El frío de la mañana en la inmensidad del territorio canadiense tenía una cualidad casi sólida, una quietud cristalina que envolvía la imponente estructura de la Base Genbu. Dentro del colosal caparazón que les servía de fortaleza, el eco de los pasos y el aroma a café recién hecho y carne asada comenzaban a disipar los fantasmas de la noche anterior. Era un nuevo día para los renegados, los monstruos y los hombres rotos que Ryuusei había reunido bajo su mando.
En el vasto comedor principal, el grupo comenzaba a congregarse. Apenas se habían sentado cuando el rugido rítmico y pesado de las aspas de un helicóptero cortó el silencio del exterior. Ryuusei, que ya sostenía una taza humeante de té negro entre sus manos vendadas, ni siquiera parpadeó. Solo giró el rostro levemente hacia Bradley, quien estaba a punto de llevarse un trozo de pan a la boca.
—Ve a recibir eso —ordenó Ryuusei, su voz tranquila pero cargada de esa autoridad ineludible que lo caracterizaba—. Son los suministros.
Bradley no suspiró ni se quejó. De un instante a otro, la silla que ocupaba giró vacía sobre su eje, emitiendo un leve chirrido metálico. Una ráfaga de viento barrió las migajas de la mesa y agitó los cabellos de los presentes. Para cuando alguien intentó seguir el rastro de su movimiento, la pesada compuerta de la base ya se había abierto y cerrado.
Afuera, bajo la gélida luz del amanecer, el piloto del helicóptero de carga ni siquiera había terminado de apagar los motores cuando un joven apareció de la nada frente a él, sosteniendo el portapapeles. La firma fue un borrón de tinta negra. En menos de un parpadeo, docenas de pesadas cajas de madera y contenedores térmicos comenzaron a apilarse ordenadamente dentro de los almacenes de la Base Genbu, movidas por una fuerza invisible que dejaba tras de sí estelas de aire comprimido.
Segundos después, Bradley volvió a materializarse en su silla, terminando de masticar el pan que había dejado a medias, sin una sola gota de sudor en la frente.
—Siete meses —dijo el joven con naturalidad, dándole un sorbo a su jugo—. Tenemos suministros de primera para siete meses, jefe. Sobreviviremos al invierno sin tener que asomar las narices.
Un murmullo de aprobación recorrió la mesa. Sin embargo, la atención del grupo pronto fue secuestrada por algo mucho más insólito que la logística de supervivencia.
Amber Lee entró al comedor. Su presencia solía estar acompañada de una energía cortante, una barrera invisible de autodefensa. Caminó hacia la mesa, sosteniendo una bandeja con el desayuno, y en lugar de buscar su asiento habitual, en la esquina más alejada de los alborotadores, se detuvo detrás de la silla de Ezekiel.
El silencio en el comedor se volvió absoluto. Ezekiel, cuyas cicatrices parecían más pálidas bajo la luz fluorescente, tensó los hombros, esperando el insulto habitual, la burla ácida o la queja por alguna de sus pesadas e infantiles bromas de las semanas anteriores. Todos en la Base Genbu sabían que Amber detestaba a Ezekiel. Eran como el agua y el aceite; la seriedad herida contra el caos irritante.
Pero entonces, Amber hizo algo impensable. Con una suavidad que desarmó a todos los presentes, deslizó un pequeño plato con unas galletas recién horneadas junto a la taza de Ezekiel. Luego, posó su mano sobre el hombro del chico, apretándolo ligeramente, y le dirigió una sonrisa tenue, casi imperceptible, antes de sentarse a su lado.
—Buenos días —murmuró ella, con una dulzura que parecía ajena a su propia voz.
El impacto fue palpable. Volkhov, que apenas se recuperaba de sus heridas, alzó una ceja, deteniendo su tenedor en el aire. Aiko abrió los ojos de par en par, y Sylvan dejó escapar un silbido bajo y burlón. Ezekiel se quedó petrificado, mirando el plato de galletas como si fuera un artefacto explosivo, su rostro pálido tiñéndose lentamente de un rojo escandaloso. Las sombras de la experimentación en Berlín, la charla íntima de la noche anterior en la plataforma de observación; todo eso flotaba en el aire entre ellos, un secreto compartido que había transmutado el desprecio en una comprensión profunda y melancólica.
