Cherreads

Chapter 65 - Capitulo 64

[Duquesa Luneth]

El silencio pesaba más que el aire mismo.

Neyreth dormía otra vez, su respiración apenas audible, el rostro pálido y una delgada línea de sangre seca bajo la nariz. Sus párpados temblaban, como si aún soñara con aquello que su cuerpo no podía sostener despierto.

Nadie hablaba.

Ni Roderic, ni Liana, ni los niños.

Y yo entendía por qué.

Porque lo que acabábamos de ver… no era algo que el mundo de los magos debería poder hacer.

Me quedé sentada al borde de la cama, observando el movimiento leve de su pecho, el vaivén de la manta sobre él, recordando cada instante desde que lo recuperé, desde que supe que mi hijo seguía vivo.

Pero ahora, mientras lo veía dormir con ese cansancio tan profundo, me di cuenta de algo: su vida ya no era solo suya. Era el resultado de una mezcla imposible entre dolor, magia y supervivencia.

Respiré hondo.

—Así que… eso eran los "nodos" —susurré, apenas para mí misma.

Liana levantó la mirada, su expresión tranquila, aunque sabía que dentro de ella hervía la preocupación.

—Sí —respondió al fin, en voz baja—. Por eso no te lo contamos, Luneth. No porque desconfiáramos… sino porque ni nosotros terminamos de entenderlo del todo.

Asentí, comprendiendo más de lo que quería.

—Magos que usan círculos sin cánticos… o cánticos sin círculos, los hay. —Pasé una mano por el cabello de Neyreth, con cuidado de no despertarlo—. Pero nunca he oído hablar de alguien que no necesite ningún medio. Que solo mueva su mana con… visualización.

Roderic intervino, apoyando las manos en la baranda del dosel.

—El libro que Garren encontró… trata de manipulación elemental… —sacudió la cabeza—, está escrito con teorías que rayan en lo imposible.

—Y aun así… —dije— mi hijo lo hizo.

Liana sonrió levemente.

—Eso es lo que más miedo da. Que lo haya hecho. Que lo haya conseguido.

Volví la vista hacia ella.

—¿Por qué dices eso?

—Porque si alguien más intenta hacerlo… podría morir. —Su tono fue firme, pero triste—. Los nodos no son un simple conducto de mana. Son una red que atraviesa todo el cuerpo. Neyreth no los invoca, los creó dentro de sí. Su propio flujo mágico los reconoce como parte de él. Es una aberración hermosa, Luneth… pero sigue siendo una aberración.

Miriel, desde un rincón, habló apenas en un hilo de voz.

—Por eso lo manteníamos en secreto. No queríamos que alguien intentara replicarlo.

Observé otra vez a Neyreth. Su rostro se veía tan sereno, tan joven… y al mismo tiempo, había algo antiguo en él.

Recordé aquel día, tantos años atrás, el resplandor azul que lo envolvió cuando se interpuso entre mí y aquel hechizo.

Aquel sello…

—A veces pienso que el destino se burló de nosotros —murmuré, con la garganta apretada—. Ese sello… era para mí. Pero él se atravesó, y lo recibió.

—Sí. No fue el golpe, ni la caída. Fue el sello. Era un sello de supresión… dirigido a mi núcleo de mana. Si me hubiera alcanzado, mi flujo se habría colapsado en segundos. Pero Neyreth… —Tragué saliva—, Neyreth lo recibió por mí.

Liana asintió lentamente.

—Él nos lo contó. Hace unos meses, antes de marcharse del pueblo.

—Y lo recordaba —añadió Roderic—. Recordaba el momento exacto. Dijo que el hechizo lo marcó, pero que no lo destruyó… solo lo selló.

El silencio volvió a llenar el cuarto.

Mi pecho dolía con ese recuerdo. Esa noche, mis manos no fueron lo suficientemente fuertes. Sentí su peso resbalar, su grito… y el vacío tragándoselo.

Por años soñé con eso. Con el sonido de su voz llamándome, y mis dedos que no alcanzaban a sostenerlo.

Me obligué a respirar.

—Ese sello… su magia. Todo fue una cadena de errores. —Mis palabras apenas salían—. Y aun así, aquí está. Vivo. Cambiado, pero vivo.

