[Keny]
Eiren había desaparecido.
Se lo tragó la tierra. Literalmente.
Un segundo estaba peleando a nuestro lado, y al siguiente una de esas malditas cosas lo agarró y lo arrastró hacia la oscuridad. Ni siquiera tuvimos tiempo de reaccionar.
Y ahora estábamos jodidos.
—¡Keny, derecha! —la voz de Kyle me despertó del shock justo a tiempo para ver cómo la garra de la bestia descendía como un martillo.
Rodé hacia un costado, el suelo tembló, la tierra se abrió, y una lluvia de piedras y polvo me golpeó la cara. El rugido de la criatura me reventó los oídos. Era monstruosa: su piel parecía una mezcla de carne y roca, con venas negras que brillaban como lava. Los ojos, tres de ellos, brillaban en tonos rojos y dorados.
—¡Maldita sea, no se muere! —grité, levantándome y apuntando con mi lanza.
Kyle se acercó por mi izquierda, su cabello pegado al rostro por el sudor y la ceniza, su lanza encendida con flamas que chispeaban entre tonos escarlata y anaranjados.
—¡No pares! ¡Cántico conjunto, ahora! —ordenó.
Asentí, sintiendo el fuego comenzar a subir desde mi pecho, recorriendo mis brazos.
Ambos apuntamos nuestras lanzas al frente, los círculos mágicos se formaron bajo nuestros pies, girando en dirección contraria uno del otro, superponiéndose como un eclipse de fuego.
Comenzamos a recitar.
—"Por el fuego del amanecer, purificamos lo que la sombra toca. Que la llama consuma, que el calor castigue."
Los círculos se encendieron.
El aire se volvió denso, y la temperatura subió como si el bosque ardiera.
—¡FUSIÓN DE LLAMAS! —gritamos al unísono.
De nuestras lanzas brotó una llamarada masiva que se unió en el aire, girando en espiral hacia la bestia. El impacto fue ensordecedor. El fuego la cubrió por completo, y el rugido que soltó hizo vibrar hasta los dientes.
—¡Sigue! ¡No la dejes respirar! —gritó Kyle.
Apreté los dientes y extendí la mano izquierda.
—¡FIRE PRESSURE!
El fuego del impacto se comprimió, concentrándose sobre el cuerpo de la bestia. La presión del calor hizo que el aire crujiera y se distorsionara, una onda invisible empujó las brasas hacia su carne.
La bestia aulló, intentando apartar las llamas con sus garras, y por un momento, creí que íbamos a lograrlo.
Pero no.
Una sombra se movió detrás del fuego. Algo golpeó desde dentro del humo.
Un puño del tamaño de un caballo me golpeó el pecho, lanzándome hacia atrás.
El aire se me escapó. Rodé varias veces por el suelo, mi lanza salió volando de mis manos y terminé chocando contra un árbol. El tronco crujió, y sentí el golpe hasta en los dientes.
—¡Keny! —escuché la voz de Kyle, furiosa.
Tosí, sangre y humo.
—¡Estoy bien! —mentí, poniéndome de pie tambaleante—. ¡Sigue atacando!
El suelo se abrió otra vez.
La bestia emergió del fuego, medio cuerpo envuelto en llamas, el brazo derecho totalmente carbonizado, pero seguía moviéndose.
—¿Cómo demonios sigue viva? —susurré.
Los soldados detrás de nosotros comenzaron a lanzar hechizos de fuego y viento, pero las llamas no la detenían. La criatura absorbía parte del calor.
—¡Cuidado! ¡Se alimenta del fuego directo! —gritó uno de los capitanes del marqués.
—¿Qué? —Kyle apretó los dientes—. ¡Entonces tenemos que usar control! ¡No poder bruto!
Asentí. Ambos levantamos las lanzas, y esta vez no recitamos un cántico completo.
Las runas grabadas en nuestras lanzas comenzaron a brillar antiguas, de familia, y las flamas ya no salieron como llamaradas, sino como filamentos, delgados y precisos.
Nos movimos.
Rápido. Coordinados.
