Cherreads

Chapter 62 - Dementores

Al cabo de pocos minutos, Draco regresó acompañado por Flint y Montague, ambos montados en sus escobas.

—Leon, Malfoy dice que tienes algo que decirme —dijo Flint con seriedad.

—No estés tan serio, Flint. Lo que voy a decirte es algo bueno para Slytherin. Solo sígueme la corriente. Y tú, Montague, ve a buscar a Madam Hooch.

Montague arqueó una ceja, pero obedeció sin hacer preguntas.

Leon comenzó a caminar hacia el equipo de Gryffindor.

Mientras tanto, los jugadores rojidorados felicitaban a Hermione por su ayuda.

—Gracias de nuevo, Hermione.

—No sé qué haríamos sin ti.

—Esto es genial. Ahora esas serpientes no ganarán.

Pero las felicitaciones fueron interrumpidas por unos lentos aplausos.

—Bravo, Granger. De verdad eres increíble.

La voz rebosaba ironía.

Todos se giraron.

Leon Snape avanzaba hacia ellos acompañado por Astoria, Flint y Draco.

—Has perjudicado al equipo de Gryffindor más de lo que imaginas —continuó.

—Deja de decir tonterías —gruñó Ron.

—Esto no te incumbe —añadieron Fred y George.

—No he hecho nada malo —respondió Hermione, cruzándose de brazos.

—Estás haciendo trampa.

—¡Ella no hace trampa! ¡Los que hacen trampa son ustedes! —protestó Harry.

Leon negó con la cabeza.

—Potter, no hay necesidad de convertir esto en una discusión interminable. Justamente viene Madam Hooch.

Todos se giraron.

Montague regresaba acompañado por la árbitro del encuentro.

Madam Hooch aterrizó junto a ellos.

—¿Qué sucede aquí?

Leon dio un paso al frente.

—Madam Hooch, Hermione Granger ha encantado las gafas de Potter durante el partido. Está interfiriendo directamente con un jugador.

Hermione frunció el ceño.

—Claro que no. Solo las impermeabilicé. No estoy dañando a nadie.

Madam Hooch miró a Leon con evidente confusión.

Flint, Draco, Astoria y Montague también parecían esperar una explicación más detallada.

Leon asintió.

—De acuerdo con el reglamento oficial de Quidditch, los espectadores tienen estrictamente prohibido lanzar hechizos sobre los jugadores, el campo o cualquier elemento relacionado con el partido.

—Esa regla es para evitar sabotajes —replicó Hermione—. Yo solo estaba ayudando.

—Las reglas no hacen esa distinción.

Leon continuó:

—Además, existe una enmienda añadida en 1849 que establece que si un espectador lanza un hechizo sobre un jugador durante un encuentro, su equipo puede perder automáticamente el partido. La sanción se aplica incluso si el equipo no solicitó ni aprobó la intervención.

El silencio cayó sobre los presentes.

Muchos estudiantes nunca habían leído el reglamento completo.

Y los que lo habían hecho ciertamente no lo recordaban con tanto detalle.

En ese momento llegaron la profesora McGonagall y el profesor Snape.

Habían escuchado parte de la discusión.

—Señor Snape —dijo McGonagall—. Esas reglas fueron creadas para competiciones profesionales. No creo que deban aplicarse de forma tan estricta aquí.

—Minerva —respondió Severus con calma—, los partidos de Hogwarts siguen las reglas del Quidditch. Lo que dice Leon es técnicamente correcto.

McGonagall frunció los labios.

—Profesora —intervino Leon—, solo estoy pidiendo que se respeten las reglas. Sería injusto ignorarlas dependiendo de quién las haya roto.

La indirecta quedó suspendida en el aire.

McGonagall lo notó perfectamente.

—No estoy negando las reglas, señor Snape. Solo digo que esta situación es excepcional.

—No es la primera vez que Granger interviene en un partido —replicó Leon con una pequeña sonrisa—. Según me han contado, durante un encuentro de Quidditch en primer año prendió fuego a la túnica de un profesor.

