Akemi había logrado que los sollozos de Ochako se calmaran, aunque la respiración quebrada de la chica seguía delatándola. Ella permanecía apoyada en su hombro, frotándose los ojos hinchados con el dorso de la mano, como si quisiera borrar las manchas del llanto antes de que la cámara invisible del mundo las inmortalizara.
Akemi no dijo nada durante varios segundos. El reflejo azul del monitor iluminaba sus pupilas... hasta que, de repente, habló con la misma calma con la que otros anuncian un eclipse.
—Mira, Ochako-chan. La siguiente es la pelea de Hades.
Uraraka levantó la vista con un pequeño sobresalto. Sus ojos aún húmedos brillaron con ese tipo de emoción silenciosa que no necesita palabras. Asintió una sola vez, torpemente, enderezándose en su asiento. Pero, a diferencia de antes, no buscó el hombro de Akemi, esta vez quería ver con claridad.
En la arena, Midnight alzó el látigo para anunciar el siguiente combate, pero su voz, amplificada y ceremoniosa, apenas llegó al oído del aludido.
Hades... estaba perdido.
Corría por los pasillos de la U.A. cada sección nueva que recorría se retorcía a su alrededor como un laberinto, mientras la voz de Midnight parecía llegarle desde el fondo de un túnel inundado.
Su rostro era una obra de arte tallado en marfil por lo seca y rígida que era, en cambio, dentro de su mente...
—¡Estamos perdidoos! —gritó Haruto, su voz retumbando en su mente como metal golpeado—. ¡No llegamos, no llegamos, déjame el control, yo yo yo...!
—¡Cállate de una vez, Haruto! —respondió Hades entre dientes.
Un polvo azabache empezó a desprenderse de su palma; partículas de sombra que se arremolinaban formando un pequeño orbe que vibraba con intención destructiva.
—Si no podemos encontrar la salida... ¡la crearemos!
El orbe se partió en líneas rectas. Una espada de empuñadura gruesa apareció en su mano, el filo cromado pulsando con un brillo enfermizo. Hades la giró hacia la pared sin pensarlo.
Pero la voz de Nezu bajó desde los parlantes como una mano que pellizca una herida abierta.
—Yo que tú me lo pensaría dos veces antes de dañar mi infraestructura, muchacho... jejeje.
Hades apretó los dientes. Giró en todas direcciones, buscando al fantasma del director.
—Rata bastarda... ¡dime cómo salir al menos!
Pero antes de que pudiera avanzar, una sombra colosal se proyectó sobre él, arrancándole la luz.
Con leve miedo giró lentamente su cabeza, y lo primero que miró fue la sonrisa de All Might que brillaba como una luna falsa, tan radiante que opacaba la sombra que la generaba su imponente musculatura.
—Jajajaja, joven Hades. Veo que estás en un apuro... otra vez.
Él soltó un suspiro largo, casi derrotado. Asintió con una mezcla de resignación y desconfianza que ya se había vuelto un hábito. Junto a ello, su espada se deshizo en polvo oscuro, regresando a nada.
All Might descruzó los brazos con calma paternal.
—Vamos, muchacho. Tu pelea está por comenzar, y no querrás ser descalificado por perderte, ¿cierto?
Hades gruñó otra vez, levantando la cabeza para mirar a los ojos hundidos del héroe. All Might notó el esfuerzo, y una risa contenida escapó de él, cálida y fatigada.
El símbolo de la paz comenzó a caminar por el pasillo, invitándolo a seguirlo.
Por otro lado, el estadio aguardaba en un silencio expectante. No nació del respeto, sino de la mezcla de miles de personas conteniendo el aliento a la vez. En el centro, Ojiro trataba de aparentar compostura... y fracasaba de manera muy humana.
Sus manos estaban firmes, sí, pero los dedos se apretaban entre sí con demasiada fuerza. La cola golpeaba el suelo en movimientos minúsculos, casi imperceptibles, como si necesitara recordarse que aún era dueño de su propio cuerpo. Su respiración, tan estrictamente entrenada, se quebró por un instante al recordar la escena del Nomu. Recordó los ojos vacíos de Hades mientras peleaba con ese monstruo. Esa mirada... no debería existir en un chico de su edad.
Flexionó la cola por puro instinto, como si eso pudiera salvarlo.
Midnight, por su parte, alzó el látigo por encima de su cabeza.
—Debido a la demora del participante Hades, se le otorgará un minuto de gracia antes de declararlo descalificado.
Los oídos del chico se levantaron de alegría, pero no celebro. Solo dejó escapar un suspiro largo, seco, un suspiro que no traía alivio real, sino un descanso fugaz. Un minuto. Solo necesitaba un minuto. Si pasaba, si Hades no llegaba... no tendría que enfrentar aquello.
Cerró los ojos.
Y comenzó a contar.
Diez segundos.
Veinte.
Treinta.
Su respiración se estabilizaba a la fuerza, como si sus propios pulmones quisieran traicionarlo.
Cuarenta.
Cuarenta y cinco...
Entonces... a solo quince segundos del final, un chirrido metálico desgarró el silencio.
No era un paso. No era un arrastre. Era el sonido áspero de metal raspando concreto. Un arañazo sostenido, vibrante, que rechinaba en el aire y los oídos de cada uno de los presentes.
El público levantó la mirada hacia la entrada del túnel.
Chispas breves saltaron desde la sombra. Anunciando que él, había llegado.
Hades avanzaba con una serenidad insultante. Una calma que no pertenecía a ningún adolescente cuerdo. El espadón descansaba en su mano derecha, inclinado lo suficiente como para rozar el suelo. Su filo dejaba detrás de sí una marca larga, superficial pero precisa, como si estuviera grabando su presencia en el coliseo.
Midnight levantó el micrófono, su voz inflándose con un entusiasmo casi teatral.