Sivelle se acercó, con una sonrisa temblorosa.

—Y más fuerte que cualquiera de nosotros.

—Sí —susurré, apartándole un mechón de cabello de la frente—. Pero a qué costo.

Roderic suspiró, cruzándose de brazos.

—No te castigues, Luneth. Él eligió salvarte. Y eligió seguir vivo después de eso.

—Lo sé. Pero cuando lo vi usar esos nodos… —bajé la mirada a sus manos—. Era como si su cuerpo se desgarrara por dentro. ¿Cómo puede soportarlo?

Liana se sentó a mi lado.

—Porque no conoce otra forma de vivir. Para él, la magia no es solo poder. Es… su manera de respirar.

Esa frase me dejó sin palabras.

Volví a mirar a Neyreth, a mi hijo. Su rostro dormido tenía una expresión serena, pero sus dedos aún temblaban, incluso en reposo.

—Aun así —susurré—, me da miedo. Saber que lo que corre por sus venas podría matarlo algún día.

—Entonces enséñale a detenerse —dijo Liana suavemente—. No a contenerse, sino a descansar. Si hay alguien que pueda hacerlo, eres tú.

La miré, sorprendida por la ternura de su voz.

Y asentí.

—Lo haré. No pienso perderlo otra vez.

Y también sabía que en ese momento, todos —biológicos y adoptivos— compartíamos el mismo pensamiento: proteger a Neyreth, incluso de sí mismo.

Me incliné un poco más, besando su frente.

El toque de su piel estaba frío, como siempre, pero su pulso era fuerte.

—Duerme, mi sol —murmuré, apenas audible—. Que el frío no puede contigo.

Liana me miró, reconociendo las palabras de aquella vieja canción.

El silencio seguía reinando cuando Joren levantó la mano, algo titubeante.

—Disculpen —dijo, mirando a Nareth y luego a mí—, tengo una pregunta.

—Claro, muchacho —respondí con una sonrisa amable—. Dime.

—Bueno… —se acomodó en su asiento, buscando las palabras—. Si Neyreth puede soportar el invierno sin sentir frío, ¿eso tiene que ver con su linaje? Porque… cuando empezó el invierno, todos en el pueblo sufríamos por el hielo, pero él… él nunca se quejaba. A veces ni siquiera usaba capa, y su aliento ni salía en vapor como el de los demás.

Nareth lo observó con interés.

—Buena observación.

Sivelle, que había estado en silencio junto a los mellizos, fue quien respondió primero.

—En efecto, tiene que ver con el linaje. —Se enderezó con elegancia, cruzando las manos sobre su regazo—. Como mi padre explicó antes, la magia de hielo en nosotros, los Vyrenthal, es pura. Cuando un Vyrenthal despierta su magia por primera vez y aprende a controlarla dentro de sí, su cuerpo cambia. Se vuelve… inmune al frío.

—¿Inmune? —repitió Joren, sorprendido.

Sivelle asintió con naturalidad.

—Así es. El frío deja de afectarnos, porque ya no somos simples portadores del hielo… somos parte de él. —Una leve sonrisa cruzó sus labios—. En otras palabras, los Vyrenthal somos el frío mismo. Ninguno de nosotros puede enfermar por el invierno ni sentir el temblor del hielo.

Nareth intervino, con tono más grave:

—Salvo los mellizos —dijo, mirando de reojo a Niva e Isen.

La niña bajó la cabeza un poco, y su hermano fingió no escuchar.

Sivelle continuó por él:

—Nuestros hermanos pequeños todavía no la despiertan del todo. A su edad es normal. Todavía no dominan del todo la regulación interna de la energía, así que siguen siendo algo sensibles al frío intenso. Pero con entrenamiento… pronto serán inmunes también.

Luego se volvió hacia Liana y Roderic, con un gesto más amable.

—Y como dijiste tú antes, señora Liana… Neyreth también es inmune.

Liana asintió lentamente, recordando.

—Ahora que lo dicen… sí. Nunca lo vi tiritando en invierno, ni siquiera cuando salía sin abrigo a practicar. Todos nosotros estábamos helados, pero él parecía… cómodo.

Sivelle sonrió levemente.