Habíamos entrenado juntos desde niños, sabíamos leer los movimientos del otro sin hablar.
Yo avancé por la derecha, mi fuego girando como una serpiente que cortaba el aire, mientras Kyle atacaba por la izquierda, su lanza describiendo un arco descendente cubierto de brasas comprimidas.
La bestia intentó atacar a Kyle, pero salté hacia su costado, apuntando mi lanza a su rodilla.
—¡IGNITION STRIKE!
Golpeé con toda la fuerza que tenía. El fuego explotó al contacto, la rodilla de la criatura cedió con un crujido, y el monstruo cayó sobre un costado.
Kyle no desperdició el momento:
—¡CIRCLE FLAME BURST!
Formó un círculo mágico en el aire y lo arrojó contra el pecho de la bestia. El círculo giró como una rueda incandescente, incrustándose en su piel.
El fuego concentrado estalló.
El grito de la bestia se mezcló con el rugido de las llamas.
El suelo tembló, los árboles se incendiaron y los soldados gritaron órdenes detrás.
—¡Contengan el perímetro! ¡Protéjan al carruaje! ¡No dejen que ninguna bestia se acerque! —gritó el capitán del marqués.
Podía oír las armaduras chocar, las lanzas brillar, los círculos mágicos de defensa desplegarse.
Todo era caos.
Y en medio de ese caos, Kyle y yo seguimos atacando.
Él cargó su lanza con un fuego más blanco, casi solar.
—¡Keny, retrocede!
Salté hacia atrás justo cuando él enterró su lanza en el suelo.
—¡ERUPCIÓN SOLAR!
El círculo mágico bajo sus pies se expandió, trazos de fuego subiendo como raíces incandescentes. Una columna de fuego se elevó desde el suelo, envolviendo a la bestia.
El rugido fue tan fuerte que sentí vibrar los huesos.
Me cubrí con el brazo.
Cuando el fuego bajó, la criatura seguía viva, su cuerpo deformado, humeante. El brazo carbonizado había caído, pero el otro seguía levantado.
Seguía respirando.
Seguía luchando.
—No puede ser… —jadeé.
Kyle me miró con una sonrisa cansada.
—Vaya, hermanita… ahora entiendo cómo esas órdenes fueron aniquiladas.
Apreté los dientes, el sudor cayéndome por la frente.
—No pienso morir aquí, Kyle.
—Ni yo.
Ambos levantamos las lanzas.
Esta vez, el fuego no nació de nuestras armas.
Nació de dentro.
El suelo bajo nuestros pies se fracturó. El aire se volvió rojo.
Nuestros círculos mágicos se fusionaron en una figura doble, runas girando en dirección opuesta.
Y cuando ambos gritamos, las llamas tomaron forma.
Una lanza de fuego carmesí, gigantesca, apareció entre los dos.
La levantamos con ambas manos y la arrojamos juntos.
—¡LANZA GEMELA DE LOS VION!
El impacto hizo que todo el bosque temblara.
Un trueno de fuego recorrió los árboles, la explosión levantó una onda de calor que me empujó hacia atrás. La bestia gritó por última vez antes de que su cuerpo se partiera, envuelto en brasas.
Cuando el silencio llegó, el bosque seguía ardiendo.
Kyle se apoyó en su lanza, jadeando.
—Sigue viva… lo sé…
Lo miré, agotada, mis brazos temblando.
—Lo sé… pero si Eiren no vuelve pronto, no podremos mantener esto.
El fuego crepitó a nuestro alrededor.
Y en el fondo de mi pecho, sentí un escalofrío.
La risa de una mujer sonó entre las llamas, lejana, burlona.
—Qué bonito espectáculo de fuego… pero el chico del hielo me divierte más.
El aire olía a hierro caliente y ceniza.
El fuego de nuestra lanza conjunta había destrozado medio claro del bosque, pero la bestia… seguía de pie.
Cojeando, furiosa, envuelta en brasas y con sus ojos como carbones encendidos.
—No… puede… ser… —jadeé, con la respiración cortada, el cuerpo temblando del esfuerzo.
