Academia Smeltings
Anya acomodaba distraídamente la correa de su mochila mientras observaba el movimiento de la gente.
Leon la miró de reojo.
—Antes de volver a Spinner's End… —dijo con aparente indiferencia— podríamos ir a un centro comercial.
Anya giró la cabeza inmediatamente.
—¿Hablas en serio?
—no quieres ir.
—Si, si quiero.
—¿Y qué haríamos?
Leon se encogió apenas de hombros.
—Pasear. Comer algo. Quizá ir al área de juegos.
Eso bastó para convencerla.
—Entonces vamos.
Leon tomó la maleta de Anya y levantó ligeramente la voz.
—Loky.
Con un fuerte crack, el elfo doméstico apareció junto a ellos, vestido con una funda de almohada demasiado elegante para ser accidental.
—¿El joven amo Leon llamó a Loky?
—Lleva la maleta de Anya a Spinner's End.
Loky tomó el equipaje con ambas manos y asintió rápidamente.
—¡Loky lo hará inmediatamente!
Otro chasquido, y desapareció.
Leon observó el espacio vacío durante un instante antes de fruncir levemente el ceño.
—Debo avisarle a padre que tardaremos.
—Supongo que tendré que llamar a Loky otra vez.
—No hace falta —dijo Anya.
Leon alzó una ceja.
—¿Hm?
Ella sonrió con cierta satisfacción.
—Podemos usar mi lechuza.
El silencio duró dos segundos exactos.
—¿Tu lechuza?
—Sí.
—¿Desde cuándo exactamente?
—La semana pasada papá me llevó al Callejón Diagon y la compramos.
La expresión de Leon cambió por completo.
—¿Padre te llevó de compras?
—Sí.
—¿Al Callejón Diagon?
—Sí.
—¿Voluntariamente?
Anya cruzó los brazos, divertida.
—Pareces más impresionado por eso que por la lechuza.
Porque lo estaba.
A Severus Snape no le gustaban las compras.
No le gustaban las multitudes.
Y definitivamente no parecía el tipo de hombre que pasearía tranquilamente por el Callejón Diagon comprando mascotas.
Anya llevó dos dedos a sus labios y silbo fuerte.
Un aleteo suave descendió desde algún arbol cercano del bosque de la academia.
Una pequeña lechuza blanca apareció volando hacia ellos y aterrizó con elegancia en el hombro de Anya.
Leon la observó fijamente.
Era diminuta, redonda y completamente blanca, con enormes ojos dorados.
—Bond —dijo lentamente Anya.
La lechuza ululó orgullosamente, como si aprobara el nombre.
Leon negó apenas con la cabeza antes de sacar un trozo de pergamino y una pluma del bolsillo interior de su abrigo. Escribió rápidamente:
"Padre. Anya y yo iremos al centro comercial antes de regresar a Hogwarts. —Leon."
Enrolló el pergamino y se lo entregó a Bond. La pequeña lechuza atrapó la carta con el pico y levantó vuelo hacia el cielo gris de Londres.
Ambos la observaron desaparecer entre los edificios.
Después de unos segundos, Anya tomó la manga del abrigo de Leon.
—Vamos antes de que cambies de opinión.
Un taxi se detuvo junto a la acera.
Leon abrió la puerta para ella con una formalidad casi anticuada.
Anya entró primero, sonriendo ampliamente.
Leon subió después, acomodándose con la misma elegancia rígida que heredó de su padre.
—¿A dónde? —preguntó el conductor.
Anya miró a Leon con emoción evidente.
Leon suspiró apenas.
—Al centro comercial Westfield
30 minutos despues.
El taxi los dejó frente al enorme edificio del centro comercial Westfield poco antes del mediodía.
Anya salió primero, levantando la vista hacia los enormes ventanales iluminados y los carteles brillantes.
Entraron junto a una multitud de familias, adolescentes y niños corriendo de un lado a otro. El ruido era constante:
música, risas, anuncios, máquinas sonando.
Pasaron primero por varias tiendas enormes donde Anya lo obligó a mirar ropa y después terminaron en el área de juegos.
El arcade estaba lleno de luces parpadeantes y sonidos electrónicos.
Cinco minutos después estaba completamente concentrado intentando ganar a Anya en una máquina de carreras.
—¡Eso es trampa! —protestó ella mientras su auto virtual chocaba contra una pared.
—No es mi culpa que conduzcas mal.
—¡Me empujaste!
—Estrategia.
Luego jugaron hockey de aire.
Anya gano.
Tres veces.
