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Chapter 49 - Capitulo 48

[Sivelle]

El rugido vino de la nada y nos hizo detenernos de golpe. Mis caballos relincharon, y un escalofrío recorrió mi espalda. Era profundo, gutural… como si algo enorme y hambriento estuviera rugiendo desde las entrañas mismas del bosque.

Miya instintivamente se tapó los oídos con sus manos enguantadas, al igual que el capitán y la mayoría de los soldados. Yo misma sentí cómo el sonido vibraba en mis costillas, reverberando hasta el pecho.

—¡Mantengan la calma! —ordené, aunque mi voz tembló un poco—. No podemos mostrarnos débiles.

Levanté la vista hacia el horizonte del bosque. Estábamos en una de las laderas de la montaña, a mitad del bosque, rodeadas de árboles enormes y quebrados por el viento. Entre sus troncos y copas densas, el rugido parecía multiplicarse, como si viniera de varios lugares al mismo tiempo.

—Esto… esto no es normal —murmuró Miya, bajando lentamente las manos de los oídos—. Nunca había escuchado algo así… ni siquiera cerca de la capital.

El capitán ajustó su lanza, apretando los dientes:

—Mi lady, eso no suena a bestia común. Puede ser… algo mayor, algo que no deberíamos enfrentar sin preparación.

Asentí, tragando saliva, mientras mi corazón latía más rápido. Podía sentir la tensión en todos los caballos: sus orejas erguidas, sus cuerpos rígidos, listos para saltar ante cualquier señal de peligro.

—Todavía nos faltan días para salir de este bosque —dije, más para mí misma que para los demás—. Y si esto es solo una muestra de lo que hay aquí… no quiero imaginar lo que nos espera más adelante.

Miya me miró, con una expresión seria y un brillo feroz en los ojos.

—Si algo nos sale al paso, no retrocederemos, Sivelle. Ya lo sabes.

—Lo sé —respondí, tratando de mantenerme firme, aunque el escalofrío aún recorría mi cuerpo—. Pero debemos ser inteligentes. Este rugido… no fue un accidente. No es casualidad que lo escuchemos ahora.

—¡Formación! —ordené—. Todos detrás de mí y de Miya. Nadie se adelante.

Los soldados obedecieron, ajustando sus filas mientras el bosque parecía hacerse más oscuro, como si absorbiera la luz del sol entre sus hojas. Cada sombra parecía moverse por sí sola, y el rugido volvió a escucharse, esta vez más cercano, más… insistente.

Podía sentir cómo el bosque nos observaba, evaluaba nuestro avance. La montaña nos daba algo de ventaja para ver un poco más lejos, pero eso no calmó el miedo que bullía en mis entrañas.

No estaba sola en sentirlo: Miya apretó la empuñadura de su lanza, y varios soldados hicieron un gesto inquieto, como si supieran que algo grande se aproximaba.

—¿Sintieron eso? —pregunté en voz baja, sin dejar de avanzar—. No es natural.

Antes de que alguien pudiera responder, un rugido estremecedor hizo eco entre los árboles, mucho más cercano que el anterior. Y justo detrás, un destello de luz ardiente iluminó el bosque: una explosión de fuego que hizo que todos se cubrieran los ojos por un instante.

—¡Magia! —exclamó Miya, sus ojos escudriñando los alrededores—. Y no de una sola persona.

Gritos humanos se mezclaron con los rugidos y el retumbar de explosiones. Alguien estaba dando órdenes, y podía escuchar claramente el chasquido y el silbido de hechizos disparándose, algunos que dejaban surcos en la tierra, otros que destruían troncos con precisión mortal.

No había tiempo que perder.

—¡Aceleren! —ordené—. ¡Avancen hacia allá, pero mantengan la formación!