—Eso confirma que el linaje está completo en él. Aunque no haya aprendido el control Vyrenthal, sus nodos deben haber cumplido un papel parecido: contener su mana y canalizarlo. Quizá no del modo que enseñamos nosotros, pero sí lo bastante bien como para mantenerlo estable.

—Pero no "bien" en el sentido correcto —añadió Nareth, mirando al joven dormido—. Lo hizo a su manera, y su cuerpo lo resintió. Los nodos lo ayudaron a sostener su magia, pero no a armonizarla. Por eso se fatiga y enferma… su flujo no se enfría, se congela.

Liana cruzó las manos, pensativa.

—Entonces… lo que lo protege, también lo daña.

Asentí despacio.

—Así es. Un equilibrio precario, pero impresionante.

Hubo un momento de silencio, roto luego por la voz de Liana, algo vacilante.

—Temo preguntar esto, pero… ustedes hablan de linajes, de sangre pura y casas antiguas… —Nos miró a Nareth y a mí, alternando la vista entre ambos—. Si ambos poseen magia de hielo, tienen el mismo cabello, los mismos ojos… ¿no son familia?

Por un instante me quedé quieta, y luego, sin poder evitarlo, solté una risa suave.

—Puedo imaginar lo que estás pensando, Liana. No, no somos primos ni nada por el estilo. No fue un matrimonio de "conservación de linaje", como se hacía en los viejos tiempos. —Le dediqué una sonrisa divertida—. Pero entiendo la confusión.

—Entonces… ¿cómo es posible? —preguntó ella, curiosa.

—Verás —dije, acomodándome en la silla—. Aunque ambos poseemos magia de hielo, provenimos de ramas diferentes. Mi esposo, Nareth, desciende de la línea principal de los Vyrenthal. Su sangre es pura por parte de su padre… mi suegro. Yo, en cambio, pertenezco a otra casa antigua: la casa Averneir.

—¿Averneir? —repitió Roderic.

Asentí.

—Sí. Los Averneir también fueron una familia de linaje de hielo, pero separada de los Vyrenthal desde hace siglos. Compartimos origen elemental, pero nuestros flujos y métodos son distintos. En mi familia, el hielo se manifestaba más como cristal y reflejo, no como congelación. —Sonreí un poco, recordando—. Entre mis parientes, la mayoría heredó otros elementos menores, pero yo fui la única de mi generación en despertar el hielo verdadero… y, curiosamente, con un aspecto similar al de los Vyrenthal.

Sivelle intervino, algo divertida:

—Sí, madre siempre dice que eso confundía a los invitados en los banquetes.

Liana sonrió también.

—Entonces, tú eres Averneir y él es Vyrenthal… y juntos sus hijos heredaron ambos linajes de hielo.

—Exactamente —respondí—. Por eso son tan poderosos… y tan inestables. La unión de dos linajes puros del mismo elemento no es común. Potencia el mana, pero también lo vuelve volátil si no se aprende el control adecuado.

Nareth tomó la palabra, su voz grave resonando en la habitación:

—Y por eso el método de la casa Vyrenthal es vital. No es solo una técnica de combate o canalización. Es… supervivencia.

—Entonces Neyreth… —susurró Liana, mirando al muchacho dormido—. Él no solo tiene un linaje… tiene dos.

—Así es —dije suavemente—. La sangre Averneir corre por mis venas, y la de los Vyrenthal por las de Nareth. En él, ambas confluyen.

—Eso explica mucho —murmuró Roderic—. La estabilidad que tiene, la resistencia al frío… pero también el daño que se causa.

—Exacto —añadí—. Sus nodos son una invención prodigiosa, pero están sosteniendo un flujo que nunca debió mezclarse. Aun así… —miré a mi hijo y sonreí con ternura—, ha sobrevivido, ha crecido, y ha creado algo que ninguno de nosotros fue capaz de imaginar.

Nareth soltó un leve suspiro, entre orgullo y preocupación.

Todos guardaron silencio.

Fue entonces que una vocecita rompió la quietud.

—Ehh… —Miriel levantó la mano, encogiendo los hombros—. Yo no entendí nada. —Todos la miraron, y ella hizo una mueca divertida—. Pero creo que es algo bueno… ¿y malo al mismo tiempo?

Liana no pudo evitar reír suavemente.

