[Duquesa Luneth]
Hace ya un mes que estoy aquí, en Arthen, un pequeño pueblo que nunca imaginé conocer tan de cerca, y mucho menos que me hiciera sentir… tranquila, en cierta forma. La familia que acogió a Neyreth hace dos años me recibió con amabilidad y paciencia, y aunque mi título y mis años como noble me daban cierta autoridad, he descubierto que eso no sirve de nada cuando tienes que lidiar con las tareas cotidianas del hogar. Cortar verduras, amasar pan, barrer, limpiar, atender a los animales… todo eso siempre fue manejado por sirvientes y criados. Aquí, si no lo hago yo, nadie lo hace, y créanme, he tenido varios desastres. La primera vez que intenté amasar pan terminé con una masa pegajosa que cubrió toda la mesa y parte del suelo; ni hablar de cuando quise ordeñar una vaca y terminé empapada hasta los codos.
Pero Liana, la madre adoptiva de Neyreth, ha sido increíblemente paciente conmigo. Cada mañana me enseña cómo hacer las cosas correctamente, aunque siempre con esa mezcla de incredulidad y diversión que no puedo evitar encontrar tierna. "No, Luneth, así no se hace…", me dice, y yo solo puedo sonreír avergonzada mientras intento repetir los movimientos que me muestra. Algunas veces hago las cosas mal a propósito para que ella me corrija, porque sé que es la única manera de aprender. A veces, sin embargo, no importa cuánto me enseñe, termino creando más desastres. Pero cada error es un pequeño recordatorio de que estoy aquí, tratando de ser parte de algo más simple y real que los salones de mármol y los protocolos de la corte.
Durante las noches, la realidad del hogar se vuelve más silenciosa y… dolorosamente nostálgica. Me quedo en la habitación donde Neyreth vivió y durmió durante esos dos años. No es lo mismo, no hay su olor, no hay su calor, pero aún así me aferro a la almohada como si pudiera sostener un fragmento de él. Muchas veces me quedo despierta, imaginando su rutina: cómo tal vez escribía en el escritorio con concentración, o cómo se recostaba en la cama mirando el techo, o cómo se asomaba por la ventana para observar los campos, quizás reflexionando o soñando con cosas que yo ni siquiera puedo imaginar. Otras veces me imagino en los campos, trabajando con diligencia, mezclándose con la tierra y el sudor, esforzándose como lo hacen los hombres y mujeres de este pueblo, pero siempre con esa calma que lo hacía tan distinto de todos los demás niños nobles que conozco.
Aprender estas tareas no es solo por práctica; es también una manera de sentirlo cerca, aunque sea en espíritu. Cada tarde que barro el piso, cada pan que intento amasar, cada gallina que trato de alimentar, siento que estoy participando, de alguna manera, en su mundo, en el lugar donde creció. Y aunque muchas veces fallo, aunque mis manos se llenen de cortes o mis vestidos de harina y barro, hay algo hermoso en esto: es la primera vez en años que hago algo sin etiqueta, sin testigos de mi estatus, solo actuando, aprendiendo, viviendo.
A veces cierro los ojos por un momento, apoyándome en la ventana del cuarto de Neyreth, y lo imagino ahí, mirándome, sonriéndome con esa tranquilidad que siempre parecía tener. Y entonces, aunque sea por unos segundos, me siento menos sola y más cerca de él. Un mes puede parecer poco, pero aquí, en Arthen, he aprendido que los pequeños pasos y los días tranquilos pueden reconstruir algo que creí perdido hace mucho. Aprender, equivocarme, corregir… y soñar con su regreso. Es mi rutina ahora, mi propósito silencioso, y aunque no lo tenga frente a mí, siento que de alguna manera, está aquí.
****
El amanecer había sido tranquilo, uno de esos días raros en Arthen donde el aire se siente liviano y las risas llenan el patio antes que el canto de los gallos. Hoy no había trabajo en los campos, así que todos estaban reunidos detrás de la casa. Liana y yo nos sentamos junto al viejo roble, con tazas humeantes de té entre las manos, mientras Mariela lavaba ropa y Roderic enseñaba a Joren a reparar una herramienta rota. Alenya y Miriel jugaban con las gallinas, corriendo detrás de ellas entre risas. Era… una mañana normal, casi idílica. Una que me recordaba que la paz aún podía existir en algún rincón del mundo.
