Cherreads

Chapter 54 - Capitulo 53

[Sivelle]

El amanecer fue gris.

Un cielo encapotado cubría el bosque y el aire olía a hierro, humedad y cansancio.

Las órdenes comenzaron a moverse con el primer rayo de luz, reorganizando sus columnas con la precisión agotada de quienes ya han perdido demasiado.

Yo cabalgaba al frente, la capa del ducado empapada por el rocío, la mirada fija en el camino cubierto de raíces y hojas podridas.

No me gustaba este plan.

Ni un poco.

Moverse hacia el este mientras buscábamos a los desaparecidos era una apuesta temeraria, pero los sub-capitanes insistieron: no podían quedarse más tiempo en el corazón del bosque.

Las bestias, decían, se movían en grupos más grandes conforme pasaban los días, y la mujer de negro aún seguía cerca.

Sus rastreadores habían encontrado rastros de sus experimentos: trozos de carne ennegrecida, magia corrompida en el aire, y árboles petrificados por exceso de mana.

Y, aun así, todo lo que podía pensar era en él.

Neyreth.

Apreté las riendas.

Mi caballo resopló, inquieto.

No podía sacarme de la cabeza que, mientras nosotros avanzábamos con cautela, él seguía ahí afuera. Solo.

Quizás herido.

Quizás peor.

—Mi lady, ¿seguimos por el sendero principal? —preguntó Miya desde atrás, su voz firme pero cansada.

—Sí —dije sin mirarla—. Ese camino conecta con la zona donde ocurrió el ataque. Si hay alguna pista… será allí.

Miya asintió.

Los hombres del ducado se mantuvieron en silencio, marchando con disciplina.

Detrás, el carruaje del marqués Shtile avanzaba rodeado por su escolta.

Podía escuchar el sonido metálico de sus armaduras, el rechinar de las ruedas, y los murmullos nerviosos de sus hijas dentro.

A un costado, Kyle Vion y su hermana Keny cabalgaban juntos, ambos con las capas de su familia desgarradas y sucias, pero la mirada firme.

Eran los únicos, además del marqués, que sabían algo concreto sobre Neyreth.

O más bien, sobre Eiren, como lo llamaban ellos.

—Lady Sivelle —me llamó Kyle, acercando su caballo al mío—, el terreno se despeja más adelante. Allí fue donde… donde ocurrió todo.

Asentí.

—Entonces ahí es donde empezaremos.

Por unos minutos, solo se escuchó el sonido de los cascos y el susurro del viento entre los árboles.

Pero la tensión era espesa.

Incluso las bestias del bosque parecían haber desaparecido.

Cuando llegamos, el paisaje me golpeó como una bofetada.

El suelo estaba ennegrecido.

Los árboles cercanos se habían torcido, sus ramas convertidas en garras petrificadas.

Y había marcas… profundas, cortadas en la tierra, donde el mana había estallado en algún momento.

Miya bajó de su caballo y tocó el suelo con su guante.

—Magia de hielo —dijo en voz baja.

—¿Podría ser obra de la mujer de negro? —pregunté.

Kyle negó con la cabeza.

—No. Esto no fue suyo.

—¿Entonces de quién?

El hombre dudó.

Su hermana, Keny, lo miró como si le advirtiera con la mirada que no dijera más.

Aun así, él respiró hondo.

—De… Eiren.

Lo miré fijamente.

—¿De mi hermano?

Keny intervino antes de que pudiera decir algo más.

—Sí. Peleó aquí. Contra esa mujer y sus bestias. Lo vimos. Resistió hasta que una criatura se lo llevó.

—¿Una criatura? —repetí, con el corazón encogiéndose.

—Una bestia enorme —dijo el marqués Shtile, que había bajado de su carruaje—. Oscura, con el cuerpo lleno de venas brillantes. No era natural. Ella —señaló con la cabeza a Keny— trató de alcanzarlo, pero no pudieron. Las criaturas nos rodearon.

Miya me miró de reojo, como esperando mis órdenes, pero yo no podía moverme.

Solo podía observar aquel campo destruido, tratando de imaginarlo.

Neyreth, aquí, solo, peleando contra eso.

Tragué saliva.

—¿Y… creen que sigue con vida?

Keny respondió con una seguridad que me sorprendió.