Kyle giró su lanza entre las manos, el fuego de su arma todavía chispeando.
—No pienses, Keny. Si piensas, te mueres.
Tenía razón.
El pensamiento era un lujo en medio de esto.
El rugido de la criatura resonó como un trueno. Las llamas del suelo se apagaron de golpe cuando un golpe de aire ardiente barrió el campo.
La bestia saltó, su cuerpo de casi cuatro metros se elevó como una sombra infernal sobre nosotros.
—¡Cúbrete! —gritó Kyle.
Rodé hacia atrás, sintiendo el suelo temblar cuando cayó. Las raíces y la tierra volaron en todas direcciones. La presión me reventó los oídos.
Cuando levanté la vista, vi cómo el fuego de Kyle chocaba con un brazo de la bestia, empujándola hacia un costado, pero no lo suficiente.
El monstruo giró, y su cola, una masa de huesos y carne negra, azotó el aire.
El impacto me lanzó varios metros.
Rodé entre tierra y cenizas hasta detenerme, la lanza apenas a mi alcance.
—¡Keny! —gritó Kyle, corriendo hacia mí.
—¡Estoy bien! —respondí, aunque mis costillas gritaban lo contrario. Me puse en pie con dificultad—. ¡Hay que separarla del carruaje!
—¡Demasiado tarde! —rugió Kyle, señalando hacia atrás.
Giré la cabeza y sentí que el estómago se me hundía.
Los soldados del marqués y los de mi padre habían dejado su posición defensiva.
El carruaje del marqués Shtile, donde iban sus hijas, estaba casi desprotegido. Los hombres se habían lanzado al combate, intentando contener a otras dos bestias más pequeñas que habían surgido de entre los árboles.
—¡Por el amor de los dioses! —maldije—. ¡Esa no era la orden!
Kyle apretó los dientes, intentando lanzar otra descarga de fuego, pero la criatura lo embistió. Su cuerpo desapareció entre una nube de brasas y tierra.
—¡KYLE!
Me lancé hacia delante, formando el círculo mágico en mi mano.
—¡Llama cortante! —grité.
Una hoz de fuego salió disparada, cortando el aire y golpeando a la bestia por un costado. La criatura gruñó y giró hacia mí.
El calor era sofocante.
Su respiración apestaba a carne quemada y sangre.
Apreté la lanza con ambas manos, apuntando a su pecho, lista para la carga.
Pero en ese instante, algo cambió.
El aire se agitó.
Una corriente repentina, fría, de viento, sopló con una fuerza antinatural.
La ráfaga chocó contra la bestia justo antes de que pudiera alcanzarme. El impacto fue tan fuerte que la empujó varios metros atrás, rompiendo árboles al caer.
La tierra tembló.
Me quedé quieta, los ojos abiertos, el cabello revolviéndose por el viento.
Detrás de mí, escuché un jadeo.
Me giré.
Y ahí estaba Maylen.
Sus manos extendidas, un círculo mágico de viento desvaneciéndose lentamente ante ella.
El suelo a su alrededor estaba cubierto de hojas levantadas, su cabello suelto y empapado de sudor.
Sus piernas temblaban.
—¿Maylen...? —murmuré, sin creerlo—. ¿Qué… qué haces aquí?
Su respiración era entrecortada, la voz le salía temblorosa.
—Yo… no podía quedarme en el carruaje… —dijo, casi sin voz—. Vi cómo esas cosas se acercaban…
—¡Maldita sea, eso fue una locura! —grité, corriendo hacia ella.
Kyle salió de entre el humo, tosiendo, su rostro cubierto de hollín.
—¿Maylen? ¡Por todos los cielos, no deberías estar aquí!
Ella apenas podía mantenerse en pie.
—No podía quedarme mirando… —repitió, su voz débil pero decidida.
La bestia rugió de nuevo.
Los tres volteamos al mismo tiempo.
A pesar del impacto, la criatura ya se levantaba, su cuerpo exhalando vapor y fuego.
—Se está regenerando —dijo Kyle con furia—. Nos está ganando tiempo.