—Vaya, vaya... —murmuró Brad desde el otro extremo de la mesa, con una sonrisa ladina—. ¿Acaso el infierno se congeló hoy y nadie me avisó? ¿Desde cuándo el bufón recibe tratos de rey?
Las risas no se hicieron esperar. El comedor estalló en murmullos divertidos, codazos y miradas cómplices. El equipo entero, un puñado de asesinos y parias, encontraba un alivio humano en la repentina y extraña camaradería.
Ezekiel, completamente abrumado, hundió el rostro entre las manos y gruñó.
—¡Cállense todos y traguense su maldita comida! —espetó, aunque su voz carecía de su usual tono juguetón; estaba nerviosa, quebrada, vulnerable. Amber solo sonrió hacia su taza de té, ignorando las miradas.
Mientras las risas se apagaban gradualmente y el sonido de los cubiertos volvía a dominar el ambiente, una figura anciana se puso de pie al final de la mesa. Arkadi, el viejo mago. Su presencia siempre parecía deformar ligeramente la luz a su alrededor, como si el aire fuera más denso, más antiguo donde él pisaba. Se apoyó en su nudoso bastón de madera y fijó su único ojo sano en el líder del grupo.
—Ryuusei —la voz de Arkadi era grave, como el roce de dos rocas milenarias en el fondo de una caverna—. Acompáñame. Tú y yo tenemos palabras que cruzar.
Ryuusei, que había estado observando la dinámica de su equipo en silencio, asintió despacio. Dejó su taza sobre la mesa y se puso de pie. A su lado, Hitomi Valmorth se tensó. Sus dedos largos y pálidos se cerraron instintivamente sobre la manga de la chaqueta de Ryuusei. Había un brillo de genuina preocupación en sus ojos. Ella sabía mejor que nadie las presiones políticas que se cernían sobre él; la sombra de Francia, el peligro constante. Temía que el anciano trajera malas noticias.
Antes de que Hitomi pudiera pronunciar palabra, sintió un roce cálido en su mente, una brisa invisible que aquietó sus miedos. Kaira estaba sentada frente a ella, revolviendo su café. Sus ojos se encontraron, y la voz de Kaira resonó con claridad cristalina dentro de la cabeza de Hitomi, sin mover los labios: «Tranquila, preciosa. Arkadi no busca hacerle daño. De todos nosotros, él es quien más respeto le guarda. Solo necesitan el aire libre. Déjalo ir».
Hitomi relajó los dedos y dejó escapar un suspiro inaudible, asintiendo hacia Ryuusei, quien le devolvió una mirada que, aunque fugaz, albergaba una ternura que solo ella conocía.
El bosque canadiense, a unos kilómetros de la Base Genbu, era un santuario inmaculado. Los pinos ancestrales se alzaban como pilares de una catedral gótica, sosteniendo un cielo gris y frío. El suelo estaba cubierto de una alfombra de agujas secas y escarcha que crujía rítmicamente bajo las botas de los dos hombres. No había rastro de guerra allí, ni de la sangre derramada en Rusia, ni de la política podrida de Japón. Solo paz.
De los labios arrugados de Arkadi comenzó a brotar un silbido. No era una tonada común; era una melodía antiquísima, un lamento hermoso y etéreo que parecía vibrar en sintonía con la savia de los árboles. Ryuusei caminaba a su lado, en silencio, escuchando.
De pronto, el dosel del bosque cobró vida. Pequeños pájaros de plumajes azules, blancos y grises descendieron en picada. No huían del hombre; lo reverenciaban. Revolotearon alrededor de Arkadi y, con una confianza pasmosa, comenzaron a posarse sobre sus hombros, en los nudos de su bastón y, finalmente, un pequeño azulejo se acomodó directamente sobre la cabeza calva del viejo mago, piando con alegría.
Ryuusei se detuvo, observando la escena. La imagen del temible hechicero centenario convertido en una percha para aves cantoras rompió sus defensas. Una carcajada genuina, profunda y rara vez escuchada, brotó del pecho del líder. Arkadi lo miró de reojo con su único ojo, fingiendo indignación, pero una pequeña sonrisa se dibujó entre su barba blanca.