Pero ese instante de calma se rompió con un destello en el cielo. Un brillo azulado, lejano al principio, pero que comenzó a descender como una estrella helada. Mariela fue la primera en notarlo.
—¿Qué es eso? —preguntó, señalando con la mano en sombra.
Yo lo supe incluso antes de que tocara el suelo. Me puse de pie, avanzando unos pasos hacia el claro mientras el aire se enfriaba alrededor. Extendí la mano instintivamente, y el ave de hielo se posó sobre mis dedos. Era hermosa: sus alas eran translúcidas, su cuerpo brillaba como cristal bajo el sol. Luego, sin previo aviso, se rompió en mil fragmentos helados que se disolvieron en el aire, dejando tras de sí una carta que cayó suavemente en mi palma.
Mi corazón se aceleró. Reconocí el sello del ducado. Lo rompí sin pensarlo y comencé a leer.
—¿Qué dice, Luneth? —preguntó Liana, mientras todos se acercaban.
Mis ojos recorrían las líneas con rapidez, pero cada palabra era un golpe al pecho. Tragué saliva antes de comenzar a leer en voz alta, la voz temblorosa:
—"Hace unos días… llegó una carta de Sivelle. Informó que ella y el destacamento que la acompaña tuvieron que adentrarse en el bosque del Este para llegar al otro lado. Era el único camino posible… pero tres de las órdenes del reino ya habían entrado antes que ellos. Habían ido a investigar anomalías, bestias salvajes…"
Liana frunció el ceño.
—Bestias… —repitió en voz baja.
—"Lo que encontraron fue peor —continué—. Alguien estaba controlando a esas bestias, convirtiéndolas en monstruos. Sivelle se topó con ellos días después; se unió a los supervivientes y ayudó en la batalla. Los subcapitanes le dijeron que una mujer estaba detrás de todo eso, realizando experimentos. Un par de días después encontraron a otro grupo… entre ellos, un marqués con sus hijas, y los hijos del conde Vion."
Roderic levantó la mirada, sorprendido.
—¿Vion? ¿El mismo conde que tenía al chico bajo su cuidado?
Asentí, con la garganta seca.
—Sí. Los hijos del conde confirmaron que Neyreth, o Eiren, como lo llaman aquí, también había entrado en el bosque. Pero luego… —me detuve, el aire se me escapó—, unos días después, llegó otra carta. La mujer atacó al grupo. Pelearon… y entonces apareció Neyreth."
El silencio cayó. Solo el zumbido del viento moviendo las hojas se escuchaba.
—¿Qué? —susurró Liana, con una mano sobre su pecho.
—"Luchó junto a ellos, pero quedó gravemente herido después de acabar con la mujer que controlaba a las bestias. Está inconsciente. Se dirigen ahora mismo a la capital con las fuerzas combinadas del marqués, el conde, el ducado y las tres órdenes. Sivelle dice que… aún no ha despertado."
Las últimas palabras me costaron pronunciarlas. Sentí cómo mis manos temblaban y cómo la carta se arrugaba entre mis dedos.
Liana se levantó de golpe, caminó hacia mí y me sujetó los hombros.
—No te asustes, Luneth —me dijo con voz firme—. Escúchame bien, por favor. Eiren ya ha hecho esto antes. Varias veces. Cuando supera sus límites, cuando usa toda su magia, siempre cae inconsciente. Uno o dos días, a veces más… pero siempre se levanta. Te lo juro. —Sonrió débilmente, aunque sus ojos brillaban de preocupación—. Es su manera de descansar.
—¿Un mes también? —pregunté, apenas en un hilo de voz.
—Incluso un mes —repitió Liana con seguridad—. Pero siempre despierta. Ese chico tiene un alma más terca que un toro.
Tomé aire con dificultad, intentando mantener la compostura. Luego giré hacia Mariela.
—Prepara a los hombres —le ordené—. Partiremos a la capital mañana a primera hora.
Mariela asintió con firmeza, dejando la cesta de ropa a un lado.
—Así será, señora.