—¡El berserker de la U.A. ha llegado!
Una oleada de murmullos atravesó el estadio. Ojiro sintió que el corazón le daba un vuelco hacia dentro, como si se encogiera.
Ojiro tragó saliva. No huyó. No retrocedió. Pero la piel de su nuca se erizó en un gesto que él jamás admitiría.
Hades avanzaba hacia la arena con el ceño torcido, murmurando tan bajo que apenas se escuchaba por encima del "scrrrrk" de su espadón arrastrándose contra el suelo.
—¿Por qué carajos le hice caso a esa rata?
El comentario quedó suspendido un segundo, y entonces recordó la escena de hace apenas un minuto...
Unos pasillos atrás, All Might lo guiaba con una sonrisa demasiado grande para alguien que claramente se había perdido.
—Por aquí, joven Hades. Ya casi llegamos.
En ese momento, los altavoces chisporrotearon de repente, y la voz de Nezu surgió como un cuchillo bien afilado.
—Hola, mis queridos empleados —comenzó, chasqueando la porcelana de una tetera—, quiero que escuchan mi propuesta. jejeje
—Tengo un mal presentimiento... —soltó All Might, con un escalofrío que recorrió su nuca.
—Verán... para esta batalla, quiero algo... llamativo —hizo una pausa, mientras sorbía de su taza de té—. Quiero que al entrar, arrastres una de tus espadas por todo el recorrido. Las chispas y el ruido harán el resto.
All Might parpadeó visiblemente incómodo por la idea, y soltando una ligera tos, se reincorporó.
—Eso no es un poco... ¿intenso? —preguntó, mirando una de las tantas cámaras de reojo.
—Intenso es lo que ustedes llaman "situación controlada" —respondió, sin perder el tono risueño—. Hades necesita venderse como un símbolo, no como un estudiante más. Si genera suficiente impacto, los villanos dudarán antes de moverse —chasqueó sus labios, contento de sus palabras—. El miedo también es una herramienta didáctica.
El silencio se apretó unos segundos, lleno de una mezcla habitual de resignación. Y entonces, como si el universo hubiera escuchado suficiente disparate por un día:
—¡Ni de broma seguiré tu juego, maldita rata! Ya bastante tengo con encontrar la maldita salida.
All Might rió nervioso, llevándose una mano a la nuca.
—Ejem... bueno... quizá desobedecerlo sería... sensato. Lo que pide suena... un poco extremo.
La voz de Nezu continuó, alegre como si diera indicaciones para un picnic.
—Confíen en mí, mis queridos bienes.
Hades parpadeó, incrédulo por un segundo, procesando el significado de sus palabras.
—¿Acaba de llamarnos bienes? —susurró, más para sí mismo que para su maestro, y resignado, sacudió la cabeza—. Ya que estamos... si rompo algo, ¿me toca pagar?
Nezu soltó una risa contenta, el tipo de risa que nunca debería escucharse por altavoces.
—Descuida, eso saldrá del quirk de tu maestro de literatura. No hay nada de qué preocuparse.
All Might palideció... lo cual era un logro, considerando su musculatura fluorescente.
—U-un momento, olvidé visitar a mi pupila, jajajaja... —dijo, acercándose de inmediato al oído de Hades para susurrar—, la entrada al cuadrilátero está a 5 metros rectos. ¡Adiós!
Tras sus palabras, desapareció en una nube de polvo, huyendo del radio de influencia de su jefe como si le fuera la vida en ello. Hades lo siguió con ojos de pez por un instante.
—Cobarde... —susurró.
Suspiró, se encorvó apenas, y extendió una mano hacia el suelo. El polvo azabache se arremolinó, comprimido por un pensamiento que prefería no admitir. La oscuridad se solidificó, alargándose, afilándose, hasta formar una espada fina como una aguja, creada para hacer ruido sin partir el piso en dos.
Nezu lo observaba desde alguna cámara, ronroneando de pura satisfacción.
—Perfecto. Con esta entrada, el arranque será espléndido.—Aplaudió satisfecho por un momento, antes de inclinarse hacia el micrófono—. Tu "subasta" será de las más reñidas... junto a la de la hija de Enji y la pupila de Toshi.
Hades no respondió. No lo escuchó. No quería escucharlo. Solo ajustó el agarre del arma, que raspó contra el suelo en un lamento metálico. Y avanzó hacia la luz del túnel con la cabeza gacha, intentando ocultar la absoluta vergüenza de estar cumpliendo las ideas de un roedor superinteligente con complejo de empresario.
....
Hades llegó al centro del estadio sin prisa, como si no estuvieran miles de ojos clavados en él. Levantó la espada, la sostuvo un instante en vertical y la hundió en el suelo con un golpe seco que retumbó por todo el ring. La losa se agrietó desde el punto de impacto, con grietas que se abrieron como si huyeran de él.
Midnight mantuvo su mejor sonrisa profesional mientras escuchaba por el auricular la voz de Nezu, vibrante y demasiado entretenida para su tamaño.
—Esa entrada fue una tragedia griega convertida en cosplay. Excesiva, melodramática... pero encantadora.
—¿Encantadora? —murmuró ella entre dientes.
—Es una estrategia de intimidación. Los que temen su presencia temerán más. Y los que no... bueno, aprenderán tarde o temprano.
Midnight ladeó un poco la cabeza. Su mirada terminó clavándose en Ojiro. Aunque el chico mantenía un rostro sereno, la cola no lo acompañaba. Se agitaba en pequeños espasmos que delataban cada impulso nervioso. Sus piernas temblaban lo suficiente para que cualquiera con buen ojo lo notara. Resiliencia, sí; tranquilidad, no tanta.