—No, no… —negué, apretando mi lanza—. Nosotras le ganaremos a ella.
Me puse frente a Maylen.
—Maylen, escucha. No intentes atacar. Solo mantén el viento fluyendo, dispersa el fuego cuando se acerque. ¿Entendido?
Ella asintió, temblando.
—Puedo hacerlo… creo…
Kyle se acercó a mi lado, el fuego de su lanza rugiendo de nuevo.
—Entonces, como antes, hermanita. Tú a la izquierda, yo a la derecha.
Asentí.
El círculo bajo mis pies volvió a encenderse, runas girando lentamente.
El fuego se elevó, envolviendo nuestras lanzas.
La bestia cargó.
Saltamos.
Yo giré en el aire, mi lanza trazando un arco descendente que dejó un rastro de fuego. Golpeé su hombro, el calor del impacto hizo que la carne se abriera en grietas rojas.
Kyle aterrizó detrás de ella, hundiendo su lanza en la base de su cuello.
La criatura rugió, se sacudió, sus garras golpearon el suelo, creando una onda de choque que nos separó.
—¡Maylen, ahora! —grité.
Ella levantó las manos, el viento estalló, cortando entre nosotros y levantando polvo.
El vendaval empujó el fuego de Kyle directo hacia las heridas abiertas de la bestia.
El aire se llenó de un grito inhumano.
La piel del monstruo se quemó de dentro hacia afuera, y el olor a carne chamuscada me revolvió el estómago.
Caí de rodillas, agotada.
Mi lanza estaba al rojo vivo, el fuego agotado.
Kyle respiraba con dificultad.
Miré hacia Maylen: apenas se mantenía en pie, las rodillas temblando, los brazos caídos.
—¡Maylen! —corrí hacia ella y la sostuve antes de que cayera.
Ella me miró con una sonrisa débil.
—¿Lo… hicimos…?
Antes de que pudiera responder, la tierra tembló.
Un gruñido más fuerte, más grave, surgió del bosque.
Los soldados gritaron.
Entre los árboles, otra bestia apareció.
Más grande.
Más deformada.
Y esta vez… sus ojos no eran rojos. Eran azules.
Kyle escupió al suelo, maldiciendo.
—Genial. Otra maldita aberración.
Me levanté, aún sosteniendo a Maylen.
—No. Esta es diferente… la energía… —podía sentirlo, una vibración helada recorriéndome la espalda—. No es solo fuego o carne. Esa cosa tiene maná concentrado.
Kyle miró hacia los soldados, que ya corrían a reagruparse.
—Entonces esto no ha terminado.
Le entregué a Maylen a uno de los hombres que corría hacia nosotros.
—¡Llévala detrás del carruaje, ahora! ¡Y no la dejes sola!
Ella intentó protestar, pero la interrumpí con un gesto firme.
—Ya hiciste más que suficiente.
Cuando la vi alejarse, levanté mi lanza otra vez.
El calor se acumuló en mi pecho.
Mi maná ardía, pero el miedo ya no existía. Solo la rabia.
—Kyle… —dije, mirando al monstruo que se acercaba entre el humo—. Terminemos esto.
Él sonrió, encendiendo su lanza una vez más.
—Como siempre, hermanita. Hasta el final.
Y los dos avanzamos.
Entre fuego, ceniza… y el rugido de una nueva pesadilla.
****
[Eiren]
El silencio era lo único que quedaba.
Solo mi respiración quebrada… y el crujir del hielo que lentamente se expandía.
El aire de la cueva era pesado, húmedo, y aún así… helado.
El frío no me molestaba.
Nunca lo hacía.
Era más bien… reconfortante, como si el mismo hielo me aceptara dentro de él.
Cada vez que exhalaba, la niebla blanca se mezclaba con el vapor congelado del ambiente.
El suelo estaba cubierto por un tapiz de cristales azules. Las paredes, por lanzas de hielo que se habían formado sin control cuando liberé la tercera variación.
El techo… estaba cubierto de estalactitas que brillaban con la luz débil de mi maná.
Y entre todo eso…
Las bestias.