—Sí. Lo sé. No me pregunten cómo, pero lo sé. Él sigue vivo.

La forma en que lo dijo me heló la piel.

Había algo en su tono, una certeza que no provenía de simple esperanza.

Como si lo sintiera.

—Si eso es cierto —dije finalmente—, no nos iremos de este bosque hasta encontrar algo. Rastros, huellas, cualquier cosa.

Kyle asintió.

—De acuerdo. Pero debemos tener cuidado. Este sitio está… contaminado.

El mana se siente denso. Si nos quedamos mucho tiempo, nos afectará.

—Entonces nos moveremos rápido —respondí—. Miya, organiza a los hombres. Quiero un perímetro y un grupo de rastreo. Y ustedes, Kyle, Keny… muéstrenme exactamente dónde desapareció.

Ambos intercambiaron una mirada, luego señalaron una grieta en el terreno, cerca de un montículo de roca.

Ahí, el aire aún vibraba con residuos de energía.

—Ahí fue —dijo Keny, bajando del caballo—. La bestia salió de ese hoyo.

Me acerqué.

Era estrecho, cubierto de escarcha y ceniza, como si una explosión de mana lo hubiera tallado.

Un escalofrío recorrió mi espalda.

—¿Y él entró ahí?

Kyle bajó la mirada.

—No por voluntad propia. La criatura lo arrastró.

Guardé silencio.

El viento sopló entre los árboles, levantando las cenizas.

Mi mente gritaba que era una locura seguir ese rastro.

Pero mi corazón…

Mi corazón no me dejaba detenerme.

Puse una mano sobre la roca fría.

—Si estás ahí, Neyreth… —susurré—. No importa qué haya en ese lugar. Voy a encontrarte.

Miya, desde atrás, suspiró.

—Sabía que ibas a decir eso, mi lady.

Sonreí con cansancio.

—Entonces ve preparando a los hombres. Si el bosque quiere tragarnos… que se atragante.

Keny sonrió débilmente, y por primera vez en mucho tiempo, sentí que mi determinación ardía más fuerte que el miedo.

El aire se volvió denso, húmedo, y la neblina superficial comenzó a arrastrarse por el suelo como si fuera un aliento vivo. Mi corazón se aceleró, y no pude evitar mirar a los lados, buscando cualquier señal de movimiento.

—Otra vez esto… —jadeó Keny, sus ojos recorriendo el bosque—. ¡Todos, alerta máxima! ¡La zorra está aquí!

Sus palabras hicieron eco en las ramas y el follaje, y enseguida se percibió la tensión en el grupo. Los caballos resoplaron, los hombres ajustaron sus lanzas y prepararon sus magias.

Un murmullo suave comenzó a surgir entre los árboles, creciendo hasta convertirse en una risa femenina.

—Keny tenía razón —dijo el sub-capitán de los Vigías del Alba, su voz grave, casi temblando—. Es… ella. La mujer de negro.

Mi respiración se volvió entrecortada. Nunca la había visto, solo había escuchado de ella en susurros, rumores y advertencias. Pero la presencia que emanaba esa risa… era imposible ignorarla.

—Vaya, vaya… —la voz femenina flotó entre la bruma, seductora y peligrosa a la vez—. Sobrevivientes. Y miren nada más… el grupo que iba con el chico volcán de hielo. Una lástima que ese chico lindo haya muerto al caer por aquel agujero en la cueva…

Instintivamente, formé una espada de hielo en mis manos. La sostuve firme, el filo brillando entre la neblina, y grité:

—¡Sal! Si tanto quieres jugar, tienes a alguien con quien hacerlo. ¡Yo tengo energía suficiente para ti!

Hubo un silencio breve, luego la voz volvió, más cercana y burlona:

—No me llamas la atención, no como lo hizo el chico lindo… Eiren, ¿verdad? Tan parecidos, mis ojos no se equivocan: sus cristales azules, su cabello… Plateado y negro… Luchó valiente contra casi veinte de mis experimentos, él solo. Salió vivo… aunque no por mucho tiempo. Qué lástima, hubiera sido excitante examinar su cuerpo. Su magia de hielo… es única. Como un fuego azul con blanco, una llama hermosa que congela al instante…

Mi respiración se cortó. Sus palabras, aunque dirigidas al recuerdo de Eiren, me hicieron sentir un escalofrío. ¿Un fuego azul con blanco que congela? Nunca había oído algo así. Ni los libros de historia, ni mi padre… nada.

