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Chapter 58 - Capitulo 57

[Duquesa Luneth]

Me encontraba frente al espejo, cepillando mi cabello húmedo, dejando que el silencio cómodo de la habitación nos envolviera. El vapor del baño aún flotaba en el aire, y la luz de las lámparas mágicas se reflejaba sobre los muebles oscuros, creando un ambiente tibio, casi familiar.

El duque estaba sentado en el borde del diván, observándome mientras me abotonaba lentamente la parte superior del vestido. Su mirada era serena, pero en el fondo podía ver el cansancio de los años, el peso que ambos habíamos llevado en silencio.

—¿Por qué no dejas que alguien te ayude con eso? —preguntó de pronto, con ese tono entre curioso y tierno que solo usaba cuando estábamos solos—. Tienes doncellas de sobra que estarían felices de hacerlo.

Sonreí, girando ligeramente para mirarlo por encima del hombro.

—Porque aprendí mucho sobre las cosas más sencillas mientras estuve en el pueblo de Arthen —le respondí, sujetando el cordón del corsé con cuidado—. Y créeme, después de aprender a lavar mi propia ropa, cocinar y arruinar al menos tres veces una sopa… vestirme sola me parece lo más fácil del mundo.

Él soltó una risa baja, profunda, casi inaudible. Se levantó y se acercó despacio, tomando los cordones de mis manos con suavidad para terminarlos de atar.

—Dices eso, pero tu nudo parece una batalla perdida —bromeó—. Déjame ayudarte.

—No es tan malo —repliqué con una sonrisa, aunque sabía que lo era.

Sus dedos eran firmes pero delicados, acostumbrados más al acero de una espada que a la seda de un vestido. Sin embargo, el gesto era íntimo, casi nostálgico.

—¿Cómo has estado? —preguntó después de un momento de silencio—. No me refiero al viaje… sino a ti.

Me quedé quieta, mirando mis propias manos reflejadas en el espejo.

—Bien —dije al fin—. En mucho tiempo, creo que por primera vez… bien.

—Cinco meses buscándolo —murmuró él—. Por todo el oeste.

—Sí —asentí con suavidad—. Cinco meses de seguir rumores, cartas falsas y esperanzas vacías. Hasta que conocí a ese chico… Kyot.

—El aventurero —dijo él, recordando el nombre—. El que te llevó al pueblo.

—Ese mismo —confirmé—. Fue él quien me contó sobre lo que pasó con Neyreth, sobre cómo vivió esos dos años en Arthen. Me habló de su vida antes… de cómo fue parte de una Orden.

El duque me miró desde el espejo, su ceño ligeramente fruncido.

—Esa parte aún me cuesta creerla —dijo en voz baja—. ¿Nuestro hijo… formando parte de una Orden de asesinos?

—No lo llames así —repliqué con un dejo de firmeza—. No todos en esa Orden eran monstruos. Kyot me explicó que Neyreth se unió buscando venganza, no sangre. Quería respuestas. Justicia.

Él suspiró, apartando un mechón de mi cabello que se había quedado pegado a mi mejilla.

—Venganza nunca trae justicia —murmuró—. Pero sí entiendo por qué lo hizo.

Asentí, bajando la mirada.

—Kyot me dijo que Neyreth descubrió quién estaba detrás del ataque de aquella noche… el que nos separó.

El duque apretó los labios. Pude notar cómo su mandíbula se tensaba.

—Entonces fue por eso… —susurró—. Por eso no volvió.

Me giré lentamente, mirándolo a los ojos.

—No lo sabemos —dije—. Según lo que Kyot contó, Neyreth dejó la Orden, desapareció un tiempo, y después… regresó. Nadie supo por qué. Quizá no recordaba quién era. Quizá… no podía volver a casa.

—Miller. —El nombre se me escapó con amargura—. Aquel hombre orquestó todo. Traicionó a su propia Orden, inculpó a Neyreth y lo dejó medio muerto

Él se quedó pensativo un momento, luego habló en voz baja:

—A veces pienso que tal vez no quiso volver. Que se sintió demasiado roto.

Negué con suavidad, acercándome hasta él.