Hermione bajó la cabeza.

No podía negar que aquello había ocurrido.

Aunque sus motivos habían sido distintos.

—Rolanda, la decisión es tuya —dijo finalmente McGonagall.

Madam Hooch sintió inmediatamente todas las miradas sobre ella.

Especialmente las de Snape y McGonagall.

No quería enfrentarse a ninguno de los dos.

Entonces Leon habló otra vez.

—Madam Hooch, existe una solución sencilla.

Todos lo miraron.

—El reglamento no prohíbe que los jugadores utilicen magia sobre su propio equipamiento durante el partido. Si Potter es capaz de lanzar por sí mismo el hechizo impermeabilizante sobre unas gafas nuevas, podría considerarse que no hubo intervención externa. Sería equivalente a corregir una infracción menor y perdonar una primera falta.

Madam Hooch parpadeó.

Luego sonrió.

Era una salida elegante.

McGonagall también pareció aliviada.

—Harry debería ser perfectamente capaz de realizar un hechizo tan simple —afirmó.

Minutos después consiguieron otro par de gafas.

Todas las miradas se centraron en Harry.

El joven tragó saliva.

Su mente era un completo desastre.

Recordaba vagamente el encantamiento.

Pero no estaba seguro de las palabras exactas.

Y mucho menos del movimiento correcto de la varita.

Por primera vez desde que comenzó la discusión, Harry Potter deseó estar volando bajo la tormenta en lugar de permanecer en tierra frente a medio Hogwarts.

El silencio resultó doloroso para el equipo de Gryffindor.

Hermione quería decirle el hechizo a Harry, pero cada vez que abría la boca encontraba la mirada de Leon fija sobre ella.

Era evidente que estaba esperando cualquier intento de ayuda.

Harry tragó saliva.

Sentía las miradas de profesores, estudiantes y compañeros sobre él.

Tomó aire, levantó la varita y apuntó hacia las gafas.

—¡Impervis!

Nada ocurrió.

Las gotas de lluvia siguieron acumulándose sobre los cristales.

El silencio se volvió todavía más incómodo.

Harry sintió cómo le ardían las orejas.

Snape esperó unos segundos antes de hablar.

—Ya no necesitamos más intentos, ¿verdad, Minerva?

McGonagall abrió la boca, pero no dijo nada.

No tenía argumentos para seguir insistiendo.

Madam Hooch cerró los ojos un instante.

Luego anunció:

—Gryffindor queda descalificado.

Sus palabras recorrieron el estadio como una onda expansiva.

Durante unos segundos nadie reaccionó.

Y entonces...

Las tribunas de Slytherin estallaron.

Gritos.

Aplausos.

Celebraciones.

Los estudiantes vestidos de verde y plata saltaban de alegría mientras vitoreaban a su equipo.

Los jugadores de Gryffindor, en cambio, permanecían inmóviles bajo la lluvia.

Harry quería que el suelo se lo tragara.

Ron parecía incapaz de creer lo que acababa de ocurrir.

Hermione bajó la cabeza.

Por primera vez en mucho tiempo, no tenía ninguna respuesta.

Los estudiantes de Hufflepuff y Ravenclaw observaron la escena con indiferencia.

Con aquella tormenta, lo único que deseaban era regresar al castillo y entrar en calor.

Mientras abandonaban el campo, los estudiantes de Slytherin continuaban celebrando.

Leon caminaba al frente del grupo con una sonrisa satisfecha.

A su lado iban Astoria y Daphne.

Astoria se acercó a su oído.

—Leon... ¿cómo hiciste todo esto?

Daphne, que caminaba al otro lado, agudizó el oído inmediatamente.

Leon se encogió de hombros.

—Solo vi una oportunidad y la aproveché, Astoria.

Por supuesto, no pensaba mencionar que conocía las reglas de Quidditch mejor que la mayoría de los árbitros.

Después de todo, como dueño de la Casa de Apuestas de los Caballeros Negros, estudiar los reglamentos era prácticamente una obligación.

