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Chapter 57 - Petunia Dursley

Las noticias sobre que Leon Snape era hijo del profesor Severus Snape se fueron calmando con el paso de los días. Poco a poco, dejaron de ser el centro de atención.

Para León, aquello fue un alivio.

Ya no tenía que soportar a los "chismosos" estudiantes que se acercaban a hacer preguntas incómodas sobre su madre.

En cambio, algunos profesores le dieron consejos… curiosamente sobre su propio padre.

Madam Pomfrey incluso le comentó en una ocasión:

—Severus puede ser… difícil. Pero en el fondo, es una buena persona.

León solo asintió, porque eran casi las mismas palabras que dijo la porfesora Mcgonagall.

Ahora le tocaba una clase distinta.

Defensa Contra las Artes Oscuras.

Y, como si no fuera suficiente, la compartían con Gryffindor.

El aula estaba más ruidosa de lo habitual. Las miradas curiosas seguían existiendo, aunque ya no eran tan intensas como antes.

Entonces, la puerta se abrió.

El profesor Remus Lupin entró al aula con una expresión amable.

—Buenos días —saludó con una ligera sonrisa.

Los estudiantes respondieron, algunos con más entusiasmo que otros.

Lupin dejó sus libros sobre el escritorio y comenzó a pasar lista.

Uno por uno.

Hasta que se detuvo.

—Leon Snape…

Su voz perdió ligeramente el ritmo.

Levantó la vista.

Sus ojos se posaron directamente en León.

Y durante un segundo… simplemente lo observó.

Sorpresa.

Incredulidad.

Incluso algo más difícil de identificar.

León sostuvo la mirada sin inmutarse.

Lupin parpadeó, recuperando la compostura.

—Presente… —respondió León con calma.

El profesor asintió lentamente.

—Bien.

Pero aunque continuó con la lista…

su mente claramente ya no estaba completamente en ello.

Porque había una idea que no dejaba de repetirse:

Severus Snape… tenía un hijo.

Remus Lupin ya había escuchado los rumores.

Los había ignorado.

Como muchos otros en Hogwarts, pensó que eran exageraciones… o simples chismes de estudiantes.

Pero ahora…

teniendo a Leon Snape frente a él…

no podía negarlo.

Estaba impactado.

No por la existencia del muchacho en sí…

sino por lo que significaba.

Severus Snape… con un hijo.

La idea simplemente no encajaba con la imagen que tenía de él.

Lupin sostuvo la mirada unos segundos más de lo apropiado.

Había algo en León.

No era solo su presencia tranquila…

ni su forma de sostener la mirada sin titubear.

Era esa mezcla extraña de calma y firmeza…

que le resultaba inquietantemente familiar.

Como si viera un reflejo distorsionado de alguien que conoció hace años.

Lupin parpadeó, obligándose a apartar la mirada.

Continuó con la lista, pero su mente ya no estaba completamente en la clase.

Porque ahora tenía una certeza:

Los rumores eran reales.

Y eso abría muchas más preguntas de las que respondía.

Mientras tanto, León permanecía en su sitio, completamente tranquilo.

Pero no era ajeno a la mirada del profesor.

La había notado.

Y también entendía su significado.

No era el primero en reaccionar así.

Remus Lupin se colocó frente a la clase y, tras observar brevemente a los estudiantes, comenzó la lección.

—Hoy veremos una criatura peligrosa, pero bastante común en ciertas regiones: el trol.

El aula quedó en silencio.

Lupin empezó a caminar lentamente entre los pupitres mientras explicaba:

—El trol es una criatura temible. Puede alcanzar aproximadamente tres metros y medio de altura y pesar más de una tonelada.

Algunos estudiantes se tensaron al escuchar eso.

—Se caracteriza por dos cosas principales: su enorme fuerza… y su extraordinaria estupidez. Ambas son, por decirlo de alguna manera, prodigiosas.

Un par de risas nerviosas se escaparon.

—Suelen ser violentos e impredecibles —continuó—, no muy distintos de los gigantes en ese aspecto.

Se detuvo un momento.

—Originalmente, los troles surgieron en Escandinavia. Sin embargo, hoy en día pueden encontrarse en Gran Bretaña, Irlanda y otras zonas del norte de Europa.

Leon Snape escuchaba con atención, tomando nota mental de cada detalle.

Lupin retomó su explicación:

—En cuanto a su comunicación, los troles no utilizan un lenguaje complejo. Se expresan mediante gruñidos que forman una especie de lenguaje primitivo. No obstante, algunos pueden entender… e incluso pronunciar palabras simples del lenguaje humano.

Astoria Greengrass frunció ligeramente el ceño, interesada.

—Los ejemplares más inteligentes —añadió Lupin— han sido entrenados como guardianes.

El profesor hizo una pausa antes de continuar con lo más importante:

—Ahora bien… ¿cómo defenderse de un trol?

La tensión en el aula aumentó.

—La mejor opción —dijo con firmeza— es evitarlos.

Algunos estudiantes asintieron aliviados.

—Pero si no pueden evitar el enfrentamiento…

Se giró hacia la clase.