Caminaron hasta que los árboles se abrieron, revelando una laguna cristalina, cuyas aguas eran tan puras y frías que parecían un espejo de plata líquida. Pequeñas rocas lisas bordeaban la orilla.
Arkadi clavó su bastón en la tierra, se sentó sobre una roca cubierta de musgo y, sin dudarlo, comenzó a desatar las correas de sus pesadas botas.
—Siéntate —le ordenó el anciano—. Y quítate las botas. La tierra y el agua nos recuerdan que somos de carne, que moriremos. Nos hace humildes.
Ryuusei obedeció. Se sentó junto al viejo y sumergió los pies descalzos en la laguna. El frío fue una punzada eléctrica que subió por sus piernas, robándole el aliento por un segundo, pero después, una sensación de claridad mental lo invadió.
—Bien —suspiró Arkadi, mirando hacia el horizonte congelado—. Hagamos un trato, Ryuusei. El comercio de secretos es el más antiguo del mundo. Me contarás toda la historia de cómo lograste que esa chiquilla aristócrata, Hitomi Valmorth, se enamorara de ti. Detalle por detalle.
Ryuusei frunció el ceño, sacando los pies ligeramente del agua.
—No es una historia de cuentos de hadas, Arkadi. Y no soy un libro abierto. Si quieres hurgar en mi vida, te costará caro. Te lo diré, pero a cambio quiero una respuesta. Quiero saber cómo es que un mago de tu calibre terminó tuerto. Cómo te hiciste esa herida en el ojo.
Arkadi soltó una risita seca, que sonó como hojas muertas arrastradas por el viento. —Trato hecho, muchacho. Empieza tú.
Ryuusei se inclinó hacia adelante, apoyando los antebrazos sobre las rodillas. La brisa agitó su cabello oscuro. —Como ya sabes —comenzó, con voz pausada—, Hitomi llegó a mí porque estaba desesperada. Su familia... los Valmorth son casi los dueños de Dinamarca, pero estaban sumidos en una crisis de poder, traiciones internas, cosas que amenazaban con destruirla a ella y a los suyos. Necesitaba un monstruo para asustar a otros monstruos. Yo la ayudé con su familia.
—Esa parte ya me la sé, Ryuusei —lo interrumpió Arkadi, agitando una mano despectivamente—. Las crónicas de la sangre y la política me aburren. Te pregunté cómo se enamoró de ti. ¿Qué hizo que la heredera de un imperio te mirara como si fueras el único hombre sobre la faz de la tierra?
Ryuusei se quedó mirando su propio reflejo fragmentado en el agua cristalina. Abrió la boca para responder, pero la volvió a cerrar. Su mente, capaz de anticipar los movimientos de personas y desmantelar ejércitos en la frontera rusa, de pronto se encontró frente a un muro infranqueable.
—No... no lo sé —admitió finalmente, y había una honestidad cruda en su voz—. Fui a hacer un trabajo. Hubo sangre, hubo caos. La protegí porque era mi deber y mi contrato. Pero en algún punto entre la pólvora y el rescate, ella... ella simplemente se acercó a la oscuridad en la que yo vivo y decidió quedarse. No sé qué vio en mí.
Arkadi lo estudió. Su ojo anciano, afilado como el de un halcón, notó de inmediato la rigidez en los hombros de Ryuusei, la forma en que evitaba mirar directamente al horizonte. Al líder de la Base Genbu le costaba horrores procesar sus propios sentimientos; era un experto en la guerra, pero un analfabeto en la paz.
—¿La amas, Ryuusei? —preguntó el anciano de sopetón.
La pregunta golpeó a Ryuusei con la fuerza física de una bala. Apretó las mandíbulas, sintiendo el frío de la laguna calando en sus huesos. —Sí. La amo —respondió, firme, aunque su voz sonó ronca.