—¿Y lo de Granger incendiando la túnica de un profesor? —preguntó Astoria.

Daphne abrió los ojos.

—¿Eso fue verdad?

Leon soltó una pequeña risa.

—No exactamente.

Ambas lo miraron sorprendidas.

—Solo fue un farol. No esperaba que ella misma se delatara.

Astoria tardó unos segundos en comprenderlo.

Luego soltó una carcajada.

Daphne parecía impresionada.

—¿Entonces lo inventaste?

—Digamos que hice una apuesta razonable.

Las dos hermanas intercambiaron una mirada.

Cada vez entendían mejor por qué Leon era tan peligroso cuando se proponía conseguir algo.

—Además —continuó Leon—, averigüé que el profesor Lupin fue alumno de Gryffindor.

—¿Y eso qué tiene que ver? —preguntó Astoria.

La sonrisa de Leon desapareció ligeramente.

—Que los Gryffindor llevaban semanas burlándose de mi padre.

Su voz se volvió más fría.

—Y nadie se mete con mi familia.

Astoria y Daphne quedaron en silencio.

Por primera vez comprendieron que detrás de aquella victoria no había solo competitividad.

También había lealtad.

Y una cantidad considerable de rencor.

Los demás estudiantes seguían celebrando, demasiado ocupados felicitando a los jugadores para prestar atención a la conversación.

Entonces ocurrió.

La temperatura descendió bruscamente.

El viento se volvió más frío.

Las risas comenzaron a apagarse.

Varios estudiantes se estremecieron.

Leon fue el primero en levantar la vista.

Su sonrisa desapareció por completo.

Sobre el estadio, enormes figuras encapuchadas descendían lentamente desde el cielo tormentoso.

Manchas negras.

Silenciosas.

Amenazantes.

Y cada vez más numerosas.

Los dementores habían llegado.

Las celebraciones de Slytherin murieron de inmediato.

Las risas desaparecieron.

Los estudiantes comenzaron a mirar nerviosamente hacia el cielo.

—¿Qué son...? —murmuró Daphne.

Astoria se abrazó a sí misma.

—Hace frío...

Cada vez más frío.

Las figuras encapuchadas flotaban sobre el campo de Quidditch.

Decenas de ellas.

Sus túnicas negras ondeaban como humo en medio de la tormenta.

Los profesores ya se estaban moviendo.

McGonagall había sacado su varita.

Snape con sus ojos negros seguían cada movimiento de las criaturas.

—Se están acercando demasiado —dijo con frialdad.

En el centro del campo, Harry Potter sintió que algo iba mal.

Muy mal.

El viento pareció desaparecer.

Los gritos del estadio se volvieron lejanos.

Entonces escuchó algo.

Una voz.

Un grito.

Una mujer gritando.

Harry palideció.

Más voces llegaron.

Más gritos.

Ecos del pasado.

Su respiración se volvió irregular.

El mundo parecía alejarse.

A su lado, Hermione lo vio tambalearse.

—¡Harry!

—¡Harry!

Pero Harry apenas podía escucharlos.

El frío seguía aumentando.

Las voces seguían acercándose.

Su visión comenzó a oscurecerse.

Y entonces perdió el conocimiento.

Su cuerpo cayó hacia adelante.

Los profesores reaccionaron de inmediato.

Pero antes de que nadie pudiera alcanzar al muchacho, una voz poderosa resonó por todo el estadio.

—¡EXPECTO PATRONUM!

La magia explotó sobre el campo.

Una luz dorada inundó las tribunas.

El cielo.

La lluvia.

Todo.

Los estudiantes tuvieron que cubrirse los ojos.

Desde la varita de Albus Dumbledore emergió una inmensa figura plateada.

Majestuosa.

Radiante.

Su brillo iluminó el estadio entero.

La criatura recorrió el cielo como un cometa de plata.

Los dementores retrocedieron inmediatamente.

La luz los golpeó una y otra vez.

Las sombras comenzaron a dispersarse.

El frío desapareció poco a poco.