—Eso suena bastante correcto, cariño.

—Bueno, es que hablaron de linajes y sellos y esas cosas que no entiendo —continuó Miriel, ladeando la cabeza—. Pero… también hablaron de familias, de sangre y todo eso. Y me dio curiosidad… ¿alguien de sus familias sabe que Neyreth está vivo?

El silencio volvió de golpe.

Mi respiración se detuvo un segundo. Miré a Nareth, y él me devolvió la mirada, con la misma expresión de sorpresa y… horror.

Y al mismo tiempo, dijimos:

—¡Es verdad!

Roderic arqueó una ceja.

—¿Verdad qué?

Nareth se pasó una mano por el cabello, incrédulo.

—No les contamos. Ni a nuestras familias. —Se volvió hacia mí—. ¿Luneth… tú tampoco dijiste nada cuando partiste al oeste?

Negué lentamente.

—No… —respondí, con la voz algo apagada—. Ni siquiera cuando salí del norte.

—Solo la marquesa Arianne sabía que había salido a buscarlo. —Suspiré—. Y cuando llegué a la ciudad del oeste… ni siquiera a ella le avisé que lo había encontrado.

—¡¿Ni siquiera a Arianne?! —exclamó Sivelle, sorprendida.

—No, querida. —Levanté la mirada hacia ella—. Supuse que cuando todo terminara… cuando él regresara, lo haríamos juntos.

Nareth resopló con un suspiro de culpa.

—Y yo no avisé a nadie tampoco. Mis padres… tus padres… —Se frotó la frente—. Por los dioses.

—Entonces… —dijo Sivelle con una ceja alzada—. ¿Nadie? ¿De verdad nadie pensó ni una sola vez en avisarles a los abuelos de que su nieto no estaba muerto?

Todos se quedaron callados.

Yo me cubrí la boca con la mano, y Nareth bajó la cabeza con un suspiro derrotado.

Niva, la melliza, levantó la mirada hacia su hermana.

—¿Y tú, Sivelle? —preguntó con inocencia—. ¿Tú les avisaste?

—¿Yo? —repitió Sivelle, parpadeando.

—Sí, tú —insistió Niva—. Siempre eres la que se acuerda de esas cosas.

Sivelle soltó un resoplido de risa nerviosa.

—Pues… no. También lo olvidé. —Se encogió de hombros, con una sonrisa culpable—. Supongo que la emoción de verlo otra vez me hizo olvidar la mitad de mis deberes formales.

Isen no pudo evitar reír.

—Entonces todos olvidaron lo más importante.

—Exacto —respondió Sivelle, llevándose una mano al pecho teatralmente—. Pero… puedo arreglarlo.

—¿Arreglarlo cómo? —preguntó Roderic, curioso.

Sivelle se giró hacia todos con una sonrisa traviesa, casi cómplice.

—Bueno, el banquete real será dentro de poco, ¿no? —dijo, con un brillo pícaro en los ojos—. Me parece el momento perfecto para dar la noticia.

—¿Qué noticia? —preguntó Joren, aunque la sonrisa ya se asomaba en su rostro.

—La de su regreso, por supuesto. —Sivelle extendió las manos, entusiasmada—. ¡Imaginen! La duquesa Luneth Vyrenthal reapareciendo en la capital después de años, acompañada por su esposo, el duque Nareth, y su hijo "perdido" regresando junto a ellos. ¡Sería el evento del año!

—Sivelle… —dije, reprimiendo una sonrisa—. No se trata de un espectáculo.

—No, madre, no un espectáculo —replicó ella con tono persuasivo—. Es… una reaparición. Después de tanto tiempo encerrada en el norte, el reino entero cree que te retiraste. Y Neyreth… —miró a su hermano dormido—, su nombre aún está en los registros como "fallecido".

—Tiene razón —intervino Nareth, cruzando los brazos—. Legalmente, sigue muerto.

—Pues entonces —dijo Sivelle, dándole un golpecito a la mesa—, el banquete real sería el lugar ideal para anunciar su regreso y su restitución al registro Vyrenthal. Nadie podría ponerlo en duda, y la corona lo sabría de inmediato.

Liana sonrió, algo divertida.

—Y de paso todos se enterarían de que su madre no estaba loca después de todo.