—¿De verdad? —Arkadi se inclinó hacia él, bajando el tono, volviéndolo inquisitivo e implacable—. Piénsalo bien, muchacho. El día que ella te confesó sus sentimientos, allí, vulnerables y rodeados de los ecos de la muerte... ¿Tú aceptaste sus palabras porque tu corazón ardía por ella? ¿O simplemente la aceptaste porque tenías miedo de dañarla? ¿Porque ella era un pajarito herido y tú el escudo que no supo decirle que no?
Ryuusei guardó silencio. El viento aulló entre los pinos, como si el mismo bosque esperara la respuesta.
Una parte muy profunda de su alma comenzó a retorcerse. Dudaba. Por supuesto que dudaba. Él, que tenía las manos manchadas de sangre internacional, que era el criminal más buscado por Occidente, que había masacrado tropas y desafiado al mundo... ¿cómo podía ser digno del amor? Para él, Hitomi era, sin atisbo de duda, la creación más hermosa, pura y perfecta que el mundo había parido. Verla dormir, escuchar su respiración, era el único ancla que le impedía convertirse en el monstruo que los periódicos decían que era. Pero, ¿la amaba correctamente? ¿O su amor era solo un instinto de protección egoísta, una forma de aferrarse a la luz de ella para no ahogarse en su propia oscuridad?
—Yo... —Ryuusei apretó los puños hasta que los nudillos se le pusieron blancos—. No sé cómo responderte a eso, Arkadi. No sé si mi amor está roto o si alguna vez fue puro.
Arkadi dejó escapar una carcajada sonora que asustó a un par de pájaros cercanos. —¡Ah, la juventud y su estúpida necesidad de absolución! —se rió el anciano, golpeando su rodilla—. Está bien dudar, idiota. El amor no es una ecuación matemática ni un tratado de paz perfecto. Es desordenado, es confuso y a menudo es aterrador. Lo que realmente importa, al final del día, es que cada vez que la miras, sabes que matarías y morirías por ella, y que su felicidad importa más que tu propia respiración. Mientras la ames, los motivos por los que empezaste no significan nada.
Ryuusei exhaló lentamente, sintiendo que un nudo que no sabía que tenía en el pecho comenzaba a aflojarse.
—Eres un viejo entrometido —murmuró, sacando los pies del agua.
—Y tú eres un joven ciego —replicó Arkadi. Luego, su tono se volvió súbitamente severo—. Lo que me lleva a mi siguiente pregunta.
—Alto ahí —Ryuusei levantó una mano, frunciendo el ceño—. Ese no era el trato. Una historia por una historia. Es tu turno.
El sonido hueco y seco de la madera golpeando el hueso resonó en el claro.
—¡Maldición! —bramó Ryuusei, llevándose las manos a la cabeza. Arkadi le había asestado un golpe rápido y preciso en el cráneo con el extremo de su bastón.
—Cállate y escucha, insolente —siseó el anciano, sus ojos relampagueando con una autoridad que no dejaba lugar a réplicas—. Soy tu mayor, y te enseñaré modales si tus padres no lo hicieron. Te exijo que me respondas esto, como comandante y como hombre: ¿Por qué demonios le hiciste el Juramento Carmesí a Eider? Sabes mejor que nadie los estragos que la magia de sangre causa. Es inmensamente peligroso para ella. La ataste a ti. ¿Por qué?
Ryuusei se frotó la cabeza, fulminando al anciano con la mirada, pero el peso de la pregunta hizo que su enojo se evaporara rápidamente. El asunto de Eider era complejo y amargo.
—Porque era eso o dejarla morir —respondió Ryuusei, su tono volviéndose gélido y profesional—. Piensa, Arkadi. Eider era una agente de la Asociación en Japón. Su única misión, su única razón de existir para esos bastardos, era infiltrarse, acercarse a mí y traerles información detallada de cómo asesinarme. Y fracasó. Falló estrepitosamente. Si ella regresaba a Japón con las manos vacías, sus superiores la ejecutarían por incompetencia y traición. La iban a descuartizar.
Ryuusei miró hacia las aguas agitadas por el viento.