Docenas.
Congeladas, empaladas, partidas a la mitad.
Algunas tenían los ojos abiertos, aún con la furia grabada en ellos.
Otras parecían casi humanas.
Tragué saliva.
El eco del movimiento de mi garganta sonó como un golpe seco.
—Mierda… —susurré, recargando la espalda contra una roca.
El dolor del abdomen me hizo doblarme un poco.
Bajé la mirada: la herida seguía abierta, aunque el hielo que había formado alrededor había detenido la hemorragia.
El hombro izquierdo ardía, con trozos de astilla incrustados que no pude sacar.
Y el brazo derecho… apenas respondía bien.
Saqué aire despacio, sintiendo cómo el hielo del suelo subía por mis botas, reforzando la temperatura a mi favor.
—Esto… no es nada nuevo —murmuré, tratando de convencerme.
Miré alrededor.
La cueva parecía infinita.
Y el agujero por el que me arrastraron no estaba.
Me levanté con esfuerzo, apoyándome en la pared. El hielo crujió bajo mis dedos.
—Bien… —dije entre dientes—. Si no hay salida, la haré yo.
Activé los nodos, la primera variación.
Las venas del brazo derecho se iluminaron con un tono azul pálido.
El hielo respondió de inmediato, emanando desde mis pies como una extensión viva.
Di un paso.
El sonido del hielo formándose acompañaba cada respiración.
La oscuridad era casi total, salvo por el resplandor de mi propio maná.
El aire se sentía denso.
Pesado.
Algo más seguía ahí, lo sabía.
Mi instinto lo gritaba.
Seguí avanzando, girando entre túneles helados y cuerpos congelados.
Las marcas de arrastre en el suelo aún se veían frescas, como si algo hubiera sido llevado… o hubiera escapado.
El eco de mis pasos rebotaba en las paredes.
En un punto, escuché algo más.
Un goteo.
Ploc. Ploc. Ploc.
Me acerqué despacio.
El sonido venía de un charco oscuro entre dos formaciones de hielo.
Me agaché.
Era agua.
Pero no era normal: el líquido brillaba con un resplandor débil, verdoso, como si el maná se filtrara desde el fondo.
Toqué el suelo.
El hielo debajo de esa zona estaba derretido, lo que significaba…
—…una corriente subterránea —murmuré—. Eso podría llevarme a una salida.
Tomé aire y golpeé con la palma el suelo.
El hielo se quebró con un sonido seco.
Pequeñas grietas se extendieron hasta el charco, congelándolo otra vez.
Pero debajo… pude sentirlo.
El movimiento.
El flujo.
Apreté la mandíbula y formé una daga.
—Vamos, maldita sea. —Comencé a golpear el suelo con fuerza, abriendo el hielo. Cada golpe resonaba en todo el túnel, como si la cueva me devolviera los golpes en eco.
Hasta que…
CRACK.
El suelo cedió.
Salté hacia atrás justo cuando el piso se rompió por completo, abriéndose como una boca que tragaba la oscuridad.
Un túnel.
Angosto, pero con aire.
Podía sentir la corriente ascendente.
Sonreí con cansancio.
—Encontrado.
Pero el momento de alivio duró poco.
El aire cambió.
Una vibración corrió por el suelo helado.
El hielo bajo mis pies crujió, no por mi maná… sino por algo más.
—No… —susurré.
De las paredes, los cuerpos congelados empezaron a agrietarse.
Los ojos de las bestias… se encendieron.
No todos, pero sí varios.
Uno. Dos. Cinco. Diez.
Sus pupilas se iluminaron con un tono violeta.
Y el hielo que las cubría comenzó a quebrarse.
—Imposible. —Retrocedí, alzando la mano. Mi maná se encendió de nuevo—. ¡Están muertas!
El sonido que siguió fue el de los huesos partiéndose y el hielo explotando.
Una de las bestias se movió torpemente, mitad congelada, mitad viva, con el rostro partido.
Otra la siguió, arrastrándose.
Un rugido distorsionado llenó la cueva.
El aire se volvió sofocante.