Me llevé una mano al pecho, soltando una risa entre lágrimas.

—Sí… eso también sería un alivio.

—Además —continuó Sivelle, entusiasmada—, sería un hermoso regreso para ti, madre. Todos estos años encerrada en el norte, sin salir a ningún lado, sin asistir a un solo evento… Ya es hora de que vuelvas a brillar.

Nareth asintió despacio, mirando a su hija con un orgullo contenido.

—Y para él también. Después de todo lo que ha vivido… merece que el mundo lo vea como lo que es: un Vyrenthal.

—Y no solo eso —añadí suavemente, mirando a Neyreth, dormido y tranquilo—. Merece ser visto como nuestro hijo.

La habitación se llenó de un silencio distinto esta vez. No pesado ni incómodo, sino cálido.

De esperanza.

Roderic se cruzó de brazos y sonrió.

—Entonces, un banquete, ¿eh? Supongo que tenemos tiempo para prepararnos.

—Y para escribir unas cuantas cartas antes de eso —añadió Liana con tono práctico—, no vaya a ser que sus padres se desmayen al verlos en persona primero.

Todos rieron suavemente. Incluso yo.

****

[Eiren]

Desperté con la sensación conocida de pesadez en todo el cuerpo, como si aún estuviera sumergido en agua espesa.

Tardé unos segundos en recordar dónde estaba. La cama era demasiado cómoda, el aire demasiado limpio, y el silencio… demasiado ordenado para ser el cuarto del pueblo.

—Ah… —murmuré, parpadeando.

Ya habían pasado dos horas desde que desperté.

Dos horas después de haber dormido dos días enteros.

Si ya estaba agotado antes, aquella "pequeña demostración" de magia había sido la sentencia final.

Regaños hubo. Muchos.

"Con amor", según ellos. Yo lo llamaría amenaza cariñosa.

La puerta se abrió suavemente y varias voces llenaron la habitación.

—Míralo —dijo una voz conocida, divertida—. Esta vez sí está despierto de verdad.

Giré un poco la cabeza.

Ahí estaban.

Keny, apoyado contra la pared con los brazos cruzados.

Kyle, de pie junto a la cama.

El marqués Shtile, erguido como siempre, y a su lado sus hijas: Maylen y Cloe.

—Vaya… —murmuré, forzando una sonrisa—. Entonces no fue un sueño.

—No —respondió el marqués con una leve inclinación de cabeza—. Es bueno verte despierto, Neyreth. Después de un mes dormido desde que llegaste a la capital… empezábamos a pensar que te gustaba demasiado la cama.

—No lo recomiendo —dije con voz cansada—. Duele más de lo que parece.

Cloe fue la primera en acercarse un poco más.

—Vinimos ayer —dijo en voz baja—. Pero no despertabas.

Maylen asintió.

—Pensamos volver hoy… y tuvimos suerte.

—Sí —añadió Cloe, mirándome con una sonrisa sincera—. Me alegra mucho verte despierto. Me preocupé bastante cuando no despertabas… excepto aquel día, justo después de salir del bosque. Abriste los ojos unos minutos y luego… volviste a dormir.

Fruncí el ceño, intentando recordar.

—Apenas… recuerdo eso. Solo… luces, voces… y luego nada.

—Eso fue lo que nos dijeron —respondió Kyle—. Que despertaste un momento y volviste a caer.

—Suena a mí —murmuré.

Maylen soltó una pequeña risa.

—Al menos sigues hablando igual.

La miré un poco mejor.

—Y tú… ¿cómo te ha ido con el entrenamiento?

Ella suspiró, cruzándose de brazos.

—Bien… y mal. Más mal que bien, si soy honesta. Nunca entrené mi cuerpo para soportar mi magia, así que ahora… —hizo un gesto vago—, duele todo.

—Te entiendo demasiado bien.

—Pero ya puedo usar hechizos decentes —continuó—. No son muy fuertes, pero al menos no termino en el suelo cada vez.

—Eso ya es un avance —dije, genuinamente aliviado—. Entrenar el cuerpo primero… es lo correcto.

Kyle carraspeó ligeramente, llamando la atención.

—Por cierto —dijo—, hablé con mi padre por cartas.