Y entonces, como surgida de la misma neblina, apareció ella. Su figura cubierta de negro, la tela sobre su rostro ocultando su expresión, irradiando un aura de poder aterrador.

—Ya fue suficiente de reunir avances de mis experimentos —dijo, su voz clara y dramática—. Es hora de usarlos como es debido.

Extendió los brazos lentamente y, de la oscuridad del bosque, surgieron docenas de bestias. Salían de todas direcciones, de entre los árboles, del suelo, incluso de la neblina misma. Cada criatura parecía una abominación distinta: musculosa, con alas, de cuerpos deformes y ojos que reflejaban la luz mortecina del amanecer.

La mujer se rió, una risa que recorría la médula de los huesos.

—¡Suerte en salir vivos de este bosque!

Y como un suspiro, desapareció entre la bruma, dejando a las bestias avanzando, barriendo todo a su paso.

Los sub-capitanes reaccionaron de inmediato:

—¡Formación! ¡Todos en sus puestos! —ordenó el sub-capitán del Acero Pálido—. Protejan el carruaje, pero prepárense para atacar.

—¡Escúchenme todos! —grité, dejando que mi voz cortara la tensión—. ¡Miya, prepárate! Tu viento nos dará ventaja, mantén el círculo listo. ¡Soldados, bloqueen el paso y protejan al marqués y sus hijas, pero no se olviden de pelear!

Miya asintió, extendió sus brazos, y un círculo mágico comenzó a formarse en el suelo bajo sus pies, una bruma ligera de viento elevándose a su alrededor, vibrando con energía.

Keny y Kyle sacaron sus lanzas al mismo tiempo, dejando que las llamas de sus magias rodearan las puntas, iluminando la bruma con un resplandor rojo-anaranjado que cortaba la grisura del bosque.

—¡Mantengan la formación! —gritó Kyle, ajustando la posición de su lanza—. No dejen que se acerquen demasiado.

—¡No vamos a dejar que se acerquen! —respondió Keny, su voz firme—. ¡Que intenten tocarnos!

Los soldados del conde Vion se alinearon junto a los del marqués, formando un semicírculo protector alrededor del carruaje, lanzas y espadas listas, magias de fuego listas para estallar en cuanto la primera bestia se acercara.

El bosque se convirtió en un escenario de silencio tenso, solo roto por la respiración pesada de los caballos y el crujido de la neblina al moverse entre los árboles. Cada uno de nosotros sabía que lo que se avecinaba no era solo un enfrentamiento… era una prueba de supervivencia.

Y mientras los ojos de todos se enfocaban en la bruma que se agitaba, solo podía pensar en una cosa: la maldita mujer de negro aún estaba por ahí, y quería jugar con nosotros.

El aire estaba cargado de humedad y el frío de la neblina se mezclaba con el olor a tierra y a magia. La primera de las bestias apareció desde la bruma, una criatura enorme con garras como cuchillas, ojos rojos brillando y una boca llena de dientes que parecían capaces de triturar cualquier cosa. Su presencia hizo que todo el grupo se pusiera en máxima alerta.

—¡Formación defensiva! —gritó uno de los sub-capitanes de los Vigías del Alba, levantando su bastón—. ¡Mantengan los flancos cerrados y protejan el carruaje a toda costa!

Al mismo tiempo, los soldados del ducado y del marqués se alinearon alrededor del carruaje, levantando escudos y conjurando magias defensivas que brillaban en tonos dorados y azules. Kyle y Keny avanzaron al frente, sus lanzas envueltas en llamas que cortaban la bruma mientras emitían un zumbido ardiente.

—¡Miya, viento! —ordené, alzando mi espada de hielo y viendo cómo el círculo de mana bajo mis pies se iluminaba en azul claro, dibujando runas que se entrelazaban y expandían hacia adelante—. ¡Crea corrientes para desestabilizarlas y proteger los flancos!

