*AETHERIUS*
El aire en el patio se volvió denso en cuanto nos colocamos frente a frente, como si incluso el entorno entendiera que aquello no era un simple intercambio de golpes. No había gritos, no había bromas ahora; las voces de los demás quedaron atrás, diluidas en un murmullo lejano que apenas alcanzaba mis oídos.
Lo único real era Trevor frente a mí, su postura relajada pero firme, el peso de su cuerpo distribuido con precisión, como alguien que no necesita demostrar nada porque sabe exactamente lo que puede hacer. Yo, en cambio, sentía cada latido en mi pecho como un recordatorio constante de que todavía no estaba completo, de que lo que estaba a punto de hacer no dependía solo de mi fuerza… sino de lo poco que había logrado reconstruir de mí mismo.
Respiré hondo, dejando que el aire frío llenara mis pulmones mientras el mana comenzaba a moverse dentro de mí, lento al principio, como si dudara, como si aún no confiara del todo en el camino que le estaba pidiendo recorrer. No forcé nada. Esta vez no. Dejé que fluyera por sí solo, recordando los movimientos, las sensaciones, la forma en que mi cuerpo respondía cuando no trataba de dominarlo todo a la fuerza.
Las primeras chispas aparecieron en mis dedos casi sin darme cuenta, pequeñas descargas que reptaban por mi piel y se desvanecían al instante, pero que bastaron para que Trevor sonriera apenas, como si ese detalle fuera suficiente para confirmar algo que ya sospechaba.
No hubo señal. No hubo advertencia.
Un instante estaba frente a mí… y al siguiente ya no.
Mi cuerpo reaccionó antes que mi mente. Giré con brusquedad, levantando el brazo en el momento exacto en que el impacto llegó, una fuerza seca, directa, que me sacudió desde el hombro hasta la espalda y me obligó a deslizarme varios pasos hacia atrás.
El suelo crujió bajo mis pies al intentar recuperar el equilibrio, y durante una fracción de segundo todo se redujo a esa vibración que me recorría el brazo, al eco del golpe que todavía resonaba en mis huesos. Era rápido… demasiado rápido. No solo en movimiento, sino en intención. Trevor no estaba probando. Estaba leyendo.
Apreté los dientes y dejé que la electricidad respondiera, esta vez sin contenerla del todo. Las chispas crecieron, se alargaron, se conectaron entre sí hasta formar líneas irregulares que recorrían mis brazos como si fueran venas nuevas, vivas, inquietas. A mi alrededor comenzaron a formarse las esferas, una tras otra, flotando en un patrón que no era del todo consciente pero que mi cuerpo parecía recordar mejor que mi mente. No eran perfectas, no eran estables, pero estaban ahí, girando lentamente, marcando un ritmo que me ayudaba a centrarme, a no perderme en el ruido de mis propios pensamientos.
Trevor no se movió de inmediato. Me observaba. Y eso… eso era peor.
Sentí la incomodidad clavarse en el pecho, esa sensación de estar siendo medido, evaluado, desarmado sin que siquiera me tocara. No esperé más. Di el primer paso, dejando que el mana descendiera por mis piernas mientras las esferas respondían al movimiento, acelerándose, trazando líneas de luz a mi alrededor. Impulsé mi cuerpo hacia adelante, acortando la distancia en un instante, lanzando un golpe directo, cargado con electricidad que crepitó al contacto.
Lo bloqueó.
No solo eso… lo detuvo.
Mi puño chocó contra su brazo y la descarga estalló en una luz breve, intensa, pero Trevor apenas retrocedió un centímetro. Sentí la resistencia, la solidez, como si hubiera golpeado algo mucho más firme que un cuerpo humano. Antes de poder reajustar, su contraataque llegó. No fue rápido. Fue inevitable. Su puño impactó en mi abdomen con una precisión brutal, expulsando el aire de mis pulmones de golpe, doblando mi cuerpo hacia adelante mientras el mundo se comprimía en un instante de silencio absoluto.
