Después de recorrer un par de calles, llegamos frente a una entrada que, desde afuera, parecía un simple muro de seguridad. Sin embargo, al cruzar el umbral, se desplegaba un complejo de viviendas exclusivo. Solo por la arquitectura y la vigilancia se notaba que los residentes gozaban de un poder económico alto y estable.
Mientras caminábamos, no pude evitar la curiosidad. —¿Qué te trae por aquí, tía? Sarah guardó silencio un momento antes de responder con su habitual calma. —Vine a tratar ciertos asuntos con tus padres. —¿Otra vez papeleo? —pregunté con una mueca de fastidio. —Algo así —respondió ella, indiferente. —Ustedes siempre hacen cosas aburridas.
Ella no dio más explicaciones, sabiendo que, para un niño, la política y la administración son conceptos vacíos. Perdi el interés rápidamente. Seguimos el sendero hasta nuestra vivienda: una casa espaciosa, diseñada para una familia numerosa, aunque en ella solo vivíamos tres personas.
Sarah tocó el timbre. Ding-dong. —¿Quién es? —preguntó la voz de una mujer por el transmisor. —Soy yo. —Entra.
La puerta cedió con un pequeño clic. Al entrar, nos recibió la voz de un hombre que, a pesar de los años, conservaba el atractivo de su juventud. Era mi padre. —Hermana, has venido. ¿Qué te trae por aquí? —Asuntos de los que hablaremos luego —respondió Sarah—. Entremos primero.
Mi padre se acercó y me envolvió en un abrazo efusivo. Intenté zafarme de inmediato; me sentía como un muñeco de trapo. —Papá, ya basta, me estás asfixiando. Además, ya soy grande para esto. —Pero qué dices —rio él, sin soltarme del todo—. Apenas tienes seis años. ¿Y por qué escapaste de nuevo sin mi permiso? —Es que este lugar es muy aburrido —bufé.
—No me importan las razones. No lo hagas otra vez o te quedarás sin tus comidas favoritas por un mes. —¡Papáaaa! —exclamé, fingiendo un berrinche que sabía que funcionaba con él. Sarah sonrió levemente ante la escena. —No creo que sea necesario tanto castigo por algo tan simple —intervino ella. —Silencio, hermana. ¿Cómo podrías entender la preocupación de un padre? Para ti es fácil decirlo —replicó él, aunque sin verdadera molestia.
Justo cuando Sarah iba a señalar que este era un barrio seguro, mi madre apareció por el pasillo. Tenía el cabello negro impecable y un aire de seguridad y calma que siempre llenaba la habitación. —Vaya, qué animado está esto —dijo con una sonrisa—. ¿Por qué esa cara larga, hijo? —Papá es muy molesto —solté con total sinceridad. —Oye, esa no es forma de hablarle a tu padre —me regañó él, aunque mamá solo soltó una carcajada.
Para evitar que mi padre comenzara uno de sus discursos interminables, mamá cortó la conversación inteligentemente. —¿Por qué no entramos a comer? Ya era hora de que cenaras con nosotros, Sarah. —Vamos, Alex, prepara tus cubiertos —añadió mi padre. —Valeeee...
Me alejé hacia el comedor, dejando a los adultos a solas. Sarah recuperó su semblante serio de inmediato. —Ya es tiempo —le dijo a mi madre. Mi padre se quedó rígido por un segundo. El ambiente cambió. —Vaya... el tiempo vuela. Casi lo olvido —comentó él con un tono melancólico—. ¿Hablamos adentro?
Se encerraron en el despacho de mi madre. Yo, por mi parte, logré escabullirme a mi cuarto después de la comida. Me desplomé en la cama mirando el techo blanco. —Qué aburrido... —susurré. Estudiar, hacer tareas, volver a estudiar. Mi día a día era una repetición constante. No tenía idea de que ese sería el último día que podría considerar "normal".
Encendí mi pequeña televisión y comencé a saltar de canal en canal. Solo había programas infantiles mediocres. De alguna manera, sentía que todo era... ¿cliché? Ni siquiera sabía por qué esa palabra aparecía en mi mente, o por qué un niño de seis años encontraba "infantil" lo que se suponía que debía gustarle. Todo se sentía repetitivo, vacío de interés.
Apagué el aparato con un suspiro. No es que odiara todo, pero la mayoría de las cosas no lograban captar mi atención. Entonces, escuché el grito de mis padres desde la planta baja. —¡¡Alex, ven un momento!! —¡¡Ya voy!!
Me levanté de la cama, sin saber que al cruzar esa puerta, la infancia que conocía estaba a punto de terminar.