Miya extendió los brazos, y un remolino de viento surgió, levantando hojas y neblina, desviando la primera embestida de las bestias. Varias criaturas fueron levantadas por la fuerza del aire, mientras mis dagas de hielo surgían en mis manos y apuntaban hacia las garras que se acercaban. Con un rápido movimiento, lancé un corte de hielo que empaló la pata de una de ellas, congelando parcialmente sus movimientos.

—¡Fuego, ahora! —gritó Kyle, coordinándose con Keny, y ambos conjuraron un hechizo de fuego sincronizado—. ¡Por el centro!

Las llamas atravesaron la bruma, golpeando a varias bestias de frente. Los gritos y rugidos de las criaturas resonaron en el bosque mientras retrocedían momentáneamente. Yo avancé entre los soldados, mi espada de hielo brillando con un resplandor intenso, y corté a otra criatura que intentaba rodearnos por la derecha.

El marqués Shtile salió del carruaje, su voz grave llamando la atención de todos:

—¡Preparen hechizos de reforzamiento! —dijo—. No puedo usar magia, ¡pero no me quedo atrás!

Sus soldados conjuraron rápidamente runas que cubrieron su cuerpo con un brillo dorado, reforzando sus movimientos y aumentando la fuerza de sus ataques. Una espada apareció ante él, flotando un instante antes de colocarse firme en su mano. Sin dudarlo, se lanzó al combate, cortando una bestia que había logrado acercarse al carruaje.

—¡No se acerquen al carruaje! —grité, mientras bloqueaba con mi espada un golpe que casi me derriba—. ¡Soldados, cubran los flancos y concentren sus ataques en grupos de dos!

Las órdenes fueron claras: los Vigías del Alba mantenían la línea defensiva y exploraban puntos débiles de las criaturas; la Llama Silente y el Acero Pálido avanzaban en formación de pinza, atacando desde los lados; los soldados del ducado y del marqués alternaban entre defensa y apoyo de fuego, mientras nosotros, los que podíamos conjurar magia de manera ofensiva, controlábamos el centro y los puntos de embestida.

Formé un círculo frente a mí y lo expandí, lanzando estacas de hielo que emergían del suelo y se incrustaban en las piernas de una bestia que intentaba saltar sobre el carruaje. Su grito resonó y varias de las más pequeñas retrocedieron, mientras las más grandes se preparaban para embestir en grupo.

—¡Kyle, Keny, con la derecha! —ordené—. ¡Coordinado!

Los dos respondieron al instante, lanzando un ataque combinado que envolvió a una criatura enorme en llamas, mientras yo desataba un corte horizontal con mi espada que la atravesó parcialmente, congelando los cortes y dejando un rastro de hielo ardiente que la inmovilizaba temporalmente.

Miya lanzó un huracán de viento que levantó varias bestias del suelo y las desvió de nuestras líneas. La coordinación era perfecta: cada ataque de fuego de Kyle y Keny iba acompañado de corrientes de viento que cambiaban la trayectoria de las criaturas, mientras mis estacas de hielo creaban barreras y puntos de control en el terreno.

—¡Soldados, no dejen de moverse! —gritó el sub-capitán del Acero Pálido—. ¡No permitan que se acerquen más al carruaje!

El marqués Shtile se movía entre las bestias, su espada cortando sin descanso mientras sus hechizos de reforzamiento le permitían resistir golpes que normalmente lo habrían derribado. Su expresión era feroz, y aun sin magia, demostraba un valor impresionante.

Una criatura más grande y rápida logró saltar hacia mí desde la derecha, y tuve que retroceder mientras esquivaba su garra. Giré mi espada de hielo y la hundí en el suelo, extendiendo una estaca que salió disparada hacia su torso, impactando y congelando parte de su piel. Con un movimiento de mi mano, lancé varias dagas de hielo hacia sus ojos, haciéndola retroceder mientras rugía de dolor.

—¡Atentos! —grité—. ¡No podemos permitir que nos rodeen!

Los sub-capitanes comenzaron a reorganizar las formaciones sobre la marcha, gritando órdenes para mover a los hombres y redistribuir la defensa, mientras los soldados más hábiles comenzaban a usar combinaciones de magia: fuego, viento, electricidad y barreras de hielo que surgían del suelo, creando un campo de batalla que parecía un tablero de runas vivientes y explosiones de luz.