—No lo creo. —Tomé sus manos entre las mías—. Si lo hubieras visto, si hubieras escuchado cómo lo describen en ese pueblo… sabrías que aún era él. El mismo niño que buscaba proteger a todos, incluso cuando no tenía nada. Solo que… sin recordar quién había sido antes.

El duque me sostuvo la mirada, y por un instante, toda su fortaleza pareció flaquear.

—Luneth… —murmuró—. ¿Qué vamos a decirle cuando lo veamos?

—La verdad —respondí sin dudar—. Que lo amamos, que lo buscamos, que nunca dejamos de hacerlo. Que lo que le hicieron no lo define.

Él suspiró, bajando la mirada.

—Y si no recuerda… si no nos reconoce…

Me acerqué aún más, apoyando mi frente contra la suya.

—Entonces lo volveremos a conocer —susurré—. Lo amaremos otra vez, como si fuera la primera.

Por un momento, ninguno de los dos habló. Solo se escuchaba el crepitar de la chimenea y el eco lejano de la ciudad más allá de las ventanas. Supe que él estaba recordando lo mismo que yo: la noche en que todo cambió, las llamas, los gritos, y el vacío que nos dejó un niño que nunca debió cargar con tanto dolor.

Finalmente, el duque alzó una mano y me acarició la mejilla.

Y aunque intenté sonreír, el temblor en mis manos me traicionó. Porque, después de tanto tiempo soñando con ese momento… por primera vez en una década, tenía miedo de mirar a mi hijo y que no me reconociera.

El sonido de tres golpes suaves en la puerta me hizo volver la vista hacia ella. Mi esposo levantó ligeramente una ceja, pero fue yo quien respondió con calma:

—Adelante.

La puerta se abrió despacio, y una joven doncella asomó la cabeza, con el rostro sereno y las manos entrelazadas frente al delantal. Hizo una pequeña reverencia antes de hablar.

—Disculpe, mi señora duquesa —dijo con respeto—. Los invitados ya se encuentran instalados en sus habitaciones. La comida está siendo enviada en este momento para que puedan cenar cómodamente antes de descansar del viaje.

Asentí con una leve sonrisa, acomodando el dobladillo del vestido mientras me acercaba un poco a ella.

—Has hecho bien en informarlo. ¿Todos recibieron lo que pedí? Toallas, ropa limpia y agua caliente para el baño.

—Sí, mi señora —respondió con una inclinación más profunda—. La señora Liana y sus hijas parecían muy agradecidas. Los jóvenes Joren y Roderic ya fueron atendidos también.

Mi esposo se giró hacia la doncella, su voz grave resonó con natural autoridad:

—Asegúrense de que tengan todo lo necesario. Han viajado durante semanas por nosotros. Ninguno de ellos debe sentirse como un invitado común.

—Por supuesto, mi señor —asintió la doncella apresurada, algo nerviosa bajo su mirada—. También hemos preparado la cena para usted y la duquesa. Será servida en sus aposentos dentro de unos minutos.

—¿Qué clase de cena? —pregunté con suavidad, más por llenar el aire que por exigencia.

—Crema de hierbas del norte, carne estofada con vino rojo y pan recién horneado —recitó la joven con precisión—. También se ha preparado un poco de té de jazmín, como lo solicitó.

—Perfecto —respondí, sin poder evitar sonreír un poco—. Gracias, niña. Puedes retirarte.

La doncella asintió con otra reverencia, pero antes de salir, me miró con cierta timidez.

—Mi señora… —dudó un instante—. Los sirvientes comentan que mañana llegará la comitiva desde el este. ¿Es cierto que… entre ellos viene el joven maestro Neyreth?

Mi esposo levantó la vista, y por un instante la muchacha pareció arrepentirse de haber hablado, pero yo me adelanté antes de que él dijera algo.

—Sí —respondí suavemente—. Mi hijo.

Sus ojos se abrieron un poco más, y la emoción fue imposible de disimular.

—Dioses… —murmuró con una sonrisa contenida—. Qué bendición, mi señora. Todo el ducado ha orado por ese reencuentro durante años.

Sentí un nudo en la garganta, pero asentí con una pequeña sonrisa.

—Gracias —dije—. Esperemos que sus oraciones hayan sido escuchadas.

La doncella se retiró con una reverencia más profunda, cerrando la puerta tras de sí. Por unos segundos, la habitación quedó en silencio otra vez, solo interrumpido por el leve chasquido del fuego.