Luego me giré hacia Liana, Roderic y sus hijos.
—Les pido que vengan conmigo. Por favor.
Liana abrió los ojos con sorpresa.
—¿Nosotros? Luneth, no… no creo que debamos. Eso es asunto de nobles y del ducado. Nosotros somos campesinos, no tenemos lugar en una reunión así.
—No es una reunión, Liana —le respondí, acercándome a ella—. Es mi hijo. El joven al que cuidaron, alimentaron y educaron durante dos años. Si alguien tiene derecho a verlo, son ustedes. Él los considera su familia, lo sé. —Mi voz se quebró un poco—. No puedo prometerles que será fácil, ni que las cosas sean como antes, pero… se los ruego.
Roderic bajó la mirada, pensativo, y luego asintió lentamente.
—Si es por Eiren, iremos. —Miró a Liana—. No podríamos quedarnos aquí sabiendo que ese muchacho nos necesita.
Liana suspiró, mirando a sus hijos. Joren la observaba con una mezcla de emoción y miedo; Alenya y Miriel parecían no entender del todo, pero sus ojos estaban fijos en mí, expectantes. Finalmente, Liana sonrió cansada y me tomó de las manos.
—Está bien. Iremos contigo. Pero prométeme una cosa, Luneth.
—Lo que quieras.
—Cuando lleguemos a la capital y veas a tu hijo… no te culpes. Él no necesita eso. Solo necesita verte sonreír.
Apreté sus manos con fuerza, sintiendo que mis ojos se humedecían.
—Haré lo posible. Pero no puedo prometer que no lloraré.
Ella soltó una pequeña risa.
—Llorar también es una forma de amor.
Y mientras el sol comenzaba a esconderse detrás de las colinas, supe que mañana todo cambiaría. El camino a la capital sería largo, pero esta vez no estaría sola. Iba con la familia que cuidó de mi hijo… y con la esperanza, temblorosa pero viva, de volver a verlo abrir los ojos.
****
[Duque Vyrenthal]
El traqueteo constante del carruaje se mezclaba con el sonido de los cascos sobre la grava húmeda del camino. Afuera, el cielo estaba cubierto por un gris pesado que prometía lluvia, y los árboles desnudos se mecían al compás del viento. Hacía dos días que habíamos salido del ducado rumbo a la capital, y aun así, el viaje me parecía interminable.
Frente a mí, mis hijos, los mellizos, se mantenían inquietos. Isen, como siempre, tamborileaba con los dedos contra la ventana, mirando hacia el exterior con el ceño fruncido. Niva, en cambio, trataba de mantener una compostura que no le salía del todo bien. A pesar de su calma aparente, no paraba de girar el anillo en su dedo, un gesto que había heredado de su madre cuando estaba nerviosa.
—¿Falta mucho para llegar, padre? —preguntó Isen por enésima vez, sin apartar la mirada del camino.
—Aún faltan días —respondí con voz tranquila, aunque yo mismo estaba impaciente—. Llegaremos mucho antes si no hay contratiempos.
—Dos días en este carruaje y parece que el camino no se acaba nunca —gruñó el muchacho, dejando caer la cabeza hacia atrás—. Y todo para llegar a una ciudad donde todos van a hablar de lo mismo… de él.
—Isen —lo reprendió Niva suavemente, aunque sus ojos también mostraban ansiedad—. No hables así.
—¿Qué? —protestó el chico—. Solo digo lo que todos piensan. Todo el ducado está hablando del "joven prodigio" que apareció en medio de una guerra con bestias, que salvó a tres órdenes, al marqués, al conde, y que ahora está dormido como un mártir. —Bufó—. No lo entiendo.
—Porque no lo conoces —replicó Niva con un tono bajo pero firme—. Pero madre sí. Y padre también.
Sus palabras me hicieron alzar la mirada hacia ella. Había una claridad en sus ojos que me recordó tanto a su madre que, por un segundo, el cansancio del viaje desapareció.
—Tu hermana tiene razón, Isen —intervine—. No lo conoces, pero deberías sentirte agradecido. Lo que hizo tu hermano en el bosque no fue poca cosa.
El muchacho cruzó los brazos.