Los soldados obedecieron de inmediato. Miya encendió su magia de viento, haciendo que la brisa se arremolinara alrededor de su lanza mientras ésta resplandecía con un azul pálido. Los demás soldados conjuraron hechizos de refuerzo, endureciendo sus armaduras y músculos como si fueran de hierro. El capitán levantó su lanza y la envolvió en llamas.

Tomé aire, dejando que el maná helado recorriera mis brazos, y de mi mano surgió un destello azul: una espada de hielo pura, afilada como un cristal y chispeante bajo la luz filtrada del bosque.

El primer ataque no tardó en llegar. Una bestia enorme emergió de entre los árboles: piel negra, garras afiladas, ojos que reflejaban un brillo salvaje. Sin dudar, tracé un círculo mágico en el aire y disparé un proyectil de hielo que atravesó su pecho, congelándolo parcialmente en el acto.

—¡Miya, cuidado a la derecha! —grité.

Ella respondió girando su lanza, cortando ramas y desviando una criatura más pequeña que saltaba hacia nosotros.

Mi caballo se tensó bajo mí, y con un impulso me lancé desde la montura, aterrizando con agilidad en el lomo de la bestia. Mi espada de hielo cortó su cuerpo en dos con un crujido que hizo eco en el bosque.

—Parece que… —dije, jadeando ligeramente mientras me reincorporaba sobre mi caballo—. ¡Aquí están las tres órdenes!

Miya me miró con ojos sorprendidos:

—Y están luchando contra algo grande. No son bestias normales…

Asentí. El suelo estaba marcado con fuego, hielo y sombras de hechizos. Entre los árboles, podía distinguir destellos de varitas y dagas mágicas, armaduras relucientes moviéndose velozmente, y una coordinación que solo podía venir de veteranos entrenados.

—Entonces no es un accidente —murmuré—. Este bosque… se ha convertido en un campo de batalla. Y nosotros acabamos de entrar en medio de él.

El sonido de los hechizos retumbaba aún en mis oídos cuando emergimos a un claro donde tres figuras se mantenían firmes, espalda con espalda, defendiendo una zona relativamente abierta. Sus túnicas eran distintas entre sí, pero todas portaban emblemas reconocibles:

Un sol con un ojo — Los Vigías del Alba.

Una llama encerrada en un círculo — La Llama Silente.

Una espada blanca cruzada — El Acero Pálido.

Y por su postura, su armamento y la manera en que controlaban el flujo del maná… eran oficiales. Subcapitanes.

Los tres levantaron los rostros cuando escucharon las pisadas y el crujir de armaduras de mi escolta.

Apreté los talones contra mi caballo y avancé al frente.

—¡Soy Sivelle Vyrenthal, heredera del Ducado del Norte! —anuncié en voz firme, alzando la espada de hielo—. Mis hombres y yo hemos ingresado al bosque. Nos uniremos a su línea de defensa.

Los tres subcapitanes se miraron entre sí, sorprendidos. Uno de ellos —el de los Vigías del Alba, un hombre joven de cabello café recogido y ojos afilados— dio un paso adelante.

—¿La heredera… del Vyrenthal? —su voz tembló apenas—. No hemos recibido notificación de ningún refuerzo. Ni del ducado ni de ningún noble. ¿Qué hace aquí, mi lady?

Otro, el de la Llama Silente, habló con un tono más duro, casi molesto:

—Este bosque es zona restringida desde hace días. Nadie debió entrar. Las rutas deberían estar bloqueadas. ¿Quién autorizó su paso?

—Nadie. —respondí con calma, sin bajar mi espada—. Estoy de viaje hacia la Ciudad del Este y este es el camino más directo. No sabíamos de ninguna restricción. Para cuando escuchamos explosiones y rugidos… ya estábamos dentro.

El tercer subcapitán, el del Acero Pálido —un hombre enorme, con barba blanca y una armadura dañada— soltó una carcajada amarga.

—Entonces… bienvenida al infierno, joven duquesa.

Miya bajó de su caballo y se acercó a mi lado, aún con la lanza en mano.