—Parece que hasta el personal del ducado lo siente como si fuera suyo —comentó mi esposo, cruzando los brazos—. No puedo culparlos. La historia de su desaparición corrió por todas partes.

—Y la de su regreso también lo hará —respondí, caminando hacia la ventana—. Pero no quiero que lo vean como una historia trágica, sino como un renacer.

Él me observó desde la distancia, luego habló con voz más baja:

—¿Estás segura de que podrás enfrentarlo? Después de todo… no es el mismo niño que perdiste.

Me giré hacia él, despacio, y mis dedos se cerraron sobre el marco de la ventana.

—No necesito que sea el mismo —dije con firmeza—. Solo necesito saber que está vivo.

Él se acercó hasta quedar a mi lado, y durante unos segundos, ninguno de los dos dijo nada. La tenue luz del fuego iluminaba la estancia, proyectando nuestras sombras en la pared.

—Te conozco —dijo al fin—. No vas a dormir esta noche.

Sonreí con cansancio.

—Probablemente no —admití—. No hasta verlo con mis propios ojos.

En ese momento, se escuchó un golpe suave en la puerta. Era otra doncella, esta vez con una bandeja plateada cubierta con una servilleta blanca.

—Mi señor, mi señora —anunció con una reverencia—. La cena está servida.

El aroma de pan recién horneado llenó la habitación, cálido y reconfortante. Mi esposo se apartó unos pasos y me ofreció su brazo con una sonrisa cansada pero sincera.

—Vamos, Luneth —dijo con tono amable—. Come algo, aunque sea un poco. Mañana necesitaremos toda la fuerza posible.

Tomé su brazo con suavidad, mirando el fuego por última vez antes de acompañarlo hacia la mesa.

—Sí… mañana —susurré, apenas audible—. Mañana volveré a ver a mi hijo.

Y aunque mis labios sonrieron, mis manos temblaban sobre la tela del vestido, porque sabía que esa cena sería la última antes de enfrentar el día que había soñado durante diez largos años.

***

[Sivelle]

El aire se sentía denso, lleno de polvo y del aroma metálico del esfuerzo reciente. A lo lejos, los muros blancos de la capital ya se alzaban como un espejismo, y sin embargo, el peso en el pecho me decía que la verdadera prueba apenas comenzaba.

Frente a mí, los tres sub-capitanes me observaban con semblantes firmes, aunque en sus ojos se notaba el cansancio. El del Acero Pálido, un hombre de rostro curtido y cabello corto, fue el primero en hablar.

—Dama Sivelle —dijo, inclinando ligeramente la cabeza—. Ha sido un honor servir a su lado en esta operación, pese a las circunstancias. Deseamos que su hermano despierte pronto.

El sub-capitán de la Llama Silente, añadió con voz grave:

—Sin embargo, debe saber que lo ocurrido en el bosque no puede quedar fuera de los registros. Las bajas, las anomalías mágicas y… lo que sea que fue esa cosa que enfrentamos, serán reportadas.

El tercero, perteneciente a los Vigías del Alba, un hombre joven de mirada serena, se adelantó con un leve gesto militar.

—Por protocolo, los tres informaremos a nuestros respectivos capitanes. Pero debido a la magnitud del incidente, es probable que el reporte llegue al Consejo Real… y quizá, al propio rey.

Respiré hondo, cruzando mis manos detrás de la espalda para no mostrar tensión.

—Entiendo —respondí, mirando a los tres con serenidad—. Y es lo correcto. Lo que sucedió allá dentro… no puede ser ocultado. Si el rey pide nuestra presencia para declarar, iremos.

El hombre inclinó un poco la cabeza.

—Esa es la respuesta que esperaba de usted, futura duquesa de Vyrenthal.

No pude evitar una leve sonrisa amarga ante el título.

—Gracias por sus buenos deseos —dije con un tono más suave—. Espero que la próxima vez que nos crucemos, no sea bajo circunstancias tan sombrías.

Los tres asintieron. Luego, al unísono, dieron un paso atrás y se inclinaron, no solo ante mí, sino también ante los hombres y mujeres que me acompañaban.