La esperanza regresó.

Los estudiantes sintieron cómo podían respirar nuevamente.

Los dementores huyeron.

Uno tras otro.

Alejándose de Hogwarts.

Alejándose de la luz.

Hasta desaparecer entre las nubes.

Durante unos segundos reinó el silencio.

Solo se escuchaba la lluvia.

Dumbledore permanecía de pie en el centro del estadio.

Su Patronus todavía iluminaba el lugar.

Parecía un faro en medio de la tormenta.

Los estudiantes observaban al director con asombro.

Muchos jamás habían visto una demostración de magia semejante.

Snape bajó lentamente su varita.

McGonagall soltó un suspiro de alivio.

Mientras tanto Leon observó cómo las dos hermanas Greengrass seguían aferradas a él.

Astoria tenía los ojos cerrados con fuerza y las manos sujetando su túnica. Daphne no estaba mucho mejor; aunque intentaba mantener la compostura, también se había acercado peligrosamente durante la aparición de los dementores.

A su alrededor, los estudiantes comenzaban a recuperarse poco a poco del terror que habían sentido.

Los dementores ya se habían marchado.

Las nubes negras seguían cubriendo el cielo, pero la sensación de desesperación había desaparecido.

Leon carraspeó.

—Ya pasó.

Ninguna reaccionó.

—Astoria.

La menor abrió lentamente los ojos.

—¿Eh?

—Los dementores ya no están.

Astoria parpadeó.

Miró a su alrededor.

Luego bajó la vista.

Y descubrió que estaba abrazando a Leon.

Su rostro se puso rojo instantáneamente.

—¡Y-Yo no estaba abrazándote!

Leon levantó una ceja.

—Claro.

—¡Es verdad!

La mirada de Astoria descendió hasta sus propias manos, que seguían aferradas a la túnica de Leon.

Eso solo empeoró las cosas.

—¡Aaaah!

La joven soltó la tela como si quemara.

Daphne, al escucharla, también volvió en sí.

Miró alrededor.

Después observó la posición en la que se encontraba.

Y finalmente vio que una de sus manos estaba sujetando el brazo de Leon.

La heredera Greengrass permaneció inmóvil durante varios segundos.

Su rostro adquirió un tono rojizo.

—...

—¿Daphne? —preguntó Leon.

—No digas nada.

—Pero—

—Absolutamente nada.

Leon cerró la boca.

Era la primera vez que veía a Daphne tan avergonzada.

Astoria la señaló inmediatamente.

—¡Tú también lo estabas abrazando!

—Y tú estabas peor.

—¡Mentira!

—Prácticamente estabas colgada de él.

—¡Eso no pasó!

—Lo vi perfectamente.

Las dos comenzaron a discutir entre ellas.

Leon simplemente observó el espectáculo.

Un minuto antes ambas estaban aterradas por los dementores.

Ahora discutían sobre quién había hecho más el ridículo.

Finalmente, las dos hermanas se dieron cuenta de que él seguía allí observándolas.

El silencio cayó de golpe.

Astoria se puso aún más roja.

Daphne apartó la mirada.

—Nos vamos.

—Sí, nos vamos.

Las dos dieron media vuelta y comenzaron a alejarse casi corriendo hacia el castillo.

—¡Esperen! —llamó Leon.

Las hermanas se detuvieron.

—¿Qué? —preguntó Daphne sin girarse.

Leon sonrió.

—Gracias por preocuparse por mí.

Las dos quedaron inmóviles.

Astoria emitió un pequeño sonido extraño.

Daphne carraspeó.

—No te hagas ideas raras.

—Claro.

—Y deja de sonreír así.

—¿Así cómo?

—Así.

Leon sonrió todavía más.

Astoria lanzó un pequeño chillido de vergüenza.

—¡Daphne, vámonos!

Las dos salieron prácticamente huyendo hacia el castillo.

Leon las observó desaparecer entre la multitud de estudiantes.

Luego metió las manos en los bolsillos y soltó una pequeña risa.

More Chapters