Cada golpe, cada hechizo, cada choque de lanzas o espadas era un espectáculo de fuerza y coordinación. La adrenalina me recorría, mis brazos temblaban de cansancio, pero mis nodos seguían activos, alimentando mi hielo con una precisión casi artística.

—¡Miya, haz que el viento se concentre en la línea izquierda! —ordené—. ¡Kyle y Keny, fuego directo a las bestias grandes!

Miya asintió, levantando sus brazos y creando un remolino que atrapó a tres bestias, mientras los ataques combinados de los hermanos Vion las mantenían a raya. Yo avancé, cortando a otra criatura que había intentado romper el cerco, sintiendo la resistencia de su carne congelada bajo mi espada.

El bosque estaba en caos, pero a la vez había un ritmo extraño, como si cada uno de nosotros se moviera al compás de una misma música de combate. Las bestias rugían, los hombres gritaban, la magia chispeaba.

—¡No se rindan! —grité con voz que retumbó entre los árboles—. ¡Protejan a los civiles, maten a los monstruos y mantengan la formación!

La neblina espesa se enroscaba entre los árboles como si respirara, y el aire estaba cargado, no solo de humedad, sino de un peligro que palpitaba con cada segundo que pasaba. Mi respiración se aceleró, y mis manos buscaron instintivamente el centro del círculo que había dibujado en el suelo. Las runas brillaban tenuemente mientras recitaba el cántico con voz firme, sintiendo cómo la magia comenzaba a vibrar a mi alrededor.

—¡Todos, prepárense! —grité, aunque mi voz temblaba un poco, sabiendo que la mujer de negro podía aparecer en cualquier momento—. ¡No podemos dejarnos sorprender!

Y como si hubiera escuchado mis pensamientos, la risa suave y atrayente resonó de nuevo, esta vez más cercana, filtrándose entre los árboles.

—Ah, veo que están listos… —la voz serpenteó entre la bruma—. Pero debería moverme… si me quedo quieta, me voy a oxidar.

Kyle y Keny alzaron sus lanzas, sus llamas danzando alrededor de ellos, mientras los sub-capitanes daban órdenes a sus tropas, reacomodando líneas y cubriendo flancos. Yo mantuve la concentración en mi círculo, mis palabras recitando el cántico, sintiendo cómo el mana se condensaba, listo para atacar y proteger al mismo tiempo.

De repente, la mujer apareció entre la bruma. Sus ropas negras se movían con el viento, y la tela que cubría su rostro apenas dejaba ver sus ojos, intensos y fríos. Un gesto de sus manos y hilos de metal surgieron, enroscándose en el aire con rapidez, como serpientes vivientes, brillando con un tono verdoso mientras circulaban alrededor de nuestras posiciones.

—Magia de veneno… —susurró Kyle, tensando los músculos—. ¡Cuidado!

—¡Formación defensiva! —gritó uno de los sub-capitanes de los Vigías del Alba—. ¡No dejen que esos hilos nos alcancen!

Los hilos se movían con una precisión mortal, buscando atravesar armaduras, escudos y cuerpos. Yo amplié mi círculo, y un destello azul surgió, creando una barrera temporal que desvió varios de los hilos venenosos antes de que pudieran tocar a los soldados más cercanos. El cántico seguía fluyendo, mi voz firme mientras recitaba cada palabra con ritmo, viendo cómo los símbolos en el suelo brillaban con intensidad creciente.

—¡Kyle, Keny, fuego concentrado! —ordené, señalando los puntos donde los hilos se entrelazaban, formando trampas alrededor de nuestras posiciones—. ¡Deben romperlas antes de que nos atrapen!

Los dos hermanos respondieron al instante, lanzando llamaradas en arcos precisos, quemando los hilos de metal que se entrelazaban y cortando algunos de los círculos mágicos que la mujer comenzaba a formar. Cada explosión de fuego iluminaba la neblina, revelando figuras distorsionadas de bestias que aparecían entre la bruma, empujadas por la manipulación de la mujer.

—¡Soldados, protección de flanco derecho! —gritó la sub-capitana de la Llama Silente—. ¡Círculos defensivos en línea y magia de contención en los bordes!