—Necesitamos un informe —dije, sin rodeos—. ¿Qué está ocurriendo realmente aquí?

Los tres oficiales intercambiaron miradas tensas. Finalmente, el de la Llama Silente habló:

—Vinimos hace varias semanas tras recibir reportes de anomalías mágicas profundas en el bosque. Nada que no pudiéramos manejar… al principio. Bestias grandes, algunos cambios de comportamiento. Cosas manejables.

—Pero… —intervine, viendo sus expresiones sombrías—. No fue así.

El hombre de la Llama Silente negó con la cabeza.

—Hace unos días nos topamos con algo que ninguno de nosotros esperaba. Una mujer. O al menos… tenía forma de mujer. Cabello negro, vestiduras oscuras. No pronunció ni una palabra pero controlaba a las bestias como si fueran extensiones de su propio cuerpo.

El de los Vigías del Alba dio un paso al frente.

—La vimos… inyectar algo en las bestias. Un líquido oscuro, casi negro. Y las criaturas… cambiaban. Les crecían placas óseas, sus músculos se multiplicaban, sus ojos… perdían toda razón.

—¿Mutación inducida? —preguntó Miya, frunciendo el ceño.

—Más que eso —respondió el del Acero Pálido con gravedad—. Era como si… fusionara maná externo en sus cuerpos. Algo prohibido. Pura corrupción mágica.

Los soldados a mi alrededor se tensaron.

—¿Y ella los atacó directamente? —pregunté.

—Primero nos ignoró. Estaba… experimentando. —El Vigía del Alba apretó los dientes—. Pero cuando intentamos detenerla, nos lanzó encima a un ejército de bestias alteradas. Cientos de ellas.

El subcapitán de la Llama Silente respiró hondo.

—Muchos de nuestros hombres murieron. Los que sobrevivimos nos dividimos tratando de encontrar una salida, pero el bosque se volvió un laberinto. Y para colmo… las bestias alteradas comenzaron a atacarse entre ellas. El experimento falló, dijo ella. Y se marchó. Así… simplemente.

La palabra "falló" hizo eco en mi mente con un sabor amargo.

—Entonces… —murmuré— todavía está en el bosque.

Ninguno respondió, pero su silencio lo dijo todo.

—Desde entonces —continuó el del Acero Pálido— hemos estado atrapados entre pequeñas hordas de bestias alteradas, otras bestias atraídas por el caos… y la constante posibilidad de toparnos de nuevo con esa mujer.

—Y hemos perdido a casi la mitad de nuestras fuerzas —agregó el Vigía del Alba, su voz rasgada.

Apreté los dedos entorno al mango de mi espada.

—Lo siento —dije, sincera—. No debieron cargar con esto solos.

Los tres oficiales me miraron sorprendidos.

El de la Llama Silente bajó la cabeza, apenas.

—Agradecemos su presencia, mi lady. Aunque… —su expresión se endureció— le aconsejaría que busque un camino seguro para salir. Este bosque no es un campo para nobles.

—No estoy aquí como noble —respondí, erguida—. Estoy aquí por mi hermano. Y si para llegar a él debo pasar por este infierno, entonces lo haré. Las bestias no me detendrán.

El capitán de mis soldados levantó la voz:

—¡La joven duquesa no retrocede! ¡Seguiremos su mando!

Un murmullo de aprobación recorrió a mis hombres.

Los subcapitanes se miraron entre sí, sorprendidos por la determinación del grupo.

Finalmente, el del Acero Pálido habló:

—Entonces, Sivelle Vyrenthal… prepárese. Porque si continúa avanzando con nosotros…

Se escuchó un nuevo rugido en la distancia. Más fuerte. Más profundo. Algo enorme se movía entre los árboles, acercándose.

—…lo que viene ahora —dijo el hombre, sacando su espada— será peor que todo lo que ha visto hasta ahora.