En el centro, Hades abrió la mano. La espada se deshizo en polvo negro que giró bajo su palma un momento antes de dispersarse como humo arrancado por el viento. Él asintió para sí, respiró, y luego cerró los ojos un segundo, como si contemplara la idea de desaparecer de la existencia solo por ahorrarse el bochorno.
Midnight avanzó unos pasos, sosteniendo una sonrisa encantadora.
—¿Hades... puedes venir acá por un momento? —preguntó con una sonrisa bañada de miel.
Hades arqueó una ceja. La molestia no era sutil, pero caminó hacia ella igual, su sonrisa, le parecía igual a la que le daba Akemi.
Desde la tribuna, Mirko dejaba caer las orejas con el aburrimiento de quien desearía estar pateando villanos en vez de cumplir horas sociales. Hawks estaba a su lado, inclinado hacia el frente, los codos en las rodillas, charlando sin pausa.
—Te dije que el chamaco haría un numerito —comentó Hawks, sin ocultar su diversión—. ¿Solo para esto querías que vaya a buscarte en ese laberinto?
Mirko gruñó leve, sin mover un músculo de más.
—Lo único ridículo es que sigo aquí viendo este patético intento de intimidación.
—Oye, es esto o volver con el ratón jefe... —respondió, bajando la voz—. Su sola presencia provoca que mis plumas nunca estén relajadas...
La mención fue suficiente para que ambos guardaran un segundo de respetuoso silencio. Nadie en su sano juicio discutía con Nezu.
En el momento en que Hades llegó frente a Midnight, ella inclinó el cuerpo apenas. Desde la tribuna, la perspectiva fue engañosa. Parecía que Midnight le rozaba la mejilla suavemente, demasiado cerca, demasiado íntimo para el tipo de escena que era.
Mirko se enderezó tan rápido que sus músculos tronaron. Las orejas se alzaron como antenas alarmadas.
—¿Qué...?
Hawks la miró, una sonrisa extendiéndose con esa malicia bromista que solo reservaba para ella.
—Bueno, bueno... mírala reviviendo. Qué milagro.
Mirko lo golpeó con el codo, haciendo que casi se caiga del asiento, riéndose.
—¡No se pierdan la toma! —gritó uno de los periodistas, mientras sostenía sus cámaras con sus muchos brazos delgados.
—Vaya... ya están las sanguijuelas trabajando —comentó Mirko, mirando de reojo al periodista.
—Es una sorpresa que recién lo tomaras en cuenta —respondió Hawks, reincorporándose en su asiento—, llevan un buen tiempo haciendo escándalo. Incluso nos tomaron unas cuantas fotos a nosotros —continuó posando con una ligera sonrisa hacia una camarógrafa que estaba a su costado.
De vuelta en el ring, la realidad era mucho menos romántica.
Midnight no le estaba besando nada. Tenía una sonrisa preciosa, sí, pero los ojos entrecerrados eran puro veneno educado.
—Escucha bien, cariño —susurró, su voz un hilo afilado—. Si usas esa espadita para algo más que hacer ruido... me aseguraré de que la minúscula espada que llevas en los pantalones no vuelva a levantarse por el resto de tu vida.
Hades ni pestañeó, ni siquiera pudo, su mente colapso con esa simple idea, y Haruto también.
—Eso... suena absurdamente dañino... —susurró, sintiendo como sus piernas empezaban a titilar.
—Me alegra que lo notes, Hades-chan. Después de todo, estoy empezando a cuidarlos más —confesó, apretando sus labios por un momento, mientras recordaba la anterior "pelea"—. No necesito otro estudiante invalidado permanentemente.
Ella retrocedió un paso. Su sonrisa volviendo a ser de espectáculo. El público vitoreó, los chismes despegaron, ignorando por completo que acababa de lanzar una amenaza capaz de helar la sangre.
Hades suspiró, resignado. Ser temido no era lo mismo que tener permiso para actuar como una bestia. Y, lamentablemente, alguien estaba ahí para recordárselo.
Midnight alzó el brazo con teatralidad experta, aunque por dentro seguía mascando la amenaza. Su voz resonó clara en todo el estadio.
—El último combate del bloque A... ¡inicia ahora!
Hades exhaló un soplo casi imperceptible, y bajó su centro de gravedad tal como Aizawa le había corregido. Sus pies se deslizaron ligeramente hacia atrás, hombros relajados, barbilla baja. El polvo azabache comenzó a surgir desde su antebrazo derecho, arremolinándose como humo que obedecía un pulso interno. El guantelete emergió centímetro a centímetro, sólido, oscuro, respirando con él.
Frente a él, Ojiro dio un paso exacto, contenido, técnico. Sus dedos se cerraron y abrieron dos veces, intentando aflojar la tensión que pretendía ocultar. Su cola se balanceó, dominante, firme, lisa para el asalto.
El público contuvo el aliento. Los camarógrafos mantenían sus cámaras en alto, Mirko contuvo un bostezo de aburrimiento. Y entonces... la primera chispa saltó.
Ojiro avanzó primero.
Su pie izquierdo golpeó el suelo y el impulso lo llevó en un giro elegante, casi danzado, mientras su cola cortaba el aire hacia la sien de Hades. Este levantó el antebrazo por puro instinto, apenas desviando el impacto.
El golpe retumbó contra su guardia improvisada, haciendo vibrar sus huesos y empujándolo medio metro hacia atrás. Pero no le dejaría el gusto de poder respirar.
Sus pasos eran silenciosos, líneas rectas, ángulos perfectos. Su cuerpo se plegaba y extendía con la seguridad del que ha entrenado miles de horas. Su cola funcionaba como un tercer brazo, flexible como un látigo, precisa como un cuchillo.
Hades trató de responder con un puñetazo corto, salvaje, sin técnica, pero Ojiro lo esquivó ladeando apenas la cabeza, y castigó el error con un rodillazo al abdomen. Hades gruñó mientras el aire se le robaba de la garganta, mientras su espalda se arqueaba.