Keny levantó una ceja.

—¿Ya le contaste todo?

—Sí. —Kyle me miró—. Le expliqué lo del patrocinio… y que se canceló.

—Lo sé —respondí—. Mi madre me lo dijo el día que desperté.

Kyle asintió.

—También le expliqué que, a cambio, se formó una alianza entre los Vyrenthal, los Vion y los Shtile. Fue idea de tus padres.

El marqués intervino con tono calmado.

—Una decisión lógica dadas las circunstancias. Nadie perdió realmente.

—Bueno… —Keny se encogió de hombros—. Mi padre, el conde Vion, sí se decepcionó un poco.

Levanté la mirada hacia él.

—¿Mucho?

—Lo normal —respondió Keny—. Tenía expectativas, pero no se negó. Dijo que entendía la situación… y que te deseaba suerte.

—¿Suerte?

—Con tu reencuentro familiar —añadió—. Y con adaptarte a tu nueva vida.

Me quedé en silencio un momento.

"Nueva vida".

—Eso suena más difícil que cualquier entrenamiento —murmuré.

Maylen sonrió con suavidad.

—Pero sigues vivo. Eso ya es bastante.

—Y despierto —añadió Cloe—. Que para nosotros ya es suficiente por ahora.

Keny se separó de la pared.

—Eso sí —dijo con seriedad fingida—. La próxima vez que decidas usar magia hasta desmayarte… avisa antes.

Solté una risa débil.

—Lo tendré en cuenta.

Kyle negó con la cabeza, divertido.

—Descansa, Neyreth. No intentes impresionar a nadie por un buen tiempo.

—Créeme —respondí, cerrando un poco los ojos—. Después de los regaños de hoy… no pienso hacerlo.

Las risas llenaron la habitación por un momento.

Me removí un poco en la cama, acomodándome mejor entre las almohadas.

—Oigan… —dije, mirando a todos—. ¿Qué pasó después de que llegamos a la capital?

El marqués Shtile fue el primero en responder. Su voz era tranquila, como si relatara un informe cuidadosamente memorizado.

—La primera semana fue… sorprendentemente calmada. Cada uno estaba recuperándose a su manera. Tú estabas inconsciente, por supuesto, y nosotros… —se llevó una mano al pecho— aún resentíamos lo ocurrido en el bosque.

Soltó una breve risa seca.

—Aunque sea joven, mi cuerpo ya no responde como antes. No poder usar magia por mi enfermedad me pasó factura. Los hechizos de refuerzo ayudaron, pero luchar sin tu afinidad principal siempre deja secuelas.

—Aun así, se movió bastante bien —añadió Keny, ladeando la cabeza—. Más de lo que admitiría.

—No exageres —refunfuñó el marqués.

—Entonces… —insistí—, ¿qué fue lo importante?

Kyle dio un paso adelante.

—Fuimos convocados.

—¿Convocados?

—A testificar —aclaró—. O más bien… a contar lo que ocurrió en el bosque.

Maylen frunció el ceño.

—Frente a los líderes de las órdenes.

—Las principales —continuó Kyle—. La Guardia de las Cadenas Rojas. Los Vigías del Alba. La Llama Silente y la Orden del Acero Pálido.

—Aunque —intervino el marqués— los Guardianes de las ordenes no estuvieron presentes el día del incidente ni el sub-capitan de La Guardia de las Cadenas Rojas. Solo estuvieron los sub-capitanes de las otras tres órdenes.

Sentí un leve escalofrío recorrerme la espalda.

—¿Y qué preguntaron?

—Todo —respondió Cloe sin rodeos—. La mujer de negro. Las bestias. Qué les hizo exactamente… o qué les alteró. Y, por supuesto…

Kyle me miró fijamente.

—El dragón.

Mi vista se desvió casi de inmediato al fondo de la habitación.

Ahí estaba. Enroscado como un enorme lobo, respirando con tranquilidad, completamente ajeno a la conversación.

—Preguntaron qué pasó con él —dijo Keny—. Por qué apareció… y por qué desapareció.

—Les dijimos la verdad —añadió el marqués—. Que llegó contigo… y que se fue poco después de ayudar. Que abandonó el campo de batalla cuando la situación se calmó.

Asentí despacio.