El bosque tembló.

Y yo apreté los dientes.

—Perfecto —susurré levantando mi espada helada—. Vamos a enfrentarlo.

La orden vino como un rugido. No fue un solo choque: fue una lluvia de instintos, magia y acero que se estrelló contra nosotros en oleadas, y el claro se convirtió en un tablero vivo donde cada pieza se movía con precisión mortal.

—¡Formación en semiluna! —gritó el subcapitán de los Vigías del Alba, su voz cortando el aire como una lanza—. ¡No dejen puntos ciegos en los flancos!

Yo repetí la orden hacia mis hombres, la voz afinada por meses de práctica con Miya y mi padre.

—¡Semiluna a la derecha! —ordené—. ¡Caballería ligera, atentos a las ráfagas! ¡Infantería, mantengan la línea y protejan a las damas del carruaje!

Los soldados del ducado respondieron con el cuero crujiendo, las lanzas alzándose como un muro. Miya se colocó a mi lado, la lanza en posición, el viento murmurando en torno a su guante. Sus dedos hicieron un gesto y la brisa respondió como un perro fiel: un pequeño remolino que afiló el filo de las lanzas y refrescó el sudor de los hombres, dándoles compostura.

Los subcapitanes trazaron un plan en un instante: los Vigías cubrirían el flanco izquierdo con barridos cortos y ataques de observación; la Llama Silente crearían focos de fuego controlado que forzaran a las bestias a exponerse; el Acero Pálido establecería anclas defensivas para detener embestidas masivas. Yo debía coordinar mi escuadrón con esos ritmos: mis hombres formarían núcleos de choque para abrir brechas, luego retrocederían en forma ordenada para permitir que la magia de las órdenes rematara.

—¡Dejen que los subcapitanes marquen el pulso! —ordenó el Vigía—. Sivelle, mantente con la línea. No avances sin nosotros.

Asentí. Miya asintió a su vez, y yo apreté la empuñadura de mi espada de hielo hasta sentir un cosquilleo en la palma. El frío corrió por mi brazo como un pensamiento claro.

Entonces vino la primera oleada.

Bestias, no sólo grandes sino deformadas —mandíbulas sobresaliendo, placas como escudos en su piel— saltaron de entre los árboles. Iban en manadas compactas, avanzando con un objetivo. Atravesaron el borde del claro y el terreno vibró por el impacto. Los Vigías del Alba respondieron con flechas encantadas, trayectorias que cortaban el aire en diagonales perfectas. Cada proyectil llevaba un hilo de luz que explotaba al contacto: pequeñas detonaciones de concusión que desestabilizaban a las bestias, no las mataban, las aturdían.

La Llama Silente cantó en voz alta. No fue un murmullo: fueron palabras cortantes, frases que marcaban ritmo, cada sílaba un latido para la magia. Sus manos tejían círculos en el aire, sobre círculos en el suelo, y el fuego no brotó como un exceso sino como una herramienta calibrada: columnas de llamas que surgían por segundos, obligando a las bestias a girar, a reorientarse. La Llama no gritaba por sí sola; su canto se unía a tambores lejanos, a golpes sincronizados de botas y lanzas.

El Acero Pálido no cantó: golpeó el suelo con la punta de su espada y la tierra respondió con muros de piedra que emergieron en arco para absorber el primer empuje. Los soldados que se apoyaban en esos muros sintieron el jadeo de la madera y la piedra convertirse en refugio temporal. Fue un baile: primero los Vigías desordenaban, la Llama pegaba y forzaba, el Acero contenía.

—¡Ahora! —gritó el subcapitán de la Llama—. ¡Círculo cinco, estrofa dos, fuego sostenido!

Su círculo se encendió en un tono naranja profundo, de bordes dentados. Los herederos de la Llama colocaron manos sobre la insignia y repelieron una oleada con un muro ardiente que, con precisión quirúrgica, cortó los cuartos traseros de la manada. Los gritos de las bestias resonaron; la arcilla, chamuscada, se abrió en vapores.