El guantelete que era blanco puro, lentamente empezó a teñirse desde los bordes que vibraban, como si todavía no hubiesen decidido su forma. Cada respiración lo volvía ligeramente más oscuro, cada golpe le daba más potencia.
Ojiro detectó el cambio por el rabillo del ojo... y aceleró.
Su codo se clavó contra el esternón de Hades. El chico retrocedió tambaleando. Pero, la cola lo persiguió con un barrido bajo que le rozó los tobillos, haciendo que perdiera el equilibrio.
—Joder... —murmuró Hades mientras se reincorporaba.
El siguiente intercambio fue un despliegue de dominio absoluto por parte de Ojiro.
Parada con la palma.
Giro de muñeca.
Codazo a la clavícula.
Cola golpeando el costado.
Avance corto.
Paso diagonal.
Otro golpe directo a la mejilla.
Hades era empujado, doblado, obligado a reaccionar más rápido de lo que su cuerpo de novato sabía. Cada movimiento suyo era un intento desesperado de adaptarse, como un perro callejero aprendiendo a pelear contra un artista marcial profesional.
Pero él sobrevivió a cada uno de los golpes. Y cada segundo que pasaba, el guantelete se oscurecía más y más.
Ojiro lo notó en una microexpresión: frunció las cejas, apenas. Nada más. Pero su cola tensó la punta, lista para golpear con más fuerza, más control, más precisión.
Hades retrocedió otro paso, chasqueando la lengua. Su guardia seguía siendo torpe, caótica, pero sus ojos se afilaban. El polvo negro, ahora cargándose lentamente, pulsó al ritmo de su respiración.
Aun así, por ahora, el dominio era completamente de Ojiro.
Y el público lo veía. Y Midnight lo intuía. Y Hawks, en la tribuna, soltó un silbido admirado, porque ese chico con cola estaba peleando como un profesional. Mirko por su parte, no apartaba la mirada de Hades con una expresión de total aburrimiento. Pero sus orejas, estaban erguidas, esperando que Hades contraataque.
Hades, en cambio, parecía estar aguantando una tormenta.
Una tormenta que poco a poco estaba alimentando algo mucho peor.
Bakugo estaba de pie frente a la pantalla del vestuario, brazos cruzados, el ceño fruncido con una concentración casi violenta. No parpadeaba desde el inicio del duelo.
Sus ojos seguían cada golpe que Hades recibía, cada paso mal medido, cada intento torpe de guardia. Vio cómo Ojiro lo arrinconaba con técnica limpia, cómo su cola dictaba el ritmo del combate, cómo Hades reaccionaba siempre una fracción de segundo tarde.
Sus ojos veían cada error. Una y otra vez.
Bakugo chasqueó la lengua, molesto por lo que veía, pero entonces... sonrió.
Una sonrisa ladeada, peligrosa.
—Más te vale llegar a las semifinales... —murmuró, soltando una risa baja, casi divertida—, maldito zombie.
El guantelete oscureciéndose no le pasó desapercibido. Tampoco la forma en que Hades empezaba a ajustar su postura, centímetro a centímetro.
Bakugo lo vio claramente. Ya que él no estaba perdiendo. Estaba aprendiendo.
Por otro lado.
Akemi observaba la pantalla desde el camerino, el cuerpo inmóvil, la mirada fija. Por fuera, su expresión era neutra. Por dentro, su mente iba a toda velocidad.
—Está perdiendo —susurró, casi para sí—. La técnica lo está aplastando. Combate cuerpo a cuerpo avanzado... patrones cerrados... control del espacio...
Sus dedos se entrelazaron lentamente.
—A larga distancia también sería vulnerable —añadió, con un hilo de voz—. No tiene aún lectura de trayectorias complejas.
A su lado, Ochako, sentada con la espalda recta pero los hombros todavía tensos por lo ocurrido antes, ladeó la cabeza.
—Entonces... —preguntó con cautela— ¿por qué no usa su espada? Está perdiendo...
La pregunta quedó suspendida en el aire.
Akemi no respondió de inmediato. Cerró los ojos un segundo. Cuando los abrió, había algo distinto en su mirada. No era arrogancia. Tampoco frialdad.
Era certeza.
—Yo ganaré este festival.
Ochako parpadeó.
—¿Eh? ¿Qué dices de repente...?
Akemi sonrió ampliamente, mientras pasaba su brazo por los hombros de Ochako.
—¡Ganaré este festival por ti, Ochako-chan!
—¿Eh...? —chilló, sus mejillas sonrojándose como dos tomates maduros.
[Campo de Batalla]
—¡Y el combate sigue desarrollándose a un ritmo brutal, señoras y señores! —la voz de Present Mic tronó por todo el estadio—. ¡Hades está recibiendo una auténtica clase magistral de artes marciales por parte de Ojiro!
Las cámaras mostraban a Hades retrocediendo, bloqueando como podía, el suelo resquebrajándose bajo sus pies por impactos mal amortiguados.
—¡Ese chico con cola no le está dando ni un segundo de respiro!
Aizawa observaba en silencio. Sus codos apoyados, la bufanda caída, los ojos atentos. No parecía preocupado. De hecho...
Asentía.
Present Mic lo notó de reojo.
—Oye, compañero —dijo, bajando un poco el tono—. ¿Por qué esa cara? ¿Desde cuándo sonríes viendo a uno de tus alumnos recibir golpes?
Aizawa no respondió de inmediato. Solo cerró los ojos, asintiendo con satisfacción.
Entonces ocurrió.
Una explosión seca sacudió la arena.
El suelo se abrió en un radio violento y una figura salió disparada como un proyectil humano, cruzando el aire antes de estrellarse contra una de las paredes externas del cuadrilátero con un estruendo brutal.