Podía sentir una presencia, algo detrás de todo eso.
Esa misma voz.
La mujer.
Una risa resonó, lejana, etérea.
—Oh… así que sobreviviste, pequeño volcán de hielo.
Giré la cabeza hacia todas partes.
No había nadie.
Solo eco.
—¿Dónde estás? —gruñí, apretando las dagas.
—Tan lejos y tan cerca como quieras. —La voz sonaba como si hablara desde dentro de mi cabeza—. Sabía que eras diferente. Las bestias mueren, pero tú… las despiertas.
—Yo no hice esto.
—¿No? —La risa volvió a sonar—. El maná responde a su dueño, Eiren. Tal vez no las despertaste tú… pero sí las llamaste.
Las bestias dieron un paso al unísono.
El suelo se agrietó bajo ellas.
Los ojos violetas brillaban más.
—Perfecto. —Suspiré, preparando la postura—. Entonces no me queda más remedio.
Activé la segunda variación.
El hielo del suelo se elevó, formando pilares que envolvían mis piernas, y el aire vibró.
El dolor en el abdomen se encendió como fuego, pero no importaba.
Una bestia saltó.
El reflejo fue instintivo: levanté el brazo, formé una lanza de hielo y la lancé con un grito.
La lanza atravesó su cabeza, clavándola contra el techo.
Otra vino desde la derecha.
Me giré, las dagas giraron conmigo, cortando su cuello en dos movimientos limpios.
El aire se volvió un torbellino de escarcha y vapor.
Las paredes comenzaron a fracturarse.
El maná se descontrolaba.
Mi respiración se volvió irregular.
No podía seguir gastando energía.
Debía salir.
Apunté hacia el túnel recién abierto.
El hielo en mis pies se deshizo, y con un impulso, salté dentro.
El aire me cortó el rostro mientras descendía por la pendiente.
El suelo se volvió resbaladizo, luego rocoso.
Golpes. Gritos de bestias detrás.
Y finalmente…
Luz.
Una luz pálida.
Lejana.
Pero real.
Caí rodando, los pulmones ardiendo.
Me arrastré hacia adelante, jadeando.
La salida estaba frente a mí, una grieta abierta en la montaña.
Y detrás… el eco de las bestias seguía.
El hielo no las detendría por mucho.
—Sigan viniendo, malditas… —dije, poniéndome de pie, sangrando pero con una sonrisa torcida—. Aún tengo energía para un infierno más.
Extendí el brazo.
Los nodos respondieron.
Primera. Segunda.
Y la tercera… rugió dentro de mi pecho.
El fuego helado volvió a nacer en mis manos, azul y blanco.
La cueva tembló.
—Vamos a terminar esto.
**
El hielo crujía bajo mis pies mientras corría, mi respiración era un fuego helado que me quemaba el pecho y las heridas pulsaban con cada paso.
Las bestias no se detenían.
Las más dañadas yacían rotas, empaladas por mis estacas, pero las que estaban más completas… esas tenían que recibir heridas lo suficientemente graves como para ralentizarlas y asegurarme de que no me alcanzaran mientras buscaba una salida.
—¡Malditas…! —gruñí, activando mis nodos de nuevo, la primera variación iluminando mis dagas y dejando una estela de hielo mientras saltaba sobre una grieta—. No hay tiempo para detenerme… debo salir de aquí.
Golpeé el suelo con un pedazo de hielo que se levantó en forma de estacas, empalando a una de las bestias que intentaba rodearme.
El sonido del cráneo quebrándose resonó dentro de la cueva.
No tuve tiempo de celebrarlo.
Otra bestia cayó sobre mí desde la derecha, lanzándome de espaldas contra un saliente.
El impacto me lanzó varios metros, sintiendo cómo mi espalda chocaba contra la roca.
Pero el frío del hielo en mis brazos y abdomen me permitió absorber parte del dolor, sellando la sangre lo suficiente para seguir.
Mis dagas brillaron, y con un movimiento fluido, tracé círculos con nodos internos, la segunda variación.