Miya y yo aprovechamos el hueco. Moví la espada en arcos amplios, sintiendo el hielo formarse en el vórtice de mi filo. La primera bestia que cruzó el radio de mi daga fue recibida por una sonrisa de escarcha: el acero swing—una cuña de hielo que penetró articulaciones y vientres, congelando la sangre en un segundo. El impacto sacudió mi brazo y una espina de dolor recorrió mi hombro; una astilla de su garra me rozó la pierna, dejando una quemadura que ardió con un calor helado. No hubo tiempo para gritar. Miya, a mi derecha, giró su lanza y el viento la afiló: una ráfaga cortó el cuello de otra bestia, y su cabeza cayó con un sonido seco.

—¡Formación, retrocedan dos pasos después del golpe! —ordené, transmitiendo la dirección del subcapitán con voz fuerte—. ¡No se queden clavados!

Mis hombres retrocedieron en fila, activando una maniobra de caja: golpeaban, retrocedían, formaban un núcleo de defensa y volvían a empujar. Era un pulso: presión hacia adelante, respiración; presión atrás, recuperación. Cada soldado llevaba un pedazo de mi confianza, y yo usaba mi propio maná para templar su temblor: una capa fina, casi imperceptible, que frenaba el frío en sus manos cuando sus armas resbalaban por la transpiración.

—¡Sostengan la derecha! —gritó el Vigía—. ¡Tiradores atrás, concentrence en la bestia mayor!

Entonces la vimos: las líneas se partieron con el rugido de una criatura que era un promontorio de músculo. Su zancada era una sacudida del terreno. De su cuello brotaba maná corrupto; la piel brillaba con vetas negras. El subcapitán de la Llama gritó instrucciones en un pulso distinto: fuera cánticos largos, estrofas cortas, luego un golpe de silencio. Había que forzar al monstruo a gastar su impulso: la Llama levantó pilares de fuego que lo obligaron a saltar, a pisar terreno donde las trampas se activaban.

—¡Inmunidad de choque, Círculo Cuatro! —ordenó un mago con la voz rota—. ¡Sostenelo en tensión!

Los Vigías tejieron líneas de luz bajo sus pies: cables de trayectoria que se clavaban en la tierra. Cuando el gigante cayó sobre uno, la red lo ralentizó, no lo detuvo, pero sí lo obligó a clavar la pata y perder ritmo. El Acero entonces cargó: un grupo de lanceros, anclados por las sirgas del Vigía, clavaron picas en los flancos. La criatura rugió, sangró, pero siguió.

Su furia vino directa a nosotros. Una estocada de su hombro cruzó la primera línea; un soldado del ducado fue arrojado como un muñeco y su armadura chirrió. Sentí la presión en el pecho cuando uno de mis hombres cayó al suelo, la sangre tiñendo el suelo. Mi corazón se apretó, pero no pude detenerme a lamentar: una bestia no espera.

—¡Sivelle! —oyó mi nombre como una cuchillada—. ¡Cubre el flanco izquierdo, por la señal del Vigía! —me gritó el capitán.

Hice una respuesta corta y me lancé. Miya ya había abierto paso: su viento creó una corriente bajo los pies de los soldados caídos, ayudándolos a rodar fuera de la línea. Yo corté hacia la bestia y me coloqué en su costado, usando la ola de su embestida para impulsarme. El hielo en mi espada chisporroteó cuando choqué contra las vetas negras; sentí una descarga en la muñeca que me sacudió los dientes, pero el acero y el hielo se hundieron más profundo. La criatura aulló de dolor. Su sangre chisporroteó al contacto con mi magia, creando humo frío.

—¡Ritmo! —bramó la Llama—. ¡Cinco, cinco, dos!