—Esa chica estaba completamente perdida. Rota. No tenía a dónde ir, ni patria que la protegiera. Al hacer el Juramento Carmesí, la até a mi destino. La obligué a estar bajo mi protección absoluta y le di una excusa perfecta: "No puedo matarlo, estoy atada por un pacto de sangre". Su única salida para sobrevivir a la ira de Japón era fingir que ahora me pertenecía. Todo tiene sentido.
Arkadi apoyó la barbilla sobre las manos cruzadas en la empuñadura del bastón. Entendía la estrategia militar, pero la magia no entendía de geopolítica.
—Puede que le hayas salvado la vida física, Ryuusei. Pero el Juramento Carmesí no es un juego de niños ni una cláusula de contrato. Entrelaza las almas. Con el tiempo, corrompe o transforma. Exige un peaje.
El anciano, cuya sensibilidad le permitía rasgar los velos de la mente y las emociones, entrecerró el ojo y miró fijamente el aura de su líder.
—Dime la verdad. ¿Sientes algo por Eider? ¿Hay algún deseo oculto detrás de ese pacto de "salvación"?
Ryuusei soltó un bufido de desprecio, casi ofendido por la insinuación.
—Nada. Absolutamente nada. Arkadi, esa chica es de hielo sólido. Durante varios días, durmiendo bajo el mismo techo, intentó matarme docenas de veces para escribir su estúpido informe. Buscó mis puntos débiles mientras yo comía, mientras yo entrenaba. Y no consiguió absolutamente nada. Es fría, calculadora y letal. ¿Por qué demonios sentiría algo romántico por mi propia asesina en potencia?
Para sorpresa de Arkadi, Ryuusei se encogió de hombros y añadió con una franqueza descarada:
—A ver, no soy ciego. Es una chica linda. Tiene el cabello rojo, fuego puro, y un cuerpo espectacular construido para matar y seducir. Es atractiva, lo admito objetivamente. Pero comparada con Hitomi... Hitomi le gana por kilómetros. En gracia, en corazón, en todo. Además, nada de esto tiene que ver con la conversación. Salvé una vida, punto. Fin de la historia.
Ryuusei se levantó de un salto, secándose los pies apresuradamente y calzándose las botas. Su paciencia se había agotado. Caminó hasta quedar frente al anciano, alzando un dedo acusador.
—Se acabó tu turno de ser el juez, anciano. Ya expuse mi alma ante ti. Ahora, te toca pagar el precio del peaje. Quiero la historia. Toda. Cómo perdiste tu ojo derecho. Y qué demonios te llevó a estar vagando por los páramos helados de Siberia hace un año, para que Aiko y Volkhov te encontraran y te reclutaran. Habla.
La atmósfera del bosque cambió instantáneamente. El trino de los pájaros cesó. El viento, que antes jugaba entre las ramas, pareció congelarse en el aire. La temperatura descendió varios grados, y la superficie de la laguna comenzó a escarcharse en los bordes.
Arkadi no sonrió. La calidez de la figura paterna y consejera desapareció por completo, siendo reemplazada por la sombra de un ser antiguo, peligroso y cargado de un dolor inenarrable.
—Siéntate, muchacho —la voz de Arkadi ya no era la de un hombre; era el eco de la historia, profunda, ronca y cargada de una pesadumbre abisal—. Te pedí que te quitaras las botas para enseñarte humildad. Ahora siéntate y escucha con la atención que merece la sangre de los caídos.
Ryuusei sintió un escalofrío recorrerle la espina dorsal. Se sentó lentamente en la roca, cruzando los brazos sobre el pecho.
Arkadi cerró su único ojo por un largo momento. Cuando lo volvió a abrir, no estaba mirando el bosque canadiense; su mirada estaba anclada a un siglo de distancia.
—La gente moderna cree que la magia es un invento de las películas de Hollywood o trucos baratos de feria —comenzó Arkadi, su voz tejiendo un hechizo invisible—. En la antigüedad, antes de que los imperios de hierro y pólvora se levantaran, los magos caminábamos entre los reyes. Éramos los guardianes del equilibrio, los susurradores de los vientos, los curanderos de la tierra. La magia era como respirar. Pero el hombre teme a lo que no puede comprender, y lo que teme, anhela destruirlo.
El anciano apretó las manos alrededor del bastón.