—Sí, ya lo sé. Todos dicen que enfrentó a una mujer que controlaba bestias… que casi muere. Pero aún así… no lo entiendo. ¿Por qué arriesgarse así?
Suspiré, apoyando el codo en el reposabrazos del carruaje.
—Porque a veces, hijo, uno no elige las batallas. Ellas te eligen a ti. Y cuando llega ese momento, o te enfrentas a ellas, o dejas que destruyan a los tuyos.
Niva me observó unos segundos, y luego preguntó en voz baja:
—Padre… ¿madre también irá a la capital?
Asentí, esbozando una sonrisa leve.
—Sí. Ahora mismo debe estar preparándose para partir, si no lo ha hecho ya.
—¿Irá sola? —preguntó Isen, girándose hacia mí con el ceño fruncido.
—No, no sola —respondí—. Está en el pueblo donde Neyreth vivió durante dos años. Seguramente llevará consigo a la familia que lo cuidó.
Niva se enderezó en su asiento, los ojos brillándole con curiosidad.
—¿Vivió dos años en un pueblo? ¿Como un campesino?
—Así es —dije, y no pude evitar sonreír al recordarlo—. Y por lo que cuenta Luneth en sus cartas… parece que fue feliz allí. Trabajó en los campos, ayudó en el hogar, aprendió lo que era la vida fuera de los muros nobles. Quizás por eso ahora todos lo recuerdan no solo como un mago prodigioso, sino como alguien… real.
Isen bajó la mirada.
—No sé si yo podría vivir así.
—Por eso mismo lo admiro —dijo Niva suavemente—. Porque él sí pudo.
Durante unos segundos, el silencio reinó dentro del carruaje. Solo se oía el golpeteo de la lluvia que comenzaba a caer sobre el techo. El paisaje se desdibujaba por las gotas que se deslizaban por el vidrio.
Entonces, Isen habló en voz baja, casi para sí:
—Padre… ¿crees que estará bien?
Me giré hacia él. En sus ojos había algo más que duda: miedo. Miedo genuino, el que solo un muchacho que aún no entiende el peso de la guerra puede sentir.
—Estará bien —le aseguré con firmeza—. Sivelle lo está cuidando. Y si ella lo cuida, entonces no hay nada que temer.
Niva sonrió débilmente.
—Madre siempre decía eso, ¿recuerdas? "Si Sivelle está allí, entonces las estrellas vigilan contigo".
—Lo recuerdo —respondí, con un nudo en la garganta que disimulé tras un suspiro—. Y confío en ello.
Isen volvió a mirar por la ventana, el reflejo de su rostro fundiéndose con el paisaje gris.
—Ojalá el hermano Neyreth no esté sufriendo.
—No lo estará —dije, aunque más para mí que para ellos—. Es fuerte. Más de lo que imaginas.
Niva bajó la mirada, jugando otra vez con su anillo.
—¿Crees que nos recordará?
—Claro que sí —respondí sin dudarlo—. Nadie olvida a quienes lo esperan.
El carruaje siguió avanzando, y por un instante, el silencio volvió, pero era diferente: no era el silencio tenso de antes, sino uno lleno de pensamientos y esperanzas. La lluvia golpeaba con suavidad el techo, marcando el ritmo constante del viaje.
En unos dias llegaríamos a la capital.
Y, por fin, volvería a verlo.
A aquel muchacho que no solo había salvado a nobles y órdenes… sino a algo mucho más frágil: la esperanza de un reino que creíamos perdido.
****
[Eiren]
El sonido fue lo primero.
No la luz, no el dolor. El sonido.
El crujido del fuego siendo atizado, las voces bajas que se superponían, el relincho de caballos a lo lejos, el golpeteo de armaduras… todo mezclado como un eco detrás de un muro invisible.
Y luego, algo húmedo sobre mi frente.
Fresco. Persistente.
Una mano.
Sentí que me apartaban el cabello con cuidado, y ese contacto tan humano, tan cálido me sacó del vacío en el que había estado hundido. Solté un quejido bajo, un suspiro áspero, y entonces una voz temblorosa llegó hasta mí, como a través del agua:
—…Eth… ¿Neyreth?
La voz me resultó conocida, pero lejana, como un recuerdo borroso.