Pero no caí.
No podía.
Las esferas reaccionaron por sí solas, como si percibieran el peligro antes que yo. Se comprimieron, vibraron, y luego se dispararon en diferentes direcciones, obligando a Trevor a retroceder mientras pequeñas explosiones de electricidad marcaban el suelo donde había estado. Aproveché ese espacio para recuperar aire, aunque cada respiración ardía, cada músculo se quejaba como si ya hubiera peleado durante horas en lugar de segundos.
Algo estaba cambiando.
No era solo la pelea.
Era la forma en que percibía todo.
El movimiento de Trevor… el sonido del aire al desplazarse… incluso la tensión en sus músculos antes de atacar. Todo se volvía más claro, más lento, como si el mundo estuviera cediendo espacio para que yo pudiera alcanzarlo. La electricidad en mi cuerpo dejó de ser caótica y empezó a alinearse, a recorrer caminos más definidos, más precisos, envolviendo mis extremidades como una segunda piel que reaccionaba antes que yo mismo.
Cuando Trevor volvió a moverse, esta vez lo sentí.
No lo vi primero.
Lo sentí.
Giré en el momento exacto, agachándome lo suficiente para que su golpe pasara rozando mi cabeza, y respondí sin pensar, dejando que mi cuerpo hiciera lo que recordaba sin palabras. Mi pierna trazó un arco bajo, buscando desestabilizarlo, mientras una de las esferas descendía y explotaba al contacto con el suelo, obligándolo a cambiar de posición. No era perfecto. No era limpio. Pero funcionaba.
El intercambio se volvió más intenso, más continuo, más real. Ya no había pausas, ya no había espacio para pensar. Cada movimiento llevaba al siguiente, cada error se convertía en una apertura, cada impacto en una advertencia. Sentía el calor de sus golpes, el contraste con la electricidad que recorría mi cuerpo, la forma en que ambas energías chocaban y se repelían creando pequeñas explosiones de luz y sonido que vibraban en el aire.
Y entonces…
Pasó.
Un movimiento.
Un giro.
Un ángulo imposible que mi cuerpo ejecutó sin que yo lo ordenara.
Mi mano se desvió, atrapando su muñeca en lugar de bloquear el golpe, girando con su propia fuerza, redirigiéndola mientras mi otra mano, envuelta en electricidad concentrada, avanzaba directa hacia su pecho con una precisión que no reconocía como mía.
Por un instante… su expresión cambió.
Sorpresa.
Real.
El impacto lo hizo retroceder varios pasos, más de los que había logrado antes, dejando marcas oscuras en su ropa donde la electricidad había alcanzado su piel. Yo me quedé ahí, respirando con dificultad, mirando mis propias manos como si no fueran del todo mías, sintiendo aún el eco de ese movimiento recorriendo mis músculos.
No lo había pensado.
No lo había planeado.
Pero mi cuerpo… lo recordaba.
Y eso…
Eso me heló la sangre más que cualquier golpe.
Trevor no respondió de inmediato. No avanzó, no atacó, ni siquiera intentó recuperar terreno como lo había hecho antes. En lugar de eso, se quedó quieto por un segundo que se sintió más largo de lo que debería, observándome con una intensidad distinta, como si ya no estuviera evaluando lo que podía hacer… sino lo que acababa de hacer sin entenderlo.
Luego, poco a poco, enderezó la espalda, soltó el aire contenido en sus pulmones y cerró los ojos con calma, como alguien que decide cambiar el ritmo de la pelea desde la raíz. Sus hombros descendieron, la tensión en su cuerpo desapareció casi por completo, y cuando volvió a abrir los ojos… algo había cambiado. No era su postura. Era la sensación que transmitía. Más silenciosa. Más peligrosa.
No tuve tiempo de procesarlo.