Mientras hablaba, yo sentí la presión de la magia de veneno acercándose; uno de los hilos se lanzó hacia mi círculo. Con un movimiento rápido, extendí los brazos y pronuncié la palabra final de mi cántico: un estallido de luz azul surgió de mi círculo, neutralizando el hilo antes de que llegara a tocar a mis compañeros. El cántico continuó, esta vez alimentando una serie de círculos menores que protegían a los soldados cercanos y permitían que algunos atacaran desde la retaguardia.

—¡No podemos quedarnos quietos! —gritó Keny mientras esquivaba un hilo de metal que había rebotado tras un hechizo—. ¡Muevan las líneas!

La mujer de negro giró lentamente sobre sí misma, y nuevos hilos emergieron de sus dedos, esta vez acompañados de círculos verdes llenos de veneno que se expandían lentamente hacia nosotros. Kyle conjuró un muro de fuego frente a él, mientras yo aceleraba el cántico, haciendo que mis círculos defensivos se fusionaran con el de los soldados, creando un escudo colectivo que bloqueó la primera oleada de veneno.

—¡Miya, viento! —grité, señalando a los flancos—. ¡Desvía la magia venenosa!

El remolino de viento que Miya levantó ayudó a que los círculos de veneno no tocaran a los soldados, mientras sus corrientes también empujaban a varias bestias que aparecían junto a la mujer de negro. Las llamas de Kyle y Keny continuaban destruyendo hilos y círculos enemigos, y yo, concentrada en mantener mi cántico, lanzaba ráfagas de hielo desde los círculos menores para inmovilizar a las criaturas más cercanas.

—¡No cederemos! —grité, mientras sentía cómo el mana comenzaba a agotarse—. ¡Cada uno debe mantener su posición!

Los sub-capitanes daban órdenes simultáneas, coordinando ataques y defensas, creando un ballet mortal de magia, hilos metálicos, fuego, viento y hielo. El marqués Shtile avanzó a nuestro lado, espada en mano, esquivando hilos y cortando los círculos mágicos que amenazaban al carruaje, sus movimientos fortalecidos por los hechizos de reforzamiento que sus propios soldados le habían concedido.

—¡Sigan así! —grité mientras mis círculos lanzaban puntas de hielo hacia las bestias que la mujer convocaba—. ¡Cada hilo que destruimos nos acerca más a sobrevivir!

Y en medio de la neblina, con la mujer de negro moviéndose entre nosotros, hilos de metal girando y círculos venenosos expandiéndose, todos nos mantuvimos firmes. Nadie retrocedía, ni siquiera el marqués que avanzaba sin magia, ni nosotros con nuestros cánticos y lanzas. Cada ataque, cada defensa, cada hechizo era una danza de supervivencia, donde incluso un solo error podía significar la muerte.

El bosque parecía vivo, respirando con la mujer de negro, mientras los soldados y órdenes combinaban fuerzas con nosotros, resistiendo, atacando y protegiendo al carruaje, cada uno cumpliendo su rol en esta batalla que se tornaba épica, mortal… y sin un momento para descansar.

Sentí el escalofrío recorrer mi espalda cuando la mujer gritó suavemente, como si estuviera cantando en un idioma que no entendía. Sus brazos se extendieron hacia los lados, y de la nada, docenas de hilos metálicos surgieron de la tierra, de los árboles, incluso del aire mismo, moviéndose con precisión mortal hacia nosotros. Mi respiración se aceleró, y mi mano se tensó sobre la empuñadura de mi espada de hielo.

—¡Círculo defensivo, ahora! —grité, mientras mis cánticos resonaban en el aire—. ¡Todos, protejan sus flancos!

Un instante después, el viento levantado por Miya me empujó hacia atrás, haciendo que apenas lograra esquivar los hilos que se dirigían directo hacia mí. Pude ver el brillo metálico de los hilos cortando con precisión quirúrgica, cortando la carne de las bestias, los troncos de los árboles y, con horror, un mago de la Llama Silente perdió un brazo de manera instantánea, su grito resonando por todo el bosque.

—¡Maldición! —gritó Kyle, bloqueando con su lanza un hilo que iba directo hacia él—. ¡No es posible!

Keny giró sobre sí misma, esquivando con agilidad y lanzando llamaradas a los hilos que intentaban cercarla.

—¡No podemos permitirnos perder más gente! —exclamó mientras destruía un par de hilos que apuntaban al carruaje.

La mujer de negro no decía nada más que esas palabras suaves y aterradoras:

—Vamos, vamos… muévanse.