—Un método efectivo es lanzar hechizos de chispas directamente a su rostro. Esto puede cegarlos momentáneamente y darles la oportunidad de escapar.

León alzó ligeramente la mirada, procesando la información.

No era una estrategia de victoria…

sino de supervivencia.

Lupin apoyó una mano sobre el escritorio.

—Recuerden esto: enfrentarse a un trol no es cuestión de valentía… sino de inteligencia.

El aula quedó en silencio.

Y esta vez…

todos estaban prestando atención.

Un estudiante de Gryffindor levantó la mano con entusiasmo.

—Pero, profesor… ¿no sería mejor enfrentarlos de frente?

Remus Lupin lo miró con calma.

—Todavía son muy jóvenes, señor Bejar —respondió con paciencia—. Para derribar a un trol se necesitan hechizos aturdidores bastante poderosos o estar en grupo.

El chico frunció el ceño, sin rendirse.

—Pero, profesor… Harry Potter derrotó a un trol en su primer año.

Un murmullo recorrió el aula.

Colin Creevey intervino de inmediato:

—No puedes compararte con él… ¡es el Niño que Vivió!

Ginny Weasley asintió con firmeza.

Lupin dejó escapar un leve suspiro.

—Potter tuvo suerte —dijo finalmente un alumno de Slytherin

Esto ocasiona una gran discucsion entre ambas casas, mientras Lupin resignada sabia que esto no se detendría.

En otra parte del castillo, Severus Snape miraba el reloj por enésima vez mientras los alumnos de séptimo año trabajaban en sus calderos.

La clase de nivel EXTASIS había sido particularmente exigente. Vapores densos flotaban en el aire, y varios estudiantes parecían al borde del colapso.

Cuando finalmente sonó el timbre, el alivio fue inmediato.

Las sillas chirriaron contra el suelo de piedra y más de uno casi corrió hacia la salida.

—Señorita Farley.

La voz de Snape fue suave… pero imposible de ignorar.

Gemma Farley, que ya se dirigía hacia la puerta junto a sus amigas, se detuvo en seco. Sus hombros se tensaron ligeramente.

—Los demás, retírense.

Las compañeras de Gemma le dedicaron miradas cargadas de compasión antes de abandonar el aula con rapidez.

Cuando la puerta se cerró, el silencio volvió a llenar las mazmorras.

—Sí, profesor Snape —dijo Gemma, intentando mantener la compostura.

Snape avanzó unos pasos, con las manos entrelazadas a la espalda.

—Señorita Farley, como prefecta de Slytherin, espero que mantenga el orden en la sala común y se haga cargo de cualquier inconveniente que surja. Tengo ciertos asuntos que atender esta tarde.

Gemma asintió con seriedad.

—No se preocupe, profesor. Me haré cargo.

Snape la observó un instante más, evaluando su determinación.

—En caso de emergencia, puede utilizar el retrato de Sir Smirk Platter para comunicarse conmigo. El mensaje llegará directamente a mi persona.

—Entendido, profesor.

Snape inclinó apenas la cabeza.

—Puede retirarse.

Gemma salió del aula con paso firme.

Despues Severus Snape abandonó las mazmorras con su habitual paso rápido y silencioso. Su capa negra se deslizaba tras él como una sombra viva mientras atravesaba los corredores de Hogwarts.

No se detuvo ante las miradas curiosas de algunos alumnos. Tampoco respondió al saludo de un profesor que se cruzó en su camino. Su mente estaba en otro lugar.

Subió las escaleras hasta la oficina del director y, sin anunciarse, entró.

Albus Dumbledore levantó la vista desde su escritorio, donde varios pergaminos flotaban ordenadamente frente a él.

—¿Severus? —dijo con sorpresa—. No esperaba verte tan pronto.

Snape no se sentó.

—Tengo que salir.

Dumbledore entrelazó los dedos, observándolo por encima de sus gafas de media luna.

—¿Algún problema?

—Spinner's End.

No explicó más.

Durante un segundo, el despacho quedó en silencio. El fénix en su percha emitió un suave trino, como si percibiera la tensión.

Dumbledore suspiró levemente.

—Muy bien, Severus. Confío en tu criterio.

Snape no respondió. Ya estaba de pie frente a la chimenea.

Tomó un puñado de polvos Flu y los arrojó a las llamas.

El fuego se tornó verde esmeralda.

—Spinner's End.

Las llamas lo envolvieron y desapareció en un remolino verde, dejando la oficina en silencio.

Dumbledore permaneció unos segundos mirando la chimenea vacía, pensativo.

—Curioso… —murmuró para sí.

Las llamas verdes crepitaron en la chimenea de Spinner's End y, un segundo después, Severus Snape emergió con el rostro aún más severo de lo habitual.

—Maestro Snape, bienvenido. ¿Desea cenar? —preguntó el elfo doméstico con una reverencia.

—Mantén la comida caliente… y prepara algunos dulces para Anya —ordenó Snape con voz baja.

Con un movimiento preciso de su varita, su túnica negra se transformó en un traje muggle sobrio y elegante. Sin perder tiempo, salió de la casa.