—Por la corona, por la capital y por la sangre derramada —dijo el sub-capitán del Acero Pálido con solemnidad—. Hasta que nuestras sendas se crucen de nuevo.

Los observé mientras se daban media vuelta, marchando con sus unidades por caminos distintos. Los estandartes se separaron poco a poco: el gris del Acero Pálido, el dorado de los Vigías del Alba y el rojo oscuro de la Llama Silente se desvanecieron entre el polvo del camino.

Solo cuando quedaron lejos, exhalé lentamente.

—Bien… —murmuré para mí misma, luego miré a Keny y al Marqués Shtile—. Debemos continuar.

Keny, con el rostro cubierto de polvo y ojeras, asintió con un cansancio que trataba de ocultar.

—Los soldados están listos, joven duquesa. Kyle y yo ya dimos la orden de marcha.

El marqués, montado en su caballo, enderezó el cuerpo y me dirigió una mirada evaluadora.

—Su gente ha demostrado disciplina, Sivelle. Espero que en la capital reciban el descanso que merecen.

—Eso espero —respondí, mirando de reojo hacia el carruaje cubierto que avanzaba al centro de la formación—. Aunque algunos no podrán descansar del todo.

El marqués asintió en silencio, comprendiendo. No hubo necesidad de decir más.

La caravana comenzó a moverse. Los estandartes del ducado ondeaban junto a los del marqués, y el sonido de cascos y ruedas resonaba por la tierra reseca. Miya cabalgaba junto a mí, en silencio, hasta que finalmente habló con voz baja:

—Tu familia ya debió haber llegado, ¿no?

—Probablemente sí —dije sin mirarla.

—Deberías alegrarte —insistió ella, con una media sonrisa—. Tu madre y tus hermanos deben estar esperándote.

—Ojalá y no —susurré.

Miya me miró, sorprendida.

—¿Por qué dices eso?

Inspiré hondo, dejando que el viento agitara el flequillo suelto sobre mi frente.

—Porque no quiero que estén ahí cuando lleguemos. No quiero que vean cómo tendremos que sacar a Neyreth del carruaje… inconsciente, sin poder siquiera abrir los ojos. —Mi voz tembló levemente, y la contuve con fuerza—. No quiero que mi madre lo vea así.

Miya bajó la mirada, sosteniendo las riendas con más fuerza.

—Ha pasado más de un mes desde el bosque… y aún no despierta, a excepción de hace unos días. ¿Crees que lo haga, una vez lleguemos?

Guardé silencio unos segundos antes de responder.

—Quiero creer que sí. Pero… —mi voz se quebró, apenas perceptible—, cada día que pasa y no abre los ojos, me cuesta un poco más mantener la esperanza.

Keny, que nos escuchaba desde unos metros adelante, giró levemente la cabeza.

—Despertará, mi lady. Si algo aprendí de él, es que Neyreth no cae fácilmente. —Su tono fue serio, casi firme.

Miya asintió.

—Tiene razón. Si sobrevivió a eso, lo hará una vez más.

Sonreí con tristeza.

—Eso espero. Porque esta vez… no sé qué haría si no lo hace.

El marqués, que había escuchado parte de la conversación, intervino con su tono grave y diplomático.

—Cuando lleguemos, el duque y la duquesa se encargarán de recibirlo. Si su hijo necesita reposo, los mejores sanadores del reino estarán disponibles.

—Sí —respondí en voz baja—. Pero lo que necesita Neyreth no es solo un sanador. Lo que necesita… es recordar quién es.

El sonido del carruaje detrás de nosotros se volvió casi hipnótico. Entre los pliegues de la tela, podía ver apenas la silueta inmóvil de mi hermano, recostado, respirando con suavidad.

Un mes y medio de viaje, un bosque maldito detrás, y un destino incierto por delante.

Solo me quedaba una certeza:

—No lo perderé otra vez —susurré para mí, cerrando los ojos un instante mientras el viento traía el aroma lejano de la capital—. No esta vez.

Y con esa promesa, seguí avanzando, guiando a la caravana hacia los muros de piedra donde el pasado y el futuro estaban a punto de encontrarse.

***

[Duquesa Luneth]

Esperar puede ser un suplicio. Lo había sido por años, pero esa tarde, en la sala principal de la residencia Vyrenthal, lo fue de una manera distinta… más punzante, más real.