Desapareció.
Pero esta vez… no lo sentí.
No hubo advertencia, no hubo desplazamiento perceptible, no hubo ese mínimo instante donde mi cuerpo pudiera reaccionar por instinto. Simplemente ya estaba frente a mí. Mi mente intentó alcanzarlo, ordenar una respuesta, pero fue demasiado lento. Mucho más lento de lo que creí posible. Lo siguiente que percibí fue su mano abierta incrustándose en mi abdomen con una precisión absoluta, un impacto seco, brutal, que no solo golpeó… sino que atravesó todo el aire dentro de mí como si lo hubiera arrancado de raíz.
El dolor no llegó primero.
Llegó la fuerza.
Una presión descomunal que comprimió mi cuerpo, que lo obligó a ceder, que lo lanzó hacia atrás con una violencia que no pude detener. El suelo desapareció bajo mis pies, el aire se distorsionó a mi alrededor, y en un parpadeo me estrellé contra la pared de la sala de entrenamiento. El impacto resonó como un trueno seco, recorriendo mi espalda y expandiéndose por todo mi cuerpo en una explosión de dolor que ahora sí, llegó con todo su peso, clavándose en cada músculo, en cada hueso, en cada fibra que no estaba preparada para recibir algo así.
El aire no regresó de inmediato.
Mi cuerpo se quedó atrapado entre la pared y esa sensación de vacío absoluto, como si hubiera olvidado cómo respirar. Mis manos temblaron al intentar sostenerme, las chispas eléctricas que antes fluían con cierta armonía ahora estallaban de forma irregular, descontroladas, reaccionando más al dolor que a mi voluntad. Sentía el pulso en mis oídos, fuerte, desordenado, mientras trataba de forzar una respiración que no llegaba.
Trevor no avanzó.
No necesitaba hacerlo.
Desde donde estaba, apenas pude levantar la vista para verlo de nuevo, de pie, tranquilo, como si ese movimiento no le hubiera costado nada, como si la diferencia entre nosotros se hubiera hecho evidente en un solo instante. Y lo entendí. No era solo velocidad. No era solo fuerza. Era control. Era experiencia. Era el peso de años de entrenamiento que yo simplemente… no tenía ahora mismo.
Esa fuerza…
No era casualidad.
No era un golpe impulsivo.
Era el resultado de alguien que había llevado su cuerpo más allá de los límites una y otra vez hasta que ese nivel se volvió su base. Trevor no era solo mi hermano mayor. Era un discípulo en formación dentro de una estructura que exigía evolución constante, alguien que ya estaba siendo moldeado para algo más grande. Su cuerpo respondía sin dudar, su mana no titubeaba, su intención no se fragmentaba como la mía.
Y yo…
Apenas estaba reconstruyéndome.
Escupí el aire que finalmente regresó a mis pulmones en una bocanada torpe, inclinándome hacia adelante mientras mis dedos se clavaban en el suelo para mantenerme en pie. Cada respiración ardía, cada intento de enderezarme hacía que el dolor se expandiera desde mi abdomen hacia el resto del cuerpo, pero no podía quedarme ahí. No frente a él. No después de haber sentido, aunque fuera por un instante, que podía alcanzarlo.
La electricidad respondió a ese pensamiento.
No de forma ordenada.
No de forma limpia.
Pero respondió.
Las chispas se intensificaron, se arrastraron por mis brazos, treparon por mi cuello, se enredaron en mi cabello como si quisieran sostenerme cuando mis propias fuerzas fallaban. Mi cuerpo temblaba, sí… pero no solo por el golpe. Había algo más, algo que se agitaba bajo la superficie, algo que no terminaba de encajar entre lo que recordaba y lo que mi cuerpo insistía en hacer.
Levanté la mirada.
Trevor seguía observándome.
Y esta vez… no sonreía.
Lo entendía.
Había cruzado una línea.