Intenté abrir los ojos. Me pesaban, como si el mismo hielo se hubiera derretido sobre ellos. Lo logré a medias, solo para ver una mancha verde moviéndose sobre mí. Un techo. ¿Una carpa?
—¿Neyreth? —otra vez la voz, más clara ahora—. ¿Puedes oírme?
Giré la cabeza con esfuerzo, sintiendo una punzada en el cuello. Todo se movía lento, torcido. Pestañeé varias veces hasta que las figuras comenzaron a tomar forma. Voces distintas se mezclaron, urgentes, nerviosas.
—¡Está despertando!
—¡Joven maestro Neyreth!
—¡Eiren! ¡Oye!
—¡No te muevas! ¡Tranquilo!
Fruncí el ceño y, con la voz rasposa de alguien que llevaba siglos sin hablar, murmuré:
—Cállense… por favor…
Hubo un silencio inmediato. El aire pareció detenerse por un segundo. Cuando por fin enfoqué la vista, la primera figura que distinguí fue una mujer de cabello negro, con los ojos igual de oscuros, mirándome con una mezcla de alivio y reproche.
—Keny… —murmuré, apenas un hilo de voz.
Ella soltó un suspiro entrecortado, la sonrisa temblándole en el rostro.
—Por fin… Pensé que iba a tener que lanzarte un hechizo de fuego directo al pecho para que despertaras.
A su lado, otro rostro casi idéntico apareció, aunque con una sonrisa más contenida.
—No te preocupes, no la dejamos hacerlo —dijo Kyle, cruzándose de brazos—. Aunque ganas no le faltaban.
—Tsk —bufó Keny—. Si no me hubieras detenido, este idiota no habría dormido tanto.
Sonreí débilmente.
—Dormir… suena… bien.
—Ni se te ocurra volver a hacerlo —dijo una voz distinta, más grave. Shtile, el marqués, estaba al otro lado de la tienda, con los brazos detrás de la espalda y una expresión entre severa y cansada—. No después del susto que nos diste.
A su lado estaban Maylen y Cloe, ambas con vendajes visibles pero sonriendo.
—Nos asustaste, Eiren —dijo Cloe con tono suave—. No despertabas, ni respondías… pensé que…
—Que había muerto —terminó Maylen con sinceridad cruda—. Pero al parecer, hasta la muerte se aburrió de ti.
—He tenido mejores cumplidos —gruñí, intentando moverme, pero Keny me empujó de vuelta con una mano en el hombro.
—Quieto. Apenas estás respirando por ti mismo.
—Estoy bien —mentí.
Fue entonces cuando noté a la mujer de cabello rubio y ojos verdes, de pie junto a la entrada de la tienda. Su rostro era tranquilo, pero en su mirada había una mezcla de respeto y desconcierto. No la reconocía.
—¿Quién…?
Ella inclinó la cabeza levemente.
—Soy Miya, guardiana de la capitana Sivelle. Un honor conocerle, joven maestro Neyreth.
Tragué saliva con dificultad.
—¿"Joven maestro"? —repetí con una sonrisa débil—. Eso suena… anticuado.
—Solo una muestra de respeto —replicó ella con un leve gesto de cabeza.
Y entonces la vi.
Sivelle.
De pie detrás de ella, los brazos cruzados, observándome en silencio. Sus ojos… dioses, sus ojos. Mezcla de alivio, rabia y algo que no supe descifrar.
—Vaya —murmuré—. Así que sigues viva.
—Y tú sigues siendo un idiota —respondió ella sin dudar—. Pensé que ibas a morirte otra vez.
Sonreí con cansancio.
—Tenía que hacer una entrada memorable.
Sivelle negó con la cabeza, acercándose lentamente hasta quedar a mi lado. Me observó con una mirada que no sabía si era de enojo o ternura.
—Te pasaste. De verdad. Estuviste dormido un mes entero, ¿sabes?
Me quedé callado un instante.
—¿Un mes?
Keny asintió.
—Treinta días. Casi te enterramos de pie para que dejaras de hacernos perder tiempo.
Kyle la golpeó en el hombro.
—Keny.
—¿Qué? No miento.
Sivelle respiró hondo.