—Llegó la Edad Media, y con ella, la oscuridad de la mente humana. Las religiones organizadas se alzaron como bestias hambrientas. Quienquiera que hablara con los árboles, quienquiera que curara una herida con un cántico en lugar de una sangría, era tildado de hereje. Nos veían como hijos del demonio. Purgaron el mundo con fuego, acero y dogmas. Quemaron a nuestras hermanas, despellejaron a nuestros maestros. La magia no murió, Ryuusei, pero aprendió a esconderse. Se retiró a los rincones más desolados y oscuros de la tierra. Y es allí donde comienza mi historia.
Ryuusei no interrumpió. Arkadi tenía ciento ocho años. Había nacido durante un tiempo donde el mundo se desgarraba a sí mismo.
—Corría el año 1918. El mundo estaba inmerso en la Gran Guerra y los imperios caían como fichas de dominó. Yo nací en el Gran Ducado de Finlandia, en un pueblo tan remoto en el norte, cerca de Karelia, que ni siquiera los zares rusos se atrevían a cobrar impuestos allí. El invierno en esa tierra no es una estación; es un dios cruel y hambriento que exige sacrificios.
»Yo tenía apenas diez años, pero en aquellas tierras de hielo, a los diez años ya eres un hombre o eres un cadáver. Mi familia... mi padre, Ilmari, y mi madre, Eeva, eran herederos de un linaje ininterrumpido de hechiceros nórdicos. No éramos de los que lanzaban bolas de fuego o movían montañas. Nuestra magia era cruda, atada a la tierra, a la sangre, a los huesos de los animales y a las tormentas de nieve. Mi madre podía detener una ventisca cantándole a las nubes. Mi padre podía hablar con los osos cavernarios y endurecer su piel como si fuera corteza de abedul milenario.
La voz de Arkadi tembló, pero no por debilidad, sino por una furia fría que había fermentado durante un siglo.
—El pueblo en el que vivíamos estaba conformado por leñadores, cazadores y mineros. Gente supersticiosa, dura, embrutecida por el frío y el alcohol. Nos toleraban porque éramos útiles. Cuando la plaga roja llegó a los cerdos, mi padre la detuvo. Cuando la fiebre tifoidea amenazó con matar a la mitad de los niños del pueblo, fue mi madre quien hirvió las raíces y cantó los encantamientos para salvarlos. Nos debían la vida, cien veces. Pero la gratitud humana tiene fecha de caducidad.
Arkadi levantó la mirada hacia el cielo gris de Canadá.
—Ese año, la Guerra Civil Finlandesa llegó incluso a nuestra remota aldea. El odio entre los "Rojos" y los "Blancos" envenenó las mentes de la gente. El miedo engendra monstruos, Ryuusei. Y cuando los hombres tienen miedo, buscan a un chivo expiatorio. Un sacerdote extremista llegó al pueblo huyendo del sur. Un fanático de ojos desorbitados, escupiendo veneno sobre la purificación y la voluntad divina. Les dijo que la guerra, la hambruna y el frío extremo eran un castigo porque toleraban la presencia del "diablo" entre ellos. Porque permitían que los brujos respiraran su mismo aire.
»Yo era un niño que recién comenzaba a manifestar mi don. Podía ver los hilos de la magia flotando en el aire como telarañas brillantes. Era una noche de enero. La temperatura estaba a treinta grados bajo cero. La nieve caía tan densa que no podías ver tu propia mano frente a tu rostro. Estábamos en nuestra cabaña, lejos del asentamiento principal. Estábamos cenando caldo de liebre. Recuerdo el olor... a romero, a grasa animal, al fuego crepitando.
El viejo cerró el puño. Sus nudillos crujieron.
—Entonces, los perros del pueblo dejaron de ladrar. Ese fue el primer aviso. Mi padre se levantó de la mesa, con el rostro más pálido que la nieve exterior. «Eeva, esconde al niño en el sótano bajo las raíces», le dijo a mi madre. Pero ya era demasiado tarde.