El polvo se alzó. El público gritó. Las cámaras tardaron un segundo en reaccionar.
Ojiro yacía incrustado contra el muro, el cuerpo hundido en la superficie, la cola flácida.
El silencio se alargó solo un segundo más cuando por fin, Aizawa habló con voz plana.
—Solo estaba admirando cómo mi alumno... —empezó, ajustando su bufanda—, aprendió de la paliza que le di hace poco.
El guantelete de Hades, ahora completamente negro, goteaba energía.
[Hace 1 minuto...]
Ojiro no atacaba con prisa.
Cada paso del muchacho de la cola estaba medido, contenido, con el centro de gravedad bajo y el torso relajado, como si su cuerpo supiera exactamente dónde debía estar incluso antes de moverse. No desperdiciaba energía. No forzaba aperturas. Esperaba. Observaba. Y cuando atacaba, lo hacía con tal precisión que convertía cada segundo en una lección dolorosa.
Pero Hades ya había aprendido eso por las malas.
Un golpe directo al rostro había sido bloqueado con el antebrazo, desviado apenas lo suficiente para que la inercia lo sacara de balance. Antes de que pudiera corregir su postura, la cola de Ojiro se enroscó en su tobillo y tiró. El mundo giró. El suelo subió a recibirlo con violencia, arrancándole el aire de los pulmones.
No hubo pausa.
Ojiro avanzó con un paso corto y firme, usando la cola como apoyo para impulsarse y descargar una patada descendente que Hades apenas logró cubrir con los brazos cruzados. El impacto le recorrió los huesos hasta los hombros, obligándolo a deslizarse varios centímetros sobre el piso áspero del estadio.
Cada intento de levantarse era castigado.
Un codazo a las costillas que le robó el aliento. Un barrido bajo que le hizo perder otra vez el equilibrio. La cola no solo golpeaba: bloqueaba, atrapaba, redirigía. Era una tercera extremidad entrenada hasta convertirse en un arma perfecta, y frente a ella, el estilo de Hades parecía lo que realmente era: supervivencia callejera, reacción instintiva, violencia sin pulir.
No estaba perdiendo por falta de fuerza. Estaba perdiendo por falta de ptécnica.
Entonces Ojiro saltó.
El movimiento fue limpio, potente, con una coordinación impecable entre piernas y cola. En el aire, su cuerpo giró levemente, y la cola se tensó por encima de su cabeza antes de descender en un arco brutal, una guillotina viva apuntando directo al cráneo de Hades.
El tiempo se quebró.
En el instante en que vio la sombra caer sobre él, Hades no pensó en Ojiro.
Pensó en Aizawa.
El recuerdo lo golpeó con la misma violencia que cualquier puñetazo.
La sala de entrenamiento estaba en silencio, rota solo por su respiración agitada. Hades se lanzó hacia adelante con un golpe torpe, cargado de rabia, de desesperación. Aizawa no retrocedió. Saltó.
La patada descendió como una sentencia.
Hades vio el ataque, y decidió moverse en el último segundo. No fue elegante. No fue limpio. Pero esquivó.
Aizawa cayó, y en el mismo movimiento utilizó el impacto contra el suelo como impulso, girando el cuerpo con una fluidez aterradora. La pierna subió en un arco horizontal y le golpeó el rostro con tal fuerza que Hades salió despedido, rodando varios metros antes de detenerse contra la pared acolchada.
Aizawa suspiró, moviendo ligeramente los hombros.
—Tenías la oportunidad de tomar mi pie y hacerme explotar —afirmó, caminando hacia él con calma—. Y la desperdiciaste por miedo.
Hades lo miró desde el suelo, el ceño fruncido, los dientes apretados con tanta fuerza que le dolía la mandíbula. La humillación quemaba más que cualquier golpe.
No era rabia contra su maestro. Era algo peor.
Era odio contra sí mismo.
—No lo olvides, mocoso —añadió, deteniéndose a su lado—. Aprovecha cada oportunidad que tu enemigo te da para ganar. No importa si es algo sucio —apretó la mandíbula, endureciendo la mirada—. Ganar lo es todo.
El recuerdo se desvaneció.
La realidad volvió a cerrarse sobre él.
La cola de Ojiro estaba a punto de impactar.
Y esta vez, Hades no retrocedió.
Alzó la mano derecha y la interceptó.
El choque fue brutal. La fuerza del impacto recorrió su brazo como una descarga eléctrica, sacudiéndole el hombro y obligándolo a clavar los pies en el suelo para no caer. El dolor fue inmediato, seco, profundo, pero no soltó.
Alzó el brazo izquierdo.
—Cambio.
No hubo preparación consciente. No hubo cálculo.
El guantelete respondió por sí solo.
El polvo azabache se contrajo un instante, dudando. Y en el momento en que cambió de lugar... Explotó.
La detonación nació desde su antebrazo, salvaje, irregular, expulsando una onda de calor y presión que hizo vibrar el aire del estadio. El sonido fue sordo, casi animal. Ojiro salió despedido sin control, su cuerpo chocando contra una de las murallas con un impacto seco antes de desplomarse al suelo.
Hades quedó inmóvil.
Miró su brazo izquierdo.
La piel estaba enrojecida, irritada por el calor, y el guantelete humeaba con pulsaciones erráticas, como si el poder aún no hubiera terminado de liberarse. Su mano temblaba.
Intentó cerrarla.
El dolor lo atravesó de inmediato, una punzada aguda que le subió por los dedos hasta el codo. Un jadeo involuntario escapó de sus labios. Logró cerrar el puño solo a medias antes de soltarlo, respirando con dificultad.
Alzó la vista hacia Ojiro, luego volvió a mirar su propia mano.
Había ganado. Sí, pero algo salió mal.
Hades tardó un segundo más de lo debido en reaccionar.