Los magos de la Llama repitieron el cántico en voz alta, en sincronía con tambores y pasos. Los círculos en el suelo que habían sido casi invisibles comenzaron a brillar: series concéntricas que ascendían y formaban un jaez armónico alrededor del monstruo. A cada palabra cantada, la jaula mágica apretaba. Era una tortura precisa: les exprimían maná, les retiraban impulso.

Pero la criatura tenía aliados: un enjambre más pequeño—bestias esqueleto—surgió de la maleza. Eran rápidas y desesperadas. Un lancereto del Acero Pálido fue empujado; su garganta se abrió con un grito agudo. El volante del Vigía lanzó una barrera lumínica, protegiendo a los heridos, mientras que mi escuadra formaba un semicírculo para empujar hacia atrás.

—¡Círculo del Vigía, ahora! —ordenó el subcapitán—. ¡Enlace con Llama, retención máxima!

El vínculo entre órdenes fue visible en ese momento: los círculos del Vigía cruzaron los bastiones de fuego y los anclajes de piedra. La magia no era un elemento suelto; era una orquesta. Ellos sostenían, mi gente empujaba, la Llama hería donde había una apertura. Cada golpe que yo propinaba era calculado: no fue poliédrico ni salvaje, sino una secuencia de cortes para desarticular tendones y abrir una ventana para los magos. Cuando mi espada golpeó la cadera del gigante, no buscaba matar sino inmovilizar: un corte que rompió fibra muscular y congeló la sangre, endureciendo el muslo en un tornillo de hielo. El gran animal cayó sobre su rodilla con un retumbar que hizo temblar a los árboles.

Pero la victoria no era limpia. El Acero Pálido lanzó una ofensiva de contención: formaron una panoplia de escudos humanos, cerrando hacia adelante para reclutar prisioneros de las bestias menores. Un proyectil oscuro cruzó el aire por un instante: una flecha envenenada que atravesó la garganta del Vigía que había ordenado la maniobra. Cayó sin sonido, y su caída fue un agujero en la formación. El aire se volvió frío no por la nieve, sino por la pérdida.

Sentí la furia como un filo: la necesidad de devolver. Miya, al notar mi descompensación, desvió el viento justo a tiempo para que yo no rompiera la línea y cayera en un avance temerario. Sus ojos me escanearon—una orden muda—y bajé el arma por un segundo para girarla en una defensa. Respiré. El lagrimeo se congeló en la mejilla de un capitán herido y caí en cuenta que la lucha exigía sangre, sí, pero no sacrificios tontos.

—¡Atentos! —gruñó el subcapitán del Acero—. ¡Van por los flancos! ¡Consolidemos!

La consolidación fue un milagro de disciplina: filas que cambiaban de eje, hombres que giraban y formaban nuevas paredes, magos que ajustaban la potencia de sus círculos para no romper los manojos de energía de los demás. Los hechiceros de la Llama se movían como artilleros, recortando líneas con explosiones precisas; un hombre quedó con la piel chamuscada hasta la médula, pero la barrera que hizo impidió que las bestias pasaran.

—¡Empujen con todo! —ordenó el Vigía—. ¡Sostenganlos hasta que podamos acumular la red final!

La red final era un patrón ofensivo: un encadenamiento de círculos que debía activarse en sincronía. Veía a los magos conjurar, manos marcando en el aire, voces subiendo en un crescendo: sílabas antiguas, netas, exactas. Yo canté con ellos, no palabras floridas sino llamadas cortas que coincidían con el latido. Sentí la masa de mi maná responder, frio brillante que subía por mi espalda hasta estallar en la punta de mi espada como una hoja de cristal líquido.

Cuando la red se cerró sobre la bestia mayor, lo hizo como una guillotina paciente: primero ancló, luego cortó la alimentación de su maná. La criatura, incapaz de sostener su tamaño bestial, empezó a encogerse; la corrupción en sus venas chirrió y se quebró en fractales de hielo. Cuando finalmente cayó, fue con un sonido hueco que dejó a todos jadeando.