»La puerta de roble macizo estalló en astillas. No eran soldados. Eran nuestros vecinos. Los hombres a los que mi padre había curado. Las mujeres cuyos hijos mi madre había salvado de la muerte. Estaban armados con hachas de leñador, horcas, antorchas encendidas que siseaban en la nevada, y grandes cruces de hierro forjado. Sus rostros estaban torcidos por una locura fanática, azuzados por los gritos enloquecidos del sacerdote que clamaba sangre.
Ryuusei sintió que el aire le faltaba. La brutalidad de la humanidad no le era ajena, pero el relato del mago tenía un peso visceral, repugnante.
—Mi padre ni siquiera intentó razonar con ellos. Sabía que la bestia de turba no tiene oídos. Canalizó la magia de la tierra. Recuerdo ver sus ojos brillar con una luz esmeralda. Golpeó el suelo con los puños desnudos, y las tablas del piso se partieron. Raíces gruesas como muslos de hombre emergieron de la tierra congelada bajo los cimientos, atrapando a los primeros intrusos, rompiéndoles las piernas con chasquidos húmedos. Los gritos fueron ensordecedores.
»Mi madre me agarró del brazo, arrastrándome hacia la ventana trasera. Me empujó hacia la nieve. «Corre, Arkadi. Corre hacia el bosque oscuro y no mires atrás», me rogó, besándome la frente con labios temblorosos y fríos.
—Pero no corrí, Ryuusei. Fui un estúpido niño aterrado. Me escondí debajo de la ventana, asomando los ojos sobre el marco, paralizado por el miedo, incapaz de abandonar a mi sangre.
Una lágrima solitaria, pesada y brillante, resbaló por la mejilla arrugada de Arkadi, perdiéndose en su barba blanca.
—Vi cómo mi padre era superado por el número. La magia tiene un límite, drena tu fuerza vital. Un hombre corpulento le clavó un hacha de carnicero en la espalda, partiéndole la columna vertebral. Mi padre cayó al suelo, escupiendo sangre negra. Mi madre gritó, un sonido tan desgarrador que creo que el bosque lloró con ella. Desató una tormenta de viento dentro de la cabaña, apagando las antorchas, arrojando a los hombres contra las paredes. Pero el maldito sacerdote se acercó a ella por detrás con una daga bendecida. Se la clavó en la garganta.
El silencio que siguió fue atronador. Ryuusei apretaba los dientes, imaginando a un niño de diez años presenciando cómo masacraban a los seres que le dieron la vida.
—La sangre de mi madre salpicó la ventana por donde yo miraba —continuó Arkadi, su voz bajando a un susurro gutural, impregnado de oscuridad—. La sangre caliente en el vidrio helado... vi cómo se deslizaba. Y en ese instante, mi miedo se rompió. Algo se fracturó dentro de mí. Una represa de magia ancestral, cruda y violenta, reventó en mi interior.
»Grité. Fue un grito que no sonaba humano. La ventana estalló en mil pedazos. La fuerza de mi magia descontrolada provocó una implosión que derribó las vigas del techo. Entré por el hueco, caminando sobre los escombros y la nieve ensangrentada. Los hombres se giraron hacia mí. Vieron a un niño pequeño, pero el sacerdote... el sacerdote vio mis ojos. Estaban rebosantes de poder absoluto. «¡El engendro del infierno! ¡Mátenlo, quítenle la visión demoníaca!» gritó el bastardo.
Arkadi se llevó una mano temblorosa a la cuenca vacía de su ojo derecho, tocando la profunda y retorcida cicatriz que cruzaba su piel curtida.
—Varios hombres se abalanzaron sobre mí. Era poderoso, sí, pero no tenía entrenamiento. Era un niño. Me inmovilizaron en el suelo, sobre el charco de sangre que aún manaba del cuerpo de mi madre. Recuerdo el peso aplastante de sus rodillas sobre mi pecho. Recuerdo el olor a sudor rancio, a alcohol barato y a humo.
»El sacerdote se arrodilló a mi lado. Sostenía en su mano un atizador de hierro de nuestra propia chimenea. Estaba al rojo vivo, brillante y crepitante. Murmuraba oraciones en latín, babeando locura. Me agarró por el cabello, tirando de mi cabeza hacia atrás, y sin dudarlo un solo segundo, hundió el hierro ardiente directamente en mi ojo derecho.