El dolor lo tenía atrapado en un pozo estrecho, un zumbido persistente que nacía en el antebrazo y se extendía como una mala idea por todo su sistema nervioso. Fue la voz de Midnight la que lo arrancó de ese estupor, alegre, teatral, demasiado viva para alguien que acababa de presenciar una detonación fuera de control.
—¡Y con eso, el ganador del encuentro es... Hades!
El estadio estalló en ruido. Aplausos, gritos, comentarios superpuestos que se mezclaban en una masa indistinta. Hades sacudió ligeramente la cabeza, como si el movimiento pudiera despejarle la mente, pero solo consiguió que el dolor le recordara que seguía ahí, puntual y cruel.
Un tenue resplandor verde envolvió su brazo izquierdo.
La aura curativa surgió por reflejo, obedeciendo más a la costumbre que a la voluntad. Durante un instante, pareció estabilizarse... y luego falló.
Desde la piel de sus dedos comenzaron a brotar pequeñas púas de hueso, finas, irregulares, empujando desde dentro como raíces malditas buscando aire. El dolor se intensificó de golpe, afilado, inmediato. Hades rechistó entre dientes, cerrando los ojos un segundo mientras el aura parpadeaba de forma errática, incapaz de completar el proceso de sanación.
—Mierda... —escapó en un murmullo casi inaudible.
Bajó el brazo, forzándose a avanzar hacia la salida de la arena. Cada paso era una negociación silenciosa con su propio cuerpo. Apenas cruzó el umbral, un bot médico se interpuso en su camino, flotando con insistencia mecánica.
—Necesitas atención. Necesitas atención. La heroína Recovery Girl te espera en la enfermería.
Hades no respondió. Ni siquiera levantó la mirada.
Simplemente siguió caminando.
El túnel se tragó la luz del estadio, y con ella, el ruido. La oscuridad lo envolvió poco a poco, fresca, amortiguada, rota solo por el eco distante de la multitud y por la voz de Midnight, que continuaba cumpliendo su papel con entusiasmo intacto.
—¡Y ahora, el siguiente duelo! ¡Desde la clase de héroes de primero A... Ashido Mina! —proclamó, haciendo tronar su látigo—. ¡Y por la otra esquina, del mismo salón... Anta Sero!
El combate comenzó atrás, fuera de su vista, pero no fuera de su percepción. Incluso desde el túnel, Hades podía escuchar los cambios en el murmullo del público, las exclamaciones súbitas, el ritmo de una batalla que avanzaba sin él.
Siguió caminando.
Alzó de nuevo la mano izquierda, concentrándose, intentando controlar el flujo de su quirk. El aura verde reapareció, más débil esta vez, temblorosa. Intentó dirigirla, cerrarla, obligarla a obedecer...
Falló otra vez.
Las esquirlas de hueso crecieron un poco más, rompiendo la piel en puntos diminutos. Hilos finos de sangre comenzaron a deslizarse entre sus dedos, calientes, reales. El dolor se volvió insistente, pulsante, como si alguien le estuviera clavando agujas desde dentro.
—Joder... ¿por qué aún no puedo curar...? —pensó, con una mezcla de frustración y miedo que se le quedó atascada en el pecho.
Dentro de su mente, Haruto levantó la voz, confusa, inquieta.
—Pero... ¿por qué explotó de la nada? Nunca había pasado antes...
Hades apretó la mandíbula mientras seguía avanzando, el bot médico flotando a su lado como una sombra demasiado educada para callarse.
—Siempre... —respondió en su pensamiento—, siempre tenemos que hacer un gesto con la mano y dar una orden para que explote, pero...
—¡Explotó sola, sin nuestro control! —continuó Haruto, rascándose la cabeza con torpeza—. Pero ¿por qué? ¿Qué hicimos diferente a lo usual?
Hades cerró los ojos un instante.
—Cuando usamos el cambio...
—¿Y qué? —interrumpió Haruto—. Ya lo habíamos usado antes y nunca pasó esto.
Hades abrió los ojos, clavando la vista en su mano deformada, en las púas de hueso que seguían asomando como una burla.
—Quizá sea este cuerno.
Hubo un silencio breve, denso.
—¿El cuerno? —repitió Haruto—. Hades, eso es...
No terminó la frase.
—¡Por qué demonios demoras tanto en entrar, mocoso testarudo! —tronó una voz anciana, furiosa, desde la enfermería—. ¡Mira cómo estás manchando las baldosas con tu sangre!
Antes de que pudiera reaccionar, una mano pequeña pero sorprendentemente fuerte lo agarró del brazo dañado y tiró de él sin contemplaciones. El dolor explotó de nuevo, arrancándole un jadeo involuntario.
—¡Te he dicho cientos de veces que no uses tu curación! —continuó Recovery Girl, arrastrándolo hacia adentro—. ¡Y mírate esa mano! Parece una papa hinchada de tantas raíces de hueso que tienes.
Hades apretó los dientes, dejando que lo llevaran.
Detrás de él, el estadio rugía por una batalla distinta.
Delante, esperaba otra clase de pelea.
[Campo de Batalla]
El cuadrilátero volvió a llenarse de ruido apenas Midnight anunció el siguiente enfrentamiento. El murmullo del público se transformó en expectación cuando Mina Ashido dio un salto ligero hacia el centro, moviendo los hombros como si la tensión no existiera, como si aquello fuera una pista de baile y no un combate eliminatorio. Al otro lado, Hanta Sero ajustó instintivamente sus gafas, respiró hondo y flexionó los dedos. Su postura era más rígida, más contenida. No había arrogancia en él, solo cálculo. Sabía exactamente qué tipo de rival tenía enfrente y, quizá por eso, mantenía la distancia como si esta fuera su única línea de vida.
—¡Que comience el combate! —anunció Midnight, y el estadio rugió.