—Eso fue exactamente lo que pasó.

Maylen inclinó la cabeza, curiosa.

—¿Y ese lobo…?

—Vino conmigo —respondí sin pensar demasiado—. Junto con el dragón.

—¿Un regalo? —bromeó Cloe.

—O una maldición —murmuré.

—¿Se quedó contigo por voluntad propia? —preguntó Maylen.

Miré de nuevo al dragón-lobo, luego suspiré.

—Eso parece. No sé por qué… pero decidió quedarse.

Hice una pausa y añadí, con una mueca:

—Y preferiría que nadie me pregunte cómo encontré al dragón.

—¿Tan malo fue? —preguntó Keny, divertido.

—No fue miedo —respondí de inmediato—. Fue… humillante.

Las cejas se alzaron al unísono.

—No pregunten —dije rápido—. Es casi traumático. No por lo que hizo… sino por cómo me trató cuando nos encontramos.

Cloe rió por lo bajo.

—Eso suena peor que una batalla.

—Lo fue —confirmé sin dudar.

Luego algo más me vino a la mente. Fruncí el ceño y miré a todos.

—Hay algo que quiero preguntarles.

El ambiente se tensó un poco.

—¿Por qué… —dije con cuidado— le contaron a mi familia biológica sobre mi plan?

Sobre ir tras las personas que nos atacaron hace años.

Keny fue quien respondió, serio esta vez.

—Yo creí que era lo correcto.

—No era tu derecho —dije, sin dureza, pero firme.

—Lo sé —admitió—. Pero era algo que debían saber. Especialmente si, después de casi una década, regresabas con tu familia… y decidías marcharte de nuevo sin decir nada.

Kyle asintió.

—No queríamos que se repitiera lo mismo.

Guardé silencio unos segundos.

—Está bien —dije al final—. Ya pasó. Pero no quiero que vuelva a repetirse algo así.

—Lo entendemos —dijo el marqués con solemnidad.

—Además —añadió Kyle—, tu familia ya tiene un plan para ti.

Lo miré con cansancio.

—¿Otro más?

—Este es importante —respondió—. Planeaban decírtelo cuando estuvieras más despierto.

—Dilo de una vez.

Kyle sonrió.

—Van a revelar oficialmente que sigues vivo.

Sentí que el aire se me atascaba en el pecho.

—¿Qué?

—En el banquete real —continuó—. Dentro de un mes.

—¿Un mes…? —repetí.

—Sí —dijo Keny—. Y por si no te lo habían dicho…

Kyle tomó la palabra de nuevo.

—No le dijimos a los capitanes de las órdenes quién eras realmente.

—¿Cómo?

—Para ellos —explicó—, el mago de hielo que llegó con el dragón fue Eiren. Un patrocinado del marqués Shtile y del conde Vion.

Mis ojos se abrieron un poco más.

—¿Incluso…?

—Incluso los sub-capitanes que estuvieron en el bosque —confirmó el marqués—. Los que te vieron pelear.

—Aceptaron guardar el secreto —añadió Kyle—. Sabían que tarde o temprano se sabría… pero accedieron a esperar.

—Hasta el banquete —murmuré.

—Exacto —dijo Keny—. En un mes, todo se hará público.

Me recosté un poco más en la cama, soltando un suspiro largo.

—Genial… —murmuré—. Entonces tengo un mes para aprender a estar vivo otra vez… antes de que todo el reino lo sepa.

Cloe sonrió con suavidad.

—Al menos no estarás solo esta vez.

Miré a todos los presentes… y luego, al fondo, al dragón-lobo dormido.

—Eso espero —susurré.

Parpadeé un par de veces, todavía procesando lo del banquete, cuando Maylen carraspeó suavemente.

—Ah… Neyreth —dijo, jugueteando con sus dedos—. Como las inscripciones a la academia mágica ya pasaron, tendremos que esperar hasta la siguiente oportunidad.

—Eso ya me lo imaginaba —respondí con calma—. No es como si pudiera correr a inscribirme después de casi dos meses en coma.

Ella asintió.

—Así que… tendré bastante tiempo para prepararme.

Hizo una pausa, respiró hondo.

—Y para cumplir nuestro trato.

Fruncí el ceño.

—¿Nuestro… trato?