El tono de su voz parecía casi juguetón, pero no había nada de juego en la violencia que desplegaba. Sus hilos comenzaron a moverse de forma más caótica, como si buscaran los puntos débiles de nuestra formación. Los sub-capitanes gritaron órdenes, reorganizando las líneas de soldados, formando barreras humanas y mágicas, mientras yo mantenía mi círculo defensivo, congelando y desviando los hilos que se acercaban a los más cercanos.

—¡Miya, viento, desvía más a la derecha! —grité, viendo cómo varios hilos se acercaban hacia nuestro flanco—. ¡Kyle, Keny, fuego concentrado en esos hilos!

Kyle asintió y un muro de llamas saltó de su lanza, cortando hilos que se movían hacia nosotros. Keny, por su parte, giraba, esquivando y atacando simultáneamente, mientras su fuego azul y rojo incineraba los hilos metálicos que intentaban rodearnos.

—¡No puedo creer que algo tan rápido pueda salir de la nada! —jadeó Gregor, esquivando un hilo que pasó rozando su hombro—. ¡Necesitamos coordinar mejor los ataques!

—¡Sub-capitanes! —gritó el sub-capitan de los Vigías del Alba—. ¡Concentración en los círculos defensivos, no dejen que los hilos corten las líneas de los soldados!

El bosque parecía un campo de batalla vivo, con hilos cortando, círculos mágicos brillando, fuego, viento y hielo chocando en un caos controlado. Vi cómo la mujer de negro se movía entre la bruma, sus movimientos precisos y calculados, los hilos obedeciendo cada gesto suyo.

—¡Keny, Kyle, no se queden atrás! —grité mientras empujaba un círculo de hielo frente a mí, desviando varios hilos que iban directos hacia nuestros soldados—. ¡No podemos permitirnos bajas innecesarias!

Miya levantó sus brazos y un remolino de viento hizo girar los hilos antes de que alcanzaran a algunos de los soldados del carruaje, empujando también a varias bestias que intentaban acercarse.

—¡Círculos de protección en formación triangular! —ordenó el sub-capitán de la Llama Silente—. ¡Defender el carruaje a toda costa!

El marqués Shtile, con los hechizos de reforzamiento activados, cortando hilos y protegiendo a sus hijas, su rostro lleno de determinación a pesar del miedo que se notaba en sus ojos.

—¡No dejaré que estas bestias toquen a mis hijas! —gritó mientras atravesaba un par de hilos con cortes certeros, iluminados por los hechizos que sus soldados le habían concedido—. ¡Apóyenme!

Yo sentí cómo mi cántico aumentaba de fuerza, los círculos de hielo girando y punzando hacia los hilos metálicos, destruyéndolos antes de que pudieran causar más bajas.

—¡No podemos quedarnos quietos, todos! —grité, viendo cómo la mujer de negro parecía anticipar cada movimiento—. ¡Muevan sus líneas, ataquen y defiendan!

Cada segundo era un juego de reflejos, magia y estrategia. Los soldados corrían entre los árboles, esquivando, atacando y protegiendo, mientras los sub-capitanes coordinaban las defensas. El bosque estaba vivo con la lucha, pero aun así, nadie retrocedía. Cada hilo destruido, cada círculo de protección activado era una victoria momentánea contra una enemiga que parecía inagotable.

—¡Vamos, muévanse! —la mujer gritó de nuevo, y los hilos avanzaron como un enjambre letal, obligándonos a reaccionar aún más rápido—. ¡Rápido!

El bosque tembló, no solo por el rugido de la bestia, sino por la presión que de repente se sintió en todo el aire. La mujer de negro soltó un chillido excitado, cubriéndose la boca con las manos y murmurando algo que parecía un elogio para su "bebé". Miré detrás de nosotros y mis ojos se abrieron hasta dolerme: algo enorme emergía entre los árboles, más alto que cualquier cosa que hubiera visto en mi vida, su sombra cubría el bosque entero, sus pasos hacían crujir los troncos y el suelo bajo nosotros.

—¡Sub-capitanes! —grité con voz firme, mientras señalaba hacia la bestia—. ¡Conmigo! ¡Lucharemos contra esa cosa!