Había pasado las manos por encima de la mesa de té ya fría unas decenas de veces, incapaz de mantenerme quieta. Mi esposo estaba sentado frente a mí, intentando parecer tranquilo, pero el leve temblor en sus dedos, apoyados sobre el bastón, lo delataba. Los mellizos jugaban con inquietud junto al ventanal, lanzando miradas a la puerta cada vez que se escuchaba un ruido afuera.

Y la familia de Liana, sentada más al fondo, permanecía en un respetuoso silencio. A pesar de no conocerlos mucho aún, podía sentir el cariño sincero que le tenían a mi hijo… a nuestro hijo.

La puerta se abrió con un chirrido suave, y el mayordomo apareció. Su semblante solemne bastó para que mi corazón se detuviera.

—Dama Luneth —dijo, inclinándose levemente—. Han llegado. La señorita Sivelle ha sido vista al frente del convoy.

Me levanté tan deprisa que casi derribé la silla.

—¿Qué dijiste? ¿Ya llegaron?

—Sí, mi lady. Están entrando al patio ahora mismo.

Mi esposo se incorporó también, con ese porte firme que no perdía ni en los momentos más tensos.

—Vamos —dijo simplemente.

Salimos todos. Los mellizos corrieron adelante con esa mezcla de curiosidad y emoción que solo los niños pueden tener. Afuera, el aire frío de la tarde me golpeó el rostro, trayendo consigo el olor del polvo y del metal, el rastro del largo viaje que traían.

Y entonces los vi.

Sivelle encabezaba de la caravana, montada en su caballo. Su armadura tenía las marcas del combate, el polvo del camino cubría su capa, y su rostro… su rostro estaba tan cansado que mi pecho se contrajo al verla. Detrás de ella, las insignias del ducado se mezclaban con las de otras casas. Distinguí fácilmente el emblema carmesí del marqués Shtile y el azul profundo del conde Vion.

Mariela venía junto a los soldados, hablando con los guardias de la entrada para que despejaran el paso.

Y entonces escuché a Liana, con un tono entre sorpresa y alivio:

—Keny… —susurró, señalando hacia el grupo.

Seguí su mirada. Una joven de cabello negro y mirada decidida cabalgaba justo detrás de Miya, la guardiana de Sivelle. A su lado, un muchacho de rasgos similares quizás su hermano marchaba con firmeza.

—Kyle, el heredero del conde Vion —murmuró mi esposo, reconociéndolo.

La caravana se detuvo frente a las escalinatas. Los soldados desmontaron con precisión militar. Y cuando la puerta del primer carruaje se abrió, dos pequeñas figuras bajaron de él: una muchacha pelinegra y otra más joven, ambas con los mismos ojos castaños del marqués Shtile. Las hijas del marqués.

Mi vista, sin embargo, se centró en Sivelle.

No esperé a que ella bajara. Descendí los escalones con paso rápido, sin importar las miradas de los sirvientes o el peso del protocolo. Cuando llegué a ella, apenas tuve fuerzas para hablar.

—Sivelle… —susurré, y antes de que dijera algo más, la abracé.

Su armadura estaba fría, la capa empapada de sudor y polvo, pero nada de eso importó. La rodeé con los brazos con tanta fuerza que casi temí romperla.

—Estás bien… gracias a los dioses, estás bien…

Ella me devolvió el abrazo con un temblor apenas perceptible.

—Por poco nadie sale del bosque, madre —dijo en voz baja, con la garganta rasposa por el cansancio.

Retrocedí un poco para mirarla, acariciando su mejilla sucia.

—¿Y tu hermano? —pregunté con un nudo en el pecho.

Vi el cambio inmediato en sus ojos. Bajó la mirada, apretó los labios y… desvió la vista hacia otro lado.

Mi corazón se detuvo un segundo.

—Sivelle… ¿dónde está Neyreth?

Ella no respondió. Pero Miya, siempre tan directa, giró sobre su montura y levantó la voz:

—¡Saquenlo!

Todo el aire pareció congelarse.

Los soldados del ducado que venían con Sivelle se movieron de inmediato hacia el segundo carruaje. Lo rodearon, abriendo las puertas con cuidado. Un silencio sepulcral cayó sobre el patio.