Ella hasta bailo de felicidad, León solo sonríe.
Después de varias partidas más, terminaron caminando por distintas tiendas mientras compartían una bolsa enorme de papas fritas.
Anya se detuvo de repente frente a una tienda de electrodomésticos.
—Oh, mira.
Decenas de televisores estaban encendidos al mismo tiempo, iluminando las paredes con imágenes cambiantes.
Y justo en ese momento apareció la intro del programa favorito de Anya.
—¡Inspector Gadget! —exclamó ella inmediatamente.
La música llenó toda la tienda.
Anya prácticamente corrió hacia la fila de televisores más grandes y se sentó frente a ellos como una niña pequeña.
Leon terminó siguiéndola, resignado.
En pantalla, el inspector comenzaba otra persecución absurda mientras Penny intentaba salvar la situación desde las sombras.
Leon observó el programa unos segundos antes de apoyar los brazos sobre las rodillas.
—Lamento que no puedas verlo seguido.
Anya apartó la vista del televisor.
—¿Hm?
—En Hogwarts los televisores no funcionan. La magia interfiere con la electricidad.
Hizo una pequeña pausa.
—Y en Smeltings tampoco permiten televisión fuera de ciertos horarios.
—Leon…
—No es tan grave.
Anya sonrió orgullosamente.
—Le enseñé a Loky a usar la videocasetera.
Leon parpadeó.
—¿Perdón?
—Para grabar los episodios.
El silencio duró apenas un instante.
Luego Leon soltó una risa corta e incredula.
—¿Le enseñaste a loky?
—Fue difícil. Al principio intentó limpiar el televisor cada vez que aparecía un comercial.
La televisión cambió lentamente de programa mientras la música infantil desaparecía de fondo.
La pantalla mostró el logo del noticiero y, segundos después, apareció una presentadora sonriente señalando un enorme mapa del clima.
—Esta semana tendremos fuertes corrientes de viento provenientes del norte, además de lluvias ligeras durante el jueves y viernes…
Anya apenas prestó atención.
Pero Leon, entrecerró ligeramente los ojos.
El viento del norte.
Lluvias.
Una pequeña sonrisa apareció en su rostro.
Anya lo notó de inmediato.
—¿Por qué sonríes así?
—Porque esta información es útil.
—¿El clima?
Leon asintió.
—La temporada de Quidditch está cerca pensó Leon.
Spinner's End.
Las llamas verdes giraron alrededor de Anya mientras desaparecía dentro de la chimenea de Spinner's End.
—¡Hogwarts, oficina del profesor Snape! —gritó antes de desaparecer por completo.
Un instante después cayó torpemente sobre la alfombra oscura del despacho.
Anya se levantó rápidamente, acomodándose el abrigo mientras miraba alrededor con curiosidad.
Las paredes de piedra eran frías.
Las estanterías estaban llenas de libros antiguos y frascos extraños.
La iluminación era tenue y verdosa gracias al fuego de la chimenea.
La puerta del despacho seguía cerrada. Todo estaba silencioso.
Entonces las llamas volvieron a elevarse y Leon apareció detrás de ella.
Se sacudió el hollín con naturalidad antes de mirar a su hermana.
—Bienvenida a Hogwarts, Anya.
Ella observó nuevamente la oficina.
Luego frunció la nariz.
—Es bastante deprimente.
Leon parpadeó.
—¿Qué?
—La oficina de papá —explicó con total sinceridad—. Le falta vida… color y cuadros.
Leon abrió la boca.
La cerró.
Volvió a mirar alrededor.
Piedra negra.
Libros oscuros.
Frascos sospechosos.
Velas tenues.
…Bueno.
No podía discutir eso.
—Supongo que padre no se preocupa mucho por decorar.
Anya cruzó los brazos con expresión crítica.
—Parece la cueva de un villano.
Leon se llevó una mano al rostro.
—No digas eso tan fuerte.
—¿Por qué? Es verdad.
De pronto, Anya pareció recordar algo importante.
—¡Espera!
Abrió rápidamente su mochila y empezó a rebuscar dentro.
Sacó una fotografía mágica tomada en el centro comercial muggle. En ella aparecían ambos hermanos: Anya sonriendo exageradamente mientras Leon intentaba mantener expresión seria… aunque se notaba claramente que estaba aguantándose la risa.
Anya la observó orgullosa antes de caminar hacia el escritorio.
—Esto ayudará.
Colocó la fotografía justo al centro.
La imagen contrastaba completamente con el resto del despacho sombrío.
Durante unos segundos hubo silencio.