Y ahora… no iba a retroceder.
Apreté los dientes, obligando a mi cuerpo a incorporarse por completo, ignorando el dolor que protestaba en cada movimiento, dejando que el mana fluyera otra vez, aunque fuera de forma imperfecta, aunque quemara, aunque doliera más de lo necesario. Mis pies se acomodaron por instinto, mi peso se distribuyó mejor, mis manos se alzaron, aún temblorosas pero listas.
Intenté moverme.
De verdad lo intenté.
Mis pies respondieron tarde… mal… como si ya no fueran parte de mí. Di apenas un paso antes de que todo mi peso cediera de golpe. Mis rodillas chocaron contra el suelo con un impacto seco, y una de mis manos se clavó en la superficie para evitar caer por completo. El aire salió de mis pulmones en un jadeo irregular, mientras mi cuerpo temblaba, incapaz de sostenerse como debía.
No… no tenía sentido.
Habían pasado meses.
Meses entrenando, adaptándome, reconstruyendo lo que creía perdido incluso sin recordar nada. Se suponía que había mejorado. Se suponía que… esto ya no debía pasar.
Pero mi cuerpo no estaba de acuerdo.
El dolor llegó sin aviso.
Una punzada en la cabeza, brutal, como si algo se hubiera clavado desde dentro. Mis dedos se tensaron contra el suelo mientras mis dientes rechinaban, tratando de soportarlo, pero no era un dolor normal… no era físico del todo. Era más profundo. Más invasivo. Como si algo estuviera… empujando desde dentro.
Entonces lo sentí.
Una vibración.
No en el aire.
En mí.
Recorrió mi cuerpo desde el pecho hasta la espalda, descendiendo por mis brazos, subiendo por mi cuello, desacomodando todo a su paso. Una sensación incómoda… incorrecta… como si algo que no debía estar ahí estuviera despertando, reclamando espacio.
Y luego… mis ojos.
El ardor fue inmediato.
Una quemazón que me obligó a cerrar los párpados con fuerza, pero no sirvió de nada. La picazón era peor, desesperante, como si algo quisiera salir desde adentro. Llevé una mano a mi rostro por instinto, pero me detuve a medio camino, respirando de forma errática, sintiendo cómo cada latido hacía que esa sensación empeorara.
Abrí los ojos.
Y miré a Trevor.
Lo vi retroceder un paso.
Instintivo.
No fue cálculo. No fue estrategia.
Fue reacción.
Y no fue el único.
Desde el borde del patio, mi familia… todos… estaban tensos.
Nadie hablaba.
Nadie se movía.
Pero lo sentí.
Ese cambio en el aire.
Esa presión.
Ese silencio que no era normal.
Otra punzada atravesó mi cabeza.
Más fuerte.
Más profunda.
Y entonces…
La escuché.
Una voz.
Clara.
Fría.
Directa.
—Ataca.
Mi cuerpo se tensó.
No… no fue una decisión.
No fui yo.
Algo…
Se liberó.
Lo sentí romperse.
Como si un peso invisible que había estado sobre mí… desapareciera de golpe. Pero no fue alivio. No fue libertad.
Fue… vacío.
Y oscuridad.
Desde debajo de mí… desde mi sombra… algo se movió.
No como la electricidad.
No como el mana.
Esto era distinto.
Negro.
Denso.
Vivo.
Se deslizó por el suelo como un líquido que no debía existir, retorciéndose, expandiéndose, creciendo en una forma que no entendía, que no controlaba. Lo vi avanzar hacia Trevor en un impulso violento, directo, como si tuviera intención propia.
Y entonces…
Los gritos.
Ahogados.
Distorsionados.
No venían de afuera.
Venían de eso.
De la sombra.
Mi sombra.
Sentí un escalofrío recorrerme por completo, mientras mi mano temblaba contra el suelo, mis ojos abiertos sin poder apartarse de lo que estaba ocurriendo frente a mí.