Y entonces, de la oscuridad del carruaje, emergió una silueta.

Un lobo… no, un coloso plateado, de ojos tan azules que parecía llevar el cielo en la mirada. Caminó con elegancia, su pelaje brillando bajo la luz del sol, y se detuvo justo a un lado del carruaje. Podía sentir la magia en el aire, antigua, contenida.

Y luego…

Luego lo vi.

Dos soldados descendieron con una camilla. Y sobre ella, recostado, un joven de cabello negro con mechones plateados caídos sobre el rostro. Su piel era tan pálida que parecía esculpida en mármol, sus labios apenas tenían color… y sus ojos permanecían cerrados.

No tuve que mirar más. Lo supe al instante.

—Neyreth… —mi voz se quebró al pronunciarlo.

Sentí cómo el mundo se encogía, cómo el aire desaparecía de mis pulmones. Bajé los últimos escalones casi sin fuerza, corriendo hasta ellos.

—¡Neyreth! —grité, cayendo de rodillas junto a la camilla.

Mis manos temblaban cuando toqué su rostro. Estaba frío. No tanto como la muerte… pero demasiado para la vida plena.

—Dioses… —susurré, conteniendo el llanto—. Está tan pálido… tan…

Mi esposo se acercó lentamente, su expresión dura como la piedra, pero vi el brillo de la desesperación en sus ojos.

—¿Sigue respirando? —preguntó con voz baja.

Uno de los soldados asintió.

—Sí, mi señor. Respira… aunque débilmente. No ha despertado desde el bosque.

—Desde el bosque… —repetí, levantando la mirada hacia Sivelle.

Ella se mordió el labio, los ojos húmedos, incapaz de sostener mi mirada.

—Madre… lo intentamos todo. Pero… no responde.

Sentí cómo mis fuerzas me abandonaban por un instante. Me incliné sobre él, presionando mi frente contra la suya.

—Estás aquí… —murmuré, sollozando en silencio—. No importa cómo, ni por qué… estás aquí, mi amor. Mi pequeño Neyreth…

El lobo plateado se había acercado a nosotros. Sus ojos brillaban con un reflejo que, por un instante, me pareció humano, dolido. Se tumbó junto a la camilla, su respiración profunda acompañando el débil pulso de mi hijo.

—Él no se separó de su lado ni un solo día —susurró Sivelle, acercándose.

Levanté la mirada hacia ella, sin poder contener las lágrimas que finalmente caían libremente.

Me quedé en silencio, acariciando el rostro de mi hijo, sintiendo su piel bajo mis dedos.

—Después de diez años… —susurré con la voz rota—. Lo creí muerto. Lo lloré tantas veces… y ahora está aquí, tan cerca… tan lejos al mismo tiempo.

Mi esposo se arrodilló junto a mí, posando una mano temblorosa sobre el hombro del joven.

—¡Preparen su habitación! —fue lo único que logré decir al principio, con la voz temblando entre un grito y un susurro—. ¡Ahora mismo! ¡Y que alguien llame a los médicos mágicos! ¡Todos los disponibles!

Por un segundo, el patio quedó en silencio. Todos parecieron congelarse, procesando mis palabras. Pero bastó una mirada mía, una sola, para que el aire estallara en movimiento.

—¡Sí, mi lady! —respondió uno de los capitanes del ducado, haciendo una reverencia antes de salir corriendo hacia la mansión.

—¡Vamos! ¡Muévanse! —gritó otro de los soldados, ayudando a sus compañeros a asegurar la camilla.

El duque, se giró hacia los sirvientes. Su voz, grave y firme, resonó por encima del caos:

—Quiero a los médicos en menos de diez minutos. Y que preparen todo el instrumental mágico. Si hay algún mago sanador en la ciudad, que lo traigan también. No me importa el costo.

Los sirvientes se inclinaron y salieron corriendo en distintas direcciones. Los cascos de los caballos resonaron cuando algunos partieron hacia la ciudad para buscar a los sanadores.

Mariela se adelantó entonces, la capa ondeando con el movimiento.

—¡Por aquí, soldados! ¡Sigan mis instrucciones!

