dio un pequeño sorbo… y soltó un suspiro largo.
—Esto… ayuda.
Mariela lo observó con ojo crítico.
—No beba demasiado rápido —advirtió—. Especialmente el de maná.
—Sí, señora —respondió él con una obediencia que arrancó otra risa leve a la mesa.
Rhaella lo miró de arriba abajo.
—Sigues siendo el mismo —dijo—. Diferente… pero igual.
Neyreth levantó la vista hacia ella, confundido.
—¿Eso es bueno o malo?
—Depende del día —respondió ella, sonriendo.
Mientras las tazas se acomodaban frente a él, no pude evitar pensar lo mismo que todos en esa sala: reírse era fácil… pero el hecho de que realmente necesitara cada una de esas infusiones decía más de su estado que cualquier informe médico.