No… no…
Esto no era electricidad.
No era lo que había estado usando.
No era algo que hubiera aprendido.
Era otra cosa.
Algo que había escuchado…
Pero nunca usado.
Nunca.
Las sombras.
Y ahora…
Estaban respondiendo.
Sin que yo se los pidiera.
***
*TREVOR*
El impacto llegó.
No como un golpe normal.
Mis brazos reaccionaron por instinto, cubriéndose al frente mientras la magia de incineración se encendía al instante, envolviendo mi piel en ese fuego denso, comprimido… superior. No era una llama común. Era algo más puro, más destructivo, algo que no solo quemaba… deshacía.
Aun así.
Lo sentí.
El choque fue amortiguado, sí… pero no detenido.
Una presión sólida, real, atravesó la defensa y se estrelló contra mis brazos con un peso que no pertenecía a ninguna magia que hubiera enfrentado antes. Mis pies se deslizaron apenas hacia atrás, clavándose con más fuerza en el suelo para no perder el equilibrio.
Dolía.
No era un ardor.
Era… impacto.
Bajé la mirada apenas un segundo.
Mis mangas… estaban hechas jirones.
No completamente destruidas, pero la tela había sido arrancada en partes irregulares, como si algo la hubiera desgarrado con fuerza física, no consumido como lo haría el fuego o una descarga de mana.
Fruncí el ceño.
Eso no era mana.
Lo supe en ese instante.
No fluía como energía.
Pesaba.
Antes de poder moverme.
Mi sombra se movió.
No la de él.
La mía.
Mi cuerpo reaccionó en sincronía, desplazándose hacia un lado sin pensarlo, justo cuando la oscuridad bajo mis pies se levantó como una ola, intentando envolverme desde abajo. Sentí el aire alterarse, la presión cambiar, como si el suelo mismo hubiera dejado de ser seguro.
Alcé la vista.
Aetherius seguía de rodillas.
Pero no estaba… quieto.
Otra masa oscura emergió desde su posición, retorciéndose, expandiéndose hacia mí con la misma intención violenta. No había control en su forma. No había precisión. Era pura liberación.
Mis ojos se fijaron en él.
Su mano cubría su rostro.
Pero entre sus dedos…
Lo vi.
Rojo.
El iris.
Teñido completamente de rojo.
Y entonces lo entendí.
Otro ataque vino.
Me moví.
Esta vez sin esperar.
El recuerdo encajó en mi mente con una claridad incómoda.
Aetherius… cuando luchaba con esas sombras… no solo las invocaba.
Se asimilaba.
Sus ojos cambiaban.
Su cabello.
Blanco.
Blanco puro.
Pero esto…
Esto no era lo mismo.
No había control.
No había intención clara.
Era desbordamiento.
Entonces era cierto.
Las cartas.
Las palabras de nuestros padres.
Aetherius no había aprendido a usarlas.
No de forma consciente.
No de verdad.
Otro ataque se alzó desde el suelo, más amplio, más agresivo.
Y entonces...
—¡TREVOR!
La voz de Atheria rompió el aire.
Giré apenas lo suficiente para verla.
Su electricidad gris estalló a su alrededor, viva, densa, mientras mi padre ya se movía, el viento arremolinándose a su alrededor con una precisión inmediata. Entre ambos levantaron una barrera, una capa de energía que se extendió frente a los demás justo cuando la oscuridad volvió a expandirse en esa dirección.
—¡Diablos! —la voz de mi madre, tensa.
No aparté la mirada de Aetherius.
No podía.
Porque ahora lo veía claro.
No era un ataque dirigido.
No era una técnica.
Era pérdida.
Control.
Apreté los dientes, sintiendo cómo la incineración volvía a comprimirse alrededor de mis brazos, más densa, más enfocada. Mis pies se ajustaron al suelo, mi postura bajó apenas, preparándome.