Un rugido estremeció la tierra, y desde lo que parecía su boca, se empezó a condensar una luz intensa, brillante, casi cegadora. Se escuchaba un zumbido creciente, como si un hechizo monumental se estuviera cargando. La bestia iba a disparar un rayo de mana cuando, de repente…

—¡¡¡PROTECCIÓN!!! —gritó un soldado mientras bloqueaba la visión de la luz con su escudo y círculos defensivos activados.

Pero justo antes de que la bestia lanzara su ataque, un trueno resonó desde quién sabe dónde. Un relámpago blanco como una lanza divina cayó sobre la criatura, explotando el mana que se acumulaba en su boca y congelando lentamente su enorme cabeza. La gente a mi alrededor jadeaba, incapaz de creer lo que veían.

—¡Muevan, muévanse! —gritó Keny, con una sonrisa que no se borraba de su rostro—. ¡Refuerzos han llegado!

Todos nos quedamos congelados, confundidos.

—¿Refuerzos? —preguntó uno de los sub-capitanes, mientras reorganizaba a sus hombres—. ¿De dónde vienen?

Antes de que alguien pudiera contestar, un rugido ensordecedor retumbó en el bosque, seguido de un aleteo pesado y poderoso que hizo vibrar las ramas. Y entonces lo vimos: fuego cayó sobre la bestia, congelándola al instante.

Nuestros ojos buscaron el origen del ataque y lo encontramos: un dragón enorme, azul oscuro, pisando el suelo con fuerza. Su aliento, un fuego blanco cegador, brotaba de sus fauces, congelando todo a su paso y derribando a las bestias que emergían del bosque como si fueran simples insectos.

—¡Por los cielos…! —jadeó un soldado, incapaz de apartar la vista—. ¿Quién… quién es ese?

Y allí estaba, sobre el lomo del dragón, apenas visible por los destellos de luz que rebotaban en su fuego. Sus manos estaban bañadas en un fuego blanco intenso, sus ojos azul celeste brillaban con fuerza que parecía capaz de helar el mundo entero. El frío que emanaba cubrió incluso el hielo que yo misma podía generar, y por un instante, todo el bosque quedó en silencio, como si contuviera la respiración ante su presencia.

—¡EIREN! —gritó alguien, y mi corazón casi se detuvo.

Lo reconocí al instante. Era él. Neyreth. Mi hermano, el que había creído muerto durante diez años, estaba allí, frente a mí, imponente y espectacular, montando un dragón que parecía haber surgido de un mito. La forma en que sostenía sus manos, el fuego blanco, la mirada… era imposible ignorarlo.

Mis piernas temblaron, la espada de hielo en mis manos apenas podía mantenerse firme. El miedo, la sorpresa y la alegría me golpearon de golpe. Durante diez años había imaginado este momento, pero jamás tan impresionante, tan aterrador y tan hermoso a la vez.

—¡Neyreth! ¡¿Eres tú de verdad?! —pregunté, mi voz temblando entre lágrimas y adrenalina—. ¡No puede ser…!

Él me miró, y por un instante, la ferocidad que emanaba su presencia se mezcló con un alivio profundo, casi humano.

El dragón exhaló un nuevo soplo de fuego blanco que congeló los hilos metálicos que la mujer de negro intentaba manipular, derribando a varias bestias y obligando a los soldados a reorganizarse. La batalla, que hasta ese momento nos había tenido al borde del colapso, cambió de inmediato. Ahora había esperanza. Ahora había poder que todos reconocíamos como el nuestro.

Kyle abrió los ojos, con la boca entreabierta, y Keny no pudo ocultar una sonrisa de alivio mezclada con asombro. Incluso los sub-capitanes miraban al dragón y a su jinete, entendiendo que ese solo individuo podía cambiar completamente la marea de la batalla.

—¡Refuerzos! —gritó de nuevo Keny, con un brillo feroz en los ojos—. ¡Ahora sí podemos pelear y sobrevivir!

Y con un rugido ensordecedor del dragón, la nieve, el hielo y el fuego blanco iluminando el bosque, la presencia de Neyreth hizo que todos sintiéramos que, por primera vez en mucho tiempo, quizá tendríamos una oportunidad real.

****

(N/A: sentí que hice este capítulo demasiado largo con cosas innecesarias, una disculpa si no fue de su agrado)

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