Sero no perdió tiempo. Desde sus codos, las cintas surgieron con un chasquido seco, cortando el aire en líneas precisas que buscaron rodear a Mina desde distintos ángulos. No era un ataque impulsivo, sino una red cuidadosamente lanzada, pensada para limitar el espacio, para forzarla a retroceder. Mina reaccionó con un giro amplio de cadera, sus pies deslizándose sobre el suelo con un ritmo irregular, casi torpe, como una imitación incompleta de capoeira mezclada con pasos de break dance. No era técnica pulida, era intuición y cuerpo en movimiento.
—¿Crees que me voy a quedar quieta? —dijo, con una sonrisa ladeada que ocultaba la concentración en sus ojos.
Un leve vapor rosado se desprendió de sus manos y de la planta de sus pies al apoyar el peso. El ácido era suave, controlado hasta el extremo, apenas lo suficiente para cumplir su propósito. Las cintas que rozaron ese rastro comenzaron a chisporrotear, debilitándose, perdiendo tensión antes de caer al suelo como serpientes sin vida. Sero frunció el ceño, retrocediendo un paso mientras lanzaba otra cinta, esta vez más alta, buscando el torso.
—No necesito atraparte para ganar —respondió él, con la voz firme—. Solo necesito que te canses.
Mina rió, pero su respiración ya empezaba a hacerse más profunda. Giró sobre una mano, lanzó una patada amplia que no buscaba golpear sino acercarse, acortando la distancia centímetro a centímetro. Cada movimiento suyo era un riesgo calculado a medias, un baile que se desarmaba y recomponía en tiempo real. El ácido, casi neutro, recorría sus brazos como un brillo húmedo, suficiente para disolver sin herir, para romper sin destruir.
Sero saltó hacia atrás, usando sus cintas para impulsarse y ganar altura, colgándose brevemente del aire como si este fuera sólido. Desde ahí, lanzó una lluvia de tiras que buscaban inmovilizarle las piernas.
—¡No te acerques! —gritó, más como advertencia que como amenaza.
Mina cayó en cuclillas, deslizando una pierna en un barrido bajo que dejó una estela rosada sobre el suelo. Las cintas que tocaron ese rastro se deshicieron al instante. Ella avanzó, por fin, entrando en su espacio, su cuerpo en constante movimiento, hombros, caderas y pies girando en una coreografía imperfecta pero imparable.
—Entonces deja de retroceder —respondió, con una risa entrecortada por el esfuerzo.
El combate se cerró. Sero ya no tenía margen para errores, cada cinta que lanzaba debía ser precisa, cada retroceso medido. Mina, en cambio, seguía avanzando, acercándose con cada giro, cada paso danzado, su ácido brillando débil pero constante, desgastando la distancia, desgastando la estrategia. El estadio contenía la respiración, sintiendo que ninguno de los dos estaba dispuesto a ceder, que aquel no era un simple cruce de quirks, sino una batalla de voluntades que se estrechaba segundo a segundo.
Sero consiguió el respiro cuando más lo necesitaba, no por fuerza bruta ni por un giro espectacular, sino por algo mucho más simple y peligroso: leer el ritmo de Mina. Sus ojos dejaron de seguir los movimientos llamativos y se fijaron en los apoyos, en los instantes mínimos en los que ella cargaba el peso sobre una pierna antes de girar. Cuando Mina avanzó con otro paso danzado, Sero ya estaba reaccionando.
Las cintas salieron en ángulos bajos y altos al mismo tiempo, no para atraparla, sino para obligarla a frenar. Una se enroscó alrededor de su tobillo, no lo suficiente para inmovilizarla, pero sí para romper la cadencia. Mina trastabilló un segundo, los dientes apretados, y el público soltó un murmullo tenso al verla perder terreno por primera vez en todo el combate.
—¡Te tengo! —afirmó Sero, respirando con dificultad mientras retrocedía lo justo para volver a ganar espacio.
Aprovechó ese instante para crear distancia, impulsándose con las cintas y lanzando una ofensiva más agresiva. Varias tiras se dispararon hacia Mina como látigos, una tras otra, forzándola a cubrirse y a usar más ácido del que le habría gustado. El vapor rosado se volvió más espeso alrededor de sus brazos, y por un momento pareció que la balanza empezaba a inclinarse. Mina ya no sonreía. Sus labios estaban entreabiertos, inhalando aire con rapidez, los ojos fijos, calculando.
Desde las gradas, los cazatalentos se inclinaron hacia adelante en sus asientos. Algunos murmuraban entre ellos, otros tomaban notas rápidas en tablets o hablaban en voz baja por comunicadores. Aquello ya no era solo una pelea escolar. Era una audición.
Sero vio su oportunidad y fue a por ella. Una cinta salió disparada directa al torso de Mina, recta, veloz, sin rodeos. Un golpe limpio que habría decidido el combate.
Pero Mina no retrocedió.
En lugar de eso, bajó el centro de gravedad y liberó ácido bajo sus pies. El suelo se volvió resbaladizo al instante. Su cuerpo se dejó caer y derrapó, deslizándose por debajo del ataque como si el cuadrilátero fuera una pista pulida. La cinta pasó silbando sobre su cabeza, inútil.
—¿Qué...? —alcanzó a decir Sero.
Mina apareció frente a él en el siguiente latido. Desde el suelo, giró sobre una cadera y lanzó el ácido con precisión quirúrgica. No ardió. No quemó. El pH era completamente neutro. Pero envolvió.
El líquido grisáceo se cerró alrededor de las piernas de Sero, inmovilizándolas, y subió en una nube espesa hasta cubrirle parcialmente el rostro, cegándolo sin herirlo. Sero jadeó, intentando liberarse, pero ya era tarde. El árbitro dio un paso al frente, atento.