—¡Afuera de mi camino! —grité mientras el hielo se levantaba en columnas, bloqueando la trayectoria de otra criatura.
La impacté en la mandíbula con un corte diagonal que dejó un surco profundo.
Pero no había tiempo para detenerme a mirar si había muerto o no.
La adrenalina corría por mis venas y me recordaba algo… la sensación familiar de estar rodeado, perseguido, la urgencia de sobrevivir en combate.
—Maldita sea… esto nunca termina —murmuré mientras corría hacia adelante, esquivando astillas de hielo y trozos de roca desprendida.
Una de las bestias más grandes se lanzó hacia mí desde la izquierda.
Logré esquivarla al saltar lateralmente, pero su peso al caer hizo que el suelo bajo mí se resquebrajara.
—¡Cuidado! —gruñí al sentir la vibración del terreno, mientras caíamos ambos por un declive profundo.
La voz de la mujer resonó dentro de la cueva, fría y burlona:
—Es una lástima que mueras así… pero debo admitirlo… espero volver a ver a alguien como tú en el futuro.
El eco de sus palabras me acompañó mientras rodaba y resbalaba, tratando de mantener mis dagas listas, el hielo concentrándose en mis manos y brazos.
La bestia me perseguía, sus garras rozando la roca y astillando pedazos del suelo.
Mi cuerpo golpeaba cada esquina, cada pared de la cueva.
La velocidad aumentaba y la gravedad parecía multiplicarse.
—¡Icefire! —grité, invocando mi tercera variación.
El fuego helado se expandió desde mis brazos y cubrió el aire entre la bestia y yo, congelando parte de sus garras mientras descendíamos.
—Maldita… —gruñí al sentir cómo mi pecho ardía y mis piernas temblaban por el esfuerzo.
No podía mantenerlo demasiado tiempo, pero si lo soltaba ahora, la bestia podría derribarme.
La caída continuó, girando en el aire, el suelo desapareciendo bajo nosotros.
Mi vista se perdió en la oscuridad por un momento, hasta que de repente… algo brilló.
Luz.
Un espacio abierto, iluminado por una fuente que no entendía.
Giré en el aire, boca abajo, y mis ojos se abrieron como platos.
El suelo no era hielo… era agua.
El reflejo lo hacía parecer cristalino, profundo, seguro y al mismo tiempo aterrador.
La bestia cayó junto a mí, congelada por el Icefire, pero incluso dentro del hielo, su cuerpo aún se movía, tratando de avanzar.
—Perfecto… —murmuré mientras me posicionaba para amortiguar el impacto—. Esto… esto puede ayudar.
El contacto con el agua fue brutal.
Mi cuerpo se hundió, golpeando con fuerza, las heridas palpitando, pero el líquido helado amortiguó parcialmente el choque.
Pude sentir la presión del agua empujando mis brazos y piernas, el hielo aún adherido a mi piel.
Observé bajo el agua: la bestia descendía, empalada en capas de fuego helado, la sangre mezclándose con las burbujas y el reflejo azul del agua.
—Maldita sea… —susurré, jadeando—. Esto no va a ser fácil.
Moví los brazos, liberando pequeñas estacas de hielo desde mis dagas, que se disolvieron en el agua y congelaron parcialmente los tentáculos que la bestia usaba para impulsarse.
—Debo subir… y debo sobrevivir —me dije, sintiendo cómo cada músculo gritaba, pero también cómo la adrenalina mantenía todo en funcionamiento.
El agua iluminaba todo de manera irreal, y pude ver cómo varias otras criaturas más pequeñas aparecían desde la oscuridad acuática.
No eran tan grandes, pero se movían rápido, agresivas, la carne herida burbujeando, reflejando la luz como vidrio roto.
—¿Otra vez…? —gruñí, sumergiéndome, activando la segunda variación bajo el agua.
Hielo surgió de mis manos y pies, formando pinchos que perforaban la carne y congelaban a varias criaturas al instante.
Pero sabía que debía mantenerme móvil.
Golpeé con una patada descendente que rompió parte del hielo y liberó espacio para nadar.
La respiración se volvió dolorosa.