Leon observó la fotografía.
Luego la oficina.
Luego otra vez la fotografía.
Y tuvo que admitirlo.
El lugar se veía… menos vacío.
Anya puso las manos en la cintura satisfecha.
—Mucho mejor.
Entonces Leon recordó algo importante.
Las protecciones de Hogwarts.
Su padre había mencionado que Anya podría permanecer dentro de la oficina y las habitaciones conectadas… pero nunca especificó qué ocurriría si intentaba salir.
Leon caminó hasta la puerta y la abrió lentamente.
El pasillo de las mazmorras apareció frente a él, iluminado tenuemente por antorchas verdosas.
Frío.
Silencioso.
Vacío.
Leon volvió la cabeza hacia su hermana.
—Anya, ¿puedes ver el pasillo?
Ella inclinó la cabeza confundida.
—¿Pasillo?
—Sí, afuera.
Anya se acercó unos pasos.
Entrecerró los ojos.
—No… solo veo niebla.
Leon entendió inmediatamente.
Las protecciones de Hogwarts.
Debían estar reaccionando a la falta de magia de Anya, ocultándole el acceso real al castillo.
—Entonces las barreras sí funcionan… —murmuró para sí mismo.
Pero mientras pensaba, no notó algo importante.
Anya había empezado a avanzar.
—¿Anya?
La niña salió corriendo hacia la puerta.
Leon abrió mucho los ojos.
—¡Espera!
Demasiado tarde.
Anya intentó atravesar la niebla blanca que cubría el umbral…
Y se detuvo de golpe.
¡Pof!
Como si hubiera chocado contra un vidrio invisible.
—¡Itaiii! —se quejó llevándose las manos a la frente.
La niebla onduló ligeramente frente a ella.
Anya volvió a tocarla con cautela.
Su mano no pudo atravesarla.
La superficie se sentía firme.
Sólida.
Como una pared invisible escondida dentro de la bruma.
Ella empezó a empujar con ambas manos.
—¡Leon, la niebla me está bloqueando!
Leon suspiró aliviado al comprobar que las protecciones funcionaban.
Luego caminó hacia ella.
—Te dije que esperaras.
—Pensé que era falsa.
Anya volvió a presionar la barrera con el dedo.
—Se siente rara…
La superficie mágica emitió pequeñas ondas plateadas alrededor de su mano.
Leon la observó con atención.
—Definitivamente son las protecciones del castillo.
Anya infló las mejillas.
—Eso significa que estoy atrapada.
—No atrapada. Solo… restringida.
—Eso suena igual de triste.
Leon iba a responder cuando una voz fría apareció detrás de ambos.
—Porque lo es.
Los dos giraron inmediatamente.
Severus Snape estaba de pie al final del despacho, observándolos con expresión inexpresiva.
Sus ojos descendieron lentamente hacia la fotografía colocada sobre el escritorio.
—¡Papá! —exclamó Anya.
La niña abandonó inmediatamente la barrera mágica y corrió hacia Severus Snape.
Snape apenas tuvo tiempo de bajar la mirada antes de que Anya se abrazara a su cintura con fuerza.
Por reflejo, una de sus manos terminó sobre la cabeza de la niña.
—Bienvenida, Anya —dijo con voz más suave de lo habitual.
Leon observó la escena en silencio.
Todavía le resultaba extraño ver a su padre comportarse así.
Anya levantó la cabeza emocionada.
—¡Leon me enseñó la oficina! Aunque parece una cueva triste.
Snape lanzó una mirada lenta hacia Leon.
Leon levantó ambas manos inmediatamente.
—Yo no dije eso.
—Pero pensaste parecido —acusó Anya.
Snape decidió ignorarlos.
—Compartiremos habitación durante tu estancia aquí —explicó mientras dejaba su túnica sobre una silla.
Los ojos de Anya brillaron.
—¡Genial! ¡Eso significa que podrás leerme un cuento antes de dormir siempre!
El silencio fue inmediato.
Leon vio cómo algo parecido al sufrimiento aparecía en el rostro de su padre.
Muy leve.
Pero estaba ahí.
Snape sintió un auténtico dolor de cabeza al recordar las últimas veces que había leido cuentos a Anya.
Snape prefería enfrentarse a un aula llena de Gryffindors irresponsables antes que sobrevivir a otra sesión nocturna de cuentos improvisados que volver a leer Blanca nieves, caperucita roja.
Pero Anya seguía mirándolo con ilusión.
Y Severus Snape descubrió, para su desgracia, que era completamente incapaz de negarse.