Mina se incorporó entonces con un movimiento fluido, casi artístico. Giró sobre sí misma, un paso amplio, otro corto, el cuerpo arqueándose en un gesto que parecía más coreografía que combate. Cuando se detuvo, estaba erguida, un brazo extendido, el otro apoyado en la cadera, respirando con fuerza pero firme. La imagen quedó suspendida un segundo eterno, capturada por decenas de cámaras, por miradas entrenadas que sabían reconocer algo más que un quirk potente.
En las gradas, varios reclutadores asintieron al mismo tiempo. Algunos sonrieron. Otros ya estaban marcando números.
—¡Ganadora! —anunció Midnight, con entusiasmo genuino— ¡Mina Ashido! ¡Y con eso culminamos la primer fase del torneo del festival deportivo de la U.A.!
El estadio estalló en aplausos, pero Mina apenas los escuchó. Seguía respirando hondo, el corazón desbocado, consciente de una sola cosa: no había ganado solo un combate. Había dejado su marca.
Mina saltó fuera del cuadrilátero con un último impulso elástico, aterrizando frente a Sero antes de que los aplausos terminaran de asentarse. Se inclinó un poco hacia adelante, todavía jadeando, y le tendió la mano con una sonrisa amplia, honesta, de esas que no buscan humillar.
—Te atrapé al final.
Sero la miró un segundo largo, el pecho subiendo y bajando con cansancio. Luego soltó un suspiro que llevaba más alivio que frustración y aceptó su mano, apretándola con firmeza.
—Sí... esta vez sí.
Caminaron juntos hacia la salida, hombro con hombro, mientras el público seguía aplaudiendo y algunas cámaras los acompañaban hasta que desaparecieron por el túnel. En el centro del estadio, Midnight levantó el micrófono con energía renovada, girando sobre sus talones con teatralidad.
—¡Y con eso, damas y caballeros, la primera fase del torneo ha llegado a su fin!
Detrás de ella, la enorme pantalla cobró vida. Los rostros de los competidores avanzados aparecieron uno a uno, conectados por líneas luminosas que se ramificaban como un árbol de decisiones, un entramado de futuros posibles. Algunos nombres despertaron ovaciones. Otros, murmullos atentos. Los bots de mantenimiento entraron al cuadrilátero, neutralizando con rapidez los restos del ácido de Mina, dejando el suelo impecable, como si la batalla nunca hubiera ocurrido.
—¡Pero no se relajen todavía! —continuó Midnight, señalando al público—. ¡La siguiente fase será con todo! Aunque antes...
Se llevó una mano a la oreja y sonrió con picardía.
—¡Tenemos invitadas especiales!
Present Mic irrumpió en escena como una explosión sonora, su voz amplificada atravesando el estadio.
—¡Así es, gente hermosa! ¡Un par de anuncios de nuestros patrocinadores! ¡Y además... animadoras extranjeras!
Las pantallas cambiaron de inmediato. Comerciales brillantes desfilaron uno tras otro: refrescos energéticos promocionados por héroes de sonrisa perfecta, suplementos médicos avalados por veteranos con cicatrices visibles, tecnología de soporte presentada como el futuro del heroísmo. El espectáculo no se detenía nunca. Solo cambiaba de máscara.
Mientras tanto, lejos del centro de atención, Midnight se deslizó hacia uno de los pasillos laterales, donde la luz se volvía tenue y el ruido del estadio llegaba amortiguado. Activó el comunicador oculto en su oído, los dedos tensos, los labios moviéndose en un murmullo casi infantil.
—Por favor... que esté bien... que esté bien...
Un leve clic indicó la conexión.
—Nezu, ella...
—La joven Intelli fue estabilizada con éxito —respondió la voz del roedor, calmada, precisa—. Recovery Girl decidió trasladarla a nuestras instalaciones subterráneas para su recuperación.
Midnight cerró los ojos un instante, el aire escapando de sus pulmones en un suspiro contenido.
—¿Sus padres ya fueron avisados?
—Lo fueron —afirmó tras una breve pausa—. Fue una llamada difícil, pero logré convencerlos con el impecable historial de Recovery Girl y nuestros contactos médicos.
Midnight se frotó las sienes, el dolor de cabeza pulsando justo detrás de los ojos. Lo ocultó rápido, como había aprendido a hacer durante años.
—¿Y sobre la oferta...?
—Ellos aceptaron —interrumpió, con un dejo de entusiasmo—. Ahora solo falta ella.
—Nezu... no sé si...
—Vamos, Midnight —la cortó con suavidad calculada—. Los anuncios ya terminaron. Debemos continuar el espectáculo.
Ella apretó los labios, asintió despacio y desactivó el comunicador. Cuando volvió a la luz, su sonrisa estaba de regreso, perfecta, ensayada, indestructible.
—¡Eso fue un espectáculo increíble, sin duda alguna! —anunció al público, la voz vibrante—. Así que... ¡continuemos con el torneo!
La pantalla volvió a cambiar. Dos nombres aparecieron enfrentados, grandes, imposibles de ignorar.
—¡Los próximos competidores serán... Bakugo Katsuki contra Iida Tenya!
El estadio rugió. El verdadero caos apenas estaba por comenzar.
CONTINUARÁ
N/A
Hola chicos! Jaja... Yami al habla. Feliz año nuevo a todos mis queridos lectores. Bueno... Tengo un anuncio, verán... Ya estoy acabando mi semestre en la Universidad y está como toro sin pastilla. Así que, por eso la demora... Además, he entrado en mi propio arco de personaje y he entrado en el gimnasio, llevo casi dos meses y pues, vamos bien, me he recuperado luego del desarrollo de personaje que me había dejado la ex señora Yami. Así qué, vamos con todo este nuevo año! El clímax del festival deportivo de la U.A está por empezar!
Un nuevo enemigo esta por llegar al joven Alex... Y un apocalipsis espera a los nuevos protagonistas...