—¡Mantengan la formación! —bramó el Acero Pálido—. ¡No celebren todavía!

Porque la bestia que dirigía la horda no era la única. Desde los límites del claro emergieron sombras más pequeñas, pero rápidas, convergiendo con una ferocidad renovada. Un conjuro envenenado alcanzó mi brazo; el dolor era como agujas que ardían heladas. US mis dedos se entumecieron. Detuve el avance con una barrera de hielo en el acto: un escudo translúcido que absorbió la punta. La herida fue cortante y profunda; la sangre no corría roja, sino entre azulada por el frío mágico que la enfrío.

—¡Curen a los heridos! —grité hacia atrás—. ¡No pierdan a nadie por imprudencia!

Los sanadores improvisados —magos de la Llama con conocimientos básicos de vendajes— usaron humo y calor para coagular heridas; los Vigías usaron hechizos para estabilizar. Miya tomó un toco de tierra y lo arremolinó en un torbellino para arrancar una bestia que venía por el flanco; la lanzó por el aire con su viento y una lanza lo atravesó al caer.

La batalla se volvió una sucesión de micro-confrontaciones: duelos cerrados entre lanceros y criaturas, magos que se desangraban en palabras, Vigías que ejecutaban maniobras de flanqueo, soldados que cubrían retaguardias mientras otros embestían. En medio de ello, el coro de cánticos continuaba: cada orden con su propio tempo, las frases musicales superpuestas como capas de sonido. Donde un círculo terminaba, otro comenzaba; donde un ancla se debilitaba, otro la reforzaba.

En un momento crítico, un grupo de bestias intentó romper la línea por el centro. El Acero Pálido respondió con una maniobra de "espina dorsal": lanzas clavadas en forma escalonada que detuvieron el avance momentáneamente. Aproveché la ventana: con una secuencia de tres cortes, apunté a tendones, articulaciones y raíces motoras. El primer corte fue alto, desencadenando la caída; el segundo, un giro lateral que arrancó la movilidad; el tercero, un impulso hacia atrás que liberó a mis hombres para rematar. Cada golpe era medido; no por falta de furia, sino por respeto al esfuerzo de los que me rodeaban.

Sentí el cansancio acumularse en la carne. El frio dejó de ser confort y pasó a ser arma: mi espada era un conductor que absorbía la fatiga. Un soldado joven fue arrojado contra mí por el impacto de una bestia que rompía la línea. Lo sostuve en el momento justo, clavé mi espada en la tierra y le ofrecí la espalda para que se incorporara. Su respiración era un jadeo de niño. Sus ojos se encontraron con los míos y no supimos decir nada: el entendimiento fue un pulso.

—¡Todos a la red final! —ordenó el Vigía—. ¡Enlace con Acero, Llama, preparen el cierre!

La red fue otra bestia de luz: líneas que cayeron del cielo como redes de plata, un pentagrama que encajó en el claro. La Llama dio el primer latigazo que quemó los lazos de maná corrupto; el Acero clavó el ancla que inmovilizó la masa; los Vigías encendieron el sello que drenó la fuerza. En el corazón del esquema, surgimos nosotros, como un bisturí: miya me dio impulso con un remolino de viento y yo me lancé en una estocada final.

La puntada atravesó la losa de su pecho —no buscando matarlo con una sola herida brutal sino para romper su núcleo de maná—. Sentí cómo el foco de energía que lo alimentaba se deshilachó. La bestia gritó un golpe que resonó en nuestros huesos, pero su cuerpo empezó a desplomarse en capas, la corrupción cristalizándose y quebrándose.

Cuando el eco se disipó, cayó un silencio pesado. Hombres suspiraron, carraspearon, lloraron. Algunos cuerpos yacían donde habían caído. El jefe del Acero sostuvo su espada con ambas manos, respirando con aspereza.