—Salimos del bosque hace semanas. Sin complicaciones, gracias a ti… aunque casi te matas en el proceso. Ahora estamos a medio camino de la capital. Nos detuvimos aquí para descansar y reagruparnos.
Parpadeé lentamente, asimilando cada palabra.
—¿Y la mujer?
Sivelle bajó la mirada unos segundos.
—Muerta. —Su voz fue firme, sin temblar—. Tu hechizo la alcanzó de lleno. Las bestias se detuvieron… y desaparecieron.
—Entonces… terminó.
—Por ahora —dijo Shtile, acercándose un poco—. Pero el reino entero sabrá pronto lo que pasó. No todos los días alguien enfrenta solo a un ejército de bestias y a la mujer que las controlaba.
Sonreí, aunque mi cuerpo protestó al hacerlo.
—Preferiría no ser noticia.
—Demasiado tarde —intervino Kyle, mostrando una sonrisa leve—. Eres la historia del mes.
Keny lo miró y añadió:
—Y de paso, la pesadilla de los curanderos.
—Ya me siento mejor con eso —dije con sarcasmo, intentando incorporarme otra vez.
Sivelle lo notó y apoyó una mano firme sobre mi pecho.
—No. No te muevas. Aún estás débil.
—Solo quiero sentarme.
—No te muevas, Eiren. —Su voz fue más baja, más suave, casi temblorosa—. No vuelvas a hacerme pasar por esto, ¿sí?
La miré en silencio unos segundos.
—…Está bien. Lo prometo.
Ella asintió, apartando la mirada como si quisiera esconder algo.
—Bien. Porque madre ya va en camino.
Mi corazón se detuvo un segundo.
—¿Qué?
—Luneth —dijo Sivelle, mirándome de nuevo—. Recibió la carta. Supo lo que pasó. Está viajando con Liana y su familia hacia la capital. Llegarán en unos días.
Tragué saliva, cerrando los ojos un momento.
—…Madre.
Por primera vez desde que abrí los ojos, sonreí de verdad.
Aunque la sensación de cansancio seguía clavada en mis huesos, el calor del fuego y las voces de todos a mi alrededor parecían mantenerme anclado al mundo.
Había sobrevivido.
Otra vez.
El silencio de la tienda volvió por unos instantes, solo roto por el crujido del fuego y el murmullo del viento fuera.
Ya todo estaba calmado, o al menos eso parecía.
Pero entonces… lo sentí. Esa sensación de ser observado. No hostil, pero pesada. Familiar.
Giré la cabeza lentamente hacia la izquierda, y ahí estaba.
A solo unos metros del camastro, recostado sobre el suelo de tierra endurecida, una enorme criatura de melena plateada, su pelaje brillando con un leve resplandor azulado, casi etéreo bajo la luz que se filtraba por la lona de la tienda.
Sus ojos, de un azul profundo e inteligente, se clavaron en los míos.
Era él.
—...Tú otra vez —murmuré, apenas audiblemente.
El lobo levantó un poco la cabeza, ladeándola como si entendiera. Su respiración era lenta, pesada, pero tranquila.
El aura de su maná vibró débilmente, y pude sentirlo esa misma esencia que había estado conmigo en la pelea, la misma que había entrelazado su poder con el mío durante la cuarta variación.
—No se ha movido de ahí desde que te trajimos —dijo una voz suave a mi derecha.
Sivelle.
Volteé hacia ella, aún sorprendido.
—¿Qué? ¿Desde cuándo…?
—Desde el día que caíste inconsciente —respondió, cruzándose de brazos—. No ha comido, no ha dormido, no se aleja más de dos pasos de ti. Ni siquiera deja que nadie se acerque demasiado.
Keny bufó desde el otro lado del fuego, con una sonrisa traviesa.
—Sí, tuvimos que convencerlo de que no nos arrancara la cabeza cuando intentamos curarte.
—Técnicamente, me gruñó —corrigió Kyle, medio riendo—. A ti sí te quiso arrancar la cabeza.
—Tsk, detalles —murmuró Keny, encogiéndose de hombros.
Sivelle soltó un leve suspiro.
—Lo cierto es que no se separa de ti. Supongo que le debes la vida dos veces.