Ryuusei cerró los ojos, sintiendo un dolor fantasma en su propio rostro.
—El dolor... no hay palabras en ningún idioma humano para describir lo que sentí. El sonido de mi propio globo ocular evaporándose, el olor a carne quemada, mi propia carne asándose en el cráneo. El hierro me quemó hasta el nervio óptico. El mundo se volvió un abismo de agonía roja y negra. Quería morir. Recé a los dioses antiguos para morir en ese instante.
»Pero no morí. El dolor, esa tortura inimaginable, actuó como el catalizador final para mi magia. Ya no era una fuerza natural; se volvió pura destrucción. En medio de mis convulsiones de agonía, solté una onda de choque telequinética tan monstruosa que desmembró literalmente a los hombres que me sostenían. Las paredes de la cabaña volaron por los aires. El sacerdote salió despedido como un muñeco de trapo, ensartándose en las ramas rotas de un abedul a diez metros de distancia.
Arkadi bajó la mano de su rostro. Su mirada era como el hielo de un glaciar.
—Cuando desperté horas después, la cabaña era cenizas humeantes. Todos estaban muertos. Mis padres, mis asesinos. Yo estaba solo, ciego de un ojo, con la mitad del rostro cubierto de costras negras y sangre congelada. Me arrastré por el bosque durante días. Comí raíces podridas, bebí sangre de animales muertos para sobrevivir. El frío y el dolor mataron al niño Arkadi en esos bosques de Finlandia. El que emergió de esa tormenta blanca meses después, ya no era humano. Era un instrumento de venganza y magia oscura. Pasé décadas cazando... pero eso, muchacho, es otra historia.
Ryuusei exhaló lentamente. Comprendía ahora la infinita profundidad de la tristeza y la sabiduría en el viejo.
—Después de tanto tiempo... ¿Cómo es que Aiko y Volkhov te encontraron en Siberia hace un año? —preguntó Ryuusei, su tono imbuido del más profundo respeto.
Arkadi esbozó una sonrisa melancólica, apoyando ambas manos sobre su bastón.
—El mundo cambió, Ryuusei. Los imperios cayeron, la tecnología reemplazó a los dioses, y la magia se fue apagando del mundo como una brasa moribunda. Yo pasé casi un siglo vagando, siendo un maestro de sombras, enseñando a los pocos hechiceros que quedaban, hasta que me cansé. Aislado en la inmensidad de Siberia, me estaba preparando para morir en paz. Entregarme a la tierra.
»Pero el destino tiene un sentido del humor macabro. Hace un año, estaba en mi cueva de hielo en los Urales, meditando sobre el final, cuando sentí una perturbación. Una tormenta de balas y pólvora se acercaba. Salí de mi letargo y los vi: una chica pequeña, furiosa, letal y curiosa y un gigante ruso lleno de cicatrices y furia pura.
Arkadi soltó una carcajada ronca, recordando el momento.
—Vi en los ojos de Volkhov la misma rabia de niño acorralado que yo sentí en Finlandia hacía ochenta años. Y vi en Aiko la desesperación obstinada de los que se niegan a rendirse. No pude evitarlo.
»Cuando la nieve se asentó, ese loco de Volkhov me apuntó con su ametralladora, y la niña Aiko me gritó: «¡Únete a nosotros, viejo brujo, o te matamos!». Me pareció tan ridículamente humano, tan audaz... que decidí posponer mi muerte. Quería ver qué clase de mundo estaban tratando de destruir, o de salvar. Por eso me reclutaron. Y por eso, cuando te conocí, Ryuusei, decidí seguirte. Porque al igual que yo, llevas las cicatrices del fuego y la sangre, pero aún estás a tiempo de salvar el alma que te queda... si es que esa chica, Hitomi, no lo hace primero.
Ryuusei se quedó en completo silencio. El sonido del bosque canadiense volvía poco a poco a la normalidad; los pájaros retomaban su trino lejano y el viento parecía un poco menos gélido tras la catarsis compartida.
Arkadi la tomó con fuerza, apoyándose en su bastón para levantarse. El trato estaba sellado. Almas desnudas en el fin del mundo.