Dos de los guardias ajustaron los soportes de la camilla, y cuidadosamente, levantaron a Neyreth. Sus brazos colgaban sin fuerza, la cabeza ladeada, un mechón de cabello negro cayendo sobre su rostro.

—Despacio —dije con voz tensa, casi un ruego—. No lo muevan bruscamente.

—Sí, mi lady —respondió uno de ellos, con respeto.

Mariela caminaba delante, abriendo paso entre los sirvientes y guiando a los portadores por el amplio corredor que llevaba hacia las habitaciones nobles del ala este. Todos los que se cruzaban en el camino se detenían y se inclinaban al ver la escena.

Yo los seguí de cerca, casi pisándoles los talones, sin quitar los ojos de mi hijo.

Sivelle venía a mi lado, en silencio, sus manos apretadas con fuerza.

—Madre… —susurró de pronto—. Él… se verá mejor cuando lo acuesten. Solo necesita descanso, lo prometo.

—Te creo, hija. —Mi voz se quebró, pero intenté sonreírle—. Te creo.

El duque caminaba detrás de nosotras, con paso pesado, una mezcla de dignidad y preocupación.

—Hace diez años, nunca pensé que volvería a ver esta escena… —murmuró en voz baja—. Pero esta vez… no lo perderemos otra vez.

Llegamos al final del pasillo principal. Las puertas de doble hoja, recién abiertas por los sirvientes, revelaron una habitación amplia, iluminada por ventanales y por el suave resplandor de cristales mágicos incrustados en las paredes.

—Aquí, mi lady —anunció Mariela, girándose hacia mí—. Es la habitación más cercana a la cámara de los sanadores.

Asentí, apenas conteniendo las lágrimas.

—Colóquenlo en la cama… con cuidado.

Los soldados avanzaron, y con movimientos lentos depositaron la camilla sobre el colchón. El lobo plateado, que había seguido en silencio todo el trayecto, se tumbó junto al marco de la puerta, vigilando, sus ojos fijos en Neyreth.

Mariela se acercó al muchacho, tocando su muñeca.

—El pulso sigue, aunque débil —dijo en voz baja—. Está respirando.

—Eso basta por ahora —respondí, sin apartar la vista de él.

Uno de los criados entró apresuradamente, casi sin aliento.

—Mi lady, los médicos mágicos están en camino. Tres de ellos vienen del distrito alto.

—Bien —dijo el duque—. Asegúrense de que tengan todo lo que necesiten.

Sivelle respiró profundamente, mirando a su hermano con una mezcla de orgullo y tristeza.

—No sé cómo lo hizo, madre —murmuró—. Pero salvó a todos los que estaban conmigo. Si no fuera por él, ninguno habríamos salido del bosque.

—Y por eso no lo perderemos —dije, acercándome a la cama. Tomé la mano de mi hijo, la misma que tantas veces había sostenido cuando era niño, y la apreté suavemente.

El calor era débil, pero estaba ahí.

—Ya estás en casa, mi amor… —susurré, apenas audible—. Ya no estás solo.

El duque se acercó, posando una mano sobre mi hombro.

—Luneth… —dijo con voz grave—. Los médicos estarán aquí pronto. Él resistió tanto… lo hará una vez más.

Me giré hacia Mariela, aún junto a la cama.

—Quédate con él. Si su respiración cambia o si despierta, mándame a llamar de inmediato.

—Así será, mi lady. Lo juro por mi vida.

—Y que preparen agua caliente, toallas limpias, paños de seda —añadí rápidamente—. No quiero que nada le falte.

—Enseguida —respondió un grupo de doncellas, inclinándose antes de salir corriendo.

El lobo, al oír la agitación, levantó la cabeza. Su mirada se cruzó con la mía por un instante… y sentí una comprensión extraña, un reconocimiento silencioso.

—Gracias… —le susurré con un hilo de voz—. Por no dejarlo.

El animal inclinó apenas la cabeza, como si entendiera.

El duque tomó aire y miró a todos los presentes.

—No habrá descanso para nadie hasta que los sanadores terminen —dijo con firmeza—. Este lugar no dormirá mientras mi hijo siga inconsciente.

Y yo, sosteniendo la mano de mi hijo, le respondí con un susurro apenas audible, cargado de amor y de promesa:

—No volverás a dormir solo, Neyreth. No otra vez. Nunca más.

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