Volví a mirar al lobo, su respiración lenta, sus ojos siempre atentos.
En mi mente, una idea comenzó a tomar forma, una que casi me hizo soltar una risa.
"Entonces no se dieron cuenta… que el lobo es el dragón."
Mantuve el pensamiento para mí, claro. No necesitaban saberlo todavía.
Pero era imposible no sonreír ante la ironía. Ese monstruo que había hecho temblar el bosque entero ahora estaba ahí, echado como un perro guardián.
Keny se cruzó de brazos, mirándome fijamente.
—Ahora sí, quiero respuestas. —Alzó una ceja—. ¿Cómo demonios llegaste al campo de batalla montando un jodido dragón? Porque, no sé si lo notaste, pero nos dejaste a todos con cara de idiotas.
Kyle asintió con aire serio, aunque sus ojos brillaban de curiosidad.
—Sí, eso. ¿Qué fue eso, un milagro o una locura planeada?
Maylen desde el fondo agregó:
—O ambas. Yo voto por ambas.
Cloe, con una sonrisa nerviosa, comentó:
—Yo aún tengo pesadillas con el rugido que dio. Creí que nos iba a congelar los huesos.
—¡Y el fuego helado! —añadió Keny, gesticulando exageradamente—. ¡¿Qué clase de monstruo escupe fuego que congela todo?! ¡Eso no tiene sentido!
Yo me llevé una mano a la frente, sonriendo apenas.
—No tiene por qué tenerlo… —murmuré—. Pero, si sirve de algo, no planeaba hacer esa entrada.
—¿Entonces fue accidente? —preguntó Kyle.
—Digamos que… una coincidencia —dije, sin entrar en detalles—. Yo aparecí, y él decidió aparecer conmigo. Supongo que sintió el caos… y vino a verme.
Keny me miró de reojo.
—¿Y se supone que eso nos debe tranquilizar?
—Tómenlo como quieran —respondí encogiéndome de hombros.
Sivelle soltó una pequeña carcajada, la primera desde que desperté.
—Sea como sea, te lo agradezco. Ese lobo… o lo que sea, me salvó la vida. Cuando la mujer me atacó, apareció de la nada y la detuvo. Si no lo hacía, no estaría aquí.
—Entonces… está bien —murmuré, mirando de nuevo a la criatura—. Mientras esté bien, todo vale la pena.
El lobo soltó un leve gruñido bajo, apenas audible, y apoyó el hocico sobre sus patas, como si confirmara mis palabras.
El calor de su presencia era reconfortante, pero también imponente.
—Bueno —intervino el marqués Shtile, levantándose con cierta rigidez—, ya que terminamos de hablar de dragones y milagros, creo que lo mejor será que nuestro héroe vuelva a dormir un poco.
Lo miré con una ceja arqueada.
—Estoy bien.
—Claro que sí, y yo tengo veinte años —refunfuñó el marqués—. Mírate, aún estás pálido. Bueno, más pálido de lo normal, lo cual ya es preocupante.
—Eso fue un cumplido raro —murmuré.
—Tómalo como quieras —replicó Shtile, dándose la vuelta—. Pero si te desmayas otra vez, no pienso cargar contigo.
—Oh, no, yo lo haría encantada —dijo Keny con fingido entusiasmo—. Así puedo dejarlo caer "accidentalmente" en el barro.
—Ni lo pienses —gruñó Kyle.
—Lo pensaré —respondió ella con una sonrisa.
Sivelle rodó los ojos y volvió a mirarme.
—Descansa, Eiren. Te necesitamos con fuerzas cuando lleguemos a la capital.
—Sí, sí… —murmuré, dejando que el cansancio me pesara otra vez.
Antes de cerrar los ojos, volví a mirar al lobo.
Sus ojos se cruzaron con los míos, brillando con ese mismo resplandor helado que conocía tan bien.
Levantó ligeramente la cabeza, como si entendiera que lo observaba, y luego volvió a acostarse, vigilante, inmóvil.
Sonreí, cerrando los ojos lentamente.
—Buen chico… —susurré.
Y mientras el murmullo de voces se desvanecía, sentí una última corriente fría de maná fluir hacia mí, estable, constante.
El lobo… el dragón… seguía protegiéndome.