—¡Buen trabajo! —dijo al final con voz cortante—. ¡Mantenganse alerta! ¡Qué esto sirva de lección: no subestimen lo que hace correr la magia corrupta!

Mis piernas temblaron. La herida en mi brazo ardía. Miré alrededor: Miya estaba húmeda de sudor, con la cara enrojecida por el esfuerzo. El cielo sobre el claro ya no parecía tan amenazante; los árboles entornaban su mirada. Los subcapitanes se reunieron y compartieron un saludo cargado de cansancio y respeto. No estaban satisfechos con la sangría de hombres, pero sabían que habíamos sobrevivido a lo peor.

—Sivelle —dijo el Vigía, acercándose—. Tu intervención fue decisiva. Tu coordinación con tu gente mantuvo la cohesión.

—Gracias —dije con la voz cortada—. Ustedes sostuvieron la red. Sin eso, hubiésemos roto.

La Llama Silente, con hollín en el rostro, me dio una palmada en el hombro que dejó un rastro tibio en el frío: una muestra de reconocimiento.

—La próxima vez —dijo el Acero Pálido—, estará menos cerca de arder todo. Seremos más veloces. Pero que quede claro: esto no fue un simple error del bosque.

El Vigía asintió.

—No. Esto fue provocado.

Las palabras cayeron pesadas. Miré al resto de mi gente. Habíamos sobrevivido, pero el precio fue real. Mis manos, cubiertas de sangre congelada y polvo de hielo, temblaban un poco. Respiré hondo. Noté a lo lejos una figura que observaba desde la arboleda: nada visible, quizá una mujer de negro que había observado el efecto del "experimento" fallido. Pero cuando me giré con la intención de buscarla, ya no quedaba rastro.

Miya me tomó del brazo con firmeza.

—Descansen —susurró—. Hoy ganamos, pero unos cuántos días no bastarán para curar lo que vimos.

Caminé entre mis hombres, escuchando el murmullo de sus heridas, las oraciones sueltas, las instrucciones cortas. Sus miradas eran de jóvenes templados, y en cada una había una chispa resistente. Me arrodillé junto a un hombre, el soldado que había caído al principio. Le tomé la mano; su piel estaba fría, pero aún respiraba.

—Vas a levantarte —le dije en voz baja—. Te necesito en pie para la próxima guardia.

Me miró con brillo febril en los ojos y sonrió débilmente.

—Siempre —murmuró—. Por la Vyrenthal.

El frío me atravesó hasta la médula, pero no como antes. Esta vez era un recordatorio: dominamos el hielo, sí, pero había algo que nos dominaba a nosotros en el bosque.

—Preparen turnos de vigilancia —ordené al capitán—. Refuercen las barreras. Mantengan los círculos activos toda la noche.

Los magos asentaron, y los subcapitanes comenzaron a trazar las rutas de patrulla. Mientras la noche caía sobre el claro y las llamas de refuerzo se atenuaban en anillos seguros, me acerqué a Miya.

—¿La viste? —susurré—. ¿La mujer de negro?

Ella me miró larga y cuidadosamente.

—Vi sombras que no debieron moverse. La sentí. Y no me gustó.

Apoyé mi cabeza un momento contra el pomo de mi espada. El frío me calmó, como siempre. Pero en el fondo, una llama nueva ardía: la certeza de que esto era el comienzo de algo mayor, y que cruzar ese bosque significaría aprender a pelear no sólo con armas y vigor, sino aprendiendo a leer el mapa de manos invisibles que movían piezas más arriba.

—Mañana —dije en voz baja—, continuamos. Pero ahora, curen a los nuestros. Y que los cánticos no cesen.

Miya asintió. El coro de la Llama ya había empezado otra vez, esta vez en un tono bajito y protector. Los Vigías, con su ojo fijo, colocaban guardias disipadas. El Acero Pálido revisaba las armas, y las luminarias se ajustaban a la noche.

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