Cada movimiento era un esfuerzo titánico.
Pero lo sentía… algo dentro de mí despertaba con la persecución, la lucha, la presión.
Era familiar, antiguo, parte de lo que siempre había sido: sobrevivir, atacar, congelar, moverse, nunca detenerse.
—Malditas… —susurré, mirando hacia la superficie que aún brillaba a lo lejos—. No voy a morir aquí.
El agua me abrazaba como un peso de hierro, y cada brazada me costaba más que la anterior.
Mis pulmones ardían, mi cuerpo temblaba, y aún así… esos malditos peces-bestia no se detenían.
Se movían con velocidad, zigzagueando hacia mí con fauces abiertas y garras llenas de escamas.
—¡Mierda…! —gruñí, mientras un grupo de ellos pasó rozando mis piernas, obligándome a girar y esquivar.
Mi visión bajo el agua se nublaba por la sangre de mis propias heridas, y sentí cómo la desesperación amenazaba con atraparme.
Pero entonces, recordé los nodos.
Mi poder. Mi ventaja.
Reuní el mana dentro de mí, sintiendo cómo los nodos internos giraban y se conectaban.
La tercera variación, Icefire, respondía a mi voluntad con más fuerza que nunca.
—¡Ahora! —grité bajo el agua, con los labios sellados por el frío y la presión, dejando que todo mi cuerpo se impregnara de energía.
El Icefire explotó desde mi cuerpo hacia fuera.
El agua alrededor de mí comenzó a solidificarse, primero en una capa fina que crujía, luego en estacas que surgían como dagas enormes de hielo.
Los peces-bestia se encontraron atrapados, perforados, congelados en su propia agresión.
El hielo se expandió en un radio de varios metros, convirtiendo la caverna subacuática en un cementerio de cristal y escamas.
Mi cuerpo temblaba por el esfuerzo.
Cada respiración era un jadeo de dolor, cada movimiento un grito de mis músculos sobrecargados.
Pero no había tiempo para descansar.
Con un último impulso de fuerza, moví los brazos y piernas con todo lo que me quedaba, rompiendo capas de hielo recién formadas mientras me impulsaba hacia la superficie.
—¡Vamos… vamos…! —susurré entre dientes, sintiendo la quemadura de la sangre y el hielo en mi pecho.
Finalmente, tras lo que parecieron eternos segundos, vi la luz del exterior filtrándose sobre el agua.
Con un esfuerzo final, rompí la tensión del líquido, estallando hacia arriba con un salto desesperado.
La superficie me recibió con un jadeo cortante.
El aire frío quemó mis pulmones mientras me incorporaba, tosiendo y escupiendo agua salada y helada.
Mis brazos y piernas temblaban, mis heridas ardían, y el frío del Icefire aún recorría mi piel como una advertencia de lo que acababa de hacer.
Miré alrededor.
El agua que había congelado brillaba, reflejando fragmentos de luz que se filtraban entre los árboles de la cueva.
El nido de bestias quedaba atrás, inmóvil y silencioso.
No podía quedarme mucho tiempo aquí; debía regresar con Keny, Kyle y el carruaje antes de que la mujer o cualquier otra cosa los alcanzara.
—Maldita sea… —dije, respirando con dificultad—. Si sigo así, no voy a llegar lejos… pero no puedo fallar ahora.
Me impulsé con fuerza, usando lo poco de mana que me quedaba para mantener las estacas de hielo detrás de mí mientras nadaba hacia el borde, esquivando rocas y corrientes de agua que amenazaban con arrastrarme nuevamente.
Finalmente, mis manos tocaron tierra firme.
Salí arrastrándome, respirando con dificultad, mis dagas aún chispeando con restos de Icefire, mis ojos escudriñando el bosque.
—Estoy… aún vivo… —murmuré, jadeando—. Ahora… a volver con ellos…
Cada sombra podía ocultar otra bestia, cada sonido podía ser la mujer de negro.
Aun así, me levanté con las últimas fuerzas que me quedaban, limpiando la nieve helada y el hielo de mis dagas.