Minutos después, se encontraba frente a Smeltings Academy.

El lugar estaba lleno de estudiantes que abandonaban el recinto entre risas y conversaciones animadas. Padres y madres aguardaban en la entrada, algunos revisando relojes, otros saludando a conocidos.

Snape se mantuvo ligeramente apartado, observando con atención la salida principal. Había enviado una lechuza esa misma tarde avisando a Anya que iría por ella.

No le gustaba el bullicio.

No le gustaban las multitudes.

Pero esperaba con paciencia.

Entonces, una voz aguda y cargada de desprecio rompió el murmullo general.

—¿Qué haces tú aquí, fenómeno?

Snape giró lentamente.

Frente a él estaba Petunia Dursley, con el rostro crispado y los labios apretados en una línea fina. A su lado, varias madres miraban con curiosidad.

Los ojos oscuros de Snape se afilaron.

—Señora Dursley —respondió con frialdad absoluta—. Qué… inesperado encuentro.

Petunia palideció apenas un segundo antes de recuperar su expresión altiva.

—No creí volver a verte merodeando por una escuela decente.

Snape la miró de arriba abajo con evidente desdén.

—Le aseguro que mi presencia aquí es infinitamente más justificada que la suya en cualquier conversación civilizada.

Varias personas comenzaron a prestar atención.

Petunia apretó su bolso con fuerza.

—No estarás aquí por… —bajó la voz, escandalizada— por esa gente rara, ¿verdad?

Snape inclinó ligeramente la cabeza.

—Estoy aquí por mi hija.

El silencio que siguió fue casi tangible.

Petunia lo miró como si hubiera dicho la cosa más absurda del mundo.

—¿Tu… hija? Dijo petunia

—Ja, ja… qué broma tan divertida. ¿Tú? ¿Una hija? —se burló Petunia Dursley—. Solo eres el perro faldero que ella despreció.

Severus Snape no respondió. Su rostro permaneció inexpresivo, como si cada palabra rebotara contra una pared invisible.

Petunia, al no recibir reacción, continuó con crueldad renovada:

—¿De qué sirvió que le enseñaras todo lo que sabías? Al final te dejó y se casó con el que se burlaba de ti. Nadie te querría… eras un pobreton que usaba ropa vieja. Nadie tendría hijos contigo. Así que haznos un favor y vete de aquí.

Snape guardó silencio.

Pero sus ojos… sus ojos se habían vuelto más fríos que el hielo.

Y entonces—

—¡Papá, viniste! —gritó una voz infantil, clara y alegre.

Todas las cabezas se giraron.

Una niña de cabello rosado corría entre los estudiantes, esquivando mochilas y adultos, hasta lanzarse contra Snape con un fuerte abrazo.

—Te extrañé —murmuró, aferrándose a él.

El silencio fue absoluto.

Petunia se quedó petrificada.

La niña era adorable. Sus mejillas estaban ligeramente sonrojadas por la carrera, y su sonrisa iluminaba el lugar. No había duda alguna en su gesto ni en su voz.

Snape apoyó una mano sobre la cabeza de Anya con una suavidad que nadie en ese lugar habría imaginado posible.

Luego levantó la mirada hacia Petunia.

Ella estaba roja.

Había afirmado, con absoluta seguridad, que él no tendría jamás una hija.

Y ahí estaba.

Abrazándolo.

—Papá… —dijo Anya, mirando con curiosidad a la mujer frente a ellos— esa señora tiene la boca abierta. ¿Está atrapando moscas?

Un par de padres no pudieron contener una risa ahogada.

Snape observó a Petunia unos segundos más.

—Tienes razón, Anya —respondió con calma cortante—. Parece que está atrapando moscas.

Petunia cerró la boca de golpe, humillada.

—Y-yo no… —balbuceó, incapaz de sostener la mirada de nadie.

Anya tomó la mano de su padre con entusiasmo.

—¡Papá, ven! Quiero presentarte a mi amiga Becky y a sus padres. ¡Vamos!

Sin dedicarle una palabra más a Petunia, Snape permitió que su hija lo guiara entre la multitud.

Petunia se quedó atrás.

Sola.

Y completamente avergonzada.

Snape permitió que Anya lo guiara entre la multitud, alejándose sin mirar atrás.

A lo lejos, Petunia Dursley permanecía rígida, todavía roja de vergüenza. Varias miradas curiosas seguían posándose sobre ella. Los murmullos no tardaron en comenzar.

Fue entonces cuando un chico corpulento apareció entre la gente.

—Mamá, ¿qué pasó? —preguntó Dudley Dursley, frunciendo el ceño.

Petunia reaccionó como si despertara de un hechizo. Tomó a Dudley del brazo con más fuerza de la necesaria.

—Nada. No ha pasado nada. Nos vamos —dijo con rigidez.

Sin mirar a nadie más, comenzó a caminar rápidamente hacia la salida de la academia, casi arrastrando a su hijo.

—¡Pero mamá—! —protestó Dudley, intentando seguir el paso.

No hubo respuesta.

Solo el eco apresurado de sus pasos alejándose.

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