Maylen me miró como si acabara de decir la cosa más absurda del mundo.

—¿De verdad no lo recuerdas?

—La verdad… no —admití—. Mi memoria es un desastre selectivo últimamente.

Kyle también frunció el ceño.

—¿Qué trato?

Maylen se sonrojó de inmediato, desde las mejillas hasta las orejas.

—E-es que… —balbuceó—. Fue el día que él nos salvó. A mí, a Cloe y a mi padre… cuando nos atacaron hace unos meses.

Mi mente dio un pequeño salto.

—Ah… eso sí lo recuerdo. Más o menos.

—Después de eso —continuó Maylen, cada vez más avergonzada—, quisimos darte una recompensa. Algo… adecuado.

—Y yo me negué —añadí—. No quería nada físico.

—Exacto —dijo ella—. Y entonces yo… —tragó saliva— yo propuse entregarte mi mano en matrimonio.

Silencio.

Un silencio tan absoluto que juraría que incluso el dragón-lobo dejó de respirar por un segundo.

—…¿Qué? —dije al fin.

Kyle abrió la boca. Luego la cerró. Luego volvió a abrirla.

—¿Disculpa?

Y Keny…

Keny primero se quedó quieta.

Luego llevó una mano a su boca.

Luego empezó a temblar.

—Pff—

—¿Q-qué…?

—JAJAJAJAJAJAJAJA—

Keny estalló en carcajadas tan fuertes que tuvo que apoyarse en la pared para no caerse.

—¡¿MATRIMONIO?! —rió— ¡¿ASÍ, SIN MÁS?!

—¡Keny! —le reclamó Kyle, aunque su expresión estaba entre el shock y la incredulidad—. ¿Eso es verdad?

Yo me llevé una mano a la cara.

—Ahora recuerdo por qué me burlé —murmuré.

Maylen se sonrojó aún más.

—¡N-no fue así! —se defendió—. ¡En ese momento me pareció lógico! Nos salvaste la vida, eras fuerte, misterioso, y yo pensé que—

—Que era una idea terrible —interrumpí con suavidad.

Ella bajó la mirada.

—Sí… eso dijiste.

—Y tenía razón —añadí—. No porque tú no valgas la pena, Maylen. Sino porque ofrecer tu mano como pago por haber sido salvada no es justo para ti. Ni honorable.

Keny seguía riéndose, ahora casi sin aire.

—¡Dioses, esto es lo mejor que me ha pasado hoy!

—Cállate o te congelo la lengua —le advertí sin mirarla.

—¡JAJA— ay! —tosió—. Vale, vale…

Kyle se frotó la sien.

—¿Y entonces… qué trato quedó?

Maylen respiró hondo.

—Él dijo —explicó— que si quería devolverle algo… debía volverme fuerte.

Levantó la mirada hacia mí.

—Que no necesitara que alguien me defendiera.

Que dejara de pensar que mi valor dependía de que alguien me salvara.

Asentí lentamente.

—También le dije —continué— que evitara esas "furiosas vergüenzas".

La miré de reojo.

—Ofrecerte como recompensa… no es algo que vuelva a aceptar. De nadie.

Maylen sonrió, tímida pero sincera.

—Por eso quiero entrenar. Aprovechar este tiempo.

—Quiero cumplir eso… no por ti, sino por mí.

Cloe se acercó y le puso una mano en el hombro.

—Yo creo que lo harás.

Kyle suspiró, aún procesándolo todo.

—No puedo creer que no supiéramos nada de esto.

—Mejor así —murmuré—. Yo tampoco lo recordaba… y hubiera preferido seguir así.

Keny volvió a reír, más suave esta vez.

—Aun así… —dijo—, admito que es una historia increíble.

Me miró con una sonrisa ladina.

—Nuestro héroe rechazando matrimonios y creando métodos mágicos imposibles.

Me dejé caer un poco más en la cama.

—Estoy demasiado cansado para ser una leyenda —gruñí.

—Así que, por favor… nadie más me proponga matrimonio mientras esté medio muerto.

Maylen rió bajito.

—Lo prometo.

El dragón-lobo soltó un gruñido bajo, como si se burlara.

—Ni tú te rías —le murmuré—. Esto no te concierne.

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